Capítulo 2
Briana.
No puedo creerlo. Me acerco a él, sin poder comprender sus palabras. Sostengo su barbilla y veo que, efectivamente, sus ojos no me están viendo.
"¿De qué me estás hablando?", le pregunto confundida, sin querer aceptar sus palabras.
"No… puedo verte", repite.
En ese instante, mi corazón se encoge.
"Amor, no puede ser cierto", murmuro mientras comienzo a llorar.
"No puedo ver", comenta, y enseguida escucho a alguien decir "ambulancia".
Supongo que es para él, pero todo a mi alrededor se desvanece y solo quiero concentrarme en una cosa: Eduardo.
Era algo que no podía creer en ese instante. Pensé que era solo una fantasía de mi mente, pero no, era auténtico. ¿Cómo no escuchaba mis palabras, Eduardo?
"Tienes que escucharme", murmuro en voz baja, pero él no responde.
Simplemente siento que se ha desvanecido en la silla de ruedas. Se ha convertido en algo catastrófico. Pronto la ambulancia llega y lo llevan entre dos personas. En ese momento, no puedo ver otra cosa más que el dolor de ver a Eduardo sufrir.
Pronto llegamos y lo llevan en una camilla. Está inconsciente, lo observo con preocupación, sin poder imaginar qué destino nos espera.
"¿Amor?", pregunto en voz alta, pero él sigue inconsciente.
Nos derivaron a una habitación donde lo examinan.
"¿Qué ha ocurrido?", me pregunta el doctor.
"Nos estábamos por casar y él dijo que no podía verme", comento entre lágrimas.
"Tiene que calmarse, es parte de su enfermedad", responde el doctor, intentando tranquilizarme.
Pero me siento muy triste por él. Sé que está sufriendo y no puedo hacer nada para ayudar.
"Tranquila, lo revisaremos y te estaremos informando cualquier noticia", dice el médico.
Me pongo de pie y espero en el pasillo. Alguien que caminaba frente a mí se detiene y levanta la vista. Era Agustín.
"¿Agustín?", pregunto confundida.
"Briana", responde asombrado. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.
"¿Cómo has estado?", me pregunta Agustín.
"He estado bien", respondo.
"Bueno, estabas bien", agrego con voz seca.
"¿Y qué ocurrió? Oh estás vestida de novia", comenta Agustín.
"Pensé que dirías eso antes de preguntarme cómo estaba", murmuro con voz seca.
"¿Y qué ocurrió?", insiste.
"Él dijo que no podía verme", respondo.
"Lo lamento mucho", comenta Agustín.
"Y no sé qué me dirán , pero no creo que sea algo bueno", murmuro, llena de miedo.
"Tienes que confiar, quizás solo sea algo temporal y no sea nada grave", dice Agustín, intentando consolarme."Así que tranquila, sabes que aún puedes contar conmigo", murmura.
"Estoy comprometida con él", respondo.
"No hablo de eso, sino que puedes contar conmigo como un amigo, y lo sabes", aclara Agustín.
"Gracias", digo.
Capítulo 3
"Tengo que seguir trabajando", comenta.
"Gracias por preocuparte", añado.
"Va a estar todo bien, acuérdate", comenta Agustín, pero yo no me siento muy convencida.
Sabía que la enfermedad de Eduardo era progresiva, pero no me imaginaba cuánto. Me habían dicho que a Eduardo le quedaba poco tiempo de vida, y me dijeron que lo de la vista no era nada grave, pero ahora tenía que ver a los doctores para obtener más información.
Quería una respuesta, que alguien me dijera en qué estado se encontraba mi futura esposo. Llamé a Melisa y ella me dijo que tenía a mi hija. Mi madre tenía a mi bebé. Suspiré de alivio, lo único que faltaba era que, en medio de todo el apuro, no me hubiera dado cuenta de eso. Un poco cansada, cierro los ojos cuando una voz me despierta.
"Señorita Briana, soy el doctor Alem", dice.
"Hola, doctor, ¿tiene alguna novedad?", pregunto, sintiéndome impotente y con el corazón destrozado por la noticia. Era algo que no podía creer, y mucho menos imaginar.
"¿Él podrá ponerse bien?", pregunto.
"Él está bien, solo tiene eso, aunque sé que es algo grave".
"No puedo dejar de creer esto, me siento tan vacía y triste por él. Siento que no se merece algo así", comento con dolor.
El doctor se marcha y yo me pongo de pie para ingresar a la habitación. El número 8 está frente a mis ojos. Empujo la puerta, bastante cansada y sin saber qué esperar del otro lado. Eduardo está despierto y, en cuanto entro, desvía su rostro hacia mí. Pero sé que no puede ver nada.
En parte, eso es cierto. Sentía tristeza por él, sabía que no podría verme y eso generaba una gran responsabilidad para mí, pero no me importaba. Yo lo quería y, a pesar de todo, estaría allí para él. En ese instante, recordé todas las veces en las que él estuvo a mi lado, a pesar del sufrimiento y de todo. Él seguiría siendo el amor de mi vida. Con esos recuerdos en mi mente, estoy aquí, comento, y él me observa.
"Hola, Briana", dice.
"¿Soy Briana para ti ahora?", pregunto divertida.
"Lo lamento, cariño. Solo que me siento muy mal, soy un inútil. Ahora ni siquiera voy a poder ver", dice.
"No eres un inútil. Eso es lo que la situación te llevó a ser. Era algo que teníamos previsto", respondo.
"No puedo creer que haya ocurrido tan rápido", comenta con los ojos llenos de lágrimas, y no puedo evitar sentirme mal por él.
"Amor, sabes que siempre estaré aquí para ti", comento, y él me dice:
"Briana, quiero divorciarme de ti de verdad".
"Ni siquiera nos hemos casado", comento.
"Lo sé, pero no quiero que nos casemos", responde.
"No… puedes decir eso", comento con dolor.
"Sí puedo hacerlo, y lo estoy haciendo", dice.
"No otra vez. ¿No quieres protegerme de nuevo?
“ Esta vez no es por ti", comentó, y me quedo perpleja.
Me tengo que sentar para no desmayarme.
"Entonces, ¿por quién?", pregunto.
"Es por mí, quiero ser una carga para ti, y eso me pone mal", responde.
"¿Una carga para mí?, nunca lo serías", digo con dolor.
"Quiero estar presente en la vida de mi hija, pero no quiero que me mires con lástima, como lo estás haciendo ahora", dice.
"Yo no te miro de esa manera", replico, y él llega a decir:
"Te pido que te vayas".
"Por favor… ", y yo de cerca, me quedo sentada. "No me iré, porque soy...", empiezo a decir, pero él interrumpe:
"No eres nadie para mí", comenta en tono seco, y yo abro la boca y la cierro. Si no me quería allí, entonces me iría.
Enojada, tomo mi cartera y salgo de la habitación. Pensé que habíamos cambiado y que estaríamos juntos.
Con lágrimas en los ojos, me quedé en el pasillo del hospital. Llamé a Melisa.
“Mel..”, dije con voz entrecortada. Melisa preguntó:
"¿Otra vez no quiere que estés con él?".
“Él dice que no quiere ser una carga para mí”, respondí con tristeza.
"Pero esa es una decisión que tú tienes que tomar", dijo Melisa.
"No sé, pero bien, dile tú, porque a mí no me hace caso", comenté llena de dolor.
"Déjalo tranquilo, seguro que con el tiempo se le pasará", afirmó Melisa.
"¿Cómo está mi hija?", pregunté.
"Está perfecta. Y tú, ¿cómo estás?", respondió Melisa.
"Mal. Pues… mi futuro esposo ya no me quiere de nuevo, y encima no puede ver", expresé con pesar.