Capítulo 2

El "Acepto" de Lucio Vane fue menos una promesa matrimonial y más una declaración de guerra. La ceremonia pasó en una bruma de incienso y pánico. Sentía su mano febril aprisionando la mía, y su mirada dorada, fija y hambrienta, no se apartó ni un instante del sacerdote.

En cuanto el ritual terminó, no hubo besos ni abrazos. No hubo vítores. Hubo una tensa, silenciosa retirada. Lucio me arrastró fuera del altar con una urgencia brutal, ignorando a la multitud. Su gente formó una barrera impenetrable, protegiéndonos de las luces de los fotógrafos y de las miradas de los curiosos.

Nos metieron en la limusina. El interior era oscuro, silencioso y olía a cuero nuevo, pero un rastro del olor almizclado y terroso de Lucio—el olor a peligro—permanecía en el aire. Él no se sentó a mi lado. Se colocó frente a mí en el asiento auxiliar, como un carcelero examinando a su nueva prisionera.

—Quítate esa cosa —ordenó, señalando mi velo. Su voz era baja y rasposa, todavía afectada por la tensión de la transformación que había contenido.

Mis manos temblaron mientras me liberaba del tul y la tiara. Cuando el velo cayó, la luz del interior del coche reveló mi rostro sin adornos, y el engaño se hizo total. No tenía la sofisticada belleza de Elena, sino la mirada analítica y el perfil más duro de la economista.

Lucio no mostró sorpresa. Solo una decepción fría y momentánea.

—Valeria —dijo, pronunciando mi nombre como si saboreara un nuevo tipo de veneno—. No Elena.

—Mi hermana se fue —repliqué, mi voz firme a pesar del nudo en mi estómago—. No tuve elección. El contrato pedía una hija Russo.

Él sonrió, una mueca que apenas llegaba a sus ojos dorados.

—El contrato se cumple. La familia Vane no pierde la cara por una traición tan estúpida. Pero escucha bien, pequeña mentirosa: el trato que hiciste con tu padre terminó hace diez minutos. Ahora estás bajo mis reglas.

Lucio se inclinó hacia mí, y el poco espacio en la limusina desapareció. Pude ver las finas venas rojas en el blanco de sus ojos, la tensión pulsante bajo su piel.

—No eres la que mi padre eligió para perpetuar mi línea. Eres la que mi lobo reconoció esta noche. Eso te hace un ancla, pero también te hace un objetivo. Si intentas huir, o si mi padre o el Consiglio descubren la sustitución antes de que yo lo autorice, tu familia pagará por la de Elena, y tú pagarás el doble. ¿Entendido?

Asentí, incapaz de hablar. La respiración era difícil con su proximidad.

—Bien. Ahora, las reglas de esta casa. No me importa lo que hicieras antes. Ahora eres mi esposa, y actuarás como tal. Tienes acceso a mis cuentas y la biblioteca de la mansión. Todo lo demás está prohibido. Especialmente el Ala Oeste.

La tensión en Lucio se disparó. El aire en el coche pareció enfriarse.

—El Ala Oeste —dijo con una voz plana, mortal— es donde se guarda el secreto de mi linaje. Es la única razón por la que tenemos el poder que tenemos. Si te acercas a esa ala, si escuchas algo y lo mencionas, o si despiertas lo que duerme, el contrato se anula. Y esta vez, no será mi mano la que te mate. Será la bestia que luché por encadenar. ¿Soy claro?

—Transparente —respondí, aferrándome a la única arma que tenía: la falta de miedo.

La limusina se detuvo frente a la Mansión Vane. No era una casa, sino una fortaleza de piedra oscura y elegancia brutal. El ambiente seguía sintiéndose cargado de la energía de la luna que acababa de pasar.

Lucio salió primero y me tendió la mano. La tomé, su calor todavía alarmante.

El vestíbulo era de un mármol blanco impoluto y brillante que reflejaba la luz de las lámparas de araña. Pero al subir los primeros escalones hacia la suite matrimonial, mi corazón dio un vuelco.

Allí, en el mármol reluciente, se extendía una serie de arañazos profundos, como surcos. No eran marcas de muebles, sino tres líneas paralelas y dentadas, increíblemente profundas, como si algo grande y muy fuerte hubiera intentado agarrarse o deslizarse desesperadamente por la piedra.

Lucio notó mi mirada y me tiró del brazo, obligándome a seguir caminando.

—El mármol es antiguo —dijo sin emoción, sin mirarme—. Los constructores hicieron un trabajo de mala calidad. Ignóralo.

Pero no eran viejas. Las marcas eran frescas.

Llegamos a la suite, un espacio monumental con techos altos y una cama King-size que parecía el campo de una batalla futura. Lucio se dirigió directamente a su vestidor y se quitó la chaqueta y el guante manchado de sangre, arrojándolo todo en un rincón.

—Regla número dos: Dormimos separados —dijo, señalando el borde de la cama—. Y no me molestes. Necesito descansar.

Se dirigió al baño anexo, cerrando la puerta con un golpe sordo.

Valeria se acercó al vestidor. El suelo estaba desordenado con la ropa descartada. Debajo del guante ensangrentado y el trozo de camisa rasgada, vi algo más, algo que confirmó todos mis peores temores.

Recogí el objeto. Era un trozo de tela muy resistente, casi cuero, arrancado con violencia. Y adherido a él, había una capa de pelo grueso, oscuro y duro, más parecido a la piel de un lobo que a cualquier otra cosa. Tenía un olor fuerte y almizclado.

Lucio Vane no era solo un hombre de instinto; era la bestia misma. Y yo acababa de casarme con él. Sostuve la evidencia en mi mano, y supe que mi vida no se había acabado: acababa de empezar, y sería una lucha por la supervivencia contra el Alfa.

Capítulo 3

El amanecer trajo consigo una calma engañosa. La luz filtrándose por las monumentales ventanas de la suite Vane no disipó el olor a peligro ni la evidencia que sostenía en mi mano: el trozo de pelo oscuro y duro, prueba irrefutable de que mi esposo era una bestia.

Guardé la piel en el fondo de mi maleta. La supervivencia de mi familia y la mía propia dependían de mi discreción. Si iba a vivir en una jaula, sería una jaula que yo entendiera.

Lucio no apareció hasta media mañana. Cuando salió del baño, se había afeitado y vestía un impecable traje gris. Sus ojos, aunque aún de un dorado pálido, habían perdido la intensidad febril de la noche anterior, volviéndose fríos y calculadores. El hombre de negocios había recuperado el control del animal.

—Desayuno en el estudio —ordenó, sin una palabra de disculpa o reconocimiento por el terror de la noche—. Y trae tu cerebro. Es la única parte de ti que me resulta útil.

El estudio de Lucio era una oda al poder silencioso. Madera oscura, cuero fino y, sobre el escritorio, una pila de documentos y tres portátiles de última generación. Mi lugar como esposa estaba en la mesa de noche, pero mi lugar como economista estaba aquí.

—Necesito una auditoría de todo —dije, sintiendo que al hablar de números, recuperaba mi fuerza—. Necesito acceso total a los libros del Consiglio y a las cuentas offshore. ¿Quieres que sea un ancla? Dame las cuerdas para que no nos hundamos.

Lucio me miró, y por un momento, vi una chispa de respeto. O quizás solo satisfacción por haber encontrado un peón más competente.

—Toda la información que mi padre te prometió está ahí —señaló el primer portátil—. El resto, el que mantiene mi poder en pie, tendrás que ganártelo. Empieza a trabajar.

Me sumergí de inmediato. Los números eran mi refugio. Eran predecibles. A diferencia del hombre sentado a mi lado, los balances de ingresos no aullaban.

Horas después, al buscar un bolígrafo en el profundo escritorio, mis dedos tocaron algo metálico. Saqué un pequeño objeto: un anillo de metal oscuro y pesado, apenas más grande que una moneda. Estaba abollado y tenía un diseño intrincado, pero su función era innegable. No era decorativo. Era el eslabón de una cadena, roto y deformado por una fuerza que desafiaba la física.

Lo dejé caer rápidamente. Comprendí que Lucio no usaba una habitación para el custos en el Ala Oeste. Usaba una para sí mismo. El Ala Oeste era el calabozo, y él, el Guardián de las Cadenas.

Por la tarde, mientras Lucio atendía una llamada urgente en italiano furioso, decidí ignorar sus advertencias sobre la Mansión y seguí el rastro obvio.

Salí del estudio y caminé lentamente hacia el Ala Oeste. No había puertas secretas, solo una pesada puerta doble de caoba, idéntica a las demás, pero sin cerradura. En su lugar, había un panel de seguridad con una llave de huella dactilar y retina. Imposible de forzar.

Pero no necesitaba entrar para aprender.

Caminé por el perímetro. Al doblar una esquina, llegué a un estrecho pasillo de servicio. Este pasillo no tenía mármol, sino un hormigón desgastado y oscuro. Y en el suelo, mis ojos se abrieron de terror.

Allí estaban, incrustados en el hormigón, varios soportes de anclaje de metal pesado, espaciados uniformemente. Eran el tipo de herrajes industriales utilizados para asegurar equipo pesado. Eran enormes.

Y en uno de los soportes, la evidencia final: una serie de marcas de dientes humanas —o al menos, de un ser con caninos muy desarrollados— grabadas en el metal, como si la desesperación de la noche anterior hubiera llevado a Lucio a morder la pared para desahogar su agonía.

Me congelé. Lucio no estaba reteniendo a otra persona en el Ala Oeste; se estaba reteniendo a sí mismo. Era un prisionero de su propia bestia.

Mientras me alejaba rápidamente, escuché el final de su llamada en el estudio.

—No me importa su dinero, Giovanni —su voz era dura—. Lo único que me importa es que mi Mate se quede donde la puse. Si Valeria escapa o es tocada, no habrá Luna Llena que me detenga. La cazaremos hasta el infierno.

Valeria no era solo un activo. Era un ancla. Y si me movía, la bestia se soltaría y, peor aún, me seguiría.

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La luna del capo: Contrato de Sangre

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