Capítulo 3

A la mañana siguiente, Emiliano intentó acercarse.

Me rodeó con sus brazos mientras yo miraba por la ventana el campo reseco. Su contacto, que antes me ofrecía una falsa sensación de seguridad, ahora me quemaba la piel.

Me quedé rígida, sin devolver el abrazo.

"¿Todavía te sientes mal?", preguntó, su aliento cálido en mi cuello. "Quizás deberías descansar. Le pediré a las sirvientas que te preparen un té de hierbas."

Me aparté suavemente.

"Estoy bien."

Él no notó mi frialdad, o eligió ignorarla. Su mente estaba en otra parte, siempre en otra parte.

Más tarde, en el desayuno, intentó ser amable. Me sirvió una fruta que detestaba.

"Sé que te encantan los mangos," dijo con una sonrisa.

La que amaba los mangos era Sofía. Yo siempre había preferido la papaya. Se lo había dicho docenas de veces, pero él nunca escuchaba. Nunca me veía realmente.

"Gracias," dije, dejando la fruta intacta en el plato.

Su sonrisa flaqueó por un instante.

"Ximena, a veces siento que estás muy lejos," dijo, con un tono de falsa herida.

"Tal vez solo estoy pensando en mis ambiciones," respondé, mi voz plana. "Algún día, quiero construir mi propio pueblo, un lugar donde la gente sea valorada por lo que es, no por el poder que tiene."

Emiliano se rió, una risa condescendiente que me heló la sangre.

"Un pueblo de vendedoras de elotes, ¿quizás? Es un sueño adorable, querida. Pero deja esas cosas a los hombres que saben cómo gobernar."

Sus palabras eran como piedras. No discutí. Simplemente lo miré, y en mis ojos, él debió ver algo que no le gustó, porque apartó la vista.

Justo en ese momento, una sirvienta entró corriendo en el comedor, con el rostro lleno de pánico. No era una de nuestras sirvientas. Reconocí el uniforme de la casa de Sofía.

"¡Cacique Emiliano! ¡Es la señorita Sofía! ¡Se ha desmayado por la sequía! ¡Está muy débil!"

Emiliano se puso de pie de un salto, derribando su silla. Su rostro, que momentos antes era una máscara de calma condescendiente, ahora estaba lleno de una angustia genuina y aterradora.

"¿Dónde está? ¡Llévame con ella!"

Corrió hacia la puerta sin siquiera una mirada hacia mí. Me dejó sola en el enorme comedor, con el eco de su pánico resonando en las paredes.

La sequía de Sofía. La que yo estaba soportando. Ella se desmaya y él corre. Yo me marchito lentamente y él me dice que mis sueños son adorables.

La ironía era tan amarga que casi me ahoga.

Mientras recogía los platos, una astilla afilada de la silla rota de Emiliano se me clavó en la mano. El dolor fue agudo y repentino. La sangre brotó, roja y oscura, manchando la palma de mi mano.

Fui al baño y me saqué la astilla yo misma, viendo cómo la herida sangraba libremente antes de lavarla con agua fría. Era una herida pequeña, insignificante, pero se sentía como un reflejo de la herida mucho más profunda que llevaba dentro. Una herida que nadie veía, que a nadie le importaba. Una herida que tendría que curar yo sola.

Cuando volví al comedor, la sirvienta de Sofía todavía estaba allí, mirándome con una sonrisa burlona.

"Debes sentirte muy inútil," dijo, su voz un susurro venenoso. "Mientras mi señorita sufre, tú solo estás aquí, sin poder hacer nada. Pero, ¿qué se puede esperar? No eres más que una simple vendedora de elotes que tuvo suerte."

No le respondí.

Simplemente la miré y una sonrisa fría se dibujó en mis labios. Era una sonrisa que no sentía, una máscara para ocultar el torbellino que había dentro de mí. Ella no sabía que yo era la razón por la que su "señorita" aún respiraba. Y pronto, muy pronto, todos lo sabrían.

Esa noche, me encerré en mi habitación. Saqué papel y tinta. La casa estaba en silencio, Emiliano no había regresado. Probablemente estaba al lado de la cama de Sofía, sosteniendo su mano, susurrándole palabras de consuelo.

Con mano firme, escribí.

Carta de Divorcio.

No detallé sus traiciones. No escribí sobre mi dolor. Solo escribí las palabras legales y necesarias para disolver nuestro matrimonio. Cada trazo de la pluma era una liberación, un paso más cerca de mi libertad.

Cuando terminé, doblé el papel cuidadosamente y lo guardé en un pequeño cofre de madera donde guardaba las pocas pertenencias de mi vida anterior.

No era el momento de usarla todavía. Pero lo sería.

El final de Emiliano y Sofía estaba escrito, y yo sería quien lo entregara.

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La Curandera Sin Poder

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