Capítulo 3

Ximena empacó sus cosas en un silencio metódico, cada objeto que guardaba en una caja era un pedazo de su antigua vida que dejaba atrás, la casa, que una vez le pareció un palacio de sueños, ahora se sentía como una prisión fría y opresiva.

No se llevó mucho, solo su ropa, sus libros y sus herramientas de arquitectura, todo lo demás, los regalos de boda, los muebles caros, se lo dejó a Ricardo, no quería nada que le recordara su humillación.

Se mudó a un pequeño departamento en el centro de la ciudad, era modesto, pero era suyo, el aire olía a pintura fresca y a nuevos comienzos. Por primera vez en días, respiró profundo, sintiendo que el peso sobre sus hombros comenzaba a aligerarse.

Una tarde, mientras estaba en una cafetería local dibujando en su cuaderno, un hombre se acercó a su mesa.

"Disculpa, ¿puedo sentarme? Todo lo demás está ocupado."

Ximena levantó la vista, era un hombre atractivo, con una sonrisa cálida y ojos amables que la miraban con genuino interés.

"Claro," dijo ella, apartando sus cosas para hacerle espacio.

"Soy Gael," se presentó él, extendiendo la mano.

"Ximena," respondió ella, estrechando su mano, sintiendo un calor inesperado ante su tacto.

Comenzaron a hablar, de arquitectura, de la ciudad, de la vida, Gael era fácil de tratar, divertido y atento, la escuchaba de una manera que Ricardo nunca lo había hecho. Por primera vez en mucho tiempo, Ximena se sintió vista, se sintió valorada.

Esa noche, mientras estaba sola en su nuevo departamento, los recuerdos de Ricardo volvieron a atormentarla, recordó cómo, semanas antes de la boda, él había criticado su trabajo frente a sus amigos empresarios.

"Ximena es... apasionada," había dicho Ricardo con una sonrisa condescendiente, "pero sus diseños son demasiado idealistas, poco prácticos para el mundo real de los negocios."

Ella se había sentido pequeña e insignificante, pero se convenció a sí misma de que él solo intentaba ayudarla a ser más fuerte, qué tonta había sido.

Recordó otra ocasión, cuando Carolina le trajo un café a Ricardo a su oficina en casa, él le había dado las gracias con una sonrisa íntima y le había tocado la mano de una forma que nunca la había tocado a ella, en ese momento, una incómoda sospecha había nacido en su corazón, pero la había ignorado, negándose a creer lo que tenía frente a sus ojos.

Ahora, la verdad era innegable, se había casado con un hombre que no solo no la amaba, sino que la despreciaba activamente, que disfrutaba humillándola.

Las lágrimas que había contenido por tanto tiempo finalmente brotaron, se acurrucó en su sofá, sintiéndose rota y sola, el dolor era tan intenso que pensó que la ahogaría.

Justo en ese momento, su teléfono sonó, era un número desconocido, dudó en contestar, pero algo la impulsó a hacerlo.

"¿Hola?"

"Ximena, soy yo."

La voz de Ricardo, fría y autoritaria, la golpeó como un latigazo.

"¿Qué quieres?" preguntó ella, su voz temblorosa.

"Necesito que vengas a la casa, hay unos papeles del negocio que necesito que firmes, como mi esposa, todavía tienes ciertas obligaciones."

La palabra "esposa" sonó como un insulto, Ximena sintió una nueva oleada de rabia.

"Ya no soy tu esposa, Ricardo, firmaste los papeles del divorcio."

Hubo un silencio en la línea, luego la risa burlona de Ricardo.

"Esos papeles no significan nada hasta que un juez lo diga, mientras tanto, sigues siendo la señora de la casa, así que ven aquí ahora mismo."

Colgó antes de que ella pudiera responder, Ximena se quedó mirando el teléfono, temblando de ira y frustración, pensó que se había librado de él, pero estaba claro que Ricardo no la dejaría ir tan fácilmente.

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La Boda del Desprecio

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