Capítulo 3

La crisis llegó sin previo aviso, como un ladrón en la noche.

Leo se despertó a media madrugada con una fiebre altísima y una dificultad para respirar que heló la sangre de Sofía. Sus pequeños labios tenían un tinte azulado y cada bocanada de aire era un silbido agónico. Sofía lo envolvió en una manta y corrió al hospital público, con el corazón martillándole en el pecho como un tambor de guerra.

Las luces fluorescentes de la sala de emergencias eran crudas y despiadadas. Después de una espera que pareció una eternidad, un médico joven y con cara de cansancio se acercó a ella.

"Señora, la enfermedad de su hijo ha entrado en una fase crítica. Necesitamos administrarle un medicamento específico, un inmunosupresor de última generación, o sus órganos empezarán a fallar. El problema es que el hospital no lo tiene en stock. Es extremadamente caro y solo se trae bajo pedido."

El médico le dio un papel con el nombre del fármaco: Rituxan. Y un número de teléfono de una farmacéutica privada.

Sofía sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

"¿Cuánto… cuánto cuesta?"

El médico evitó su mirada. "El tratamiento completo es de varias dosis. Cada una… alrededor de cien mil pesos."

Cien mil pesos. Era una cifra astronómica, un universo de distancia de los pocos miles que guardaba en una lata de galletas.

Desesperada, Sofía salió del hospital y se sentó en la banqueta. Solo había una persona que, en teoría, podría ayudarla. La única persona que compartía su sangre con Leo.

Sacó su viejo teléfono y marcó el número que se sabía de memoria, un número satelital que Mateo le había dejado para "emergencias extremas" . Rezó a un dios en el que ya no creía para que contestara.

El tono de llamada sonó una, dos, tres veces. Cuando estaba a punto de rendirse, una voz respondió, distorsionada por la estática.

"¿Qué pasa?"

Era la voz de Mateo. Sonaba irritado, molesto por la interrupción.

"¡Mateo, soy yo, Sofía! ¡Es Leo!" La voz de Sofía era un hilo tembloroso. "Está en el hospital, está muy grave. Necesita una medicina, una muy cara. Mateo, por favor, no sé qué hacer. Necesito el dinero."

Hubo un silencio al otro lado de la línea, solo roto por el crujido de la conexión.

"Sofía, ya hemos hablado de esto. No tengo nada. La inversión se fue al diablo. Estoy escondido en medio de la nada, los acreedores me buscan. ¿De dónde quieres que saque esa cantidad de dinero?"

Su tono era frío, distante. No había ni una pizca de preocupación en su voz. Ni una pregunta sobre cómo estaba su hijo. Era la voz de un extraño quejándose de una molestia.

"¡Pero es tu hijo!" , gritó Sofía, la desesperación convirtiéndose en rabia. "¡Se está muriendo!"

"No me grites. Hacer un drama no va a crear dinero de la nada. Veré si puedo conseguir algo, pedir prestado. Te llamo luego."

Y colgó.

Sofía se quedó mirando el teléfono, incrédula. "Te llamo luego" . Como si estuvieran hablando del clima.

La llamada nunca llegó.

Con el corazón hecho piedra, Sofía supo que estaba sola. Corrió a su departamento. Vació la lata de galletas, juntó cada moneda, cada billete. Luego, con manos temblorosas, se quitó el collar que llevaba puesto. El talismán de jade. Era una pieza antigua, de un verde profundo y traslúcido, tallado con símbolos de protección. Era el último vínculo con su abuela, con su pasado, con la mujer que era antes de que todo se derrumbara.

Fue a la casa de empeño más grande del centro, un lugar que olía a desesperación. El hombre detrás del mostrador blindado examinó el jade con una lupa, con ojos de tiburón.

"Es bueno" , dijo con voz rasposa. "Te doy veinte mil."

"¡No, vale mucho más que eso! ¡Es una antigüedad!" , protestó Sofía.

El hombre se encogió de hombros. "Tómalo o déjalo. Tengo otros clientes."

Sofía miró el talismán en la bandeja de terciopelo rojo. Luego pensó en Leo, en sus labios azules. La elección no era una elección.

"Está bien."

Salió de allí con un fajo de billetes y un vacío en el alma. Luego fue al mercado negro, a un contacto que le había pasado otro guía turístico. Vendió los últimos artefactos que le quedaban por una fracción de su valor.

Juntó casi cuarenta mil pesos. No era suficiente. Ni siquiera la mitad.

Se sentó en un parque, con la cabeza entre las manos. El mundo se desmoronaba y ella no podía hacer nada. Se sentía débil, inútil. El cuerpo le dolía por el trabajo incesante, el alma le dolía por la traición y la pérdida. Era una cáscara vacía, agotada hasta la médula, sin más sacrificios que ofrecer.

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Justicia para mi hijo

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