Capítulo 2
"¡No puedes hacer eso! ¡Es una trampa!", le gruñí, pero se fue sin más, arrastrando a Laura tras él.
"Espera un momento, quiero hacerle una pregunta". La mujer se detuvo en seco.
"No te dejaré sola con esta criminal", la previno Alonso, aunque el único criminal en esa celda era él, porque me estaba matando con su actitud.
"Ella ya no puede hacerme daño", dijo Laura y asintió. "No ahora que sé la verdad. Por favor", le rogó empleando su tono de mosquita muerta.
"Te daré cinco minutos y si no vuelves a la cama en ese lapso, Laura, te juro por la Diosa que te daré tu merecido", le ordenó, ella sonrió y le besó la mejilla.
"Lo prometo, mi Alfa".
"¡Maldita escoria!", Katie gruñó, "¡Lo está haciendo a propósito!". A mi loba le hubiera encantado transformarse y matar a Laura en ese momento, pero estaba tan débil que ni siquiera era capaz de curarme.
"¿Y? ¿Qué se siente perderlo todo?", Laura se mofó ni bien nos quedamos solas, luego se echó a reír a carcajadas como si hubiera perdido el juicio.
"¿Por qué me miras así? Eras un blanco muy fácil", me desafió con soberbia y se cruzó de brazos.
"Esto es obra tuya". Sabía que no me equivocaba y, por primera vez en la vida, sentía odio a raudales: aborrecía a Laura Allison y detestaba a Alonso por no creer en mí, por hacerme tanto daño.
"Por supuesto que lo es. Vi a Alonso hace tres años, el día de tu boda, y supe al instante que tenía que ser mi pareja, así que esperé el momento indicado para conseguir mi objetivo. 'Persevera y triunfarás', dice el refrán. Pues yo lo seguí al pie de la letra".
Ella se rio de mí, y se miró las uñas para demostrarme que hasta su manicura era más importante que yo.
"¿Y era cierto que estabas embarazada?". La pregunta me salió del alma; ni bien la escuchó, se detuvo.
"Por supuesto que lo estaba, pero de un pícaro". Se dio vuelta para dirigirse a la puerta y, antes de salir del recinto, volvió a mirarme.
"Ahora cada pieza del juego está en su sitio. Alonso me dará tu lugar de Luna y conseguiré lo que me propuse".
"Estás loca", susurré, aunque el comentario no hizo más que causarle gracia.
"Ay, querida, no tienes idea de todo lo que he hecho para llegar a este punto". Se acercó a mí y colocó una mano en mi vientre.
"Tengo que confesarte algo. Después de todo, morirás mañana y, a estas alturas, nadie te creerá".
¿Confesarme qué? ¿Qué di*blos quería decirme?
"Tu esterilidad... de eso también me encargué".
Ese comentario me hizo hervir la sangre. ¿Qué me había hecho? Llevábamos tres años intentando tener un cachorro, y ella apareció meses después de nuestra boda. ¿Cómo había logrado.?
"¡Rosa!", susurró Katie. "Se pusieron de acuerdo".
Sin duda, me había estudiado muy bien, porque de inmediato empezó a reír de forma desaforada.
"Lo descubriste, ¿no?", Laura se burló de mí. Ya no pude soportarlo, me abalancé sobre ella y la agarré por el cuello.
"¡Eres una basura! ¿Tú lo provocaste?".
Ella me había arruinado la vida. Podría haber sido feliz, pero se había empecinado en destruirme.
"¡Voy a matarte!", gruñí, y traté de sacar mis garras para destrozarla. Sin embargo, Laura me empujó e hizo que me golpeara la cabeza contra la pared.
Me mareé y volví a caer de rodillas. Apoyé las manos en el suelo, pero no pude soportar mi propio peso.
"Eres patética, mira lo débil que eres", Laura se rio.
"Oh, Laura. Tienes suerte de que no pueda levantarme. Los obligaste a darme acónito, si no fuera por eso, ya estarías muerta", dije para mis adentros.
"Me voy. Perdón, pero no tengo ganas de quedarme a ver tu cara destrozada y repugnante. Iré a ver a mi pareja y, quién sabe, ¡tal vez esta noche concibamos otro cachorro!". A continuación, salió riendo a carcajadas.
"¡Sobre mi cadáver!", murmuré sin fuerzas.
"Sí. sí.", se burló restándole importancia a mi comentario. "Y eso será mañana, porque me f*llaré a Alonso sobre tus restos".
No podía creer que lo fuera a hacer, Alonso no podía matarme. él era mi compañero, mi esposo. Ya no importaba cuántas veces había repetido eso en mi mente desde aquella mañana. Cuando se abrieron las puertas de la celda y Alonso me enfrentó, todo lo que alguna vez había creído saber sobre él se desvaneció.
"¡Agárrenla!", Eric le ordenó a sus guerreros, y me empujaron fuera de la celda.
"¿Adónde nos llevan?", me preguntó Katie asustada, e intentó tomar el control. Pero no lo logró, el acónito hacía sus efectos. "¡Nadia!", ella me llamaba; sin embargo, yo no podía pronunciar una sola palabra.
Él lo iba a hacer, iba a cumplir su palabra. Los guerreros me miraban con desprecio y me empujaban para que caminara. Y lo habría hecho si hubiera estado dentro de mis posibilidades, pero apenas podía mantenerme en pie. Luego las puertas se abrieron, y los rayos del sol me golpearon fuerte, la intensa luz me hacía doler los ojos, la piel lastimada me ardía por el calor del verano, y mis oídos. ¡Ay Diosa mía! ¿Era esa la manada que amaba con todo mi corazón? ¿Estaba en la Manada Sangre Roja? ¿Estaba ante los mismos hombres lobo que me habían jurado lealtad o era una pesadilla?
"¡¡¡Mátenla!!!!", abucheaban los presentes. "¡Ella mató al heredero de nuestra manada! ¡No merece vivir!". El público empezó a tirarme de todo: tomates, zapatos, piedras... y nadie los detenía.
"¡¡¡Asesina!!!", alguien gritó entre la multitud. "¡Mató a su Alfa! ¡Ser despreciable!".
La verdad, ya no soportaba escuchar lo que decía mi manada.
Había puesto mucho esfuerzo los últimos tres años, había pasado innumerables noches sin dormir. ¿Y ahora la manada me quería muerta? ¿Y por qué? ¿Porque no les había dado un heredero? Pensé que trabajar duro compensaría esa imposibilidad, pero me abandonaron tan pronto como tuvieron la oportunidad de hacerlo.
Yo era su Luna y, al mismo tiempo, era su Alfa. A Alonso nunca le había importado la manada, sino el poder que le otorgaba esa posición.
Yo había hecho todo lo que estaba a mi alcance para mantener unida a la manada, había asistido a todas las reuniones a las que él había faltado y había puesto mi vida al servicio de esa comunidad. Pero estaba claro, había sido todo en vano.
Durante mucho tiempo, justifiqué a Alonso porque sabía que no era una persona muy sociable, así que, en su momento, tomé la iniciativa y llevé las riendas de la manada yo sola. Mas nunca hubiera esperado que esa sería su forma de recompensar mi trabajo.
Me dejó tan pronto como encontró a su pareja destinada, aun cuando me había dicho que no lo haría. Ella se había convertido en el centro de su ambicioso plan para tener un heredero, e incluso se acostaban.
¡Ay, Alonso, qué tremendo estúpido! Esa m*erda lo estaba por enterrar, lo había engañado, lo había manipulado, tal como lo había hecho conmigo.
Después de todo lo que él me había hecho, me entristecía no tener la oportunidad de ver su caída. Estaba segura de que sería mayor que la mía.
Cuando me enteré de que Laura esperaba un hijo de él, me dieron ganas de salir corriendo. Ese día morí, y ahora lo veía con claridad, ya no quedaba nada por revelar.
Había sido una estúpida al aceptar a ese cachorro en mi vida solo para darle el gusto a él. Debí quedarme en el lugar que me correspondía y desterrarla de la manada, pero, la verdad, la Manada Sangre Roja merecía que Laura fuera su Luna.
Esa sería mi venganza.
Seguí caminando, tal como me pedían que hiciera, los insultos de los presentes ya no me afectaban. Confiaban más en una omega que en su Luna, no eran más que unos cobardes oportunistas. Se estaban vengando de mí por exigir altos estándares de entrenamiento, sin considerar que el objetivo era protegerlos de los pícaros.
No me cabía en la cabeza cómo creían que alguien como Laura podía ser una mejor opción para ellos, era cuestión de tiempo, esa mujer conduciría a la Manada Sangre Roja a la muerte. Quizás me había excedido al asumir los deberes de Alonso, pero lo había hecho por su bien.
"¡Nadia!", me susurró Katie de repente. "¡El consejo está aquí!".
Y también estaba mi padre, desde allí podía ver pánico en sus ojos y sus lágrimas contenidas. Había sido el Beta del padre de Alonso durante años, y siempre había tenido una actitud fuerte e imparable. En ese momento, por el contrario, se lo veía como un humano frente a su hija, la cual le estaba rompiendo el corazón.
"Te amo, papá", lo enlacé mentalmente y lo miré a los ojos para que le quedara claro que hablaba muy en serio.
"Tienes que ser fuerte, hazlo por mí. No llores por mí, papá. Tienes que ser el hombre que conozco". Hubiera querido sonreírle, pero no encontraba la fuerza para mover los músculos faciales. Ni siquiera podía pronunciar una sola palabra.
"Esto no está bien, Nadia", me respondió, y percibí su intención de acercarse hacia mí, pero le clavé la mirada para evitarlo.
"No, papá, deja que lo haga, no puedo escapar de esto". Luego dejé que Eric y sus guerreros me llevaran frente al consejo. Sentía la mirada de mi padre sobre mí; entre tantas personas, él era el único que estaba de mi lado, el resto, me querían ver muerta.
"Nadia Castillo", anunció uno de los ancianos del consejo. "Te declaramos culpable de atentar contra tu Alfa y contra tu manada".
¿Culpable? ¡Ay, ese anciano, no podía estar más equivocado! Si no me hubieran drogado tanto, le habría demostrado quién era la verdadera culpable, pero no podía oponerme a sus tonterías.
"¡Quedas condenada a muerte!", resolvió. Miré a la multitud que allí se había congregado y vi sus vítores, parecía que alentaban a su equipo de fútbol favorito.
Giré la cabeza y miré a Alonso, el amor de mi vida y ahora mi verdugo. Marchó de manera marcial hacia mí y levantó la espada que el consejo había llevado para mi ejecución.
Ni siquiera se inmutó, estaba convencido de lo que hacía, quería matarme. Quería mi sangre desde lo más profundo de su alma.
"Te extrañaré, papá", le susurré, y él cayó de rodillas.
"Te extrañaré, Katie", musité. En ese momento me habría gustado abrazar a mi loba de haber podido. Quería que supiera que no estaba enojada con ella por no haber podido defenderme. Lo que había sucedido no estaba en nuestras manos, había sido una traición inimaginable.
Alonso seguía frente a mí, pero no me miraba. De repente, levantó la espada y me la clavó en el pecho; acto seguido, me pateó, yo caí al suelo, y el público comenzó a aclamar enardecido. Mi padre se desplomó al instante.
"Katie", susurré, me sentía mareada. "Ya está, se terminó". Yo parpadeaba de forma involuntaria, ya no era capaz de mantener los ojos abiertos ni un instante más.
Luego vi que mi sangre corría por el suelo.
"¡Deténganse!".
¿Acaso estaba alucinando? Alguien había pedido que pararan la ejecución. Abrí un poco los ojos y logré divisar a un hombre apuesto que corría en dirección a mí, no estaba segura si lo conocía.
"¡Detengan esta locura!".
Sí... yo estaba de acuerdo con ese bombón, pero ya era demasiado tarde. Sentía frío.
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Ya era tarde para cambiar el rumbo.
Capítulo 3
"¡¡¡Nadia!!! ¡Nadia, por favor, despierta!
No distinguía quién me llamaba, pero conocía esa voz...
"¡Por favor, Nadia, abre los ojos! Abre los ojos, mujer, y ayúdame a sobrevivir en este maldito agujero negro o lo que quiera que sea el lugar donde estamos, voy a enloquecer.
¿Katie? ¿Katie me hablaba? Era imposible. Alonso me había ejecutado. ¿Cómo podía ser que escuchara a Katie?
"¡Abre los ojos ya!", Katie me gruñó de forma imperativa. Obedecí, cuando lo hice, quedé perpleja.
No tenía idea de dónde diablos estaba.
"Ya te dije que estamos en un agujero negro. ¡Estamos en otra dimensión!", Katie insistió. Podía sentir sus emociones, estaba confundida y asustada por no saber lo que estaba pasando.
Por un instante, creí estar en el cielo, pero no podía ser un lugar tan frío y solitario. Si eso era el cielo, entonces, me habían estafado, porque me había pasado toda la vida haciendo cosas buenas a cambio de nada.
"¿Puedes caminar?", me preguntó Katie. "¿Puedes ver si hay una puerta secreta que haya que abrir para salir de aquí?".
Mi loba tenía que estar bromeando, allí no había nada, era un vacío infinito, era imposible distinguir dónde empezaba y dónde terminaba.
Había oído historias sobre el cielo, donde lobos blancos corrían libres por bosques paradisíacos. Pero también sobre el infierno, un sitio que solo si se lo comparaba con el planeta Venus, podía verse como un vergel. Los que caían allí, la mayoría pícaros y delincuentes, se prendían fuego del calor que hacía, parecían hienas en vez de lobos.
Alonso había terminado con mi vida, estaba segura de que lo había hecho, así que esperaba ir directo al cielo y encontrar mi recompensa lo antes posible, pero no había resultado así, no conocía ese lugar.
"¿Hay alguien aquí?", grité. Lo único que escuché fue mi eco: "Aquí. Aquí. Aquí".
"No puede ser", susurré, y me di vuelta tratando de descubrir si era real o si estaba alucinando.
"¡Pellízcate!", Katie me ordenó.
"Estoy muerta, Katie". La situación empezaba a fastidiarme.
"¡Hazlo!", me repitió. Le hice caso, de lo contrario, no dejaría de pedírmelo.
"¿Ves?". Volví a apretar mi brazo. "¡No siento nada!".
"¡M*erda! ¡Estamos muertas de verdad!", susurró decepcionada.
"Sí, para tu información, nuestro compañero nos mató, y eso es para siempre. Ahora que hemos aclarado ese temita, ¿puedes callarte y dejarme pensar?", refunfuñé sarcástica. Ella dio un paso atrás.
"No me gusta este lugar", murmuró mi loba.
"Entonces, cállate un segundo, déjame pensar, Katie".
Estiré el brazo e intenté tocar lo que parecía ser una pared, pero, en cuanto lo hice, entré en un nuevo sitio. Me quedé estupefacta, se trataba de un espacio vacío diferente. Hice lo mismo varias veces hasta que quedé exhausta y, cuando comenzaba a considerar que me había vuelto loca, surgió de la nada una intensa luz. Esta hizo que el desesperante y oscuro vacío que me atormentaba se tornara cada vez más tenue, hasta que todo a mi alrededor se aclaró.
"¡Estoy en el cielo! ¡Lo logré!", pensé en ese momento.
Todo era espléndido: aguas cristalinas, montañas hermosas, bosques verdes y lobos blancos.
"¿Te gusta?", preguntó de repente una voz femenina desde atrás. Me sobresalté, pensé que estaba sola allí.
La miré boquiabierta, no creía lo que veía, tenía el mismo aspecto que el que me habían descripto: alta, delgada, pelo rubio y largo hasta la cintura, trenzado y decorado con estrellitas brillantes. Esa mujer tenía la piel tan blanca y pura que parecía no tener ni una gota de sangre en su organismo. De hecho, empezaba a pensar que no la tenía y que ella también estaba muerta.
"Deja de elaborar teorías, Nadia", me dijo la mujer, y me indicó con un ademán que me acercara. Yo le hice caso sin chistar.
"Tú eres la Diosa de la Luna". La reconocí y me paré frente a ella. Yo comenzaba a asumir mi muerte.
"Así es", me contestó observando el paisaje.
"¿Esto es el cielo?". Necesitaba que me lo aclarara.
"¿Te gusta este lugar?", me preguntó, pero lo hizo con una expresión que me confundía muchísimo. Sus ojos eran como dos brillantes gemas turquesas, y su mirada era tan poderosa que me vi obligada a desviar la vista de ella.
"Me encanta este lugar, pero ¿por qué estoy aquí?", le pregunté.
"¿No está claro?". Volvió a mirar a sus lobos blancos, los cuales nos saludaban cada vez que corrían cerca de nosotras. "Estás muerta".
"Lo sé, ¿puedo quedarme aquí?", le pedí permiso, o mejor dicho, le rogué; sin embargo, no respondió.
"Este lugar es tan agradable, Diosa", susurré. Inhalé profundo el aire puro del lugar y me sentí tranquila por primera vez desde que había comenzado toda la locura con Laura y Alonso. Su presencia me hacía sentir segura.
"Quiero hacerme una guarida y vivir aquí si me lo permites".
Me senté y esperé a que ella me diera el visto bueno, a que me dijera que me había estado esperando, pero, en cambio, no me respondió.
"No me digas que nos enviará al infierno...", elucubró Katie.
"Diosa de la Luna, ¿me puedo quedar aquí?", repetí algo desconcertada.
"¡No, no puedes!".
Ahora sí se dirigía a mí.
"Pero me dediqué a hacer buenas obras mientras viví en la tierra. ¡No me envíes al infierno!". Sentía que volvía a morir, estaba por romper en llanto.
"¿Infierno? ¿Quién habló del infierno, Nadia?", me preguntó la Diosa de la Luna.
Para ese entonces, yo estaba muy confundida.
La Diosa de la Luna me miró a los ojos. "Escucha, Nadia, encajas a la perfección en este lugar. El cielo fue hecho para personas como tú, pero si permito que te quedes aquí, en este momento, todo por lo que trabajé durante miles de años será en vano".
¿Qué d*monios? ¿Acaso el cielo tenía cupos limitados?
"No entiendo". Fui sincera, no sabía cuál era el punto.
"Tienes que regresar, Nadia". Solté una carcajada, tenía que ser una broma, algún tipo de prueba.
"¿Regresar a dónde?", le pregunté ni bien dejé de reír.
"A la Tierra, tonta", dijo con dulzura. "No es una decisión fácil, pero te necesito allí, te necesito en esa manada. Tu presencia ahí tendrá un impacto significativo.
¿Quería que volviera a la Manada Sangre Roja?
"¡De ninguna manera!", le gruñí; la Diosa frunció el ceño.
"No voy a volver allí. No hay nada para mí ahí, solo traición y dolor. ¡No quiero volver!", me opuse firme, con respeto, pero firme.
"Envíame al infierno si quieres, pero no a mi vida anterior".
"¿Crees que hago esto todos los días y con cada lobo que muere, Nadia? Estoy haciendo una excepción, y te estoy dando la oportunidad de reencarnar, de reconstruir tu vida".
"¡No!", le gruñí.
La Diosa se enojó y resolvió chasqueando los dedos: "Bueno, en este caso, no me das opción". Sentí que alguien me agarraba con fuerza y me jalaba por detrás para arrojarme por un túnel oscuro. Todo comenzó a girar a mi alrededor.
"¡Socorro! ¡Sáquenme de aquí!". Me hubiera gustado agregar que me enviaran a cualquier lugar menos a la manada, pero, antes de que pudiera decirlo, me encontré en el medio de mi cama, en la habitación que compartía con Alonso.
Maldita Diosa, me había enviado de regreso. Me pellizqué y me dolió muchísimo esta vez. Miré de nuevo a mi alrededor, en efecto era mi dormitorio, pero con la decoración de hacía tres años, cuando Alonso y yo nos acabábamos de casar.
"Por favor, envíame de regreso al cielo", susurré, y cerré los ojos. Nadie respondió. De repente, la puerta golpeó la pared. Y ahora me quería morir de nuevo, ya entendía por qué me había enviado de regreso. Estaba reviviendo el episodio más horrible de mi vida.
"¡Levántate de la cama, Nadia!", Alonso me ordenó. Cargaba en brazos a una mujer herida: era Laura, su compañera predestinada.
La primera vez que atravesé por una situación así, fue como si me hubiera clavado un puñal en el corazón, y me quedé callada, pero ahora no podía reaccionar de la misma manera, así que me crucé de brazos, me apoyé en la almohada y me impuse: "¿Qué di*blos estás haciendo, Alonso? ¡Sácala de mi dormitorio! ¿Estás loco? ¿Cómo vas a traer a esta mujer a nuestra cama?".
"No puedo", me dijo. Claro que no podía hacerlo, porque era un hombre cobarde y débil.
"Ella es mi compañera predestinada, Nadia, la encontré".
"¿Y qué?", le pregunté. Él me había marcado, y ya no importaba si ella era su compañera o no. Yo era su Luna, y él me había jurado, que si en algún momento la encontraba, la rechazaría.
"¿Qué?". No dejaba de abrazarla, y la muy maldita se aferraba a su camisa, en la cual se secaba las lágrimas. Teatro barato, recién en ese momento lograba darme cuenta.
"¡Deshazte de ella!", le ordené sin piedad. No me habían obligado a reencarnar para cometer los mismos errores, someterme, y ser débil ante Alonso. Esa z*rra tenía que alejarse de mi vida, porque ya sabía lo que buscaba.
"¿Estás loca, Nadia? ¡No puedo hacerle eso!". Alonso la abrazó todavía más fuerte.
"Quiero ofrecerle un lugar en nuestra manada. Aquí estará protegida".
No le iba a permitir que se saliera con la suya, así que exclamé: "Ella es una pícara traidora y una Omega. ¡No permitiré que ponga un pie en nuestra manada!".
Dicho eso, me levanté de la cama y, señalándolo con el dedo, le repetí: "¡Deshazte de ella!".
Luego salí de nuestro dormitorio.