Capítulo 2
(Un mes atrás)
En el extremo sur de florida, donde se encuentra Miami, hay una familia feliz en el cierre del día. El restaurante de comida había tenido un día excelente y por ello habían decidido poner música mientras tomaban cerveza y terminaban de limpiar el lugar.
Olivia Martínez es quién estaba en el centro de la sala, bailando con su hermano Ciro una canción que sonaba en la radio. Eso quizás era todo un desafío, ella reía a carcajadas mientras que él intentaba no pisarla y dejarla sin caminar por una semana, ya que era terrible para coordinar más de dos pasos.
—Ay hermano —Olivia se queja cuando él la pisa—. Deberías tomar clases, el día de tu boda vas a sacarle un pie a Chloe —Ciro se ríe
—Mierda, sí. Debería hacerlo, pero me da vergüenza —el hombre toma el vaso de cerveza y le da un sorbo—. ¿Qué hay de ti? ¿Qué harás después del verano?
—Aún falta mucho para eso, no quiero ponerme a pensar —ella hace una mueca
—O, sé que se preocupa mamá, pero también tienes que hacer tus cosas —él da un largo suspiro—. Estás a punto de terminar tu carrera, no puedes estar junto a ella para siempre.
—No voy a dejarla sola, Ciro. Te irás y no puedo irme también, mamá se quedará sola y ya sabes como es.
—Mamá te dice lo mismo que te estoy diciendo, tenías una oportunidad en Washington, ¿Por qué no intentas pedir otra entrevista?
—Aún me falta volver a rendir la última materia —da un largo suspiro—. No quiero hablar sobre ello, por favor. —le pide haciendo un puchero
—¿Ya están listos? —Valeria se asoma por la cocina, comprobando de que sus hijos habían terminado el trabajo
—Si, mamá —Olivia se acerca y le deja un beso en la cabeza—, creo que deberíamos ir a casa ya.
—Tengo una cita con Chloe, pero pasaré por ustedes para ir a desayunar mañana temprano, ¿Qué dicen?
—Dile a Chloe que también venga, la extraño. Hace días que no viene por aquí
—Está haciendo guardias en el hospital, pero mañana le diré —Ciro saluda a ambas con un beso en la mejilla—. Las amo. Avisen cuando lleguen a casa, mañana las veo.
—¿Helado y película? —pregunta una sonriente Valeria
Olivia había obtenido el título de administrador de empresas a sus veintiuno, comenzando a trabajar con un amigo de su padre, quién le enseñó todo lo que sabía hasta ahora. Ella se había ido a Virginia por muchos años, aprendiendo a vivir sola y a organizar su vida lejos de sus padres y su hermano menor, sin embargo, también había querido estudiar abogacía, por lo que comenzó con ello unos cuántos años después, cuando pudo encontrar un equilibrio en las incansables horas de trabajo y asistir a la universidad.
Su madre siempre había soñado con tener un restaurante, por lo que con esfuerzo y ayuda de su esposo Daniel habían podido abrir un local pequeño en el centro de florida, aquel que luego de algunos años comenzó a expandirse. Daniel era médico cirujano y Ciro se había graduado de contador hace un año atrás. La familia se había separado aún más cuando Ciro viajó a California para conocer a la familia de Chloe, quien ahora es su prometida. Él se fue a vivir con ella por algunos años, teniendo empleo y una buena vida, sin embargo, las cosas cambiaron desde que su padre falleció en aquel terrible accidente.
Era una mañana de mucha tormenta cuando él estaba por regresar a casa luego de una larga guardia en el hospital. Eran las seis y aún no amanecía, por lo que comenzó a conducir por las calles oscuras de Miami. En uno de los semáforos en rojo había tomado la oportunidad para enviarle un mensaje a su hija mayor para que regresara a casa, diciendo que la extrañaba y cuánto la quería, faltaban solo unos pocos días para su cumpleaños y quería tener a sus bebés en casa de nuevo. Lo que él no sabía era que aquel emotivo mensaje sería el último que Olivia recibiría de su parte, porque dos calles más adelante un auto a toda velocidad se había pasado los semáforos y terminó por chocarlo, sin darle tiempo a frenar.
Esa fue la razón principal que tuvieron tanto Ciro como Olivia para regresar a Miami, su madre se había sumergido en una gran depresión luego de la muerte de su esposo. Ciro decidió dejar su empleo y hablar con su prometida para ver la posibilidad de viajar un tiempo para Florida, por lo que ella entendió y se alquilaron un departamento mientras que la hija mayor se había quedado con su madre.
Olivia tenía propuestas de trabajo, sin dudarlo, pero también le daba una culpa terrible de tener que dejar a su madre para irse, con el miedo de que vuelva a caer en esa depresión de la que le costó salir.
La última semana había sido una gran revolución para ella. Una mujer se había contactado para decir que era su hermana y que quería conocerla, ya que Olivia fue adoptada cuando era apenas un bebé de unos pocos días. Ella sabía que había tenido una gemela, pero no había podido encontrarla en todos estos años.
Y mientras Olivia estaba pensando en ella, del otro lado del país se encontraba Rebeca Edwards, la hermana perdida. Había viajado a Washington, tenía un asunto muy importante y sabía que tenía que resolverlo antes de ir a ver a su hermana, como habían quedado.
Se miraba al espejo una y otra vez, estaba demasiado nerviosa para hacer aquello. Sabía que estaba en peligro y se maldijo una y otra vez por no contratar a un guardaespaldas para que la acompañe. Los agentes del FBI se lo habían propuesto, pero ella lo rechazó tiempo atrás, aunque como estaban las cosas ahora se arrepentía.
Su teléfono comienza a sonar, despertándola de aquellos pensamientos horribles y exaltándola a tal punto que tuvo que tomarse unos breves segundos cuando vio el nombre de su esposo allí, ella no pretendía que el hombre se enterara de los asuntos con los que tenía que lidiar.
—Ey —murmura tras un largo suspiro
—Rebe, ¿Cómo estás? —pregunta con amabilidad, sacándole una sonrisa cuando escucha al pequeño Thomas hablando desde el fondo
—Estoy a punto de irme a una cena, pero todo en orden ¿Y tú?
—Acabo de llegar a casa, fuimos al cine con Thomas. ¿Tienes idea de cuándo regresas?
—No, aún no lo sé. Supongo que en unos días más, ¿Por qué? ¿Tienes que viajar?
—No, no es por eso. Tu padre ha enviado una invitación para ir a la fiesta de aniversario de su empresa. Creí que deberías saberlo, por si quieres asistir.
—Ya sabes cómo es el asunto con los demás, así que iremos —hace una mueca— ¿Dejarás a Thomas con Luciana?
—Si, ya le he dicho para que se quede con él en la noche. ¿Estás segura de que te encuentras bien? —Rebeca frunce el ceño
—Si, estoy bien.
—No te escuchas demasiado bien. ¿Estuviste durmiendo?
—Necesito que hagas un favor para mi —le responde, intentando desviar la situación—. En el caso de que no llegue para la fiesta de aniversario, no vayas solo.
—¿Rebe? —pregunta extrañado. El otro celular que Rebeca tiene comienza a vibrar sobre el colchón, indicándole que tiene que irse ya
—Tengo que irme. Espero verte en unos días —el hombre intenta decir algo más, pero vuelve a interrumpirla—, y Kylian... te quiero. A pesar de todo te quiero.
Capítulo 3
La mujer cierra los ojos y deja salir las lágrimas acumuladas, cortando la llamada para que su esposo no logre escuchar que tan mal se siente. Kylian la conoce demasiado para saber cuándo ella no se siente bien. Ya de por sí, la llamada ha sido extraña porque la mujer no suele ser demasiado sentimental, ni siquiera recuerda la última vez que le había dicho un te quiero, pero necesitaba sacarlo de su sistema por si no regresaba.
El asunto era complicado, ella sentía demasiada culpa de por sí, pero no podía decirle a donde se encontraba, había tenido que inventarle que se iría a ver a una amiga por el fin de semana y eso es lo que su esposo creía. Lo que estaba a punto de hacer era mucho más complicado que cualquier cosa que haya tenido pasar en su vida, pero sabía que era lo correcto.
Desde el otro lado de la línea, Kylian se había quedado con el celular en el oído, incluso después de que la llamada se haya cortado. Él podía presentir que algo estaba mal, y aunque siempre intentaba quitarle información sobre lo que estaba sucediendo con su esposa, la mujer era demasiado cerrada para expresarlo.
Aquel te quiero, le supo amargo, y no por el sentimiento en sí, sino porque la mujer sonó a despedida y él sentía que algo andaba demasiado mal. En el último tiempo Rebeca apenas estaba en casa, la relación con Thomas era cada vez menor y hacía tiempo que ni siquiera se sentaba a tomar un café con Rebeca para preguntar qué tal el día.
—¿Papá? —el pequeño de cinco años se acercaba a su padre con lágrimas en los ojos, haciendo un puchero que terminó de derretir el corazón del empresario.
—¿Qué sucedió? ¿Te golpeaste? —él se pone de cuclillas y acaricia su rostro, mirando su pequeña mano. El niño asiente y comienza a humedecer sus mejillas.
—Me caí. Heda estaba jugando y me hizo caer —dice señalando al enorme perro que estaba corriendo en el patio
—Ella es un poco bruta, pero lo hizo sin querer. ¿Quieres que miremos unas películas y la invitamos con nosotros? —él le sonríe, secando sus lágrimas—. Además, extraña mucho a su mami.
—¿Y cuándo va a volver ella? —pregunta con un poco más de calma
—No lo sé. Faltan algunos días, pero mientras tanto podemos mimarla un poco para que no se sienta triste.
—¿Ella está triste como cuando yo te extraño? —Kylian sonríe ante las palabras de su hijo
—Si, hijo. Por eso está un poco inquieta y además sabes que Heda tiene mucha fuerza —acaricia su mejilla— ¿Entonces que dices de películas y helados?
—¡Si! —grita con alegría
Kylian no podía creer como ese pequeño niño podía cambiarle su estado de ánimo en cuestión de segundos. Amaba ser padre, desde el primer momento que lo supo no pudo sentirse más feliz, a pesar de todo lo que había ocurrido después. Verlo tan parecido a él tanto físicamente como en su interior, lo hacía sentir orgulloso, Thomas era un gran niño.
Era su primer sábado libre desde hace mucho tiempo, no quería pensar en la empresa, ni en los contratos, ni en nada más. Quizás se sentía un poco culpable por haberlo descuidado en el último tiempo, no había tenido momentos libres porque el trabajo cada vez era más, pero se comprometió en darse sus días también, en compartir con su hijo eso que hacía meses no hacía.
Recibe un último mensaje en su celular, aquel número que tanto la inquietaba. Sin dudas su vida tenía que resolverse de alguna manera también, aunque no le guste del todo.
"Está todo listo, nos reuniremos el martes para comenzar con lo establecido"
La situación en Washington no era del todo buena, de hecho, la mujer comienza a bajar del ascensor mirando a través del espejo de la recepción, aquel auto negro está allí desde hace tiempo y pudo notarlo. Cierra los ojos y da un largo suspiro mientras abraza el maletín que tiene en sus manos y comienza a pensar en positivo.
Con decisión, camina hacia el auto que alquiló hace dos días y se sube, dejando lo importante en el asiento del copiloto mientras mira por el espejo retrovisor. Toma el celular que el FBI le había ofrecido para poder comunicarse en privado y le envía al agente Collins la sospecha antes de que sea tarde.
"Mercedes Benz, modelo clase C. Vidrios polarizados y con patente "SSO 880". No estoy del todo segura, pero lo he visto más de una vez en lugares donde salía."
"Estoy saliendo del hotel, nos encontramos en unos minutos."
Coloca el cinturón de seguridad y mira hacia el techo del auto, intentando encontrar valor para hacer lo que tiene que hacer. Todavía el amor que le tiene es lo que le da culpa, ella sabe que después de esta reunión con los federales las cosas no volverán a ser las mismas y se avecina una tormenta que no sabe si va a poder resistir.
Fue demasiado enterarse de todos los asuntos ilícitos que tenía y de tomar la decisión de ayudar al FBI, sin embargo, se respaldaba y se daba fuerzas diciendo que era lo correcto y que después de todo tenía que pagar por todo el mal que hizo durante años.
Pone en marcha el auto luego de encender la radio, para que aquel silencio no termine de matar su mente. La reunión era un poco lejos del hotel, pero sabía que era segura y lo único que tenía que hacer era conducir, pero los nervios comenzaron a cegarla cuando notó que aquel auto negro que había sido sospechoso desde antes comenzaba a ir tras ella, doblando en cada calle, sin pasarla y sin dudas, siguiéndola.
La lluvia comienza a caer sobre el vidrio, teniendo que encender los parabrisas mientras su corazón estaba desbocado.
Odió el hecho de rechazar al guardaespaldas una vez más; sin embargo, ella no contaba con que el FBI se había asegurado de que un agente la siguiera sin que ella se diera cuenta, para protegerla. Así que había tres autos yendo en la misma dirección, haciendo que Rebeca comenzara a temblar.
De repente acelera comenzando a querer irse de allí y deshacerse del auto, por lo que el de atrás también toma velocidad y la sigue con insistencia. Por mirar por el espejo retrovisor para comprobar de que aún no la siguen, no había visto que el semáforo había parado, por lo que ella cruzó en rojo, casi chocando con uno de los autos que intentaba pasar. Al hacer una maniobra tan brusca, las ruedas de su auto comienzan a deslizarse por el asfalto, terminando por chocar un poste de luz y provocando que el mismo se diera vuelta.
El agente federal estaba totalmente sorprendido a lo que había pasado frente a sus narices y estaciona rápidamente para ir a auxiliarla, notando que el auto que la había seguido también había detenido la marcha por delante de Rebeca, pero cuando vieron que él se pronunciaba como agente se volvieron a subir al auto y se largaron, sin éxito de sacarle aquel maletín que tanto preciaban.
—¿Rebeca? —el hombre al ver que no hay riesgos de que explote el auto comienza a intentar auxiliarla—. Rebeca, dime algo. Carajo.
—Señor, la ambulancia está en camino.
La sangre brota desde su cabeza, él puede ver que a pesar de que el cinturón de seguridad está puesto, ella se dio un gran golpe al volcar el auto. Comienza a mover todos sus contactos, dándole alerta al FBI mientras que escucha las sirenas de la ambulancia. Va hacia la puerta del copiloto, la que milagrosamente está intacta, y decide tomar el maletín antes de que llegue a manos equivocadas.
El accidente de Rebeca Edwards, a pesar de ser un asunto confidencial y delicado, había llegado a oídos del multimillonario Abel Edwards, su padre. El hombre rápidamente había llamado a su mano derecha Caleb, informándole de lo que había ocurrido.
—¿Dónde está mi hija? —entra con desesperación por el pasillo de la clínica privada, mirando hacia los enfermeros— ¡MI HIJA! ¡CARAJO, NECESITO VER A REBECA EDWARDS!
El enfermero puede ver la manera en la que le está hablando a todo el mundo, odiando a ese hombre por la manera en la que entró. Puede entender de que esté desesperado por saber en dónde se encuentra su hija, pero hablarle de esa manera y desafiar al personal con su mirada es algo que no quiere tolerar.
—Señor, por favor deje de gritar. Hay pacientes que están descansando, dígame el nombre e intentaré averiguar donde se encuentra su hija.
—¿Eres sordo o qué? —lo mira furioso—. Rebeca Edwards, dime donde está, ¿Ella está bien?
—Deme un segundo —el hombre da un largo suspiro y comienza a revisar la planilla—. Ella está bien, acabo de visitarla hace una hora. Está descansando, acompáñeme.
—¿Qué es lo que le sucedió? —lo sigue con desesperación
—Accidente automovilístico. Ella está bien, no tiene ninguna herida de gravedad en su cuerpo, tuvo un fuerte golpe en la cabeza, pero debemos esperar a que despierte para tener un diagnóstico más acertado.
—¿Cómo que despierte?
—Lo más probable es que lo haga en unos cuatro días, todo depende de cómo evolucione —el hombre abre los ojos sorprendidos al ver a su hija desde la puerta—. Puede pasar unos pocos minutos, el horario de visita terminó.
Abel aprieta la mandíbula para no dejar caer las lágrimas que se avecinan, nunca había visto a su hija de esa manera. Ella parece demasiado frágil en aquella cama, tiene su rostro con pequeños cortes producto de los vidrios, su cabeza está vendada y algunos hematomas en sus brazos. Él se acerca, tomando su mano fría sobre la cama mientras la mira y analiza la situación.
—Carajo, hija. No tendrías que haberte metido en esto —dice dando un largo suspiro—. Haré que todo vuelva a ser como antes, cuando solo éramos tú y yo —con su otra mano comienza a peinar su cabello con nerviosismo—. Lo haré, lo prometo.
—Señor —Abel cierra los ojos por un momento cuando escucha a Caleb entrar a la habitación—. No quiero interrumpirlo, pero deberíamos.
—Sé que lo tengo que hacer, Caleb. Solo dame un momento.
—Kylian no tardará demasiado en enterarse lo que sucedió, si no es que ya se lo informaron. Tenemos que actuar rápido.
—Voy a hablar con el director de este lugar. Necesito que busques a nuestro plan B, tengo algo pensado que podría servirnos mucho más que ir directamente hacia Kylian.
—No entiendo, señor, ¿En qué está pensando?
—Ir directamente hacia él sería un error grave, no estoy seguro de lo que ella pueda llegar a hacer —da un largo suspiro—. Ya me encargué de los hombres que seguían a mi hija, ellos no hablarán. Kylian no tiene que saber que está aquí.
—¿Entonces que hacemos?
—Olivia. Olivia es nuestro plan B.