Capítulo 3

Los días siguientes a mi matrimonio con Ricardo fueron extraños. Vivía en una opulencia que nunca había conocido, pero mi corazón seguía siendo un páramo desolado. Pasaba horas en la habitación que Ricardo había preparado para mí, mirando por la ventana, perdida en mis recuerdos.

Y los recuerdos eran dolorosos.

Ahora, con la distancia, veía con una claridad terrible cómo Carlos siempre había puesto a Isabella y a su padre por encima de nosotros. Recordé el quinto cumpleaños de Mateo. Le habíamos prometido llevarlo a un parque de diversiones. Mateo se despertó ese día vibrando de emoción, con su pequeña mochila lista desde la noche anterior.

Justo cuando estábamos por salir, el teléfono sonó. Era Isabella.

"Carlos, papi se siente un poco mal. ¿Crees que podrías venir? Me da miedo estar sola."

Carlos ni siquiera lo dudó.

"Voy para allá, Isa. No te preocupes."

Le supliqué.

"Carlos, es el cumpleaños de Mateo. Se lo prometimos."

Él me miró con esa frialdad que ahora reconocía tan bien.

"El señor García es mi prioridad, Sofía. Sin él, no tendríamos nada de esto. Mateo puede ir al parque cualquier otro día."

Mateo escuchó todo. Vi cómo la luz se apagaba en sus ojitos. Intentó ser valiente, pero no pudo evitar que un sollozo se le escapara.

"No importa, mami. Podemos ir después."

Pero ese "después" nunca llegó. Siempre había una excusa. Una cena con el señor García, un proyecto urgente, una emergencia inventada por Isabella.

Isabella siempre había sido cruel conmigo, de una manera sutil y calculada. Una vez, organicé una cena importante para los socios de Carlos. Pasé dos días cocinando, decorando, asegurándome de que todo estuviera perfecto. Isabella llegó tarde, con una sonrisa dulce.

"¡Ay, Sofía! Te esforzaste tanto. Qué pena que el estofado te quedó un poco salado."

Lo dijo en voz alta, para que todos la oyeran. Carlos, en lugar de defenderme, se rio y dijo:

"No te preocupes, Sofía no es muy buena en la cocina. Por eso la amo, por otras cosas."

Todos rieron. Yo quería que la tierra me tragara. Más tarde, en la cocina, mientras recogía los platos, Isabella se me acercó.

"No te esfuerces tanto, querida. Nunca estarás a la altura. Carlos necesita a alguien que lo impulse, no que lo frene con cenas caseras."

En otra ocasión, me acusó de robarle un brazalete de diamantes que, convenientemente, apareció días después en el fondo de su propio bolso. Pero para entonces, Carlos ya me había gritado, me había llamado descuidada y me había obligado a disculparme con ella.

"Solo discúlpate, Sofía. Es más fácil. No hagas olas."

Y yo, tonta de mí, lo hacía. Hacía cualquier cosa por mantener la paz, por proteger la frágil ilusión de nuestra familia. Creía que mis sacrificios eran por nuestro bien.

Ahora me daba cuenta de que solo estaba alimentando a un monstruo. Carlos no era el arquitecto brillante que todos pensaban. La mayoría de sus "grandes ideas" eran mías. Yo estudié arquitectura antes de casarme y dejarlo todo por él y por Mateo. Le ayudaba con sus diseños, le sugería soluciones, pulía sus presentaciones. Él se llevaba todo el crédito.

Sentada en la lujosa biblioteca de Ricardo, recordé una noche en particular. Carlos estaba atascado con el diseño de un centro comercial. Estaba furioso, a punto de rendirse. Yo me senté con él, tomé un lápiz y en una servilleta esbocé una idea para la fachada, una estructura ondulada que imitaba el mar.

Sus ojos se iluminaron. Tomó la servilleta y trabajó toda la noche. Ese diseño le valió un premio importante y la admiración total del señor García. En su discurso de aceptación, agradeció a su mentor, a sus colegas, a Isabella por su "inspiración" . A mí no me mencionó.

Cuando le reclamé, se encogió de hombros.

"Vamos, Sofía, fue solo una idea. Yo hice todo el trabajo duro. Además, somos un equipo, ¿no? Lo que es mío es tuyo."

Pero nunca fue así.

Un día, Ricardo entró en la biblioteca y me encontró llorando en silencio. Se acercó, su silla de ruedas apenas haciendo ruido en la alfombra.

"El pasado duele," dijo suavemente. "Pero solo tiene el poder que tú le das."

"Quiero el divorcio," dije, mi voz firme por primera vez en mucho tiempo. "Quiero salir de esto."

Ricardo asintió.

"Hablaré con mis abogados. Pero Carlos no te lo pondrá fácil."

Tenía razón. Cuando mi abogado contactó a Carlos, él se negó a negociar. Exigió una reunión. Fuimos a una sala de juntas neutral, un espacio frío e impersonal que reflejaba perfectamente el estado de nuestro matrimonio.

Carlos llegó con Isabella del brazo.

"¿Divorcio?" dijo Carlos con una sonrisa arrogante. "¿Y de qué vas a vivir, Sofía? ¿De la caridad de tu amante lisiado? No tienes nada. Todo es mío."

"No quiero nada tuyo, Carlos. Solo quiero mi libertad."

"Mi libertad tiene un precio," interrumpió Isabella, con su voz melosa. "Has humillado a Carlos. Has manchado su reputación. Eso merece una compensación."

Carlos asintió, como un títere.

"Isabella tiene razón. Me has causado un daño emocional irreparable."

Mi abogado casi se atraganta.

"Señor Rivera, fue usted quien echó a mi cliente de su casa después de la muerte de su hijo. Fue usted quien le negó el antídoto que pudo salvarle la vida."

Carlos golpeó la mesa.

"¡Mentiras! ¡Todo son mentiras inventadas por esta mujer para justificar su infidelidad!"

Me miró con desprecio.

"Quieres el divorcio, lo tendrás. Pero te irás sin nada. Ni un centavo. Firmarás una declaración admitiendo que me fuiste infiel y que la muerte de Mateo fue por tu negligencia."

Era una trampa cruel, un intento de destruirme por completo.

"Jamás," dije.

"Entonces nos veremos en la corte. Y te destruiré. Haré que todo el mundo crea que eres una mala madre y una esposa infiel. Nadie te volverá a creer."

La amenaza me heló la sangre. Sabía que era capaz de hacerlo. Tenía el dinero, los contactos, la falta de escrúpulos.

Esa noche, no pude dormir. El estrés, el dolor, la furia… todo se acumuló en mi cuerpo. Un dolor agudo me atravesó el abdomen. Me desmayé.

Desperté en el hospital privado de Ricardo. Él estaba a mi lado.

"Tuviste un ataque de estrés agudo," dijo. "Tu cuerpo ha estado bajo demasiada presión."

Me sentía débil, derrotada.

"Quizás tiene razón. Quizás debería firmar y desaparecer."

"Rendirse no es una opción, Sofía."

Pero yo estaba cansada de luchar. Al día siguiente, le dije a mi abogado que aceptaba los términos de Carlos.

La firma del acuerdo fue en la misma sala de juntas. Carlos e Isabella sonreían, victoriosos. Él me pasó los papeles y una pluma.

"Firma," dijo con suficiencia. "Y lárgate de mi vida."

Miré el papel, la cláusula que me culpaba de la muerte de mi propio hijo. Mi mano temblaba.

"Antes de firmar," dije, levantando la vista, "quiero visitar la tumba de Mateo. Y quiero que vengas conmigo. Tú e Isabella."

Carlos frunció el ceño.

"¿Para qué?"

"Para despedirme. Como una familia."

Isabella puso los ojos en blanco, pero Carlos, quizás por un retorcido sentido de la teatralidad, aceptó.

"Está bien. Vayamos a ver a… ese niño. Y luego terminamos con esto."

El cementerio estaba silencioso, solo el viento susurraba entre los árboles. La pequeña lápida de Mateo era simple, con su nombre y un pequeño ángel grabado.

Me arrodillé y coloqué un ramo de flores frescas.

"Hola, mi amor. Mamá está aquí."

Isabella se mantuvo a distancia, con una expresión de aburrimiento.

"¿Podemos apurarnos? Este lugar me da escalofríos."

Carlos la ignoró. Miraba la lápida con una expresión extraña, casi vacía.

Entonces Isabella se acercó.

"Pobre niño," dijo con falsa compasión. "Si su madre lo hubiera cuidado mejor, quizás seguiría aquí."

Esa fue la gota que derramó el vaso. Pero antes de que pudiera decir nada, Carlos reaccionó de una forma que nunca esperé. Se giró hacia Isabella, su rostro era una máscara de furia.

"Cállate, Isabella."

Luego se volvió hacia la tumba. Y con una rabia ciega y salvaje, pateó la lápida. La piedra se tambaleó y cayó al suelo con un ruido sordo. Las flores que yo había puesto se esparcieron por la tierra.

"¡No existe ningún Mateo!" gritó, su voz rota por una locura que no había visto antes. "¡Él nunca existió! ¡Es todo un invento tuyo para atormentarme!"

Miró sus manos, luego a mí, con los ojos desorbitados.

"¡Todo es tu culpa!"

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Esposa Traicionada, Madre Resurgida

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