Capítulo 3
Tal como lo recordaba, Ximena entró a mi habitación sin tocar, con una expresión de suficiencia en el rostro. Se paró frente a mí, cruzada de brazos.
"Ana, tenemos que hablar."
Su tono era el mismo que usó en mi vida pasada, una mezcla de falsa preocupación y arrogancia contenida.
En mi vida anterior, a estas alturas, yo ya estaría preguntándole qué pasaba, preocupada por ella. Hoy, simplemente la miré en silencio, esperando.
Mi calma pareció desconcertarla. Frunció el ceño.
"¿No vas a decir nada? ¿No te importa por qué estoy aquí?"
"Habla," dije, con la voz plana.
Ximena pareció irritada por mi falta de reacción. Se acercó y me agarró del brazo, su agarre era sorprendentemente fuerte.
"¡Deja de fingir! ¡Sé que no eres mi hermana! ¡Tú eres la impostora!"
Sus palabras ya no me causaban pánico, solo un profundo desprecio. Recordé su rostro sonriente mientras ordenaba mi muerte, recordé la mirada fría de Ricardo mientras me daba la espalda.
"Suéltame, Ximena."
Dije, mi voz era baja pero firme.
Ella se rió, una risa burlona.
"¿O qué? ¿Vas a llamar a tu papi y a tu mami? Oh, espera, ellos no son tus padres. Qué pena."
La miré directamente a los ojos. En mi vida pasada, había llorado, había suplicado. Me había humillado. Esta vez, no.
"¿Y qué te hace pensar eso?"
Le pregunté, con una calma que la descolocó por completo.
"Mi mamá me lo dijo," repitió, como si fuera la verdad absoluta. "Me lo confesó todo. Y tengo la prueba."
Sacó un papel doblado de su bolsillo. La supuesta prueba de ADN. En mi vida anterior, ese papel me había destrozado. Ahora, sabía que era una farsa. Sabía que Ximena estaba tan convencida de su propia mentira que no se había molestado en verificar los detalles.
"Ella creía que tú habías nacido en el hospital público, como ella. Pero se equivocó," pensé para mis adentros. "Yo nací en casa, en la vieja mansión de los Fernández. Mi abuela y una partera ayudaron a mi madre. Hay registros, hay testigos. Tu mentira es tan frágil, Ximena."
Pero no dije nada de eso en voz alta. Mi plan era otro. Mi hermano Javier ya venía en camino. Él se encargaría de todo. La familia Fernández no era poderosa solo por su dinero, sino por sus conexiones y su implacable forma de proteger a los suyos. Ximena y Ricardo no tenían idea del infierno que estaban a punto de desatar.
"Solo quiero lo que es mío," dijo Ximena, su voz ahora con un tono lastimero. "Solo quiero recuperar mi vida."
"Pobre víctima," pensé con sarcasmo.
Fingí estar asustada. Di un paso atrás y saqué mi celular.
"Voy a llamar a mi hermano."
La cara de Ximena se transformó por la ira.
"¡No te atrevas!"
Se abalanzó sobre mí y me arrebató el celular de las manos. Con un grito de furia, lo arrojó contra la pared. El teléfono se hizo pedazos.
"¿Crees que tu hermano puede salvarte?"
Se burló, acercándose a mí, su rostro a centímetros del mío.
"Él va a creerle a la verdadera víctima. A mí. Cuando vea la prueba de ADN, te echará de esta casa como a un perro."
Sonrió con malicia.
"Nadie va a venir a salvarte, impostora. Estás sola."
Pero yo no estaba sola. El mensaje que le había enviado a Javier antes de que Ximena entrara ya había sido leído. "Ven rápido. Peligro. Ximena."
Él ya estaba en camino. Y no venía solo.