Capítulo 2

—Muy bien, Sor Inés.  —Contesté intrigada y asustada, me incorporé para seguirla.

Mientras nos dirigimos a la dirección del colegio, ella me tomaba de la mano con cariño sin mencionar una sola palabra, mientras movía la cabeza y hacía un gran esfuerzo para no llorar. Al llegar se encontraban todas las hermanas allí con lágrimas en los ojos, me hicieron sentar con mucha delicadeza.

—Hija —comenzó a hablar la madre superiora— siento mucho tener que darte esta noticia. Pero tus padres han fallecido en un accidente y debes prepararte para ir al entierro de tus padres

—¡No, no madre, eso no debe ser cierto! —Grité retrocediendo asustada.

—Lo siento mucho, hija, lo siento— dijo Sor Inés y me abrazó muy fuerte llorando a la par conmigo.

—Debes de calmarte Ángel —me pedía la madre Superiora, pero por mucho que lo intentaba no podía.

Luego de un buen rato que me dejaron desahogarme, y que me sentaran, trajeron un vaso de agua obligándome a beberlo. Me llené de valor y pregunté.

—¿Cómo pasó?

—Lo siento tanto, hija, pero nadie sabe exactamente cómo pasó. —explicaba la madre Superiora también muy afligida. —Los agentes que trajeron la información solo dijeron que habían muerto en extrañas circunstancias.

—¿Extrañas circunstancias? ¿Qué quiere decir eso?

—No lo sabemos querida, ni ellos dieron una explicación. Ahora tienes que reponerte e ir a despedirte de ellos y hacer todo lo demás.

La madre Superiora, hablaba y hablaba, pero mi mente se había quedado detenida en aquella frase “extrañas circunstancias” ¿Qué quería decir aquello? ¿Qué tipo de muerte es esa? De seguro no era cierto, sí, me dije. No están muertos, solo no saben donde están. Y así de a poco me fui llenando de una esperanza llena de miedo. Y mientras las monjitas hablaban, recogían mis cosas y me preparaban para el viaje, yo solo pensaba en la posibilidad de que todo fuera una horrible pesadilla de la que muy pronto despertaría.

Muy pronto la realidad lo equivocada que estaba, cuando dos ataúdes me recibieron al llegar a la iglesia de mi pequeño pueblo, y escuchaba a todos murmurar esa frase, “extrañas Circunstancias” Nunca supe que quería decir aquello, ni tampoco me importó en aquel momento, lo único que tenía presente era.

¡Que se habían ido para siempre dejándome sola en el mundo!

No hay nada más terrible que entrar a un lugar donde reposan los restos de los seres queridos, que más amas en el mundo. La sensación de vacío, impotencia y abandono que sientes no se puede comparar con nada más. Aun con mis pocos años, experimentaba todas estas sensaciones juntas. El trayecto de regreso a mi pueblo en aquel carruaje lúgubre, lo hicimos en silencio.

Nos seguía otro enorme que utilizaba la escuela para cuando cargaba cosas para ir al mercado, el cual emitía unos chillones ruidos que los hacía sentir en medio de la noche tenebrosos y escalofriantes. Llegamos al pueblito de pocas casas, junto al amanecer. El escándalo de los carruajes hizo que todos se despertaran. Avanzamos por la única calle existente, hasta detenernos delante de la iglesia que permanecía abierta.

Descendí con ayuda de Sor Inés, que me tomó de la mano, junto a Sor Caridad y así, subimos los cuatro escalones de la entrada, y vimos aquella escena que jamás pensé ver en toda mi vida. Hasta ese momento todavía albergaba la esperanza de que todo fuera un error. Y mientras avanzamos despacio, sintiendo como mis pies pesaban con cada paso más y más. Me iba dando cuenta que sí, que no era mentira, que todo lo que dijeron era cierto.

¡Mis padres habían muerto y me dejaron sola!

Nos detuvimos al llegar al final, allí donde dos enormes velas blancas en grande candelabros se consumían con la llama. Era la única luz a esa hora en que todavía no había aparecido el sol, lo cual le daba a todo un aspecto macabro y tenebroso. Avancé sola dos pasos hasta situarme en medio de ambos con el corazón latiendo aceleradamente como si se me fuera a salir cuando los viera. Pero ambos ataúdes estaban sellados, y tampoco tenían una foto encima, por lo que no podía determinar si en verdad eran ellos, y si lo eran. No sabía quién era quién. Retrocedí ante el ataque de terror que me sorprendió, al darme cuenta de que todo era cierto, ¡cierto!

Las monjas corrieron a abrazarme y se mantuvieron así hasta que la voz de un hombre hizo que saltáramos asustadas, al girarnos vimos al padre de la iglesia vestido de negro. Al percatarse de que era yo, vino rápido a mi encuentro y me abrazó también. Al separarse lo miré a sus ojos, y fue entonces que supe que no existía un error, esos dentro de las cajas eran mis padres. Nadie decía nada, solo el silencio nos acompañaba. Giré de nuevo hasta colocarme de frente a ellos, volví a acercarme y me quedé allí.

Ante los sarcófagos de mis padres, y bajo las miradas de Sor Inés, Sor Caridad las dos monjitas que me habían acompañado, y del padre de la iglesia. Observaba en silencio a aquellas cajas que me impedían ver a mis adorables papás que estaban selladas.

—¿Puedo verlos? —pregunté con un hilo de voz.

—Desgraciadamente no, querida. —Contestó el padre suavemente acercándose hasta colocarse a mi lado, y siguió hablando bajo como si no quisiera molestar a los muertos, pensé yo que tenía que hacer un esfuerzo para escucharlo. —Como sabes, murieron en extrañas circunstancias y nos prohibieron abrir los sarcófagos. Los policías que los trajeron, dijeron que no estaban en condiciones de que nadie los viera y que debíamos sepultarlos lo antes posible. He esperado que llegaras con ellos aquí, pero me temo mi niña, que solo podemos hacer la ceremonia y llevarlos a su morada final.

Término de explicarme todo aquello que no entendí. ¿Mi mente seguía atascada en “circunstancias extrañas” Por lo que al padre terminar de explicar todo aquello, lo miré y pregunté.

—¿Qué quiere decir eso? —pregunté desesperada ante la frase. —Todo el mundo dice extrañas circunstancias, pero nadie me dice cuáles son las extrañas circunstancias.

Terminé de hablar y caí de bruces delante de las cajas, llorando desconsoladamente, mientras pensaba. ¿Qué cosa horrible les pasó a mis padres que nadie es capaz de decírmelo? ¿Los asesinaron, es eso? Me pregunté ante la incógnita que me provocaba todo aquello. Sor Inés corrió a levantarme mientras Sor Caridad, trataba de limpiar mi rostro.

—Tienes que calmarte querida —me habló Sor Inés dulcemente. —No es que no quieran decirte, es que nadie sabe. La policía no le dijo cuáles eran. Vamos, mira ya están llegando los demás.

Hice un gran esfuerzo para dejar de llorar, investigaría yo misma, me dije. Y mientras la misa transcurría de a poco me fui dando cuenta de que me había quedado sola en el mundo. Pues, ahora que lo pensaba, nunca había conocido otro familiar que no fueran mis padres. Es más, las pocas veces que mi curiosidad me llevó a realizar esas preguntas a mis ellos, obtenía como respuesta el silencio, por tal motivo, con el tiempo me dejó de preocupar el tema. Era tan feliz junto a ellos, que no sentí la necesidad de alguien más. Su amor era tan grande que llenaba cada uno de mis requerimientos, quedando sin saber nada de si tenía o no familia, solo existían las monjas.

Sin darme apenas cuenta de lo que hacía, en mi temor y conocimiento que no tenía a nadie más en el mundo, las tomé de sus manos. Ellas me sonrieron y apretaron con fuerza infundiéndome valor, y sin decirlo, me respondieron con su mirada.

—¡No estás sola, nos tienes a nosotras!

La ceremonia se hizo como de rigor, los pocos habitantes del poblado habían asistido. Todos me dieron las condolencias y me dedicaron una mirada de lástima, y me acompañaron al entierro de mis padres. Siempre de la mano de mis dos queridas y angelicales hermanas que no se separaron de mí un solo instante.

Al terminar en el cementerio, fuimos a visitar mi casa. No lo podía creer, se sentía tan vacía, tan falta de vida. Corrí a su habitación dejándome caer en su cama, todavía podía percibir el olor a ellos. Envolví las sábanas, las fundas y todo lo que aún mantenía su esencia. Las monjitas sin hablar no decían nada, se dedicaron a empacar todo.

Nos había acompañado un enorme carruaje, con dos mozos que comenzaron a subir todo lo que existía dentro de la casa en él. Yo los miraba hacer observando cómo de a poco la casa se vaciaba y al mismo tiempo sentía que lo hacía mi alma. Al terminar tuvimos que ir a la iglesia de nuevo, para recoger y hablar algo importante y regresar.

—Ya estamos aquí, padre —Dijo Sor Inés al entrar en una habitación detrás de la capilla después de tocar.

—Pasen por favor y tomen asiento.

Era un pequeño despacho con un buró, muchos libros y un gran crucifijo en la pared detrás de donde se sentaba el padre.

—¿Para qué quería vernos? —preguntó sor caridad.

—Quería entregarles esto. —Dijo extrayendo de una gaveta un viejo sobre amarillo—lo dejaron hace muchos años tus padres conmigo Ángel.

—¿Mis padres?

Capítulo 3

Muy nerviosa lo hice, tenía un mundo de papeles que no entendía y se lo di a Sor Caridad, a mi solo me llamó la atención una foto de ellos, y un sobre. Lo abrí nervioso para encontrarme con una hermosa carta de mis padres, donde me decían lo mucho que me amaban y que confiara en las monjas que ellas sabrían qué hacer.

—No tienes de qué preocuparte —dijo el padre— aunque no abrí ni leí esos papeles. Ellos me dijeron que se trataban, ahí está arreglado todo para que permanezcas en el colegio hasta la mayoría de edad. Todo está pagado hasta entonces.

—¿De veras?

—Sí, también sé que te dejaron una pequeña fortuna para cuando salgas del colegio puedas hacer frente a la vida que elijas vivir.

Mientras él hablaba, yo solo miraba la carta de mis padres abiertas en mis manos. Las monjas revisaban todos los papeles y se sorprendieron al ver la suma que dejaron en donación junto al pago para el colegio y comenzaron a alabarlos. Los escuchaba en silencio sin comprender bien todavía lo que explicaba. Porque mi mente solo estaba detenida en el hecho de que estaba sola en el mundo, no tenía familia a no ser los del colegio. Ni siquiera después de muertos me dejaron dicho si poseía alguno, por ello levanté la cabeza y le pregunté al padre casi con un hilo de voz.

—Disculpe que interrumpa hermanas. Necesito hacerle una pregunta al padre. ¿Puedo?

—Sí, sí hija, claro que sí. ¿Dime que quieres saber? Si está en mi posibilidad te ayudaré.

—Padre, ¿sabe usted si tengo otro familiar?—pregunté con timidez, bajando la cabeza, para escuchar lo que me contestó.

—Lo siento mucho, querida. Conocía solamente a tus padres. Jamás me hablaron de otro familiar que no fueras tú. Eras el único tema de conversación que teníamos entre nosotros. ¿Nunca te hablaron de ellos? —preguntó atrás él.

—No nunca. Al parecer no tengo. —dije entendiendo de que en verdad estaba sola en este vasto mundo sin saber qué hacer. —Muchas gracias.

—De nada, pequeña, quisiera poder ayudarte más, pero no sé nada. A lo mejor eran huérfanos.

—Puede ser, mamá me dijo que ella había estudiado en el colegio que estoy que es para huérfanos.

—¿De veras? —Saltó Sor Inés— ¿Por qué nunca lo dijiste? La buscaremos en los registros, si es verdad daremos con ella.

—No la ilusiones Sor Inés, sí estudió con nosotras eso quiere decir que no tenía a nadie más. ¿Y tu papá te dijo que también estudió con nosotras?

—No, él no dijo eso ni mamá tampoco. Ya veo, estoy sola en el mundo como todos los niños del colegio, ahora soy igual que ellos, sin padres. Soy una huérfana. — Y me eché a llorar desconsoladamente.

—No estás sola querida, somos una gran familia, puedes quedarte con nosotras si quieres la vida entera. —Hablaba Sor Caridad, mientras me estrechaba en sus brazos.

Después de este día, me encerré por mucho tiempo en mi dolor, la perdida de mis dos seres queridos me causó un profundo trauma del cual me era imposible salir, solo la lectura era capaz de ayudarme a escapar de esa realidad. Podía pasarme el día y la noche leyendo sin parar. Las monjitas no me dejaban, me obligaban a participar de las actividades, a acompañarlas a donde quiera que iba. Yo tenía un talento natural de poder aprender con gran facilidad todos los dialectos e idiomas, y eso se convirtió en mi nueva pasión, aprender idiomas junto a ellas.

Por ese tiempo viajaba mucho con ellas, que lo hacían por casi todo el país, en su lucha por obtener donaciones para el colegio. Se habían percatado que yo con mi gran facilidad, las ayudaba a entenderse con todos y las personas al verme eran propensos a abrir sus bolsillos con mayor facilidad, así que de a poco el ritmo de mi vida me fue sacando de mi depresión.

Con el paso del tiempo, mis heridas comenzaron a cicatrizar lentamente con la ayuda de mis maestras y amigas. Su paciencia, amor y comprensión lograron que me fuera habituando a la idea que esta era ahora mi vida, mi familia, todo lo que me quedaba en el mundo, lo cual acepté con resignación y paz con el transcurso de los años.

Era realmente feliz, me sentía segura en aquel lugar que me protegía del mundo cruel. Según fui creciendo ya no era solo una huérfana más del colegio, me trasladaron para una de las pequeñas habitaciones en que habitaban las monjas. Convirtiéndome en una trabajadora más, las ayudaba en todo sin dejar de estudiar yo. Porque no sentía que tuviera la vocación de convertirme en una monja como en ocasiones me lo insinuaba la madre superiora.

Después de mi mayoría de edad, debía decidir qué hacer. Por horas deseaba complacerlas y convertirme en monja, en otras tenía ansias de salir a recorrer el mundo, y así me encontraba en esta batalla, cuando un hecho cambiaría para siempre lo que sería mi vida a partir de ahí.

Recién había cumplido mis veintitrés años, hacía cuatro que había terminado mis estudios para ser maestra, pero todavía no me decidía a dejar el colegio. No conocía nada del mundo exterior, tampoco poseía vocación para ser monja, me encantaba enseñar a los niños, motivo por el cual me encontraba aún en el colegio. Impartía clases a los más pequeños de arte, literatura e idiomas.

En aquel entonces solía todavía pasarme interminables horas en la pequeña biblioteca, puedo decir sin exagerar, que prácticamente me había leído todos los libros, algunos de ellos varias veces. A través de ellos disfrutaba las aventuras del mundo. Me imaginaba viviéndolas personalmente y creo que era uno de los motivos por lo que nunca me decidí a tomar los votos y convertirme en una monja. Ansiaba salir a ese mundo extraño a vivir todas experiencias que ellos contaban.  Allí me encontraba una tarde de otoño cuando tocaron a la puerta.

—Señorita Ángel, la solicita la madre superiora. —Vino corriendo una de las niñas que estaba en el colegio.

—¿A mí? —pregunté intrigada. ¿Qué querría a esa hora de la noche la madre superiora conmigo?

—Sí, debe presentarse con urgencia en el despacho de la madre superiora —contestó y agregó. —Eso fue lo que me mandó a decirle sor Inés.

—Está bien, muchas gracias, linda.

Intrigada dirigí mis pasos allá tocando la puerta al llegar, escuchando su amable voz invitándome a entrar. Estaba acompañada de una misteriosa persona, que por estar la habitación en penumbras me causó algo de temor. Al verme se puso de pie, apreciando que se trataba de un hombre muy delgado con una joroba en su espalda que lo hacía permanecer inclinado, apenas se podía divisar su rostro por el enorme sombrero que llevaba. Estaba completamente vestido de negro, que le daba aún más un aspecto tenebroso.

—Buenas tardes, señorita Ángel.

—Buenas noches, señor…

—Es el abogado de tu familia, querida —me explicó la madre superiora.

—Es un placer, al fin conocerla señorita Ángel. Y como bien le dijo la madre superiora, soy el abogado Edmundo que representa a su familia.

Explicó y saludó con una profunda voz de barítono que desentonaba con la delgadez de su figura. Al avanzar a mi encuentro ofreciéndome su huesuda mano, la pálida luz de las velas dio de lleno en él.  Y fue entonces que pude apreciar su afilada y prominente nariz; que contrastaba con unos grandes ojos negros muy brillantes; una fuerte mandíbula daba a entender un carácter firme y decidido; sus labios muy finos me sonrieron amablemente dejando apenas al descubierto una hilera de dientes muy blancos, demostrándome respeto al tiempo que tomaba mi mano dándome un suave apretón, para luego dejarla sentarse e invitándome a mi hacerlo a su lado.

Todavía no podía comprender qué querría un abogado, a tantos años después de la muerte de mis padres. Que recordara, todo lo habían dejado debidamente arreglado, jamás tuve que hacer ningún procedimiento para arreglar nada. Los cheques del banco llegaban puntualmente cada mes sin que tuviera que hacer nada. ¿Qué querría este señor aquí ahora?

¡Me quedé de una pieza! Lo observaba incrédula ante esa revelación. De seguro debe de estar equivocado.

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La herencia maldita

Capítulo 2
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