Capítulo 2

Samantha estaba acurrucada en una esquina de la habitación, era la más distanciada del cuarto de sus padres y la más cercana a la ventana por donde se filtraban los lejanos ruidos de la noche; algunos carros, los maullidos de los gatos y uno que otro perro, quizás respondiendo la conversación de un ladrido anterior. Su posición era intencional pero por más quisiera evadir lo que sucedía en casa, siempre acababa escuchando los gritos de sus papás, como si la persiguieran hasta las profundidades de su consciencia mientras buscaba protegerse de las palabras hirientes que flotaban hacia ella.

La pintura era su refugio y cuando esta no la ayudaba a distraerse soltaba el marcador y tapaba sus oídos con las manos, cerraba con fuerza sus ojos y comenzaba a tararear una canción, cualquiera, sin ritmo alguno. En esa última pelea, pese a todos sus esfuerzos escuchó con claridad cuando Dilas dijo que ella no era su hija y que Thaly debía tomar a Samantha e irse. Ese «tu hija» retumbó en su ser como el golpeteo de su corazón, rápido, contundente, innegable. Su cuerpo vibró con las ventanas cuando Dilas salió de la habitación y trancó la puerta con violencia.

Samantha sabía e incluso sentía cuando su mamá estaba llorando. Cuando las discusiones comenzaban y terminaban temprano Thaly esperaba unos minutos antes de ir a ver a Samantha a su habitación, en esos instantes se calmaba y se lavaba las lágrimas de la cara tratando de disimular su dolor, aunque siempre fallara en el intento. Esa noche no hubo tiempo para sosiegos y mientras Samantha escuchaba por primera vez a su mamá llorar, comenzó a llover.

Samantha se contuvo como pudo cuando escuchó que Thaly caminaba hacia su cuarto, levantó rápido los colores y el marcador dejándolos acomodados por tamaño uno al lado del otro en su mesa. La organización era una fijación que estaba desarrollando, una tarea absurda, porque siempre que arreglaba su cuarto amanecía por completo desordenado al día siguiente y sin explicación alguna.

Se subió en la cama y se arropó el cuerpo abrazando a Paquito, su pequeño oso de peluche, mientras su mamá iba acercándose.

Thaly se frenó justo en la puerta dejando ver la luz entrecortada por su silueta y Samantha contó los segundos para alejar las lágrimas y tragar el nudo doloroso que sentía en la garganta. Con cada respiro se concentraba en calmar las palpitaciones de su corazón. «¿Tendrían que irse? Seis Misisipi. Su papá no podía estar hablando en serio. Siete Misisipi. ¿A dónde irían? Ocho Misisipi».

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando Thaly abrió la puerta y su presencia la hizo sentir un libro abierto donde su mamá podía leer todas sus dudas. Se subió la sabana hasta el cuello en un intento infantil de tapar su roto corazón, sin embargo, en cuanto Thaly vio sus ojos enrojecidos, el ceño fruncido y la forma como se mordía sus labios formando fina línea, supo que había escuchado toda la pelea.

Con pasos suaves Thaly se acercó a la cama y se arrodilló a su lado, sus ojos quedaron a la misma altura, le acarició el cabello y después de un suspiro profundo le dijo:

—Quiero que escuches muy bien… Algún día entenderás mejor, te lo prometo, hoy solo te pido por favor, no odies a tu padre. El también algún día asimilará todo y los dos podrán recuperar el tiempo que hoy él… —Thaly se detuvo un momento replanteando su discurso— podrán recuperar el tiempo que perderán. ¿Puedes hacer eso?

Samantha estudió el rostro de su mamá antes de responder, no odiarlo era una promesa difícil de cumplir, pues su sangre comenzaba a hervir en su interior cada vez que resonaba dentro de sí «Tu hija».

—Si —contestó al final.

¿Qué más podía decirle?, no tuvo opción al ver a su madre arrodillada a su lado con sus ojos negros penetrando su alma y casi suplicando con ese rostro hinchado y mojado de lágrimas. Afirmó que no lo odiaría, lo que no le dijo a su mamá es que jamás podría volver a llamarlo papá.

—Bien –dijo Thaly con una tímida y forzada sonrisa–, ahora necesito que recojas todas tus cosas, empaca lo más indispensable en tu bolso y pon las otras cosas sobre la cama que las guardaré en mi maleta. Lo que no quepa lo mandaremos a buscar después, por ahora toma solo lo necesario, yo iré a llamar a tus abuelos.

Se levantó secando sus lágrimas con una mano y secando las de su hija con la otra. Samantha se sorprendió porque no había notado que lloraba mientras su mamá le hablaba. Thaly le acarició una vez más el cabello, tomó aire, se aferró al poco orgullo que le quedaba y salió del cuarto con determinación.

En ese momento dejó de llover.

En aquella plaza a poco más de las doce de la media noche estaban Thaly y Samantha adormeciendo sus sentidos, Thaly acariciaba a su hija para que el miedo de la partida desapareciera y pudiera caer en un sueño profundo que la ayudara a mitigar el dolor. Quizás fueron quince minutos o una hora, pero el sueño de Samantha se vio interrumpido cuando escuchó el traqueteo muy conocido de un carro, mientras parpadeó escuchó a su abuela:

—Hija, ¿qué ha pasado? —preguntó Elia.

—Thaly, ¿estás bien? Si ese Noide te hizo algo… —Amenazó Enrique.

No era la primera vez que escuchaba el término Noide, era la forma que usaba su abuelo para referirse a su papá y aun no sabía si era un insulto o un halago.

Los abuelos Enrique y Elia Adams vivían a quince minutos de todo; quince minutos del colegio de Samantha, quince minutos de cualquier centro comercial, quince minutos de la casa de Dilas y Thaly y quince minutos de cualquier heladería decente. Para Samantha ese hecho se debía a que su abuelo era un excelente piloto de carreras, como él una vez le dijo en algún cuento sobre su juventud.

Thaly trató de despertar a Samantha para subirá al vehículo y con un gesto que significaba «ahora no» les pidió espacio a sus padres para hacerlo sola. Pero ella fingía dormir profundamente, entonces la dejó descansar y la cargó en brazos como no lo había hecho en mucho tiempo, ambas necesitaban ese contacto.

Cuando subieron al carro las puertas se cerraron con fuerza, el abuelo se sentó delante del volante y arrancó el sonoro motor que escondió con astucia los sollozos ahogados de Samantha. No hubo música ni palabras que rompieran el ambiente estático durante los precisos quince minutos de viaje, Thaly y sus padres se dedicaron solo a contemplar las luces de la calle al pasar.

* * *

La casa de los abuelos era algo que siempre había sido un misterio para Samantha, podía pasar horas y días enteros recorriendo todos sus recovecos y aún así siempre descubrir algo nuevo. Su abuela le contaba sin cesar que cuando ella y su abuelo decidieron casarse no tenían dinero para tener su propia casa, pero él le prometió construirle un hogar con sus propias manos, y así lo hizo. Años después la abuela decía en broma que de haber sabido que el abuelo no sabía nada de construcción ni de distribución, no le hubiese hecho tanta ilusión. Pero esas eran las razones por las que la casa de los abuelos Adams era tan peculiar.

Tenía dos entradas principales, una habitación principal, un único baño, una habitación para huéspedes, una sala de visita y una cocina inmensa que conectaba todas las habitaciones. La cocina era el corazón de la casa tanto en el plano físico como en el emocional. La lógica del abuelo para construir esa casa era retorcida y la abuela Elia, que lo amaba a más no poder, lo dejó. 

En realidad Samantha creía que su abuelo fue construyendo la casa como salieran los espacios y conforme se crearan las necesidades, incluso pensaba que las habitaciones eran designadas de acuerdo a la apariencia del producto final. Por eso la sala de visita se encontraba donde Enrique había empezado a construir un garaje que resultó ser demasiado estrecho y bajo para el carro.

Su abuelo comenzó construyendo el cuarto principal, amplio para toda la ropa de Elia y con su propio jardín a cielo abierto, después construyó la cocina y le dio acceso al cuarto y al único baño de la casa. Cuando llegaron los hijos construyó otra habitación y una sala de juegos que terminó siendo parte de la habitación de los niños cuando la pared que la delimitaba se cayó.

Cuando los chicos crecieron Enrique decidió que era hora de construir una segunda casa para quien quisiera formar su nueva familia y quedarse allí,  entonces surgió el pasillo que cortaba la edificación completa en dos partes iguales, cuando en realidad eran dos casas unidas solo por las ideas de Enrique. Esa segunda casa nunca la terminó, la construcción se paralizó de forma indefinida cuando quedó claro que sus hijos no se quedarían a su lado y la habitación de los niños se convirtió en el cuarto de huéspedes.

La cocina de Elia era, como lo predijo Enrique, el corazón de la casa y eso nunca se ponía en dudas. Siempre olía a comida, a jugo de frutas naturales, pan recién hecho y postre casero. Ninguno de estos elementos faltaba jamás en la mesa porque Elia adoraba cocinar y que sus invitados disfrutaran la comida. El día para la abuela comenzaba con un desayuno grande: huevos, panqueques, tostadas, tocineta, jugo, café, leche, fruta y mientras los comían, ella ponía a hornear el pan del almuerzo. «¿Para qué comprar pan, si hacerlo es tan fácil?» decía siempre mientras preparaba la masa en la noche, luego de haber servido la cena.

Si, la casa era la pesadilla de cualquier arquitecto o ingeniero, pero era la casa más especial, única y divertida en la cual una niña que comenzaba a pasar por el divorcio de sus padres podría vivir.

El jardín privado de Elia estaba cultivado de todas las flores y plantas que podía tener y era el sitio predilecto donde Samantha pasaba su tiempo. Le encantaba acostarse en el piso y ver el cielo azul a través de las plantas, hojas verdes, amarillas, naranjas, con flores, con frutos. Allí, tumbada boca arriba con el sol calentando su rostro se encontraba en paz. En ese lugar se permitía pensar en todo aquello que no pensaba para evitar el llanto y brindarle todas las fuerzas a su mamá. Oliendo el dulce aroma de las flores era capaz de meditar sin sentir la tristeza que asolaba a su mamá.

Thaly y Samantha se mudaron al cuarto de huéspedes mientras Enrique reactivaba la construcción de la segunda casa con una felicidad renovada. Sin embargo, Enrique seguía sin saber nada de construcción, distribución y de ángulos. Intentó evitar los errores cometidos en la primera casa así que construyó el baño en primer lugar para que este no colapsara, luego quiso hacer una segunda cocina y dejó el baño dentro de esta, después edificó dos habitaciones, una sala y dejó un espacio para un pequeño jardín frontal donde Thaly también pudiera cultivar sus propias plantas.

Cuando su mamá y ella se mudaron a la nueva casa terminada, el cuarto de huéspedes se convirtió en su cuarto de juego donde su abuelo armaba un fuerte con las sabanas limpias de la abuela, cosa que hacía enojar a Elia contra Enrique. Pero solo una vez vio a su abuela enfurecer de verdad y fue cuando hizo una torta y Enrique la robó, se escondió con Samantha en el cuarto principal y la comieron entre los dos. Cuando Elia vio que faltaba la torta aporreó la puerta y les gritó para que salieran, pero no lo hicieron. Fue cuando torta se acabó que Enrique y Samantha salieron asustados y para sorpresa de ambos Elia no los gritó, solo guardó silencio glacial y no hubo postre en la casa por un mes.

Su abuelo era travieso, quizás una persona de su edad no puede ser catalogada así, pero no había otra forma de describirlo. Era inventivo y arriesgado, lo mejor que se puede pedir en un abuelo. Sus aventuras siempre empezaban con un día aburrido o rutinario de Samantha y terminaba por lo general con un silencio de la abuela, una risa de Thaly y mucho que limpiar y recoger; como esa vez que Samantha quería volar una cometa y tras horas de diseño y prototipos fallidos, volaron una cometa violeta y dorada con una larga cola de tela a metros de distancia del piso. La cola fue hecha con una sábana de Elia y les costó el postre de dos semanas.

La travesura más grande que recordaba Samantha fue el día de su cumpleaños número diez, ella no quería ir al colegio y con sus manos en la cintura se negaba de forma rotunda porque era su cumpleaños. La discusión la ganó Elia y a las siete estaba en el colegio enfurruñada entrando a clases, pero a las ocho estaba Enrique en la puerta del salón explicándole a la maestra que había surgido una emergencia y debían irse, Enrique le guiñó un ojo a Samantha y la saco de clases a escondidas de Elia y Thaly.

Fue una gran sorpresa cuando se sentaron en el carro y vio las sillas de playa, la sombrilla y un bolso gigante rosado de playa lleno de protector, bronceador, chucherías, sándwiches, jugos y una colección inmensa de flotadores de playa listos para llenarse. Al llegar a la playa colocaron las sillas, abrieron la sombrilla, inflaron los juguetes y comieron sándwiches y chuchería. Compraron helados, caramelos y un algodón de azúcar que terminó lleno de arena. Nadaron de forma despreocupada, saltaron sobre los flotadores y surfearon las olas. Samantha lo recordó como el mejor día de su vida.

Cuando llegaron a la casa estaban Thaly y Elia al borde de un ataque de nervios y gritaron a Enrique sin parar por haberse ido con Samantha a escondidas, ninguna podía creer el susto que las había hecho pasar cuando llamaron al colegio y les dijeron que Samantha no estaba. No obstante esa noche cantaron la canción de cumpleaños en torno a una torta sencilla, era la tradición familiar sin importar lo que sucediera. Enrique no comió postre por 3 meses, rebajó unos cuantos kilos de los cuales no podía presumir porque Elia se molestaba, sentía que si el castigo traía algo positivo, Enrique no aprendería la lección. 

En ese ambiente novedoso Samantha jamás se sintió una extraña, jamás añoró su antigua casa aunque recordaba en secreto a su papá cuando notaba que su mamá no sonreía como antes. Pero los días transcurrían rápido como si fuesen unas vacaciones eternas. Tuvo días buenos, días no tan buenos y otros malos.

En los días malos comenzaron las pesadillas.

Capítulo 3

Las alegrías reinaban en casa de los Adams, pero no siempre fue así, en especial los primeros días después de la mudanza. Samantha sabía que su mamá estaba abatida aunque todos intentaran negarlo. Las primeras semanas Thaly lloraba a cántaros, salía de la cama y pasaba horas sentada en el pasillo sollozando, comía poco y sólo bajo la insistencia de Elia, pues el día lo ocupaba entre lágrimas y suspiros lastimeros. Cuando caía la noche regresaba al lado de Samantha y su cuerpo resentido hacía vibrar la cama hasta que se dormía. La cara hinchada al día siguiente la delataba delante de todos y las tareas cotidianas como asearse y quitarse el pijama se volvieron titánicas.

La cara de Thaly comenzaba a mostrar marcas de pérdida de peso y todo pasaba ante la mirada atenta de su familia, quienes se sentían impotentes e inútiles en la tarea de sacarla de esa depresión donde vivía.

Thaly se dedicó exclusivamente al cuidado de Samantha mientras estuvo con Dilas, pero ahora debía buscar un trabajo. Enrique intentaba infundirle ánimo, más allá de que aportara dinero en casa, deseaba que su mente se mantuviera activa y alejada de los pensamientos dolorosos con los que se atormentaba. Compraba el clasificado de empleos y siempre le hablaba de que La Asamblea también buscaba personal.

Algunos días eran tan malos que Thaly actuaba como zombi: se levantaba, caminaba, respondía monosílabos, comía a regañadientes y se acostaba, todo a duras penas y bajo mucha insistencia. Otros días, los buenos, leía el periódico o se sentaba con Samantha a revisar la tarea.

Pero hubo un día que marcó la mejoría de Thaly; Samantha se encontraba sentada en la mesa del comedor haciendo sus deberes y Elia preparaba la cena, la Thaly zombi estaba sentada junto a Samantha teniendo un día malo.

—Este ejercicio es imposible—dijo Samantha cerrando los ojos frustrada.

Alejó el cuaderno de sí, cuando salió disparado hasta la pared del frente, donde permaneció pegado como si se tratase de un magneto y la pared fuese de hierro. Thaly salió de su estado zombie y abrió los ojos como plato. Elia se apresuró a llegar hasta el cuaderno y trató de despegarlo con gran esfuerzo.

—Oh, bueno, vaya, creo que…—comenzó a balbucear mientras seguía forcejeando, tratando de despegar el cuaderno de la pared.

Samantha no se había percatado de la situación, sin embargo cuando abrió los ojos y no vio el cuaderno sobre la mesa se agachó buscándolo por el piso.

Enrique entró con la pisada fuerte, el ceño fruncido y a leguas nervioso.

—Esta noche tendremos visitas—dijo viendo a Thaly, sin embargo el carraspeo de Elia lo hizo girar.

Ella indicó a algo que se encontraba a su espalda, era el cuaderno aun pegado a la pared. Enrique alzó las cejas tan alto que casi rozaron el nacimiento de su cabello y todo el color abandonó su rostro. Ambos se posicionaron frente al cuaderno para ocúltalo de la vista de la niña.

—Ehm… ¿Thaly, por que no vas con Samantha a comprar unos helados para la cena? —sugirió apresurado.

Elia se volteó con cara confundida y preguntó:

—¿Enrique te volviste loco? Hoy hice una torta, así que nada de helados, las chicas pueden ir al cuarto a...

Enrique la ignoró e insistió con la mirada a Thaly.

—Thaly, hazme caso a mí, es mejor que salgas a comer unos helados con Samantha —afirmó con una voz más autoritaria que antes.

—¿Qué está pasando Enrique? —Preguntó Elia preocupada.

—Esta noche tendremos visitas —repitió Enrique sin dejar de mirar a Thaly.

Estaba haciendo un gran esfuerzo por comunicarse con ella sin decir una palabra más de la necesaria y luego de unos segundos de intercambio de miradas entre Enrique y Thaly, ésta reaccionó.

—¿Visitas? —cuestionó suspicaz.

—Sí, visita —dijo Enrique aliviado.

—¿Quién viene abuelo? —intervino Samantha, curiosa por el énfasis que había hecho en la palabra «visita». Estaba arrodillada en el piso buscando el cuaderno todavía.

—Un compañero de trabajo mi niña y va a ser una cena muy aburrida —respondió Enrique con una sonrisa gentil—asi que mejor aprovecha de escaparte con tu mamá y te comes un helado inmenso por mí.

Thaly asintió con vigor y volteó con rapidez hacia Samantha componiendo una sonrisa nerviosa sin levantar sospechas, después de tanto tiempo sin sonreír era posible que se le hubiera olvidado cómo hacerlo.

—Bien, iré a vestirme. Vamos Sami.

Se apresuró hasta su casa casi trotando, con Samantha siguiendo sus pasos, mientras que Elia y Enrique halaban con mucha fuerza el cuaderno de matemáticas que seguía unido a la pared.

—Por eso no le daba el ejercicio, cambió el signo por error—dijo Elia viendo el ejercicio

—Vieja…—la reprendió Enrique tirando con fuerza del cuaderno

—Estoy halando, pero puedo hacer varias cosas a la vez—respondió con suficiencia

Mientras Samantha se vestía, notaba las manos temblorosas de su mamá mientras se peinaba.

—¿Estás bien? —le preguntó—. No tenemos por qué ir si no quieres…

—Sí, es solo que… —Thaly hizo una pausa para meditar sus palabras— Tengo tanto tiempo sin salir que se siente raro, todo es muy pronto.

—Pues yo digo que ya es hora de salir. No tienes que seguir encerrada en la casa.  Han pasado meses mamá, es hora.

Thaly asintió y Samantha confirmó su gesto. Ambas hablaban dos conversaciones distintas, aunque la respuesta fuera la misma: ya es hora.

Ese día Samantha se comió el helado más grande que pudiera recordar, fue al parque a caminar un poco y después al centro comercial donde Thaly compró blusas para ambas. Regresaron a la casa tarde en la noche y Thaly fue donde sus padres a preguntar cómo había ido la cena, mientras Samantha llegó tan agotada que fue directamente a cambiar su ropa, a lavar sus dientes y sin preámbulos cayó en un sueño profundo en donde se vio regresando al parque con su mamá, soñó que ambas corrían hacia los columpios y que se mecían alto, entonces Samantha salió volando por los aires y cayó en una extraña posición en el piso. En el sueño se dio cuenta que además de hacerse algunos raspones se había lastimado su cuello pues dolía una barbaridad y empezó a llorar pero su mamá acudió a su lado, la cargó en sus brazos y la acostó sobre una de las mesas del parque.

Esa mesa tenía alrededor velas, olía a incienso, menta y canela. Creía haber visto a sus abuelos, pero no podía estar segura porque una luz blanca iba creciendo en su campo de visión cada vez con más intensidad haciendo difícil que pudiera ver algo; solo escuchaba la voz de su mamá diciendo que todo iba a estar bien, que ya le dejaría de doler y de repente esa luz blanca iluminaba todos los rincones de su ser. Y como quien apaga un interruptor de forma abrupta, llegó una oscuridad absoluta.

Samantha despertó bañada en sudor, temblando y muy asustada. No podía volver a conciliar el sueño, le dolía el cuello por estar durmiendo en una posición poco convencional en la cama. Era extraño, ella no solía tener pesadillas y las pocas que había tenido parecían tan irreales que una vez que se despertaba no sentía miedo; pero esta pesadilla la sentía muy vívida, la voz de su mamá, sus caricias, el dolor del cuello, los olores y los colores. La sensación de que había sido real la mantuvo despierta por el resto de la noche.

Después de esa mala noche donde la pesadilla se repitió una y otra vez, Samantha se levantó de la cama desvelada por completo sentía sus pies pesados y estaba tan mareada que caminó apoyándose en las paredes hasta llegar al comedor, el olor de sus panquecas favoritas con queso le produjo nauseas, Elia había servido la mesa pero Samanta se sentó con pesadez en la silla sin acercarse a la comida demostrando que su cansancio y malestar podían más que su hambre.

Cuando Thaly entró a la cocina miró la cara verdosa de Samantha y cómo su frente estaba bañada con pequeñas gotas de sudor, de inmediato tocó su cuello y frente.

—Hoy no iras al colegio, no puedes ir enferma —sentenció Thaly con firmeza—, estas hirviendo en fiebre.

—Tiene que ir y si no mejora la maestra nos llamará e iremos a buscarla —explicó Elia mientras verificaba la temperatura de Samantha.

—No mamá, no irá. Tiene fiebre muy alta y dolor en el cuello.

Samantha parecía estar en un limbo de cansancio, escuchaba las voces de su abuela y su mamá lejanas, sin embargo se preguntó cómo podía saber su madre del dolor del cuello pero fue un pensamiento fugaz que descartó cuando un escalofrío recorrió toda su espalda.

—Me siento muy mal, creo que necesito acostarme —dijo Samantha.

Y esa afirmación zanjó la discusión entre Elia y Thaly, quienes intercambiaron miradas de preocupación hasta que Enrique apareció molesto con el ceño fruncido y sin preguntar nada cargó a Samantha hasta su cuarto donde la acostó con mucho cuidado. Dejó abierta la puerta del jardín y el aire fresco cargado con el aroma de las flores refrescó su cara sudorosa.

El día transcurrió con la vigilancia cercana de Enrique y todos los cuidados de Thaly y Elia, pero estos no pudieron evitar que en la noche empezara a delirar por la fiebre. Escuchó entre cada titirito cuando un amigo -del abuelo quizás- preguntó por ella, luego escuchó cuando su abuelo le decía a su mamá que era normal y le pedía que se tranquilizara porque así funcionaba. Por último escuchó una pelea entre sus abuelos y su mamá, solo le llegaron palabras sueltas pero ninguna permaneció lo suficiente como para recordarla después.

Con la llegada de la mañana Samantha se sintió mucho mejor aunque todavía tenía el cabello empapado del sudor de la noche anterior. Estaba casi segura de que su abuelo había permanecido en vigilia toda la noche, casi se lo podía imaginar sentado en la butaca del cuarto con algún libro en las manos pendiente de ella toda la madrugada. Se levantó para ir al baño y cuando salió se consiguió con su abuela preparando el desayuno, esta se acerco al verla y verificó su temperatura. Su cara fue de alivio al comprobar que los niveles eran normales, la abrazó y besó en la cabeza.

Después de la comida Enrique anunció un poco solemne que su compañero de trabajo regresaría en la noche para la cena. Elia asintió y Thaly se tensó sobre su asiento pero nadie dijo nada, ni un solo comentario. Era sábado y Samantha se dedicaba a recuperarse, por eso no hizo preguntas, los vio a todos sin saber qué decir y termino su pudin en silencio.

Poco antes de las siete de la noche sonó el timbre de la casa y Enrique se levantó a abrir la puerta tan rápido como si hubiese tenido un resorte en el asiento. Elia apresuró la preparación de la cena, Thaly alisó su ropa y la falda de Samantha y comenzó a cerrar los libros que tenían sobre la mesa. La niña se enderezó en su regazo segura que ese compañero de trabajo era algún jefe del abuelo por la forma como todos se tensaban.

***

Era un señor de unos cuarenta y cinco años que no tenía edad para ser jefe de Enrique. Vestía un traje color verde botella con una camisa pulcra blanca, tenía algunas canas que le daban una sensación de brillo a su cabellera abundante y castaña. Sus ojos oscuros contrastaban con una sonrisa de dentadura perfecta y blanca.

Saludó a Elia con un beso en la mejilla y luego sostuvo la mano de Thaly entre las de él mientras intercambiaban algunas palabras de cortesía: «¡qué bien huele Elia!», «tanto tiempo sin verte Thaly», «sigues igual de rechoncho Enri» y después, cuando terminaron los protocolos, miró a Samantha.

—Y esta debe ser la pequeña Samantha —dijo agachándose para quedar a la altura de los ojos de Samantha y extenderle su mano para presentarse.

—Mucho gusto, Samantha Adams. —le respondió estrechándole la mano con educación.

Thaly la miró extrañada al escuchar que no había dicho el apellido de su papá.

—Es un placer por fin conocerte Samantha, yo soy André Mannorth—afirmó con la mirada sostenida y sin soltarle la mano—, soy un antiguo compañero de trabajo de tu abuelo, de seguro él te ha hablado mucho de mi o de sus días de gloria en...

—Bien ¿Nos sentamos? —interrumpió Enrique aclarándose la garganta.

André soltó la mano de Samantha, no sin antes dedicarle una nueva mirada. Se desabrochó el botón de la chaqueta y se sentó en la silla que le ofrecía Enrique.

—¿Son tus libros? —preguntó señalando los textos que se encontraban sobre la mesa apilados— ¿Estabas estudiando un sábado?

Antes de responderle analizó su expresión un instante y concluyó que había algo en él no le gustaba. En otras circunstancias solo hubiese asentido, pero viendo las caras de sus abuelos y de su mamá, sintió el deber de conversar un poco más.

—Sí,—y se apresuró a levantarlos de la mesa con ayuda de Thaly—, estuve enferma y me atrasé con las tareas.

—¿Enferma? Espero que no hayas tenido nada grave —dijo mirando a Enrique y a Thaly con cierta curiosidad—, no es… común enfermarse en esta época del año.

—Solo fue gripe— contestó cortante y encogida de hombros. Por alguna razón Samantha sintió la necesidad de evitar los detalles

Supo que había atinado la respuesta correcta cuando Thaly se relajó y Elia continúo sacando la vajilla para servir la comida.

Enrique insistió en aportar temas de conversaciones distintos pero André continuaba interesado en conocer más a Samantha y comenzó a hacerle preguntas, en un principio parecían de cortesía, después se tornaron curiosas y al final la hizo sentir interrogada e incómoda. Samantha intentó mantenerse amable, sin embargo no pudo seguir disimulando su fastidio con las preguntas repetitivas que buscaban confirmar la respuesta anterior o descubrir una mentira.

Fue Elia quien logró zanjar la interpelación cuando sirvió la comida y con los platos llenos se decidieron a retomar una conversación jovial entre adultos. En algún momento de la conversación, André ofreció un trabajo a Thaly pero ésta declinó la oferta con cortesía. Enrique alabó la comida de Elia para quitarle atención al rechazo de la oferta y funcionó porque a las alabanzas culinarias se unió André. Cuando terminó la cena y se sirvió el café, André se dirigió una vez más a Samantha.

—Sabes Sam, ¿puedo decirte Sam verdad? —le sonrió y continuó sin esperar respuesta— Tengo un hijo un poco mayor que tú y es un completo desordenado, no es el más estudioso tampoco, pero confío en que mejore cuando madure. El caso es que siempre me aparecen algunos de sus juguetes dentro de mis cosas. Por ejemplo, este curioso aparato con él que puede jugar por horas.

Sacó del bolsillo de su pantalón una especie de pequeño Nintendo DS y se lo ofreció. Esta tecnología era algo con lo que Samantha no estaba del todo familiarizada, en el colegio casi todos los niños tenían uno pero ella no sentía atracción por los juegos de video. Thaly la animó a cogerlo con una tímida sonrisa, así que Samantha lo tomó en sus manos sin saber muy bien que hacer a continuación. André, entusiasmado más de lo necesario la animó a que lo encendiera.

Samantha buscó el botón y le pareció muy raro para un aparato tan actual que el botón de encendido consistiese en una pequeña manija cuadrada de color negro y que debiese rodarse desde la posición Off hasta la posición On. Sin embargo, lo intentó bajo la mirada de ánimo de Enrique. Al hacerlo el aparato no encendió, Samantha insistió varias veces pero no lo hizo cobrar vida. Su abuela, su abuelo y su mamá la miraban algo fascinados pero André en cambio estaba irritado y parecía más bien decepcionado.

Samantha le tendió el aparato de regreso a André.

—Creo que no tiene baterías —le dijo—, o quizás está dañado

—Estos aparatos son muy resistentes, no se dañan con tanta facilidad. Parece que son las baterías, pero no te preocupes prometo regresar en una nueva oportunidad para que esta vez sí puedas jugar —expresó André con una sonrisa que Samantha no supo si era sincera o no.

La promesa no pasó desapercibida por su familia y por un momento el semblante de todos se ensombreció. Fue algo solo perceptible por Samantha quien vio un pequeño intercambio de miradas dudosas entre Enrique y su mamá. Cuando Thaly se percató de que su hija la miraba le acarició la espalda y le guiñó el ojo.

Luego de un par de minutos de más conversación André se levantó anunciando que llegaba la hora de marcharse, se despidió de todos con mucho menos protocolo que al inicio y Enrique lo acompañó a la puerta. En cuanto salieron de la estancia escuchó el suspiro de alivio que dio Elia, y vio cómo su mamá se derretía en la silla para una posición mucho más cómoda y relajada. Todo el ambiente en general cambió, pero fue Thaly la que sorprendió a Samantha cuando se levantó, tomó el periódico y comenzó a leer los clasificados de trabajo. Su hija solo la contempló de reojo por miedo de espantarle la idea si la sorprendía mirándola. Ahora no le parecía un cervatillo asustado como aquella vez que salieron por helados, con cada página que pasaba del periódico lucía más determinada y segura. Comenzó a parecerse a la antigua Thaly, la mujer de fortaleza incalculable, tenaz, segura e inquebrantable que era antes del divorcio.

Después de ese día Thaly no descansó hasta que no consiguió un trabajo. Se convirtió en la secretaria de una oficina de correos. Nunca más se comportó como zombi, no volvió a llorar en las noches ni sollozar en las madrugadas, empezó a comer con regularidad, a asearse y a salir con frecuencia sin que nadie tuviese que recordárselo.

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Gemas de Poder

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