Capítulo 3
Al día siguiente Mónica fue al área de recursos humanos, ahí se encontraban Rogelio y Federico, entregó sus documentos a ambos, este último sonrió triunfante.
— Estás tomando una buena decisión, Mónica, los estudios de nivel medio superior siempre ayudan mucho para buscar buenas y mejores oportunidades— dijo Rogelio con una voz suave.
Aunque todo el mundo le decía a Mónica que era una buena decisión la que tomaba, ella no se sentía muy convencida, tenía un mal presentimiento que no la dejaba estar en paz, estuvo así todo el día y no le agradaba mucho esa sensación.
Más tarde en su habitación se vestía con una blusa amarilla de cuello redondo con mangas cortas y se ató su cabello en media coleta, un listón cubría la liga de su cabello, se quedó observándose detenidamente en el espejo de cuerpo completo que tenía recargando en la pared, entonces comenzó a hablarle a su reflejo.
— Mónica, has hecho cosas increíbles en estos dos meses, ahora viene el reto, estás asustada porque no conoces. Reconozco que tienes miedo a lo desconocido, pero esto hará que te superes, así que deja de ser una cobarde.
Se sonrió y comenzó a ignorar su presentimiento, después se fue a una fiesta con Carolina.
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En una habitación con paredes de madera, una cama amplia y un colchón cómodo dormía Aarón, tenía una pesadilla, soñaba con una chica de cabello rubio, piel muy blanca y pecas en su nariz, llevaba un vestido blanco transparente, le decía con voz aguda
— Te amo Aarón pero no puedo estar contigo.
Despertó sobresaltado por lo que se sentó en su cama, pasó una mano por su cabello y respiró profundamente, reconoció que estaba en casa de sus padres, aún no eran las siete de la mañana pero decidió levantarse y alistarse para desayunar. Entró a la regadera para refrescarse, peinó su cabello castaño claro con un poco de gel, se aplicó un poco de protector solar en la cara y delineó su barba que había dejado crecer un poco, lo hacía ver más autoritario aunque solo tuviera veintiséis años, una pestaña había caído al interior de unos de sus ojos aceitunados, entonces con mucho cuidado la retiró, luego se vistió casual con mezclilla, una camiseta de algodón color blanco cubría su abdomen trabajado y unos zapatos cafés de gamuza formaban en conjunto un atuendo perfecto para un domingo familiar.
— Buenos días— saludó con su voz gruesa a sus padres que se encontraban en la mesa del jardín para degustar el desayuno.
— Mi amor, qué guapo te ves hoy— dijo su madre mientras se levantaba para darle un beso en la mejilla y un cálido abrazo— Buenos días.
— Buenos días, hijo— contestó sonriendo su padre.
Él tomó asiento y la sirvienta sirvió los diferentes platos con frutas; los padres tenían una conversación casual pero de repente miraron a Aarón quien solo se enfocó en desayunar.
— ¿Cómo te va en la escuela?, ¿todo bien?— preguntó dulcemente su madre.
— Bien, mamá, estamos por empezar el siguiente ciclo escolar, me dejaron varias materias con números pero ahora me asignaron la tutoría de los muchachos de segundo semestre.
— Hijo, si no te gusta tu trabajo, sabes que siempre puedes regresar a la empresa y dirigirla— contestó su padre.
— Amo mi trabajo, papá, solo que no me gusta ser tutor de niños de primer año, aunque sean de segundo semestre son muy rebeldes y cuestan más trabajo, como que aún no se acoplan al ritmo de trabajo del nivel medio superior, entonces hay muchas bajas, problemas con la autoridad, en fin— expresó con afán de convencer a su padre.
— Solo enfócate en tu trabajo, hijo, puedes hacer eso y más— intervino su madre.
Estuvieron los tres pasando un día familiar, hasta que llegó la tarde y Aarón debía regresar a su casa para ordenar todo para sus clases de inicio de curso, se despidió de sus padres, después se fue. Su vida era monótona y esperaba que siguiera siendo así entonces inició su clásica rutina: planear su clase, leer un poco del tema, estar en el gimnasio y regresar a descansar a casa.
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Llegó el día lunes, Mónica fue a trabajar y llevaba una maleta extra la cual dejó en el casillero, llevaba su uniforme y sus libros. Todo su día fue normal, hasta cierto punto fue tranquilo, a la hora de la salida se dirigió a la ruta de autobuses que la dejaban más cerca de su escuela, solo tardaba veinte minutos en llegar, entonces entró a una cafetería donde se cambió de ropa para entrar a sus clases, la falda era de tela escocesa azul marino, tableada, llegaba debajo de la rodilla, usaba una blusa blanca de manga corta, calcetas blancas y zapatos escolares negros. Se sentía infantil, luego se tuvo que atar el cabello en una coleta para usar el moño de la escuela, el suéter era azúl marino también pero era opcional usarlo pues hacía calor aunque debía llevarlo.
— Odio esta ropa— dijo dramática, luego tomó valor y se fue a clases.
Se sentó hasta atrás en la última butaca, varios de sus compañeros eran muy jóvenes, de entre quince y dieciséis años, tenían muy buena comunicación entre ellos pero hablaban mal de Mónica por ser la nueva y mayor de la clase. Los profesores asignados a ese grupo iban pasando para presentarse y a la hora de hacer sus típicas presentaciones aventaban a Mónica para contestar cualquiera de ellas.
— Que conteste la nueva— se escuchaba salir de la boca de Brianna, una compañera de Mónica, rubia de ojos verdes.
Entonces ella se cansó y prefirió tomar un rol malvado como mecanismo de defensa, por lo que a cualquier pregunta contestaba acertadamente pero hacía comentarios como "¿no tiene algo mejor que enseñar, profesora? Esto se ve en la primaria" por lo que se volvió un pésimo ambiente para los profesores.
En un grupo de una red de mensajería instantánea donde se encontraban todos los profesores de segundo semestre comenzaron a hablar de la chica nueva. Aarón sacó su teléfono y empezó a leer los mensajes de sus compañeros.
— Se porta grosera esa señorita— escribió la maestra de artes.
— Es inteligente, pero muy difícil de tratar— continuó el profesor de inglés.
— Desafía a la autoridad, ojalá nos puedas apoyar con la señorita Mónica, Maestro Aarón— pidió la profesora de gramática.
Aarón suspiró y respondió seco.
— Ok.
Guardó su celular y entonces se dirigió al salón de clases, todos estaban parados.
— Buenas tardes, jóvenes, tomen asiento que iniciará la clase— dijo el joven profesor que vestía un traje café con una camisa blanca de manga larga y mancuernas, además de que no usaba su saco, sino un chaleco café, cargaba sus materiales en un maletín de piel.
Todos los muchachos se sentaron en sus butacas con mala cara, solo Mónica estaba sentada desde el inicio, en la fila de atrás mirando por la ventana, Aarón se percató de eso pero luego comenzó la clase. Escribió en el pizarrón con letras grandes "Cálculo diferencial e integral".
— Bien, chicos. Soy su profesor de cálculo y tutor, Maestro en enseñanza de las matemáticas Aarón Montero Vega. Esta es una materia que suele ser ligeramente difícil pero con órden y constancia lograrán pasarla. Iniciaremos con el programa ahora.
Borró el letrero y anotó al centro: Límites.
Todos los alumnos sacaron sus libretas de mala gana pues sus profesores anteriores solo habían hecho dinámicas de presentación.
— Ay profe, pero eso mañana lo vemos— dijo una alumna.
— Ya nos queremos ir— agregó otro alumno.
Aarón no se detuvo y siguió escribiendo sus límites, explicó dos y al mirar las caras de sus alumnos se le ocurrió una idea.
— Ok, si alguien puede resolver esta derivada, nos iremos.
Entonces escribió hasta abajo Dx X²
Todos quedaron en silencio y mirándolo pero entonces se escuchó una voz burlona al fondo del salón.
— Es 2X— luego murmuró con el afán de que Aarón escuchara— De nuevo solo nos hacen perder el tiempo, ineptos.
El profesor Aarón supo de inmediato de quién hablaban sus compañeros maestros.
— Entonces le aburre venir a clases, señorita. Levántese y dígame cuál es su nombre— dijo con firmeza.
Mónica se levantó desafiante, todos la miraron.
— Mi nombre es Mónica Castillo Trejo.
Llamó rápidamente la atención del joven profesor pero mantuvo una expresión neutral.
— Muy bien, señorita Castillo, he escuchado hablar mucho de usted, sus profesores se han quejado de usted y eso que es el primer día, entonces, como tutor de segundo semestre vamos a hacer un trato, por lo menos para mi clase.
El profesor comenzó a escribir en el pizarrón tres ejercicios, uno era un límite, un problema de derivadas y una integral, todos en el salón se quedaron callados, no tenían idea de cómo se resolvían los complejos ejercicios.
— Señorita Castillo, si usted responde bien estos ejercicios, obtendrá un diez de calificación global y no tendrá que entrar a ninguna de mis clases— comentó el altanero profesor.— Pero si falla, deberá entrar a todas mis clases sin excepción alguna, se sentará en la butaca de enfrente y guardará silencio durante toda la clase, cualquier cosa que usted diga será utilizada en su contra y tendrá reporte.
Mónica miró los ejercicios, se incomodó porque todos sus compañeros la observaban, entonces mordió el interior de su mejilla, luego el profesor extendió el marcador azul y ella caminó con firmeza hasta el pizarrón, tenía nervios pero los disimulaba bien. De inmediato respondió el límite, tendía al infinito, la derivada tenía por resultado coseno de dos equis y resolvió con dificultad la integral.
El profesor la miraba, colocó su mano en su barba, algo en ella le llamaba la atención, no sabía si había sido su perfume cuando se acercó para tomar el marcador de su mano o su mirada desafiante, la vio de reojo y se fijó en el buen desarrollo que tenía, de inmediato separó la vista y suspiró con pesadez.
— Ya está terminado, profesor— respondió con altanería.
Él tomó el marcador y comenzó a hablar.
— Es inteligente, señorita Castillo— sonrió ella con descaro— pero no lo suficiente— se borró la sonrisa de Mónica—Tome una fotografía de estos ejercicios y más adelante me dice en qué se equivocó— finalizó el profesor.
Mónica cerró los ojos y cubrió su cara por un momento, luego sacó su teléfono y tomó una fotografía.
— Puedo observar que le encanta llamar la atención, lástima que su ignorancia se haga lucir aún más. Ahora puede tomar asiento, señorita Castillo— continuó diciendo el profesor.
Después de ese incómodo momento el profesor Aarón le entregó copias del reglamento escolar a cada alumno.
— Léanlo, meditenlo y aprendan las reglas. En caso de romper alguna de ellas habrá sanciones que van desde reportes hasta bajas definitivas.
Los ojos del joven profesor se posaban constantemente en Mónica quien seguía de pie analizando cuál había sido el error, pero luego sonó la chicharra; de inmediato los alumnos abandonaron el salón, incluso ella lo hizo, Aarón se quedó pensando.
— De verdad que estoy enfermo, fijarme en una niña de alrededor de catorce años es una jodida aberración.
Respiró profundo y soltó el aire por su boca, se acercó al pizarrón y colocó en el ejercicio de la integral un "+C".
— Lo único que te faltó, niña, fue la constante.
Sonrió con ironía, luego se dispuso a borrar el pizarrón, una vez limpio tomó sus cosas y subió a su coche negro con dirección al gimnasio, realizó su rutina sin ninguna novedad, un par de chicas de alrededor de treinta años lo miraron con deseo, incluso intentaron acercarse a él con el fin de conseguir su número de teléfono pero aunque ellas eran guapas, realmente él no estaba interesado, por lo que les dio largas hasta que llegó la entrenadora de estas.
— Nunca lograrán tener nada con él, es muy reservado— decía la entrenadora mientras jalaba a las mujeres, la realidad era que ella también había intentado relacionarse con Aarón pero tampoco lo había logrado. De nuevo se enfocó en la rutina hasta que terminó, luego se fue a casa a planear su clase, cenar algo ligero y dormir para iniciar con sus clases matutinas.