Capítulo 2

Es que desearía que ella me hubiera querido con locura…

Sólo quería envolverme en su grandiosidad efímera y esfumarme del firmamento…

Creerme la gran cosa, sin haberme sanado el cerebro…

Una última vez…

Llora mi alma… Si fuera posible…

Anoche mientras dormía bajo Dios, y me dijo que vos ya te olvidaste de mí.

Y sí… Gracias a Dios que ya ni creo en Dios…

Así que olvidé su voz y me dormí para soñarte aquí…

María descansaba sutilmente en la cama de goma acompasando su respiración con la succión del oxígeno que llegaba a sus oídos desde el pasillo catorce. Se había despertado varias veces en la «noche» y le costaba dormirse otra vez… Tenía el libro robado escondido bajo la suave lámina de goma, pero no podía encender la luz. Nadie debía saber que tenía el libro de las verdades, sobre todo su padre… La castigaría.

La oscuridad de la fría habitación era como humo negro, filtrándose por sus fosas nasales hasta asfixiarla. Escuchó una respiración forzada.

No quería mirar bajo la cama.

No había nada allí, sólo ella intentando dormir. Debía descansar pero había perdido la cuenta de las horas por su inexplicable insomnio. Se levantó colocando las plantas desnudas de los pies sobre el suelo frío de acero. El aceite negro mojó sus pies…

No sabía que era aquel líquido, la miró confundida y… La sustancia negra se levantó tan alta como ella. María gritó desgraciada, cuando su padre Eduardo abrió la compuerta y encendió la luz… No encontró nada, solo a María en el suelo.

—¿Por qué gritas, mi niña? —La miró con una sonrisa—. ¿Quieres ir a dormir conmigo?

María se sintió muy pequeña frente al monstruo que crecía ante la compuerta, a sus pies se extendía el charco negro. Mamá trabajaba en el segundo reactor durante la noche marciana, así que su padre la acompañaba… Él la llevaría a su cama… y la haría sentir mucho dolor por despertarlo en medio de la noche.

María miró la gruesa lámina de acero del módulo, conteniendo las lágrimas.

—No es nada…

Eduardo la miró con los ojos grasientos y la sonrisa enmarcada en los surcos de su boca. Su postura se suavizó…

—Ya veo.

Cerró la compuerta.

Tuvo suerte de que no la tomara en sus brazos y la llevará, suerte… por esta ocasión. Las luces se apagaron y María quedo sola en la oscuridad… Escuchando la débil respiración del monstruo en la otra habitación. Se limpió las lágrimas de los ojos…

La primera vez que pasó, su padre la sentó, desnuda, en sus piernas y sintió un dolor atroz en la entrepierna, un desgarro… María gritó, desesperada, implorando que parará, que le dolía mucho... Pero aquello no acabó hasta que tuvo los muslos cubiertos de sangre… Esa noche no podía moverse por el dolor que sentía, aferrado a su ingle.

¿Qué le había hecho? Al principio no entendía, era solo una niña cuando ocurrió aquel dolor. Pero lo sentía... En su interior comiendo su vientre como una tenaza ardiente… Cada vez que su madre iba de guardia al reactor, su padre abría la compuerta con un silbido de descompresión. María escondida entre las sábanas lloraba en silencio, mientras el monstruo la desnudaba con sus crueles manos y lastimaba su cuerpo con su brusco peso…

No podía hacer nada, no sabía que estaba pasando… Su padre Eduardo no decía nada de lo que hacía, después de usarla le hostigaba con amenazas cruentas. María se sentía sucia y empalagosa cada vez que ocurría… Lloraba aguantando aquel dolor abusivo que nunca terminaba... Nadie lo sabía, estaba sola.

Pero tenía el libro de las verdades. En el módulo de aprendizaje, la Inteligencia Artificial que utilizaba el profesor Antoine, diseñado bajo estrictos criterios; les enseñaba matemáticas, anatomía y ciencias. Los entrenaba en dinámicas de grupo para el desempeño óptimo en el refugio, pero… Había muchas cosas que la IA ignoraba. Los jóvenes del refugio, que nacieron durante la programada Cuarta Generación, desconocían su comportamiento, eran como autómatas que aprendían y obedecían…

El libro que tenía escondido le dijo cómo era la vida en la Tierra. Casi todo lo que aparecía en el libro era desconocido para los otros jóvenes, como si estuvieran aislados de aquello esencial… Supo que era el amor y la soledad, aquello que sentía y aquello que faltaba. Era el único que la mantenía cuerda.

El día que robó el libro, Dreyfus estaba instalando el reactor junto a su padre Eduardo en el pasillo treinta y tres. Pero antes, su madre Elena había estado en su despacho, fue a buscar a su madre encontrando el despacho vacío y por una curiosidad malsana encontró el libro sobre un estante de mala muerte.

«Cien Años de Soledad» dictaba el título junto a un nombre que desconocía. Hojeó la primera hoja y se sorprendió, no sabía ni la mitad de las cosas que narraba y terminó escondiendo el corrosivo texto para fines malévolos. La primera vez que lo leyó, no lo entendió por su complicado lenguaje. La segunda vez que lo leyó, aprendió demasiado. La tercera vez que lo leyó, no se reconocía a si misma. La cuarta vez que lo leyó… ya nada era igual.

Odio. Amor. Cariño. Muerte... Sus compañeros de aprendizaje eran bebés silenciosos e independientes, tenían un velo en sus ojos. Cada vez que María aprendía algo nuevo, algo fuera de lo establecido por lo que era «correcto para los jóvenes»… Un filamento de la barrera la envolvía desaparecía, y estos filamentos cada vez eran menos; separándola de los otros ignorantes… a través de un grueso cristal de entendimiento entre lo que es real y lo que se cree real. El mundo, resultó que era muy desordenado y caótico… Mucho más de lo que la IA lo explicaba en sus complicadas lecciones de comportamiento.

El único que parecía exacerbado con todo esto era Jeremías, él visitaba con regularidad a la psicóloga Esperanza, así como hacían los recién llegados del otro planeta. Pero últimamente casi ni hablaba y le hacía preguntas incómodas a la IA, preguntas que los demás no entendían… Excepto ella, claro... Jeremías  parecía confundido, miraba a su alrededor las paredes y el suelo de hojalata con repulsión.

—¿Por qué alguien mataría? —Le preguntó el joven a la IA ante el descontento de los otros. Antoine era un profesor ausente, pero aquello llamó su atención…

La pantalla de luz que se adhería a la pared de metal respondió con una voz apacible de mujer.

—Esa respuesta no está programada.

«¿Por qué alguien mataría?». Era cierto, pero de alguna manera también era falso… Había cierto auto desprecio en formular aquella pregunta. Jeremías  se quedó con la duda, pero María sabía la respuesta y… Temía por ello.

—Yo sé tu pregunta.

Jeremías  se dio vuelta, era bastante alto; un poco más que todos los demás. Los nacidos en el planeta rojo eran altos y menudos por la poca gravedad, tenían huesos frágiles y voluntades débiles por el encierro. O al menos eso dijeron los que llegaron de la Tierra.

—¿Cómo podrías saberlo?

—Sé lo que es matar—aclaró María alisando su revoltoso cabello castaño—... Ven conmigo después de la dinámica grupal.

—Sabes que nosotros no podemos estar solos—recalcó el joven de ojos oscuros.

—Nadie lo va a saber.

Durante la dinámica grupal no dejaron de intercambiar miradas. La IA los instó a realizar un debate generalizado sobre el funcionamiento de los órganos del cuerpo... Cuando terminaron, María tomó de la mano a Jeremías  y juntos caminaron desde el pasillo veintidós al pasillo catorce, el joven se quedó largo rato mirando al pasillo trece, esperando. Sí, Jeremías  seguía obsesionado con la silueta oscura de misterioso origen… pero pensaba poco en ello… salvo cuando recorría aquel pasillo deshonrado por la violencia.

María abrió la compuerta y fueron al pequeño módulo donde estaban los dormitorios y el estudio de su familia; faltaba poco para la hora del almuerzo en el comedor, así que debía hacerlo rápido. En su habitación estaba la cama de goma sobre empotrado de metal, el armario relleno de ropa pálida e incolora y una mesa pequeña con una larga tijera de pelo.

—¿No me vas a responder? —Preguntó el joven ligeramente incómodo.

—Primero debes responderme tú.

—¿Qué cosa?

—¿Qué pasó en el pasillo trece?

Jeremías  se encogió asustado, fue como si María lo hubiera abofeteado. Estuvo largo rato mirándolo…

—No te lo puedo decir…

—¿Entonces por qué le preguntas a la IA sobre matar, en frente de todos los demás? —María estaba confundida.

El joven se llevó las manos a la cabeza.

—No sabía que tú sabías. Sólo quiero saber la verdad.

—Eso es lo que yo quiero—inquirió María apretando los dientes—. Quiero saber qué ocurrió en el pasillo trece, por qué los adultos miran a ese lugar con desagrado y por qué repentinamente la doctora Esperanza cerró su despacho. Ni siquiera asiste al comedor…

Los ojos del joven se nublaron y se estremeció. Era eso entonces, habían asesinado a la doctora y un velo de silencio cubría el refugio…

—¿Quién la mató? —Reiteró María con los ojos adoloridos, sentía un nudo en la garganta.

Jeremías  negó con la cabeza.

—Esa es la cuestión.

Entonces los adultos pretendían que nada pasaba mientras un caos se avecinaba. María se tambaleó y se sentó en la cama de goma junto a Jeremías, él le pregunto el porqué sabía de esto y ella le mostró el libro, pero está vez dijo que era de su madre.

—¿Por qué alguien mataría?

—Por muchas cosas—respondió María mordiéndose el labio—. Pero también por ninguna. Matar no tiene sentido.

—Dreyfus dijo que nosotros somos la Generación de la Inocencia… ¿Qué quiso decir?

—Es lógico—María pensó por un momento—. La generación anterior de nacidos en Marte es muy diferente a los llegados de la Tierra. Son muy inteligentes y pragmáticos, son como máquinas por así decirlo… Con cada generación realizan un experimento diferente. Y nosotros somos…

—¿Nos están privando de la maldad?

—Hay muchas cosas que no saben nuestros compañeros. Cosas cotidianas que cualquier ser humano entendería…

—¿Cómo qué?

María puso los ojos en blanco.

—Cierra los ojos…

El joven apretó los párpados, respiraba nervioso. María acercó su rostro como la había imaginado y… estiró los labios hasta tocar los del joven con un cosquilleo. Se sintió bien, rico en la boca y sonrió. Jeremías  abrió los ojos sorprendido.

—¿Qué fue eso?

María se ruborizó.

—Hay mucho más…

—¿Por qué tu cara se puso roja?

La compuerta se abrió con una descompresión atmosférica. Eduardo apareció ante ellos muy serio.

—¿Qué hacen aquí?

María sintió que el corazón se le caía a los pies. Jeremías  escondió el libro en una esquina del colchón de goma, estaba muy pálido.

—Nada…

Su padre le dedicó una mirada de reproche y los sacó de la habitación. Sabía que le saldría cara la pequeña aventura con Jeremías. El joven se fue ante una mirada acusadora… Su padre vestido completamente de blanco no le dijo nada pero se marchó inquisitivo al reactor de fisión, donde trabajaba como auxiliar.

—¿Qué te dijo tu padre? —Le preguntó Jeremías  esperándola en el pasillo catorce.

Bajaron hasta el concurrido pasillo cinco con el comedor atestado de jóvenes, el turno nocturno del segundo reactor había terminado y el laboratorio de carnes cultivadas cerró su primer turno. Todos comían en las amplias mesas de acero brillante del gran salón blanco.

—Lo odio—soltó María apretando los dientes—… Lo odio con todo mí ser.

Jeremías  tragó saliva.

El resto del día la escuchó divagar sobre todo lo que tenía en la cabeza, la mayoría era sobre un pueblo en la Tierra con muchas ocurrencias fantásticas. Cuando Jeremías  habló, no pudo evitar imaginarse una y otra vez aquel inesperado beso.

María cerró la compuerta con solo una hora para ir a dormir y escuchó la descompresión, se estaba cortando las puntas del cabello, pero terminó ocultándose bajo las sábanas… Una respiración dificultosa agitó las sábanas bajo el colchón de goma… Eduardo entró desabrochándose la camisa  con los labios apretados.

—¿Cómo pudiste cambiarme por ese escuálido? —Tenía los ojos inyectados en sangre—. ¿Sabes cuánto hemos hecho por ti… y tú solo te vas con él? Te diré un secreto: todos creen que soy un genio. ¡Es muy estresante estar todo el día al pendiente del reactor desde que me asignaron el cargo! ¡Una falla y todos morimos! —Su padre se quitó los pantalones, María se encogió sobre el colchón llorando en silencio—… Tú madre ya no… No me soporta. Todo el mundo actúa como si todo estuviera bien conmigo al mando… como si no fuera un humano… Yo…

Se lanzó sobre la cama y tiró de las rodillas de María entre gritos… La abofeteó y la mitad del rostro se le cubrió de calor. La habitación era roja, la hojalata olía a hierro frío… Calló, nadie podía salvarla del monstruo que la engendró. Las luces blancas parpadearon en el instante en que el monstruo de carne apuñaló su interior… y dejó de llorar. De moverse… Estaba en un lugar donde nadie podía herirla. Quería salir de allí, de aquella jaula de pájaros.

—Siempre vas a ser mi niña—repetía el monstruo con un hilo de saliva corriendo por su mandíbula, cada palabra acompañaba una embestida brusca y dolorosa—… Mi niña, mi niña, mi niña, mi niña… Sólo mía…

El peso y la respiración del hombre la asfixiaban… El tubo de oxígeno crujió y… María estiró la mano y se pinchó la palma con las tijeras afiladas y puntiagudas,  intentó quitárselo de encima con las manos pero era muy fuerte. Su entrepierna dolía espantosamente…

Las sombras salieron de las paredes, eran altas y delgadas… y anunciaban blasfemias en un idioma que desconocía.

La habitación se cubrió de un rojo escarlata, las paredes lloraban sangre y una gotera caía sobre ella. El hombre se transformó en un demonio negro de ojos espectrales y largos cuernos retorcidos, sacó su larga lengua bífida y le lamió el rostro.

Olía a orina y sangre… María lloró a todo pulmón mientras el monstruo la violaba. Sentía que destruían su alma y envenenaban su cuerpo. Escuchó una voz, una petición del ser bajo la cama… Tomó el objeto filoso con los dedos y lo clavó con un movimiento en la cabeza del demonio.

Escuchó un quejido y el cuerpo sobre ella se agitó, sacó las tijeras de un tirón y la lluvia roja la bañó. Eduardo cayó al suelo temblando, sus ojos saltones miraban el techo, al estremecerse. Aquello que la hacía humana había despertado, la supervivencia... El hombre se agitó con los ojos negros desenfrenados y levantó los brazos…

—Mátalo…

La voz susurrante se escuchaba muy lejos pero estaba junto a ella…

María saltó sobre Eduardo, lo apuñaló en el vientre hasta que sus manos quedaron pegajosas… y gritó… La habitación quedó a oscuras y las manos negras se cerraron en torno a su cuello. Unos ojos brillantes flotaron hasta ella en un sueño…

Ruega por nosotros pecadores a la hora de nuestra muerte…

Capítulo 3

Hemos jurado amarnos hasta la muerte.

Y si los muertos aman, después de muertos amarnos más…

Lo que Dreyfus más extrañaba de la Tierra era la radio, el sonido de la lluvia y los rayos retumbando a lo lejos… Solía divagar sentado en el escritorio junto a la computadora que controlaba la electricidad de los reactores.

Veía escenas sangrientas en una cárcel de árboles altos y robustos matorrales de la selva espesa… Olía a moho, tierra, tabaco y fósforo. Había perdido el libro, sabía que estaba prohibido fumar y los libros del «otro mundo», durante el experimento de la Cuarta Generación; pero aquel libro lo calmaba de sus temores acarreados en la guerrilla…

Recordaba los cuerpos mutilados del batallón cuarenta y ocho esparcidos en un círculo… A veces caminaba chueco, como si aún llevase el pesado fusil y los cargadores. Y los disparos… Necesitaba hojear aquel libro para olvidar los gritos y los explosivos.

Durante años, se ahogó en pilas de cigarrillos baratos, pero… Lo único que podía salvarlo estaba oculto en su despacho. O estaba… Porque había desaparecido. Las personas de piel carbonizada vagaban por las calles con los sesos fritos… lloraban sangre.

¡Dreyfus rompió la regla más importante de su estadía en el planeta rojo! El experimento de la Inocencia, iba a cultivar a jóvenes libres de la maldad de la humanidad… Libros, videos, música y entretenimiento limitado mientras crecían… dóciles y obedientes. ¿Qué sentido tenía la vida sin música y libros? Estaban prohibidas las drogas. Prohibido el alcohol. Prohibido amar. Prohibido matar… Prohibido vivir.

Que vidas tan simples llevaban los nacidos en Marte. Dreyfus conoció bien a los cobardes del batallón, que huían durante su primer permiso o morían al no poder jalar el gatillo y cerrar los ojos. Todos los nacidos tenían esa mirada asustadiza. Y la Tierra no estaba mucho mejor…

El eje del planeta se inclinó por el peso de las ciudades causando un cambio climático escalofriante. Los únicos terrenos que permanecieron abundantes fueron las tierras latinoamericanas… Las guerras por recursos y territorios desataron la cólera, durante muchos años una desestabilización llevó a las personas a cruentas trifulcas… Y luego la humanidad manchada de sangre sufrió la catástrofe más grande que ni siquiera pudo prever… La magnetosfera que protegía el planeta se invirtió dejándonos desprotegidos… Toda aquella radiación solar bombardeo la civilización.

Desde el cataclismo mucha de la tecnología se perdió, satélites, celulares, electricidad… pero la humanidad tuvo que unirse con una alarmante reducción de su población. La sociedad fue un caos durante una década hasta que las personas se adaptaron a la supervivencia bajo tierra y logró restablecer la comunicación con la civilización en Marte.

Miró el diagrama computarizado del reactor nuclear de fisión. Para mantener activas las instalaciones en el refugio Nirvana, era necesario generar energía mediante una batería nuclear—un generador termoeléctrico de radioisótopos—que convierta el calor en electricidad. Protegido con un escudo antirradiación, el segundo reactor subterráneo está ubicado en el último pasillo de la caverna, con paneles extendidos para disipar el exceso de calor, y está conectado a la base mediante un cable que suministra energía en cualquier momento del día y bajo cualquier circunstancia atmosférica. Toda una proeza científica que tomó menos de diez años en construirse en la Tierra.

El prototipo del sistema de energía utiliza un núcleo de reactor sólido de uranio 235 fundido, aproximadamente del tamaño de un rollo de papel toalla. Los tubos de calor de sodio pasivos transfieren el calor del reactor a motores Stirling de alta eficiencia, que convierten el calor en electricidad. Tenían un sistema de enfriamiento remoto en caso de sobrecalentarse.

Es un sistema de energía liviano capaz de producir diez KW de energía eléctrica, suficiente para hacer funcionar varios hogares promedio de forma continua por alrededor de diez años. El primer reactor era bastante antiguo y el segundo recientemente instalado servía como soporte en caso de una falla por el envejecimiento…

Existían un par de fallas que debía vigilar en el primer reactor. Por supuesto, la base también usaba energía eólica de los vientos marcianos y un generador eléctrico adicional de emergencia que aprovecha los desechos de los habitantes.

Dreyfus pensaba en ello con demasiada frecuencia… La Tierra seguiría siendo un infierno por quinientos años mientras el campo magnético se estabilizaba… ¿Por qué había ido al refugio? Era uno de los últimos ingenieros nucleares del mundo. No tenía familia… Nada que perder, que no haya perdido ya. Era el perdedor perfecto que necesitaban los marcianos para coexistir en el refugio Nirvana.

Y ahora la muerte lo perseguía en el otro mundo. El asesino había matado a la doctora Esperanza, que viajó con ellos en el trasto de hojalata durante seis meses… Y asesinó de nuevo, esta vez a Eduardo Benedetti, el supervisor del segundo reactor de fisión nuclear. Su hija María no paraba de llorar con el uniforme blanco cubierto de sangre.

—No sé lo que paso—confesó la joven con el rostro pálido—. Mi papá vino a… hablar conmigo y entró esta figura negra y alta y le clavó el cuchillo hasta que se durmió.

La joven ni siquiera podía mirarlo a los ojos… a Dreyfus le incomodaba que su historia sonaba ficticia, aunque era sólo una niña asustada. Ella simplemente no sabía que estaba pasando, pertenecía a la Generación de la Inocencia.

Interrogó a la esposa de Eduardo, pero la mujer llorando a mares no podía articular palabra, estaba tan asustada que tuvieron que aislarla junto a su hija.

Dreyfus dejó caer los hombros y se desperezó en la silla. No quería creer que fuera real… quizás fuera un sueño y aún estaba en uno de los túneles de Ciudad Bolívar, bajo el Casco Histórico… escuchando como los ratones le comían los zapatos. Cerró los ojos intentando despertar, cuando escuchó la descompresión de la compuerta con un escalofrío… y un rostro sin ojos le gritó que corriera en medio de una lluvia de disparos.

—¿Extrañas nuestro hogar? —La voz sutil de Ana lo trajo de vuelta.

Dreyfus se reclinó aún más en la silla.

—Cada segundo—recalcó. La mujer estaba bastante pálida, aunque las luces blancas proporcionaban vitamina D… No eran lo suficientemente intensa como para tostar su rostro con naturalidad—… Extraño la lluvia y su olor curioso.

Ana se pasó una mano por el intrincado cabello negro, tenía ojos oscuros y vivaces. Se podría decir que era la única hembra digna de admiración, porque las marcianas eran flacuchas y altas, en cambio Ana; ella sí era una mujer en toda la expresión de la palabra.

—El día antes de partir bebí café tantas veces que olvidé su sabor—dijo la mujer con tristeza, se tocó los labios—. Las manos me temblaban y los ojos me daban vueltas... El buen café es lo que le da sabor a la vida. Pero ese día lo perdí…

Dreyfus estiró la mano hasta tocar la de Ana al otro lado del escritorio. La miró con conspiración.

—¿Quieres darle sabor a tu vida? —Preguntó con una sonrisa.

La mujer disimuló la sonrisa con los labios apretados. Su juego era hacerse la difícil, pero aceptaba con la primera proposición… sólo debías ser paciente. Dreyfus la entendía, y ella… también lo entendía a él. ¿Cuál era la probabilidad?

—No es el momento… ni el lugar, Dreyfus de Jesús.

El hombre se llevó las manos a la cabeza.

—La única que me llamaba así era mi madrecita—recordó con nostalgia—... La última vez que fuimos a la playa, yo me quedé en la orilla construyendo un gran castillo con la arena mojada. Mi madre creyó que estaba nadando y partió a buscarme, se metió en el agua mientras yo me escondía en la arena y me reía…

»¡Dreyfus de Jesús, Dreyfus de Jesús! Gritó desesperada con el agua hasta el cuello. Quizás, si hubiese sabido… que ella no sabía nadar… Me hubiera lanzado al agua a buscarla… Pero esa fue la última vez que escuché a mi madre.

Ana lo miró con el ceño fruncido.

—Te odio, ojalá nunca me hubieses contado eso.

Dreyfus sonrió mirando el suelo de metal, el módulo estaba impregnado con el aroma ferroso de la sangre coagulada. No lo dejaban salir del módulo de control, si el almirante Torrealba lo conseguía en los pasillos lo aislarían hasta encontrar al asesino o peor…

No quería pensar en eso. Prefería seguir los lineamientos y llevar un control de los reactores a través de las computadoras. Las visitas de Ana eran un regalo de Dios.

En el módulo tenía un baño conectado al generador de material orgánico y una brisa fresca del calefactor, cuando era la hora de dormir. El almirante venía de vez en cuando con el ceño fruncido y lo miraba hosco, no tenía pinta de conversador y parece que tampoco tenía ápices de detective. Le iba terrible en su investigación…

Las compuertas no tenían seguros, así que Anna lo visitaba por las noches cuando apagaban las luces y hacían el amor hasta una o dos veces en la placentera oscuridad. Al menos eso lo ayudaba a conciliar el sueño, sus noches estaban llenas de disparos y gritos. Aún temblaba escuchando la piel derretida desprenderse de los brazos y la cara de sus familiares…

La bella mujer de largo cabello rizado le traía las comidas y algún otro aperitivo del jardín hidropónico. Era una excelente química y muy buena con las manos. Solían compartir el almuerzo y la cena; algunas veces verduras, carnes sintéticas, compresas de insectos y otras veces una pasta marrón oscuro sin sabor. Dreyfus no se esforzaba por averiguar el origen de la última, pero si le gustaban las pequeñas y cuidadas manos de la mujer a su lado. Quizás en otra vida se hubieran amado tanto… Que ase reencontraron a lo largo del tiempo en el vasto universo abstracto.

Las luces parpadeantes lo asustaban, pero sólo era la actividad sísmica del planeta muerto. Cuando su cama dejó de estremecerse y el peso de Ana reposó sobre su pecho en el dulce lecho, cerró los ojos esperando el dulce letargo del sueño… Una porción del descanso eterno. Pero las luces se agitaron otra vez con un millar de pisadas y gritos.

El túnel obscuro olía a culo, sudor y pega para zapatos. Las personas se apretujaban y le daban codazos en los hombros, el pecho y el estómago… Dreyfus se encogió asustado, seguía siendo joven pesé a sobrevivir las quince misiones de servicio obligatorio e ir terminando el último semestre de ingeniería nuclear. El portón de hierro se estremeció y las últimas personas entraron… Los niños lloraban y los adultos rezaban.

La gruesa puerta de metal era custodiada por una docena de flacuchentos guardias vestidos de verde oscuro con grandes fusiles. Afuera del túnel las personas golpeaban el metal ardiente pidiendo entrar a gritos. El asfalto silbaba cuando el sol abrasador lo derretía… Cuando los llevaron corriendo al refugio, vio como las tiras de piel quemada colgaban flojas de los rostros de las personas. El calor era espantoso.

—¡Son ellos o nosotros! —Gritó el sargento con el fusil colgando de su hombro.

Nunca olvidaría aquellas palabras. El Cataclismo fue el infierno en la Tierra para la humanidad. El campo magnético se invirtió desprotegiendo el planeta de la radiación solar; muertes, extinciones masivas, cambio climático… Dios arrojó el incienso sobre el mundo. Ruega por nosotros pecadores… Las luces del túnel parpadearon y reventaron en un millar de fragmentos de vidrio sulfatado… Dreyfus se levantó en la oscuridad, se despertó antes del amanecer marciano. Ana ya se había marchado… Las luces brillaban rojas…

¿Rojas? Las sombras se alargaban desprovistas de tinieblas y los muebles del módulo estaban volcados. El hombre se levantó de la cama escuchando la ventilación del oxígeno aspirar el dióxido de carbono de su respiración acelerada.

El corazón le daba vueltas; tenía mareos, gases, náuseas y debilidad. Era como estar enamorado o con el corazón roto, aunque quizás fuera más como estar sufriendo la abstinencia… La compuerta se abrió con un silbido y la atmósfera hermética se descomprimió… Los pasos resonaban húmedos junto a una gotera.

—¿Jesús?—Clamó una voz de mujer.

Dreyfus se incorporó nervioso. Tenía el uniforme blanco pegado al cuerpo por el sudor empalagoso. Las luces rojas parpadearon… silbaban sulfatadas desprendiendo el olor a cable quemado. La mujer desnuda cubierta de algas cojeaba con una pierna llena de gusanos, fue dejando huellas negras al caminar. El rostro le colgaba blancuzco, los peces le comieron los ojos y tiras de piel…

—¿Eres tú, Jesús? —Extendió los brazos marchitos ante las luces parpadeantes, cambiaba de expresión con cada parpadeo—… ¡¿Por qué te escondiste, maldito niño?! ¡Por tu culpa me ahogué! ¡Es tu culpa que muriera!

Dreyfus sintió el peso del fusil en el costado, como solía recordar a veces… tomó el arma con las dos manos en dirección al cadáver. Quitó el seguro con lágrimas en los ojos…

—Perdóname, perdóname…

—¡Ojalá te hubieras muerto tú aquel día!

La mujer soltó un grito desde la boca negra y echo a correr con los brazos extendidos. Dreyfus cerró los ojos y apretó el gatillo como un autómata, el arma le golpeó la barriga con el retroceso y lo dejó sin aire. Quedó en penumbra cuando las luces se sulfataron y silbaron desprendiendo un insípido olor a quemado. Escuchó un estallido húmedo seguido de un crujido y un gemido. El disparo lo aturdió, los oídos le zumbaron cuando un cuerpo pesado cayó al suelo… a sus pies.

No se escuchaba ni un alma. Su corazón latía desenfrenado… Cuando las luces blancas se encendieron como si nada hubiera pasado… no tenía el arma en las manos, pero sentía su peso. Ana yacía en el suelo de hojalata, la mitad de su cabeza era una masa de pelo, sangre y sesos. Uno de sus ojos colgaba de un hilo rosado…

Dreyfus soltó un gemido cuando Gregorio Torrealba, el doctor Ezequiel Azdrubal y Victoria Carvajal entraron por la compuerta abierta con los ojos desenfocados. Un grito general recorrió la estancia…

El almirante miró el cuerpo de Ana con las manos en los bolsillos y las muelas apretadas. Asintió con la cabeza y miró el uniforme salpicado de sangre y sesos de Dreyfus.

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La Cuarta Generación

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