Capítulo 3

Di media vuelta, con la intención de marcharme. Este circo había durado demasiado.

"Hey, ¿a dónde crees que vas?"

La mano de Rodrigo se posó en mi hombro, deteniéndome. Su agarre era firme, una demostración de poder barata.

"No te hemos dado permiso de irte, conserje."

Me zafé de su agarre con un movimiento suave pero decidido.

"Quita tu mano de mí, Rodrigo."

Mi tono no era de súplica, sino una orden. Eso pareció desconcertarlo por un segundo, pero su arrogancia se recuperó rápidamente.

"¿O qué? ¿Vas a trapear el piso conmigo?" se burló. "Mira, Ricardo, seamos honestos. Siempre fuiste un bicho raro. El pobretón que se creía mejor que nosotros solo porque sacaba buenas notas. Pero mira dónde estamos ahora."

Hizo un gesto amplio, abarcando el lujoso salón y a sus amigos vestidos con ropa cara.

"Yo acabo de regresar de Harvard. Mi padre me regaló un departamento en Polanco y un Ferrari por mi graduación. ¿A ti qué te regaló tu padre? ¿Una pulidora nueva?"

El insulto era tan bajo y predecible que casi me hizo sonreír.

Atacar a mi padre era su único recurso, el botón que siempre habían presionado para intentar hacerme sentir pequeño.

Pero ya no funcionaba.

"Mi padre me enseñó algo que tu dinero nunca podrá comprar, Rodrigo," respondí, mirándolo directamente a los ojos. "Me enseñó el valor del trabajo honesto y la dignidad."

Me volví hacia el resto del grupo, mi voz resonando con una calma que los inquietaba.

"Ustedes hablan de sus títulos de universidades de élite como si fueran medallas ganadas en batalla. Pero la verdad es que la mayoría de ustedes no estarían ahí si no fuera por los cheques de sus padres. Sus diplomas no son un símbolo de su inteligencia, sino del tamaño de la cuenta bancaria de su familia."

Un silencio incómodo se instaló en el grupo. Mis palabras habían dado en el clavo.

Varios de ellos desviaron la mirada, visiblemente incómodos.

Pero Rodrigo no era de los que se rinden. Su cara se enrojeció de ira.

"¿Cómo te atreves?" siseó, dando un paso hacia mí. Su lenguaje corporal era agresivo, sus puños apretados. "Tú no sabes nada de nosotros, maldito muerto de hambre."

"Sé más de lo que crees," repliqué, mi voz bajando a un susurro casi amenazante. "Por ejemplo, sé que la 'donación' que tu padre hizo a Harvard para que te aceptaran no fue solo generosa. Fue escandalosa. Me pregunto qué pensarían los de la junta de admisiones si supieran la verdadera historia detrás de ese dinero."

El color desapareció del rostro de Rodrigo.

Su mandíbula se tensó.

La multitud murmuró, sus miradas pasando de la burla a la intriga.

Había tocado un nervio. Uno muy sensible.

El juego acababa de cambiar.

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La Llave Dorada, Mi Poder

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