Capítulo 3

Al día siguiente, la cruda realidad se asentó sobre la taquería como una nube de polvo.

El perdón de Sofía, aunque sincero, no había solucionado el problema.

Mateo, con una energía febril nacida de la culpa, se movía de un lado a otro, proponiendo soluciones desesperadas.

"Puedo vender el coche" , dijo, con la voz ronca por el llanto de la noche anterior. "No es mucho, pero algo es algo. Y puedo pedir un préstamo al banco, hipotecar el local…" .

Sofía, sentada a una de las mesas de plástico, lo escuchaba con paciencia.

Tomó un sorbo de café frío.

"¿Y en cuánto tiempo te darían el préstamo, Mateo? ¿Una semana? ¿Dos? Si es que te lo aprueban. La operación de tu abuela es en diez días. Y los intereses nos comerían vivos. Vender el coche nos daría para pagar la luz y el agua, nada más" .

Analizó cada opción con una lógica brutal y desapasionada.

"Podríamos organizar una kermés, pedir ayuda a los vecinos" , sugirió Lupita con un hilo de voz, aferrada a cualquier esperanza.

"La gente del barrio nos quiere" .

"Sí, nos quieren" , asintió Sofía, con una media sonrisa triste. "Y nos darían lo que pudieran. Cien pesos aquí, doscientos allá. ¿Crees que juntaríamos trescientos mil pesos en una semana? La gente de aquí trabaja igual de duro que nosotros, Lupita. No podemos pedirles que solucionen nuestro problema" .

Cada palabra de Sofía era un clavo en el ataúd de sus esperanzas convencionales.

Mateo se derrumbó de nuevo en una silla, pasándose las manos por la cara.

La energía de la mañana se había evaporado, dejando solo un hueco de desesperación.

"Entonces no hay nada que hacer" , murmuró, con la voz ahogada. "Estamos acabados. Mi abuela… Lupita…" .

El silencio volvió a caer.

Fue entonces cuando Sofía se puso de pie.

Su movimiento fue decidido, el de alguien que ha dejado de dudar.

"Sí hay algo que hacer" , dijo, y su voz cortó el silencio como un cuchillo.

Todos la miraron.

"Prepara la taquería, Mateo. Haz tacos como si fuera el mejor día de ventas. Lupita, ayuda a tu hermano. Necesito que este lugar parezca normal, que parezca que todo está bien" .

"¿Para qué, Sofía? ¿A quién queremos engañar?" , preguntó Mateo, confundido.

Sofía se acercó a él.

Puso sus manos sobre las de él, que estaban frías y temblorosas.

"A ellos. A 'El Buitre' y a 'La Hiena' . No pueden saber que estamos desesperados. La desesperación huele, y ellos tienen buen olfato. Hoy vamos a volver a ese lugar. Y esta vez, no vamos a ser las presas" .

La mirada de Sofía era intensa, magnética.

Había una certeza en ella que era a la vez inspiradora y aterradora.

Mateo buscó en sus ojos alguna señal de duda, de miedo, pero no encontró nada.

Solo una resolución de hierro.

"Confía en mí, Mateo" , repitió, apretando sus manos con fuerza. "No voy a dejar que se salgan con la suya. No voy a dejar que destruyan a esta familia. Te lo juro" .

Su promesa no era solo para él.

Era para sí misma.

Un pacto con el fantasma de su padre, el legendario "Tahúr Fantasma", cuyas enseñanzas había despreciado durante años.

Las mismas enseñanzas que ahora eran su única y terrible esperanza.

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La Apuesta Fatal del Destino

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