Capítulo 3
Los días siguientes en el hospital fueron un borrón de soledad y dolor sordo. Nadie de la familia vino a verme. Leonardo había pagado por una habitación privada, no por amabilidad, sino para mantener las apariencias y evitar preguntas incómodas. Las enfermeras eran amables pero distantes, acostumbradas a ver todo tipo de dramas familiares. Me traían la comida, me cambiaban los vendajes de las heridas que sufrí en el "accidente" y se iban, dejándome sola con el silencio y el olor a antiséptico.
Mi único escape era el teléfono. Con los dedos temblorosos, abría las redes sociales. Veía las fotos de Leonardo. Estaba en una fiesta de gala, sonriendo a la cámara con una copa de champán en la mano. A su lado, Valeria lucía un vestido nuevo y caro, feliz. Y junto a ellos, había otra mujer. Una mujer cuyo rostro me heló la sangre. Se parecía tanto a Eva, la difunta esposa de Leonardo. Demasiado. Era como ver a un fantasma. Su nombre era Isabela.
Las fotos mostraban a la nueva familia perfecta. Leonardo, Isabela y Valeria en el zoológico, comiendo helado, sonriendo. Isabela tenía a Valeria en su regazo, y la niña la miraba con una adoración que nunca, ni por un segundo, me había dedicado a mí. Sentí una punzada de algo feo en el pecho, una mezcla de celos y tristeza. Yo había pasado tres años intentando ganarme el cariño de esa niña, soportando sus crueldades, solo para ser reemplazada tan fácil y rápidamente por una mujer que era un simple eco de su madre muerta.
Finalmente, el doctor me dio el alta. Nadie vino a recogerme. Tuve que llamar a un taxi, vestida con la misma ropa con la que llegué. El viaje de regreso a la mansión fue silencioso. Cada calle, cada edificio, me recordaba la jaula a la que estaba volviendo.
Cuando entré, la casa estaba en silencio. Fui directamente a mi habitación y empecé a empacar. No tenía mucho. Algunas prendas de ropa, un par de libros, los pocos objetos personales que había traído conmigo. Metí todo en una maleta vieja, trabajando con una calma metódica. Cada objeto que guardaba era un paso más hacia la libertad.
"¿Qué estás haciendo?"
La voz de Valeria me hizo sobresaltar. Estaba de pie en la puerta, con los brazos cruzados y una expresión de desprecio en su rostro infantil.
"Me voy a ir pronto, Valeria," dije, sin dejar de doblar una camisa.
"Papá dice que solo estás haciendo un berrinche," replicó. "Mañana es la fiesta de cumpleaños de la abuela. Tienes que estar ahí. Y tienes que usar el vestido que papá te compró."
El vestido. Lo había olvidado por completo. Leonardo lo había comprado hacía semanas, un vestido de diseñador absurdamente caro. Era otra de sus herramientas de control, un disfraz para la muñeca que debía interpretar. Fui al armario y saqué la caja.
La abrí. El vestido de seda azul estaba hecho jirones. Alguien lo había cortado con unas tijeras, una y otra vez, destruyéndolo por completo. En el fondo de la caja, había un pequeño par de tijeras de manualidades. Las tijeras de Valeria.
La ira me subió por la garganta, caliente y amarga. Pero la contuve. Discutir era inútil.
"Está bien, Valeria," dije con una voz que no reconocí como mía. "Buscaré otra cosa que ponerme."
La mañana de la fiesta, una de las primas de Leonardo, Lucía, vino a mi habitación. Siempre había sido la más "amable" de la familia, lo que solo significaba que su crueldad era más sutil.
"¡Ay, Sofía! ¡Qué terrible lo de tu vestido!" dijo, fingiendo preocupación. "Pero no te preocupes, te traje uno mío. Te quedará perfecto."
Me tendió un vestido blanco, sencillo pero elegante. Desconfié, pero no tenía otra opción. Me lo puse. Me quedaba extrañamente bien.
"Gracias, Lucía," dije, forzando una sonrisa.
"De nada, querida. Ahora baja, que todos te esperan."
Bajé las escaleras. El gran salón estaba lleno de gente, la élite de la ciudad. Todos reían y charlaban, con copas de vino en la mano. En cuanto pisé el último escalón, todas las conversaciones se detuvieron. Todas las miradas se clavaron en mí. Un silencio incómodo se apoderó de la sala.
Entonces, empezó.
Alguien derramó una copa de vino tinto sobre mi vestido blanco. Grité por la sorpresa y el frío del líquido.
"¡Oh, qué torpe soy!" dijo un hombre, sonriendo con malicia.
Antes de que pudiera reaccionar, otra persona, una mujer, me empujó. Tropecé y caí de rodillas en el centro del salón. Las risas estallaron a mi alrededor, crueles y sonoras.
Lucía se acercó, su rostro ya no era amable. "¿Creíste que podías usar el mismo vestido que usó Eva en su compromiso? ¿Qué te crees, una usurpadora?"
El vestido. No era un regalo, era una trampa. Me habían vestido deliberadamente con una réplica del vestido de Eva para humillarme públicamente.
Sentí unas manos agarrándome. Me pusieron de pie a la fuerza. Lucía me abofeteó, fuerte. El sonido resonó en el silencio que había vuelto a caer.
"¡Quítenle esa ropa! ¡No es digna de llevarla!" gritó.
El pánico se apoderó de mí. Varias mujeres se abalanzaron sobre mí. Empezaron a rasgar el vestido, tirando de la tela. Luché, grité, pero eran demasiadas. Me arrancaron el vestido del cuerpo, pedazo a pedazo, hasta dejarme casi desnuda en medio de docenas de extraños. Sus ojos me devoraban, llenos de desprecio y burla. Me cubrí el pecho con los brazos, temblando de humillación y frío. Mi dignidad, lo poco que me quedaba, fue pisoteada y destruida en ese suelo de mármol.