Capítulo 3
A la mañana siguiente, el sonido insistente de mi celular me despertó de un sueño intranquilo. Era un mensaje de Carmen, mi madre adoptiva.
"Sofía, ¿ya le dijiste a Ricardo que necesitamos un heredero? La familia espera. No nos decepciones".
Miré el mensaje con una sensación de náusea. Incluso a distancia, su presión era asfixiante. Siempre se trataba de lo que la familia necesitaba, de lo que se esperaba de mí. Mi propia felicidad nunca fue parte de la ecuación.
Me levanté de la cama, sintiendo el cuerpo pesado y la mente agotada. La noche anterior había sido una pesadilla lúcida. La traición de Ricardo y Mateo, la revelación de la farsa que era mi vida... todo se sentía como un veneno corriendo por mis venas.
Justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió y Ricardo entró. Su rostro mostraba una irritación mal disimulada.
"¿Por qué no contestas el teléfono? Mi madre me acaba de llamar", dijo, su tono era una acusación. "Cree que te estoy haciendo algo".
Me quedé en silencio, mirándolo. Por primera vez, lo veía con total claridad: no al hombre que amaba, sino a un extraño manipulador.
Él pareció malinterpretar mi silencio. Se acercó y me tomó del brazo con fuerza.
"¿Qué te pasa? ¿Sigues molesta por lo de anoche?", preguntó con desdén. "¿Es por eso que le estás contando chismes a mi madre?".
"Yo no he hablado con nadie", respondí, mi voz sonando más firme de lo que me sentía. Me solté de su agarre.
Su expresión se endureció. "No me importa. Vístete. Tenemos que irnos".
"¿A dónde?", pregunté, confundida.
"Vamos a resolver el 'problema' de una vez por todas", dijo con una sonrisa cruel. "Ya que parece que no puedes concebir de forma natural, usaremos la ciencia a nuestro favor. Mis padres han agendado una cita en la mejor clínica de fertilidad. Hoy mismo empezaremos el proceso".
Me quedé helada. No me estaba preguntando, me lo estaba ordenando. Estaba decidiendo sobre mi cuerpo, sobre mi vida, sin la más mínima consideración por mis sentimientos.
"No voy a ir a ningún lado", declaré, cruzándome de brazos.
Ricardo soltó una carcajada. "¿No? Sofía, no estás en posición de negarte. Harás lo que yo te diga. Eres mi esposa y tu único propósito ahora es darme un hijo que asegure mi posición en la empresa familiar. Ahora, vístete o te vestiré yo mismo".
Su amenaza flotó en el aire, cargada de una violencia implícita que me revolvió el estómago. Sabía que no estaba bromeando. Me sentí atrapada, una prisionera en mi propia casa.
Sin decir una palabra más, me metí al baño. Mientras el agua de la ducha corría, me miré en el espejo. La mujer que me devolvía la mirada parecía una extraña, con los ojos hinchados y una expresión de derrota. Pero debajo de esa superficie frágil, algo comenzaba a endurecerse. La llamada a mi abuela anoche no había sido solo un grito de ayuda, había sido el encendido de una mecha.
Me vestí mecánicamente, eligiendo la ropa más sencilla que encontré. Cuando salí, Ricardo me esperaba junto a la puerta, impaciente.
"Ya era hora", masculló, tomándome del brazo de nuevo y prácticamente arrastrándome fuera de la casa.
El viaje en coche fue silencioso y tenso. Yo miraba por la ventana, viendo pasar la ciudad como si fuera una película ajena. Cada kilómetro que nos acercábamos a la clínica aumentaba mi ansiedad. No sabía qué iba a pasar, pero tenía el presentimiento de que este día marcaría un punto de no retorno.
Finalmente, el coche se detuvo frente a un edificio moderno y minimalista, con un letrero discreto que decía "Clínica de Fertilidad Avanzada". Ricardo me sacó del coche sin ninguna delicadeza y me guio hacia la entrada.
"Sonríe, Sofía", me ordenó en voz baja. "Recuerda que eres la feliz esposa de Ricardo Valdivia, ansiosa por formar una familia".
La ironía de sus palabras era tan grotesca que casi me hizo reír. Pero en lugar de eso, enderecé la espalda y levanté la barbilla. Si iba a enfrentar esto, lo haría con la poca dignidad que me quedaba. O al menos, eso intentaría.