Capítulo 3
Con la decisión tomada, una extraña calma me invadió. Salí a la calle y el aire de la mañana se sentía diferente, más limpio. Fui a la farmacia y compré una prueba de embarazo. Necesitaba confirmarlo, no por él, sino por mí. Necesitaba saber qué era lo que estaba dejando atrás.
En el baño de un pequeño café, las dos líneas rosas aparecieron casi al instante.
Embarazada.
Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla, pero no era de tristeza. Era de alivio. Este bebé, en esta nueva vida, no conocería el dolor de tener un padre como Ricardo. Sería mío, solo mío. Un símbolo de mi nuevo comienzo.
Volví a la mansión con una sensación agridulce. Una parte de mí quería compartir esta noticia, la alegría frágil de una nueva vida. Pero esa parte de mí, la Elena ingenua y esperanzada, había muerto en el rellano de la escalera en mi vida anterior.
Al abrir la puerta principal, un aroma desconocido me golpeó.
No era mi perfume, ni el de los productos de limpieza. Era un perfume floral, dulce y empalagoso. El perfume de Sofía.
Mi corazón se detuvo por un segundo. El recuerdo de mi vida pasada se superpuso con la realidad. Era real. Estaba sucediendo de nuevo.
Avancé por el pasillo. En la mesita de la entrada, junto a las llaves del coche de Ricardo, había un broche de perlas que no era mío. Un pequeño objeto brillante que gritaba traición. Lo reconocí de inmediato. Era el broche que Sofía siempre usaba, un regalo de su abuela, decía ella.
La ira que sentí en mi vida anterior ya no estaba. En su lugar, había un vacío frío, una certeza absoluta. Sabía lo que encontraría arriba. Sabía el dolor que me esperaba.
Pero esta vez, yo tenía el control.
Subí las escaleras lentamente, cada paso silencioso y deliberado. No había prisa. No había desesperación. Solo la resolución de una mujer que ya había visto el final de la película.
La puerta de nuestra habitación estaba entreabierta. Me detuve antes de entrar, escuchando las risas ahogadas que venían de adentro.
Respiré hondo, contuve las lágrimas y empujé la puerta.
La escena era exactamente como la recordaba. Ricardo y Sofía en nuestra cama, enredados en las sábanas que yo misma había elegido. La luz del sol que entraba por la ventana los iluminaba, creando una imagen casi artística de la traición.
No grité. No lloré. No me abalancé sobre ellos.
Simplemente me quedé allí, en el umbral de la puerta, mirándolos. Mi quietud fue más ruidosa que cualquier grito.
Ricardo fue el primero en verme. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una molestia visible. No había culpa en sus ojos, solo irritación por haber sido interrumpido.
"Elena," dijo, con un tono de fastidio. Se sentó, sin molestarse en cubrirse. "¿Qué haces aquí tan temprano?"
Sofía se acurrucó detrás de él, mirándome con una mezcla de triunfo y falsa inocencia. Era la misma mirada que había visto en mi vida pasada, la mirada de una víbora que se disfraza de paloma.
"Creí que teníamos un acuerdo," continuó Ricardo, su voz fría como el acero. "Tú no te metes en mis asuntos, y yo no me meto en los tuyos. ¿Tan difícil es de entender?"
Asentí lentamente, una sonrisa amarga formándose en mis labios.
"No, Ricardo. Lo entiendo perfectamente."
Mi calma lo descolocó. Esperaba lágrimas, gritos, un drama. No esperaba esta resignación helada.
"Entonces, ¿qué quieres?", preguntó, impaciente.
"Nada," respondí en voz baja. "Ya no quiero nada de ti."
Me di la vuelta, sin dirigirles una segunda mirada. Escuché a Ricardo llamarme por mi nombre, confundido, pero no me detuve.
Bajé las escaleras, esta vez con cuidado, con dignidad. Salí de la casa sin mirar atrás.
El sol me dio en la cara, y por primera vez en diez años, sentí que podía respirar. La traición dolía, sí, pero la libertad que sentía era mucho más poderosa.
Se acabó. Realmente se acabó.