Capítulo 3
Al día siguiente, lo primero que hizo Santiago fue cambiar la contraseña de su estudio de música y la cerradura de la puerta. Necesitaba un santuario, un lugar donde la toxicidad de su primo no pudiera entrar. Mientras limpiaba, encontró una caja vieja. Dentro había pulseras de la amistad que Sofía y Camila le habían hecho años atrás, notas de ánimo para sus primeros recitales, boletos de conciertos a los que habían ido juntos. Sin dudarlo, tomó la caja y la arrojó a la basura, junto con los restos de su desayuno. Era un corte limpio, necesario.
Más tarde, mientras practicaba, escuchó golpes en la puerta. Eran Sofía y Camila.
"Santiago, ¿podemos hablar?", preguntó Sofía a través de la madera.
Santiago abrió la puerta, pero no las invitó a pasar. Se quedó en el umbral, bloqueando la entrada.
"¿Qué quieren?"
"Nuestras fotos... las borraste del álbum compartido", dijo Camila, con la voz temblorosa. "Y la caja... la vimos en la basura."
Sus caras mostraban una mezcla de confusión y dolor. Santiago las miró, pero no sintió nada. La herida del día anterior era demasiado profunda, demasiado fresca.
"Ya no las necesitaba", respondió con una calma que las sorprendió. No había enojo en su voz, solo una distancia helada.
"Pero... ¿por qué?", insistió Sofía. "¿Estás enojado por lo de ayer? Mateo solo estaba bromeando, ya sabes cómo es."
"Sí, lo sé", dijo Santiago. "Y ustedes también. Y no hicieron nada."
Ellas se quedaron sin palabras, mirándolo como si fuera un extraño. Probablemente pensaron que era un berrinche, que en un par de días se le pasaría y todo volvería a la normalidad. No podían estar más equivocadas.
"Tenemos que irnos", dijo Camila, tirando del brazo de Sofía. "Mateo nos está esperando para ir al centro comercial."
Santiago observó cómo se alejaban, priorizando una vez más a Mateo. Cerró la puerta sin decir nada más. Se sentó frente a su guitarra y respiró hondo. Justo en ese momento, su teléfono vibró. Era un correo electrónico.
Asunto: Audición para el Conservatorio Nacional de Música.
Su corazón dio un vuelco. Lo abrió y leyó las palabras: "Estimado Santiago, nos complace informarle que su audición ha sido programada para el próximo mes". Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. Era una señal. Era el comienzo de su nuevo camino, un camino que recorrería solo.
Poco después, Sofía le envió un mensaje. "Oye, vamos a la fiesta de siempre el viernes. Tienes que venir."
Santiago miró el mensaje, sintiendo una punzada de irritación. ¿De verdad creían que nada había cambiado? Se vio obligado a ir, sus padres insistieron en que no debía aislarse.
La fiesta fue una tortura. Mateo era el centro de atención, como siempre. Puso música a todo volumen, un reguetón estridente que a Santiago le perforaba los oídos y le daba dolor de cabeza. Sofía y Camila bailaban a su alrededor, completamente absortas. Santiago se sentó en un rincón, sintiéndose mareado y enfermo por el ruido. Nadie se dio cuenta. Nadie le preguntó si estaba bien. Estaban demasiado ocupados adorando a su nuevo rey. Para ellos, Santiago ya se había vuelto invisible.