Capítulo 3

Punto de vista de Emilia

Estaba en mi cuarto, parada frente a mi calendario. Ya no quedaba duda de que todo era real: la fecha indicaba que estaba en mayo de 2021.

¡Había viajado en el tiempo!

Seguía sin entender lo que había pasado, pero de una cosa estaba segura: era momento de hacer las cosas bien. No volvería a ser la esclava de la basura a la que llamaba esposo, sino que aceptaría mi destino como heredera y exitosa mujer de negocios.

Si quería cambiar mi vida por completo, tenía que empezar a la brevedad. Recordaba que una semana después del incidente de la alberca, Kayden me había obligado a renunciar a la empresa de mi abuelo.

Ese había sido mi segundo peor error. El primero era haberme casado con él.

Para mi fortuna, todavía no era demasiado tarde para corregir la situación.

Con calma, me dirigí a mi clóset y comencé a guardar mi ropa y otros artículos personales. No paré hasta que todo quedó completamente vacío y hubo cinco maletas llenas frente a mí.

Salí de mi cuarto y me detuve frente a las escaleras. Ese era el lugar en el que mi vida había acabado y donde empezaría a cambiar mi destino.

"¿Señora?", llamó tímidamente una de las sirvientas.

Miré en la dirección en la que estaban mis empleadas. Sabía que Kayden las despediría dentro de dos días y me obligaría a realizar todas las tareas domésticas. Sonreí con amargura al darme cuenta de la p*ndejada que permití.

"Ve a mi recámara y ayúdame a meter mis maletas en el carro", le indiqué.

"P-Pero, señora...", comenzó la criada más grande.

"No te preocupes. Todo está bien", le dije, con una sonrisa.

Las mujeres me ayudaron a guardar mi equipaje y yo me subí al auto y me fui. Manejé hacia la casa que mis padres habían construido especialmente para mí. En el camino no podía dejar de sorprenderme por lo t*nta que había sido: renuncié a una vida de lujos y comodidades para estar al lado de un miserable como Kayden.

Apenas llegué a mi destino, me dirigí a la sala, encendí mi laptop y me senté en el sofá. Me costó trabajo recordar la contraseña, pues llevaba varios años sin usarla, pero cuando logré desbloquearla, le mandé un correo a mi abogada para que comenzara con los trámites de divorcio. Como era su costumbre, contestó de inmediato.

En menos de quince minutos mi abogada llegó a mi casa y me extendió los papales de divorcio para que los revisara y firmara. Noté que me veía con una expresión entre confundida y conflictuada.

"Lleve estos documentos con el juez, abogada. Y que no se le olvide enviar una copia de la solicitud a la oficina de Kayden", le pedí, con una sonrisa en los labios.

"Emilia, ¿qué pasó?", preguntó la confundida mujer.

"Nada, abogada. Solo quiero terminar con mi matrimonio".

"Pero.", comenzó ella, con los ojos desorbitados.

Exhaló y luego asintió. Guardó los documentos en su bolsa y respondió: "Como usted ordene, señora".

Le di las gracias y la acompañé a la salida. Cuando me quedé sola, tomé mi celular y le envíe un mensaje a Kayden, avisándole que había comenzado con los trámites de divorcio.

Sonreí al recordar lo arrogante que era. Lo más probable fuese que se negase a dejarme ir tan fácil.

A la mañana siguiente, me desperté de muy buen humor. Me bañé y caminé hacia mi vestidor. Suspiré con frustración al darme cuenta de todos los vestidos de diseñador que había dejado abandonados por años.

A Kayden no le gustaba que saliera y no le importaba como me veía, así que pronto dejé de arreglarme para complacerlo. De hecho, mis ganas de hacerlo feliz eran tantas que no dude en caminar desnuda por su cuarto, después de que tuvimos s*xo. El recuerdo me provocó arcadas.

Para superar el mal momento, me puse un vestido beige de satín, que me llegaba encima de las rodillas y que se amoldaba perfectamente a mi cuerpo, resaltando mis mejores atributos. Lo mejor de todo era que las mangas me llegaban hasta las muñecas, así que escondía los rasguños que me había hecho mi esposo.

Me miré orgullosa en el espejo, tras secar y rizar mi cabello.

Me había pintado los labios de un rojo intenso y el delineado que me había hecho le daba mayor profundidad a mi mirada.

Agarré una de mis bolsas, a juego con mi vestido, y salí de mi cuarto. Mis tacones de aguja resonaban a cada paso que daba, lo que aumentaba aún más mi seguridad.

Por primera vez en mucho tiempo me sentía viva, además de más fuerte y audaz. Aunque había pasado poco tiempo, amaba mi nueva versión.

Me reuní con mi abogada en un restaurante de lujo, en el que se suponía que nos veríamos con Kayden. Lo esperamos toda la mañana, pero nunca llegó, así que me dirigí a su oficina.

Mi enojo aumentó cuando su asistente personal se plantó en la puerta para impedirme el paso.

"Quítate", le ordené.

"Me temo que no puedo, señora", respondió él.

Noté que una sonrisa se estaba formando en los labios de ese m*lnacido. Su jefe lo había entrenado bien.

Ese empleaducho era igual de c*brón que el hijo de p*ta de mi marido. Decidí lanzarle una mirada de pocos amigos para mostrarle que no estaba jugando.

"Señora, retírese, por favor. Al señor Horrison no le gusta que lo molesten", explicó el asistente.

"¿Por qué? ¿Está con su amante?", pregunté, con la ceja levantada.

El cínico hombre no disimuló más su sonrisa y contestó: "Así es, señora. Además, mi jefe me indicó que no dejara pasar a nadie. Si yo fuera usted, me iría inmediatamente. No tiene caso que se lastime de esa forma".

Me reí sarcásticamente. El hombre frunció el ceño, pues estaba acostumbrado a que yo fuera una mujer obediente y sumisa, pero eso había quedado en el pasado.

"Bien, dicen que Dios los hace y ellos se juntan. ¿Si te das cuenta de con quién estás hablando?", solté, barriéndolo con la mirada.

"Señora, retírese, por favor", insistió él.

"Te diré lo que pasará: te quitas de mi camino o le digo a tu esposa que todas las noches se te ve entrando a hoteles con mujeres diferentes", comenté estoica.

Al escuchar eso, los ojos del hombre se desorbitaron y su rostro palideció. Yo levanté una ceja y vi cómo se quitaba de la puerta y clavaba su vista en el piso.

"Si yo fuera tú, le diría la verdad a tu esposa. Buena suerte, perrito faldero", me burlé, antes de entrar a la oficina de Kayden.

Como esperaba, él no estaba ahí, sino en el cuarto privado. Sin embargo, desde la oficina principal se escuchaban gemidos y gruñidos.

Me sentía desdichada, pero mi ira era mayor. Caminé hacia la puerta del cuarto privado, que para mi buena suerte, estaba entreabierta.

Desde donde estaba lo vi todo. Kayden estaba acostado boca arriba en la cama y Amelia estaba a horcajadas sobre él y se movía de arriba a abajo.

Rechiné los dientes, saqué mi celular y comencé a grabar su repugnante fechoría. Amelia apenas estaba despuntando como actriz y si el video se filtraba, su carrera terminaría: dejaría de ser una joven promesa y se convertiría en una amante más.

Apenas conseguí suficiente material, abrí la puerta. Al verse descubierta, Amelia se bajó de inmediato de mi esposo y se cubrió con una sábana. Por su parte, él se amarró una toalla en la cintura y caminó hacia mí.

"Emilia, ¿qué haces aquí?", lanzó.

"Eso no importa. Vine a decirte que más te vale no faltar a nuestra reunión el viernes, o el video de tus aventuras s*xuales recorrerá todos los rincones del internet", contesté.

"¿Me estás amenazando?", soltó él, con los ojos entrecerrados y los dientes apretados, antes de acercarse más a mí.

"Te estoy dando la oportunidad de escoger", le aclaré.

"¿Y crees que te escogeré a ti, en lugar de a la mujer que amo?", cuestionó.

"Kayden, sé que la escogerás a ella. Y si quieres que su carrera finalmente despegue, te reunirás conmigo el viernes. Si me vuelves a dejar plantada...", dije, mirando a Amelia, quien seguía cubriendo sus miserias con la sábana.

"Me aseguraré de acabar con la carrera de Amelia Contreras", terminé, con una inmensa sonrisa.

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La Heredera Renacida Busca el Divorcio

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