Capítulo 3
Al día siguiente, Sofía usó los recursos de su familia para encontrar a Mateo, no fue difícil, el mundo de los mariachis en la ciudad, aunque amplio, tenía sus circuitos.
Lo encontró tocando en la Plaza Garibaldi, con el mismo traje y la misma guitarra, sudando bajo el sol del mediodía por unas cuantas monedas de los turistas.
La imagen reforzó la fantasía de Sofía, él era un hombre trabajador, humilde, perfecto.
Esperó a que terminara una canción y lo interceptó antes de que una familia de alemanes lo contratara.
"Mateo", lo llamó.
Él se giró y al verla, su expresión fue de genuina sorpresa.
"Sofía, ¿qué haces aquí?"
"Tengo una propuesta para ti", dijo ella, yendo directo al grano como siempre, "tengo una casa de huéspedes en mi propiedad, es pequeña pero cómoda, está vacía y la verdad, me siento sola, quiero que te mudes allí".
Mateo parpadeó, confundido.
"Señorita, eso es muy amable, pero no podría pagarlo, con lo que gano apenas me alcanza para el cuarto donde vivo".
"No te preocupes por el dinero", dijo Sofía, agitando una mano con desdén, "puedes pagarme lo que puedas, digamos... una cantidad simbólica".
Él la miró con sospecha.
"¿Y qué ganas tú con todo esto?"
Sofía sonrió, una sonrisa lenta y depredadora.
"Gano tu compañía", dijo, acercándose un paso más, "y... tengo algunas condiciones, por supuesto".
"¿Condiciones?"
"Sí", asintió ella, "la primera es que la renta es flexible, por ejemplo, si andas por la casa sin camisa, la renta baja un veinte por ciento, si usas solo shorts... podríamos negociar un cincuenta por ciento de descuento".
Mateo se quedó sin palabras, mirándola como si le hubiera crecido una segunda cabeza. Una risa grave y genuina brotó de su pecho.
"Estás loca", dijo, negando con la cabeza.
"Loca por ti", corrigió Sofía sin una pizca de vergüenza, "entonces, ¿tenemos un trato, inquilino?"
Mateo la estudió por un largo momento, su mirada divertida recorriendo su rostro decidido, estaba jugando con fuego y lo sabía, pero la idea era demasiado tentadora, este juego era mucho más interesante que cualquier negociación de contratos.
"Está bien, casera", dijo finalmente, con un suspiro exagerado, "pero que conste que es solo por el descuento en la renta".
Dos días después, Mateo se mudó a la lujosa casa de huéspedes, que era más grande y elegante que cualquier apartamento en el que hubiera vivido en su vida "pobre".
Fiel a su palabra, y al retorcido contrato de arrendamiento de Sofía, la primera mañana salió de su cuarto vistiendo únicamente unos shorts de mezclilla gastados que Sofía le había "dejado" convenientemente sobre la cama.
Sofía, que lo esperaba en la cocina con una taza de café, casi se atraganta.
Su torso era una obra de arte, piel bronceada y músculos definidos, no el cuerpo inflado de gimnasio de los hombres de su clase, sino el físico de alguien que trabaja de verdad, cada músculo parecía tener un propósito.
"Buenos días, casera", dijo Mateo con una seriedad fingida, "espero que esto sea suficiente para el descuento de hoy".
Sofía se recuperó rápidamente, una sonrisa perezosa se extendió por su rostro.
"Es un excelente comienzo, inquilino", dijo, levantándose y caminando hacia él, "pero creo que olvidaste algo".
Pasó un dedo por su pecho desnudo, trazando el contorno de un pectoral. Sintió el músculo tensarse bajo su toque y la respiración de Mateo volverse un poco menos regular.
"¿Ah, sí?", preguntó él, su voz un poco más ronca de lo normal.
"Sí", susurró ella, acercándose a su oído, "olvidaste darme los buenos días como se debe".
Mateo la apartó suavemente, poniendo una mano en su hombro para mantener una distancia segura.
"Sofía", dijo, su tono era una mezcla de advertencia y diversión, "el contrato dice que ande con poca ropa, no que sea tu desayuno, mantengamos las cosas claras".
Ella se rió, una risa genuina y sonora.
"Como quieras, inquilino", dijo, retrocediendo, "pero no me culpes si la casera decide subir la renta de repente".
El juego había comenzado, y Sofía estaba decidida a ganarlo.