Capítulo 3
Septiembre llegó arrastrando la pesadez del fin de las vacaciones y el regreso forzado a la rutina. La libertad de los días de biquini y las tardes en mi cama con Marta e Isabel quedó sepultada bajo el peso del uniforme del colegio: la falda plisada por debajo de la rodilla, la camisa blanca abotonada hasta el cuello y los calcetines altos. Una armadura de falsa castidad que la institución nos imponía a todas, pero que en mi caso solo servía para concentrar el calor de mi cuerpo y acelerar mis fantasías.
El pacto con mis amigas seguía vivo en nuestras miradas. Nos rozábamos las manos en los pasillos o nos dejábamos notas rápidas en los cuadernos, recordando la intensidad de aquella tarde de verano en la que nuestras pieles de tres colores se habían fundido en un solo torbellino de jugos y orgasmos. El espacio seguro que habíamos construido entre nosotras era perfecto para aliviar la urgencia del momento, pero no apagaba la verdadera hoguera que me consumía por dentro. Mi mente seguía fija en el peso de la madurez. Necesitaba la potencia de un hombre experimentado, la fuerza que don Julián se había cobrado a medias bajo el agua de la piscina antes de huir acobardado por la presencia de su propio hijo.
Fue durante la primera misa del curso, mientras el incienso saturaba el aire de la capilla, cuando encontré el objetivo perfecto. En el altar, guiando los rezos con una voz profunda, firme y magnética, estaba el nuevo capellán del colegio, el padre Andrés.
No pasaba de los cuarenta años. Tenía una estructura física imponente que la sotana negra no lograba disimular: hombros anchos, una postura recta y unas manos grandes, de dedos largos, que sostenían el cáliz con una seguridad que me hizo humedecer las bragas al instante bajo la tela pesada de mi falda. Su rostro era serio, anguloso, con unos ojos oscuros que parecían taladrar los bancos de las alumnas. Él no era un muchacho asustadizo de la urbanización; era un hombre maduro investido de una autoridad absoluta. Y el hecho de que fuera un hombre sagrado, alguien prohibido por las leyes del cielo y de la tierra, solo hacía que mi deseo de rendición ante él fuera una tentación insoportable.
Estudié sus hábitos durante las dos primeras semanas. Sabía que los viernes por la tarde, justo después de las últimas clases de tutoría, se sentaba en el confesionario del lateral de la capilla para escuchar las faltas de las estudiantes. El lugar era perfecto: un mueble de madera oscura, antigua, con una celosía tupida que separaba el cubículo de la penitente del espacio del sacerdote. Una barrera diseñada para que la carne no interfiriera con el espíritu, pero que yo pensaba utilizar como el escenario de mi juego más audaz.
El viernes elegido, esperé a que la mayoría de las chicas pasaran por el trámite y se marcharan a los autobuses. Cuando la capilla quedó en un silencio sepulcral, roto solo por el eco lejano de mis zapatos sobre el mármol, me acerqué al confesionario. El corazón me latía con fuerza en el pecho, pero no por miedo, sino por la pura adrenalina de la caza.
Me deslicé en el habitáculo estrecho, me puse de rodillas sobre el cojín de cuero gastado y cerré la portezuela de madera. El espacio olía a cera de vela, madera vieja y a la colonia limpia, con un toque de tabaco y madera, que emanaba del otro lado de la rejilla.
-Ave María Purísima -escuché su voz, un murmullo grave que vibró directamente en mi vientre.
-Sin pecado concebida -respondí, pegando los labios a la madera calada.
A través de los pequeños agujeros de la celosía, apenas se distinguía su silueta en la penumbra. Estaba de perfil, apoyando la frente en una mano.
-Bendígame, padre, porque he pecado -comencé, adoptando un tono falsamente sumiso-. He tenido pensamientos impuros... y he dejado que la carne me domine.
-El Señor es misericordioso con quienes buscan el perdón, hija. Confiesa tus faltas para limpiar tu alma -dijo él, con la distancia profesional de quien ha escuchado mil veces las mismas quejas infantiles sobre mentiras o desobediencias.
-No sé por dónde empezar, padre... Es que me gusta que me metan mano. No puedo evitarlo -solté sin anestesia, con una voz suave pero completamente nítida.
Noté cómo la silueta del padre Andrés se tensaba de inmediato. Separó la frente de su mano y giró levemente la cabeza hacia la rejilla. El silencio se prolongó durante unos segundos que parecieron eternos.
-La concupiscencia es una prueba difícil en la juventud, hija. Debes apartar esos pensamientos... -intentó reconducir, pero su tono ya no era tan firme. Había una leve vacilación en su voz.
-Es que no son solo pensamientos, padre. Este verano me entregué por completo a la voluptuosidad -continué, acomodándome de rodillas, dejando que el roce de mi falda contra mis muslos hiciera un leve ruido en el cubículo-. Había un hombre en la piscina de mi urbanización. Un hombre maduro, fuerte... casado. Me metí al agua con él y obligué a que su mano quedara atrapada entre mis muslos. Cerré las piernas con fuerza y dejé que tocara mi coño a través del biquini.
Escuché una respiración profunda del otro lado de la celosía. Una inspiración entrecortada.
-Hija, detén los detalles innecesarios, la confesión exige...
-Necesito que entienda la gravedad de mi culpa, padre -lo interrumpí con dulzura, pegando aún más la boca a la rejilla, sabiendo que mi aliento caliente cruzaba los agujeros de madera-. Sus dedos eran grandes y duros. Me aplastó el clítoris con una fuerza brutal a través de la tela húmeda, frotándome hasta que estuve a punto de correrme en medio del agua. Sentir la presión de un hombre de su edad, alguien con autoridad, me hizo destilar tanta humedad que pensé que me desmayaba.
El silencio que siguió fue absoluto. El aire en el confesionario parecía haber ganado temperatura. Pegé los ojos a la celosía y, acostumbrándome a la oscuridad, percibí que el padre Andrés ya no me miraba de reojo; estaba completamente girado hacia mí. Sus manos ya no estaban cruzadas sobre el pecho; una de ellas había bajado hacia su regazo, oculta bajo los pliegues de la pesada sotana negra.
-Esa misma noche -proseguí, bajando el tono a un susurro lúbrico, arrastrando las palabras con deliberación-, me encerré en mi cuarto. Estaba tan caliente que me quité la ropa y me metí los dedos pensando en él. Imaginé que su mano áspera rompía la tela, que sus dedos largos se introducían en mi vagina, hundiéndose en mis entrañas para lamer mis jugos desde dentro, como un ser libidinoso que me llenara de un placer infinito. Desde ese día, padre, no puedo dormir sin meter el dedo medio dentro de mí, frotándome con fuerza mientras sueño con que un hombre maduro me folle hasta destrozarme.
Un leve crujido de madera resonó en el habitáculo del sacerdote. Escuché el roce acelerado de la tela de su sotana a la altura de su entrepierna. El ritmo de su respiración ya no era el de un confesor; era el de un hombre excitado, atrapado en la trampa psicológica que le había tendido. El sonido sutil de un frotamiento rítmico llegó a mis oídos, idéntico al que yo hacía en la soledad de mi cama. El padre Andrés se estaba tocando, devorando cada una de las palabras explícitas que salían de mi boca de adolescente.
Para no dejarlo a la mitad de la paja, continué detallando la humedad de mis bragas, el ardor de mi vulva y mi desesperación por sentir una polla de verdad entrando en mi gruta del deseo. Los gemidos apagados del sacerdote se hicieron más evidentes, mezclados con el jadeo de quien está a punto de perder el control por completo tras la barrera que debía protegerlo.
De pronto, el frotamiento cesó con un suspiro largo y ahogado. Hubo unos momentos de quietud donde solo se escuchaba el intento del padre Andrés por recuperar la compostura. Se limpió discretamente y se acomodó la ropa. Cuando volvió a hablar, su voz era ronca, densa, desprovista de cualquier rastro de santidad.
-Tu... tu pecado es grave, hija -consiguió decir, carraspeando para disimular el temblor de sus cuerdas vocales-. La absolución requiere una penitencia especial. Quédate en la capilla... Espera a que terminen las confesiones de las últimas rezagadas. No te vayas.
-Sí, padre. Lo que usted ordene -respondí, con una sonrisa de triunfo absoluto dibujada en el rostro.
Salí del confesionario sintiendo mis bragas completamente empapadas, pegadas a mi piel dorada por el calor del deseo. Me senté en el último banco de la capilla, bajo la luz tenue de los vitrales. Estaba nerviosa, con las piernas cruzadas apretando mi propia entrepierna para contener el latido de mi coño. Iba a ser mi primera vez con un hombre. ¿Me dolería? ¿Sería salvaje o se contendría por la culpa de su investidura? Miré la gran polla que intuía bajo su sotana y sonreí. El juego de seducción había terminado; ahora empezaba la entrega real en las sombras de la sacristía.