Capítulo 3
Con mi nuevo boleto en mano, regresé al autobús de clase turista para recoger el resto de mi equipaje, una pequeña maleta de mano. Mi antiguo asiento, el 22B, ahora estaba ocupado.
Allí estaba ella. Elena.
La misma anciana de mi pesadilla, con su rebozo gastado y su cara surcada de arrugas que pretendían ser de piedad, pero que yo sabía que ocultaban una crueldad infinita. A su lado, su nieto, Leo, un niño de unos cinco años con la mirada perdida.
Mi sangre se heló.
Pero el shock inicial fue reemplazado por una ira fría y afilada. En el suelo, junto a los pies del niño, estaba mi portafolios de diseño. Estaba abierto, y Leo estaba untando con sus dedos pegajosos de dulce una de mis láminas, un proyecto en el que había trabajado durante meses.
"¿Qué cree que está haciendo?" mi voz salió cortante, desprovista de la compasión que me había condenado la primera vez.
Elena levantó la vista, fingiendo sorpresa. "Ah, señorita. Qué bueno que regresa. Su bolsa se cayó, y el niño y yo se la estábamos cuidando."
El niño, Leo, me miró sin comprender, con un trozo de dulce a medio comer en la boca. El dinero para ese dulce, lo sabía con una certeza aterradora, lo había sacado de mi bolso mientras yo estaba comprando el nuevo boleto.
"¿Cuidando?" repetí, mi voz subiendo de volumen. "¿Así cuida usted las cosas ajenas? ¿Dejando que su nieto destruya un trabajo que vale miles de pesos?"
"¡Oiga, más respeto! Soy una mujer mayor," chilló Elena, adoptando el papel de víctima. "Solo intentábamos ayudar. El niño no sabe, es solo un niño."
Su descaro me revolvió el estómago. En mi vida pasada, me habría disculpado, me habría sentido culpable por mi tono. Pero no ahora.
Saqué mi teléfono y empecé a grabar.
"¡LADRONA!" grité, asegurándome de que todos en el autobús voltearan a vernos. "Esta mujer me robó dinero del bolso y ahora su nieto está destruyendo mis documentos. ¡Quiero que llamen a la policía!"
La cara de Elena se transformó. La máscara de abuela piadosa se cayó, revelando una furia venenosa. "¡Mocosa insolente! ¿Cómo te atreves a acusarme?"
"Lo tengo todo grabado," dije, apuntando el teléfono directamente a su cara. "Usted se sentó en mi lugar, abrió mis cosas y usó mi dinero. Eso se llama robo."
Los otros pasajeros empezaron a murmurar. Un sobrecargo se acercó rápidamente.
"¿Qué sucede aquí?"
"Esta mujer es una ladrona," repetí, mostrando el desastre en mi portafolios. "Exijo que la bajen del autobús o llamaré a la patrulla federal ahora mismo."
El sobrecargo, viendo mi ropa cara, mi teléfono de última generación y mi determinación, tomó una decisión rápida. Miró a Elena con desaprobación.
"Señora, por favor, controle a su nieto y no toque las pertenencias de los demás."
Aproveché la oportunidad para agarrar mis cosas. "No se preocupe," le dije al sobrecargo con una sonrisa forzada. "Ya no es mi problema. Tengo un asiento en primera clase."
Me di la vuelta y me alejé, sintiendo la mirada de odio de Elena clavada en mi espalda. El primer encuentro había terminado. Y esta vez, yo había ganado.