Capítulo 2
Las Colinas - Casa Robles
En otro rincón de Managua, algunos kilómetros del barrio Martha Quezada, la historia era diferente.
La casa de los Robles era inmensa. Rejas negras de hierro forjado, columnas de concreto blanco, ventanales brillantes, jardín con rosas importadas. Desde la calle se podía oler el perfume de la riqueza.
Allí vivía Carlos Robles, único hijo de Vladimir Robles y Trinidad Molina de Robles. A sus 17 años, Carlos tenía lo que muchos soñaban: televisor en su cuarto, ropa de marca, computadora, tenis que costaban lo que otras familias ganaban en un mes.
Pero a pesar de todo eso, Carlos era distinto.
Callado y reservado. No le gustaba hablar de dinero ni presumir. En el colegio, apenas si respondía cuando los profesores le preguntaban. A los compañeros los saludaba con un gesto. No se metía con nadie, pero tampoco dejaba entrar a nadie.
Solo una persona lo perseguía con insistencia: Amalia Castillo, una chica altiva, hija de empresarios de muebles. Siempre maquillada, siempre con la blusa planchada y un perfume dulce que impregnaba los pasillos.
Amalia no perdía oportunidad de buscar a Carlos. Le llevaba tareas, le escribía notitas con corazones, incluso le pidió que fueran al cine. Pero Carlos no mostraba ningún interés.
Carlos estaba en su cuarto y recordó molesto lo que pasó en la mañana en clases
-¿Y entonces? - Amalia, arrinconándolo en el pasillo del colegio-. ¿Y vos que te pasa? ¿Acaso no te gusto?
Carlos la miró serio. Su voz fue seca.
-No me gustan las personas soberbias y metidas.
Amalia se quedó helada. Nunca se lo dijeron tan directo.
En casa, las cosas eran tensas. Vladimir Robles, su padre, un hombre de 40 años serio cejas gruesas entre calvo con un negocios fuerte. En apenas tres años, había levantado cinco maquilas textiles (Zonas Francas) que le daban poder económico. Tenía empleados a 500 personas, que exportaba ropa con contratos a Estados Unidos china México y centroamérica Hablaba por teléfono más de lo que hablaba con su hijo. Y Trinidad una señora de 45 años fina seria con lentes y muy soberbia.
Ambos comentaban sobre su hijo.
-Ese muchacho necesita avivarse -decía a menudo-. ¡Tiene que aprender a mandar! comento Vladimir
Trinidad, su madre, era un poco dulce , pero también tenía sueños para su hijo.
-Amalia es una muchacha educada. De buena familia. Me encantaría que algún día sea su esposa.
En ese momento Carlos bajo a la sala y Trinidad le dijo.
-Hijo me gustaría que te casarás con Amalia ella es de buena familia.
-No mamá , yo no quiero casarme con Amalia.
-Ay, Carlos... sos tan raro a veces.
-Mejor me voy a mi cuarto no quiero escuchar nada.
Carlos pasaba horas encerrado en su cuarto. Escuchaba música, escribía en un cuaderno, leía novelas que nadie en la casa entendía. No le interesaban las fiestas, ni los carros de lujo. Le gustaba mirar por la ventana y observar a la gente. A veces se preguntaba cómo sería vivir con menos. Luego se fue a la terraza.
mientras tomaba una soda escuchó a su mamá hablar por teléfono:
-Sí, Amalia. Podés venir el domingo. A Carlos le va a encantar verte... Claro que sí, mi amor.
Carlos frunció el ceño. Se levantó, se fue al cuarto y cerró la puerta con seguro.
- Que le pasa a mi mamá como si fuera un niño en querer controlar mi vida.
Anocheció.
Se ven escenas del gancho de caminos en Managua al anochecer.
Barrio Martha Quezada - La mañana siguiente
El gallo cantó temprano y las calles de Managua se veía movimientos del transporte público y las personas que van a su trabajo y los vendedores ambulantes vendiendo sus productos.
Eran apenas las 6:30 am y Esmeralda ya estaba en pie. Se amarró el cabello con una liga vieja, se puso una blusa rosada limpia y unos jeans remendados. Guardó en el canguro una bolsita con su primer rollo de billetes.
-¿Estás segura, hija? -le preguntó Verónica, mientras le servía un poco de café huevo frito y pan.
-Sí, mamá. Ya no soy una niña. Tengo que ayudarte para ganar riales.Hoy empiezo a trabajar.
Después de comer Esmeralda salió rápido para encontrarse con doña Marina.
Doña Marina la esperaba en la esquina. Y le dio unos consejos:
-Mirá, tenés que estar donde pasa más gente, siempre con tu vocecita alegre. Nada de estar tímida. Y cuidado con los ladrones para que no te roben los riales tenelo siempre aquí -le indicó el canguro.
Esmeralda Caminó hasta la calle 27 de mayo y se paró en una esquina.
Respiró hondo y pensó.
- Tengo que trabajar para ayudar a mi mamá -
-¡Lotería! ¡Compre su número, señora, que hoy sí toca! ¡La suerte le anda rondando!
Al principio, nadie la volteó a ver. Luego, una señora le compró un número.
-Sos nueva, ¿verdad? -le dijo.
-Sí, es mi primer día...
-Bueno, que Dios te bendiga, niña.
A mediodía ya había vendido todo los billetes .Se sentó a descansar bajo la sombra de un árbol. El sudor le corría por la frente, pero por dentro sentía algo nuevo. Dignidad. ya que vendía lotería luego se matriculó por la tarde para no perder sus clases porque estaba en 4to año de secundaria
La tarde estaba calurosa, como siempre en Managua, y en el aula de 4to año. Los estudiantes estaban inquietos, algunos abanicándose con cuadernos, otros hojeando libros mientras esperaban que la maestra llegara.
De pronto, se abrió la puerta del aula y entró la profesora Rosario, una mujer de carácter firme pero de corazón noble. Todos los alumnos guardaron silencio.
-Buenas tardes, alumnos -dijo con voz clara, deteniéndose frente al pizarrón-. Les presento a una nueva compañera que se une a nuestra sección a partir de hoy. Ella se llama Susana Morales, y viene de otro colegio, así que les pido por favor que sean amables con ella y le muestren respeto compañerismo.
La muchacha dio un paso hacia adelante. Era de piel clara, cabello liso hasta los hombros y sonrisa tímida. Saludó con la mano y una voz suave:
-Hola... mucho gusto.
Todos la observaron con curiosidad. Algunos sonrieron, otros simplemente se limitaron a verla con indiferencia.
La maestra la ubicó en el asiento que estaba al lado izquierdo de Esmeralda, cerca de las persianas de la ventana, por donde entraba una luz amarilla que doraba los pupitres.
Esmeralda, siempre amable, le sonrió con naturalidad.
-Hola, mucho gusto... mi nombre es Esmeralda.
-Mucho gusto -respondió Susana, algo más confiada.
Pasaron las primeras tres clases de la jornada: Matemáticas, Ciencias Naturales y luego Ciencias Sociales. Los minutos avanzaban entre ecuaciones, dibujos de células y mapas de Centroamérica. Aunque Susana prestaba atención, de vez en cuando lanzaba una mirada de reojo a Esmeralda, como queriendo iniciar una conversación más profunda.
Capítulo 3
A las 3:15 pm el timbre sonó anunciando el recreo. Como si el aula cobrara vida, todos se levantaron de golpe, arrastrando pupitres, riendo, hablando a gritos, y salieron rumbo a la tienda del colegio o al patio.
Susana se quedó un momento en su lugar y volteó hacia Esmeralda.
-¿Puedo pasar con vos el tiempo del recreo?
-Sí, está bien -respondió Esmeralda con una sonrisa sincera.
Ambas caminaron hacia el área cerca de la dirección, donde había unas bancas de concreto bajo la sombra de un árbol de almendro. El lugar era tranquilo, con vista a la cancha de básquet donde varios chicos jugaban.
-¿Querés un sándwich? Yo invito -dijo Susana.
-No, tranquila. Yo tengo riales aquí -respondió Esmeralda, sacando unas monedas de su bolsillo.
-¡Ay no! Dejame invitarte esta vez -insistió Susana, y compraron dos sándwiches con jugo.
Sentadas en la banca, comieron despacio. Susana parecía un poco nerviosa, como si estuviera armándose de valor para decir algo.
-Me gustaría que fueras mi amiga -dijo al fin, bajando un poco la mirada.
Esmeralda se sintió sorprendida. No era común que alguien se acercara a ella de esa manera, especialmente sin conocerla mucho.
-Claro... no hay problema. Somos amigas -respondió, con una calidez que brotaba del alma.
-¿Y... puedo hacerte una pregunta? -dijo Susana.
-Sí, preguntá pues.
-¿Qué hacés vos por las mañanas? Digo... para visitarte algún día, pasar más tiempo, no sé, forjar más la amistad.
Esmeralda se quedó un momento callada. No porque tuviera algo que ocultar, sino porque no estaba acostumbrada a que alguien se interesara así en su vida.
-Yo por la mañana paso trabajando -dijo con voz tranquila.
-¿Trabajando en dónde?
-Soy loterilla
Susana abrió los ojos con sorpresa, pero no en forma despectiva, sino más bien con una mezcla de curiosidad y admiración.
-¿Loterillera ? Qué tuani ese trabajo. ¡De verdad!
En ese momento, una figura se acercó caminando con paso seguro. Era Lorena, la compañera más lista del grupo, siempre con la nariz en alto y las notas más altas de la sección. Llevaba su cuaderno abrazado al pecho y una sonrisa burlona.
-No te ajuntés con una loterillera, Susana -dijo con voz altanera-. Ese tipo de personas solo saben andar en la calle y hasta le roban a la gente. Yo que vos, no me enredo.
Susana se quedó pasmada por un segundo. Esmeralda bajó la mirada, sintiendo ese dolor amargo que ya conocía. No era la primera vez que alguien la juzgaba por vender lotería.
Pero Susana reaccionó enseguida, frunciendo el ceño.
-¡Cállate, Lorena! No digás babosadas Mejor viví tu vida y dejá de andar Tula cuecho no te metas en la vida de los demás.
Lorena se fue con una risa burlona, dejando su comentario venenoso en el aire.
-No le hagás caso -dijo Susana, volviéndose hacia Esmeralda-. Yo sé que tu trabajo es bueno. Ser loterillera no es ninguna vergüenza. ¡Es un trabajo digno!
Los ojos de Esmeralda se humedecieron un poco, pero sonrió. No estaba acostumbrada a esa clase de respaldo.
-Muchas gracias, de verdad -dijo con sinceridad.
-¿Y cómo es ser loterillera? Nunca he conocido a alguien que venda lotería...
-Es duro a veces... -empezó a contar Esmeralda-
No es chiche , tenés que caminar bajo el sol, andar gritando todo el día. La gente muchas veces ni te mira, o te tratan mal. Pero hay días buenos. Cuando alguien gana y vuelve a darte las gracias, o cuando vendés un montón, te sentís feliz.
-¿Y desde cuándo trabajás en eso?
-Ni tengo mucho tiempo ... cuando mi papá se fue de la casa.
Susana quedó en silencio. No sabía qué decir. Solo le puso una mano en el hombro.
-Sos bien valiente, Esmeralda. Yo no sé si podría hacer todo lo que hacés.
-Uno aprende -dijo Esmeralda, con una sonrisa melancólica.
El timbre volvió a sonar, interrumpiendo la conversación. Ambas se levantaron y caminaron de regreso al aula
Era sábado por la tarde y el calor de Managua comenzaba a ceder, dejando un aire tibio y agradable que se colaba por las ventanas abiertas de la casa
El sol se escondía entre los tejados y los últimos rayos doraban las paredes del pequeño cuarto de Esmeralda.
Verónica, su madre, acababa de terminar de barrer el porche cuando vio llegar a Susana Morales con una mochila rosada colgada al hombro.
-Buenas tardes, doña Verónica -saludó con una sonrisa-. ¿Puedo pasar?
-¡Claro, mi amor! Pasá. Esmeralda te está esperando en su cuarto. Me alegra que hayan decidido hacer esa pijamada -dijo la mujer, dejando la escoba en un rincón-. Solo les pido algo...
-¿Qué cosa? -preguntó Susana mientras entraba.
-Que no se me desvelen toda la noche, por favor. Pasen bonito, pero ya a las doce, a dormir. El cuerpo también necesita descanso.
-Está bien, señora. Prometido -respondió Susana, obediente.
En el cuarto, Esmeralda la esperaba con entusiasmo. Había preparado dos colchones en el suelo, unas colchas limpias, y en una esquina tenía una cajita con esmaltes, lápices labiales, sombras de colores y hasta unas bandas para el cabello.
-¡Al fin llegaste! -dijo emocionada Esmeralda-. Mirá todo lo que tenemos para esta noche: maquillaje, música, y hasta una película.
-¡Qué emoción! Nunca había hecho una pijamada con alguien -respondió Susana mientras dejaba su mochila en una silla.
Ambas se pusieron cómodas, se cambiaron a sus pijamas: Esmeralda con una camiseta vieja de caricaturas y shorts; Susana con una pijama de algodón rosada con estampados de mariposas.
La noche fue tomando su propio ritmo. Primero se sentaron frente al pequeño espejo que tenía Esmeralda, y comenzaron a maquillarse. Entre risas y experimentos con delineadores torcidos, sombras mal combinadas y pestañas que no se dejaban rizar, se sentían completamente libres.
-¡Mirá cómo me dejaste las cejas, parecen orugas! -dijo Esmeralda, estallando en carcajadas.
-¡Ay, perdón! Ahorita lo arreglo -decía Susana, muerta de risa también-. Pero vos me dejaste como payaso con ese labial rojo.
-¡Estamos bellas, aunque sea en chiste!
Luego pusieron música en la pequeña radio portátil que tenía Esmeralda. Sonaban baladas románticas de los años 90, de esas que hablaban de amores imposibles, besos robados y corazones rotos. Cantaron algunas canciones entre susurros y otras a todo pulmón, como si fueran parte de un grupo musical.
A eso de las 9:45 pm, Esmeralda sacó una bolsa con pan de coco y una botella de fresco de tamarindo. Se sentaron en el colchón, desmaquillándose un poco mientras ponían una película romántica en la televisión vieja que tenían en el cuarto.
La película era de esas que contaban historias de amor entre clases sociales distintas. Una chica pobre y un chico rico se enamoraban, pero sus familias no querían que estuvieran juntos. Las chicas la vieron con atención, comentando cada escena, riendo, a veces incluso diciendo "¡no puede ser!" cuando ocurría algo dramático.
Alrededor de las 10:30 pm, cuando la película terminó y la habitación quedó en penumbra, con solo la luz tenue de la lámpara en la esquina, comenzaron a hablar.
-Esme -dijo Susana, acostada de lado, con la cabeza apoyada en una almohada-. ¿A vos te gusta algún muchacho? ¿Ya sea del colegio o de aquí del barrio?
Esmeralda se quedó pensando, mirando el techo.
-Pues la verdad... no me gusta nadie -dijo al fin, con voz tranquila.
-¿Cómo así? ¡Si vos sos una muchacha bonita! Tenés los ojos negros bien lindos, tu cabello largo, sos morena, sencilla, y tenés un carisma que muchas quisieran. ¡No creo que aún no tengas a alguien que te hable bonito!
-En serio, Susana. No tengo a nadie. Nadie me habla con intenciones románticas... y sinceramente, no me da tiempo para pensar en eso.
-¿Pero no te gustaría tener a alguien que te acompañe al parque, al cine, que te diga cosas lindas?
-Sí me gustaría... pero por ahora tengo la escuela y mi trabajo. No hay espacio para algo más. Vender lotería en las mañanas no es fácil, y después venir al colegio y luego llegar a casa a ayudar a mi mamá... A veces no sé ni cómo sigo en pie.
Susana se quedó en silencio. Luego suspiró.
-Es que me da tristeza. Sos buena persona, y merecés amor, compañía.
-Gracias, Susi. ¿Y vos? ¿Te gusta alguien?
-Del colegio no. Aunque hay un chico en la calle donde vivo que me parece bonito... pero tiene novia.
Al decir esto, Susana bajó la mirada, jugando con la tela de la sábana. Su voz se quebró un poquito.