Capítulo 2
POV Pandora Muller
El poco peculiar incentivo del nuevo doctor me sirvió bastante. Me despierto mucho antes de que mi despertador suene y gracias al cielo, hoy no llueve, por lo que todo resulta mejor.
Llego a la clínica una hora antes de lo previsto y me encuentro con mi amiga en los vestidores quien ya se está alistando para su entrada.
—Buenos días, mi bella Dora —Me abraza y me besa como de costumbre—. ¿Y eso que estás tan temprano por aquí?
—Después del susto que me dio ese hombre, en mi vida volveré a llegar tarde —digo con una mueca chistosa.
—Pues yo he estado averiguando algunas cositas de él ayer y no sabes el chisme que te traigo —Me obliga a sentarme en una de las sillas y se sienta a mi lado para ponernos más cómodas—. Se llama Norman Stone, es de Alemania y tiene 30 años. Aaaah, y es solterisimo.
—Ya sabemos por qué —Me río un poco y ella me acompaña—. Es muy amargado para ser tan joven. ¿Será por eso que no tiene novia?
—Hasta yo le daría con ganas, Dora —Lucy ríe embobada, lástima que estoy casada y él es un chicuelo para mí. Si no fuera por esos 15 años que le llevo…
—Lo que tiene de guapo, lo tiene de idiota. Nunca nadie me había hablado de esa forma. Por su culpa no he podido dormir y mira la hora que estoy aquí —Me quejo.
—¿Viste sus ojos? —Insiste. Tal parece que no escuchó lo que acabo de decirle—. Y no tiene novia, o sea está soltero.
—Eso ya lo dijiste, Lucy —Me cruzo de brazos y me hago la indignada.
—Y su perfume, Dora. Ese hombre está para comérselo con las manos y chuparse los dedos. Esta es tu oportunidad, si se le nota que es un hombre de buena familia. ¿Te imaginas todo lo que puede pasar en un año?
—Solo me quedan dos meses de práctica, amiga.
—Eso es lo de menos, lo importante es disfrutar al máximo —Se levanta y se acomoda el uniforme para ir a su sección, mientras yo me quedo pensando en lo que acaba de decir. Puede ser todo lo guapo que quiera, pero eso no le quita lo arrogante y pedante.
Cuando llega mi hora, ya vestida con mi atuendo de ayudante, entro al quirófano al igual que todos los del equipo. Hoy tenemos otra cirugía a primera hora, pero nada tan complejo como el de ayer.
El muy condenado entra justo a tiempo y sin apartar su vista de la mía me ordena que le coloque la bata y los guantes.
—Alguien se cayó de su cama —dice en voz alta, pero sin dejar de mirarme. Todos me miran avergonzados al oírlo, mientras que yo siento que lo detesto un poco más. No le contesto, otra riña con él es lo que menos necesito hoy. Termino todas las tareas que me manda sin rechistar repitiéndome mentalmente que debo tener paciencia. Solo son dos meses y todo va a terminar.
Llega la hora del almuerzo, tomo mi lonchera y camino con ella hasta el jardín lateral de la clínica. No me gusta almorzar en la cafetería porque siempre está llena y es difícil encontrar un asiento disponible.
En una banca, la más alejada de todas y bajo un frondoso árbol, me siento, saco el sándwich de verduras y el jugo que siempre me prepara mi mamá y empiezo a comer pensando en todo lo que me espera estos días.
—Hola —Una voz potente y ronca me saca de mis pensamientos. Levanto la vista y no puedo creer que sea él. ¿Qué hace aquí? —¿Puedo sentarme contigo?
También trae una lonchera en su mano y una botella de agua.
—Hola. Claro, siéntese.
Estoy agradecida que puedo hilar una oración completa sin ponerme nerviosa por su cercanía.
—Espero que no te moleste que me haya acercado, pero vi que estabas sola y quise pasar a hablar contigo.
—No te preocupes.
—¿Aún estás estudiando? —Pregunta llevándose su comida a la boca.
—Estoy de práctica. Me faltan dos meses.
—Nada, eso está a la vuelta de la esquina —Es raro que un alemán hable tan bien español, aunque por su tono es evidente que es extranjero, es bastante sexy oírlo hablar. —Disculpa por mi arrebato de ayer, no me gusta la impuntualidad y creo que me excedí contigo.
—La lluvia me retrasó, pero no volverá a ocurrir, doctor.
—Mi nombre es Norman Stone —Me pasa su mano a modo de presentación. —Estaré al menos por doce meses aquí. Así que puedes tutearme.
—Mucho gusto, soy Pandora Muller —Correspondo a su saludo. No me pasa desapercibido la suavidad de su piel, aunque sí es cierto que es un niño rico como dijo Lucy, no me extraña en absoluto. —Todos aquí me llaman Dora.
—¿Piensas especializarte luego de terminar tus prácticas? —Pregunta, curioso. Río mentalmente ante su amabilidad tan repentina y su cambio de humor muy evidente. Quizás mamá tiene razón y solo estaba nervioso ayer y este es su verdadero yo.
—Lo primero es conseguir trabajo, luego seguir estudiando, por supuesto —contesto. —Tomaré todos los cursos que pueda para mejorar en lo posible.
El almuerzo termina siendo muy ameno. Hablamos de todo un poco durante la hora que nos corresponde hasta que nos vamos juntos para nuestra siguiente cirugía.
En toda la tarde, el doctor Stone es bastante amable conmigo y el trabajo fluye mucho mejor en el equipo.
Llego a casa de mejor humor y más tranquila, y como de costumbre, antes de la cena con mis padres, me siento y hago mis anotaciones del día.
En toda la noche no dejo de pensar en él. No solo es un hombre apuesto en lo exterior, alto, muy alto, de físico atlético, rubio de ojos azules intensos, sino también profesionalmente es perfecto, inteligente. Sin duda uno de los mejores cirujanos que he conocido.
Los días continúan y cada vez nos llevamos mejor, seguimos almorzando juntos en el mismo lugar a la misma hora y hablamos de todo.
Llega el sábado y como de costumbre en mi día libre, acompaño a mi mamá a la fundación de ancianos. Esa es una tarea que cumplimos juntas desde que tengo uso de memoria, me encanta ayudarla y pasar el día con los abuelitos siempre me produce mucha paz.
Entre risas y chascarrillos llega el mediodía. En eso una llamada de un número desconocido entra en mi celular. Al principio dudo en contestar, pero al final, luego de mucha insistencia, lo hago.
—Hola —contesto, algo tímida.
—Hola, Dora —Una voz ronca y conocida se escucha del otro lado. —Soy el doctor Stone.
—Hola, doctor —Camino hacia el pasillo para escucharlo mejor. —¿Hay algún tipo de urgencia en la clínica?
—No, Dora, te hablo por otra cosa. Sé que estás en tus días libres y como ésta es mi primera semana aquí y no conozco nada, me gustaría saber si me acompañas al cine o a merendar, o ambos.
—¿Hoy? —Su propuesta me toma desprevenida. Jamás pensé que me llamaría para eso.
—Sí, si tienes tiempo y si tu novio no se molestará por eso, claro.
—No tengo novio —Replico de inmediato, aunque ni yo sé por qué le doy explicaciones de mi vida privada.
—¿Entonces aceptas? —Pregunta de nuevo. —Me gustaría conocer la zona y como sabrás no conozco a nadie que me ayude con eso, excepto tú.
—Ahora mismo estoy ocupada, pero en la noche estoy libre.
—Entonces dime donde paso a buscarte —Lo escucho carraspear. —O donde nos encontramos, porque francamente no conozco las calles de este pueblo, pero con mi GPS puedo llegar, o eso espero.
—Es mejor que me diga donde se está quedando y yo paso a buscarlo —Sonrío al imaginarlo perderse entre estos laberintos. —Así yo le voy mostrando los lugares más emblemáticos.
—¡Genial! Eso me parece lo más correcto. Te envío mi dirección por texto.
—Ok, espero —contesto emocionada. ¿En serio voy a salir con el excelentísimo, perfectísimo y arrogante doctor Stone? Esto no lo imaginé ni en mis mejores fantasías.
—Gracias, Dora.
En cuanto la llamada se corta, recibo un mensaje con su dirección y hasta me parece jocoso que estemos viviendo a solo unas calles uno del otro y yo no me haya dado cuenta antes, aunque eso es lo de menos, lo que me preocupa es cómo consiguió mi número de celular y me temo que mi amiga Lucy tuvo algo que ver con eso.
«Me las vas a pagar, amiga» pienso mientras releo su dirección en la pantalla de mi teléfono.
Trato de no pensar en eso lo que resta de la tarde, pero sinceramente no lo consigo del todo. Me siento nerviosa y las cosquillas en mi estómago se acrecientan a medida que llega la hora que debo ir a su encuentro.
—Tranquila, Dora, es solo un encuentro casual. Él necesita que le muestres el pueblo, nada más —Susurro para mí misma varias veces.
«Entonces, ¿Por qué me siento como una tonta al saber que voy a salir con él?» pienso con un suspiro.
Capítulo 3
POV Norman Stone
Reconozco que soy impaciente y extremadamente exigente.
Llevo más de treinta minutos sentado esperando a que llegue, aunque claramente la hora en que quedamos encontrarnos todavía no ha llegado.
Miro de nuevo mi reloj y aún faltan 15 minutos. Me levanto y doy una vuelta por la habitación y verificar que todo esté ordenado. No quiero que se lleve una mala impresión de mí en la primera cita.
Unos golpecitos se oyen en la puerta de entrada y sé que es ella. Miro de nuevo mi reloj, y, aunque apenas pasaron unos segundos desde mi última verificación, asiento con una sonrisa. Es bueno que haya llegado puntual.
Abro la puerta y una joven hermosa con el pelo suelto me recibe. La repaso completa sin disimularlo y no puedo evitar sentir la garganta seca por la visión. Está preciosa.
Lleva un vestido hasta las rodillas de gasa estampada, una chaqueta de cuero azul y botas del mismo tono. Su pelo, que le llega hasta por debajo de las nalgas, lo tiene suelto completamente. Es la primera vez que la veo así y no cabe duda que es hermosa.
—¡Qué elegante! Sí que se esmeró para la noche —dice con una sonrisa tierna y sincera que me deja aún más aturdido.
—Ahora veo que hice una excelente elección, tengo que ir a tono con mi acompañante —Replico para ponerme a su nivel. Estoy agradecido de haber elegido éste saco azul, aunque creí que sería demasiado al principio, viendo lo bella que está, mi atuendo está más que acertado para estar a su lado. —También estás muy bella, Dora.
—No tanto como tú —Desestima. —¿Y qué quieres hacer primero?
—Bueno, cenar es una buena idea —Froto mi vientre. —Algo más sustancioso que un sándwich de pollo o verduras no me caería mal. No he comido nada decente en esta semana.
Lo piensa un poco y mira algo en su celular. Es ahí cuando me percato que aún está parada en la puerta y la hago pasar. No me pasa desapercibido que mira las pocas cosas que tengo en el departamento.
—¿Y qué le gustaría comer, doctor Stone?
—Norman —La corrijo. —Pensé que ya habíamos quedado en tutearnos.
—Sí, disculpa, la costumbre —Otra sonrisa con la que ya me tiene acostumbrado. —¿Qué te gustaría comer, Norman?
—¿Por qué no me sorprendes? Algo típico de aquí sería bueno.
—Tengo el lugar indicado para eso —Contesta y me indica con la mano que la siga hacia la puerta.
Salimos del edificio y caminamos hacia una calle que lleva hacia la avenida principal. Ya había visto durante mis viajes a la clínica que por aquí hay muchos restaurantes y bares, pero no me había atrevido a venir solo, imaginando que sería demasiado aburrido.
—¿No es mejor que pidamos un taxi? —La calle por donde me lleva es poco iluminada y francamente no creo que sea adecuado que una chica esté caminando a estas horas por aquí, aunque vaya acompañada.
—Este es un lugar muy tranquilo, no hay de qué preocuparse. —Responde a mi inquietud mental. —Ya lo verás cuando empieces a codearte con las personas. Aquí todos nos conocemos entre todos y nos cuidamos de ser necesario.
Me acerco lo suficiente y antes de que crucemos la calle, para irnos a donde sea que me lleva, tomo su mano. No me dice nada, tampoco me suelta y eso debe significar algo.
Cinco calles más allá, entramos a una churrasquería, cómoda, rústica y con muy buena música tradicional de arpa y guitarra. Al instante consigo adaptarme al ambiente. Nunca había visitado un lugar tan folklórico y movido. Se siente bastante cálido.
No espero menos con el olor que desprende de la parrilla en cuanto entramos al lugar, uno al que en Alemania no estamos acostumbrados en absoluto, especialmente la carne de res que se puede cortar con la cuchara y se deshace por sí sola en la boca.
Comemos de todo y tanto que nos quedamos un tiempo bastante largo solo charlando para digerir toda la carne que nos metimos al estómago y algunas que otras comidas que no recuerdo los nombres.
—Aún tenemos unas dos horas antes de que empiece la película —dice mientras mira su celular de nuevo. —Podemos ir a la plaza a mirar la feria de emprendedores en ese tiempo, hay algunos juegos a los que podemos participar y divertirnos un montón. Luego de que termine la película, que sería como a media noche, quiero llevarte a un karaoke, los tragos son deliciosos y la música muy variada.
—Pareces tenerlo todo calculado —Respondo con una sonrisa. —¿Nos quedaremos toda la noche acaso?
—Dijiste que querías conocer la zona —Corresponde a mi sonrisa con una mirada demasiado tierna. —Si me llamaste para eso, pues este fin de semana es el correcto en el que podemos ver muchas cosas.
Siempre he sido un hombre muy formal y discreto. Por mi falta de tiempo, mis pocas relaciones amorosas nunca han pasado de unos meses. Siempre estaba estudiando y no me gustaba mucho salir en los lugares acostumbrados por los jóvenes de mi edad, aunque también contribuyó mucho que soy una persona exigente en demasía en el aspecto personal, mis padres me habían inculcado a ser siempre sobresaliente en todo desde muy niño, en el estudio, en mis amistades, en mis alimentos, y más aún en mis escasas relaciones cuando tuve la edad. Y quizás eso sea la razón real de que, a pesar de ser un hombre interesante, con una buena profesión, de familia adinerada, no haya podido conseguir una mujer que llene todas mis exigencias, una que se alinee a mi situación, que comparta mis mismos pensamientos.
Sin embargo, Pandora es todo lo contrario a lo que siempre he buscado en una mujer. Es extrovertida y risueña, en ocasiones desatenta, muy pequeña para mi altura. Tiene todo lo que no me atrae en una mujer, o al menos eso creía, hasta que la conocí.
—¿Entonces? —me pregunta cuando nota que me quedo embelesado sin responder. —¿Lo hacemos?
—Lo que tú quieras y el tiempo que quieras —Respondo sin titubear. —Estoy en tus manos para lo que quieras hacerme.
—No exageres —Ríe nerviosa al notar el sarcasmo en mis palabras.
—¿Por qué? ¿No te gusto? —Veo cómo se sonroja de inmediato al provocarla deliberadamente. —¿No soy tu tipo o algo así?
—Eres un hombre muy guapo, Norman, no soy ciega.
Bueno, al menos dijo que sí le gusto, es un punto más a mi favor.
—Tú también eres muy hermosa, Dora y también me gustas —Boquea un par de veces sonrojándose aún más. No se lo esperaba, eso es obvio.
Nuestra charla se rompe cuando un mozo se acerca y nos trae la cuenta. Al momento ella intenta pagar, pero la detengo. Si yo la he invitado no es caballeroso dejarla pagar.
Tal como lo dijo, en cuanto salimos de la churrasquería, me lleva a una feria donde caminamos por un cierto tiempo entre los puestos, mirando, jugando y probando algunos postres hasta que llega la hora de ir a ver la película.
—Dora, ¿puedo preguntarte algo? —Aprovecho para preguntar mientras caminamos hasta el cine.
—Sí, dime.
—¿Me harías compañía estos meses que voy a estar aquí? Y no hablo solo de ir a ferias o al cine, o a cenar, sino más íntimamente, como mujer.
Se detiene bruscamente y me mira, entre sorprendida y tímida. Pese a que la calle es oscura, puedo notar el sonrojo en sus mejillas.
—No sé qué decir, esto es muy inusual —Responde sin apartar su vista de la mía. —¿Es en serio?
—No tengo por qué bromear —Tomo su mano y hago que se pegue más a mí —Además, es una pregunta muy sencilla y directa, nunca me ha gustado andar con rodeos y ésta no es la excepción. Me gustas como mujer y quiero pasar contigo el tiempo que lleve aquí, sin compromisos, claro.
—Pero nos acabamos de conocer, no sé si sea lo correcto, digo, eso es solo un acuerdo sexual, ¿no? —Asiento. —¿Qué pasará después de eso? Es mucho tiempo ¿Y si nace algún sentimiento entre nosotros que no podemos controlar?
—Somos personas adultas, Dora. Es mejor que tengamos claro desde el principio lo que tenemos, así nadie sale perdiendo nada. Seremos amigos, pero que follan cada vez que tengan ganas, que se hacen compañía, eso es todo. Un acuerdo que ambos sabemos cuándo termina.
—No lo sé —Intenta zafarse, pero la detengo. —Esto es nuevo para mí.
—Sólo debes responder si sí o no. No es muy difícil.
—No puedo negar que también me gustas —Confiesa en un susurro. —No creo que haya una sola mujer en la clínica a la que no le gustes. Y si, acepto.
Ahora soy yo el que se queda boqueando, esto definitivamente acaba de levantar mi ego a mil. Habiendo visto su rostro sorprendido por mi propuesta hace unos segundos atrás, esperaba un absoluto “no” de su parte, sin embargo, ella acaba de decir que sí.
—¿Estás segura? —Pregunto solo para reconfirmar.
—Acepto, pero tengo una condición —Contesta y yo asiento. —No quiero que esto afecte a mis prácticas en la clínica, mi profesión es muy importante para mí y me gustaría mantener mis estudios fuera de todo.
—Me parece justo, tampoco deseo que nos involucremos en el trabajo.
Termino de decir aquello y tomándola desprevenida la beso. Un beso corto, pero mojado. Puedo sentir su sabor inundar mi boca y su lengua danzar tímidamente con la mía por unos segundos antes de separarnos.
Al principio me siento raro, pero a gusto. Me estoy saliendo de mi propio molde y rompiendo los parámetros que yo mismo he forjado con los años, pero me encanta lo que ella provoca en mi cuerpo.