Capítulo 3
La mañana empezó con un sabor amargo. Victoria se despertó antes del amanecer, como siempre, pero esta vez no pudo regresar al sueño. Una sensación extraña le recorrió el estómago, un leve malestar que nunca antes había experimentado. No era hambre ni náusea, era algo indefinible, como si su cuerpo le estuviera enviando un mensaje que no sabía interpretar.
Se quedó sentada en el borde de la cama, mirando el reloj. Apenas las cinco y media. Afuera, la ciudad comenzaba a despertar, pero ella sentía que estaba atrapada en una burbuja temporal, suspendida entre la realidad que había construido y la que comenzaba a filtrarse por debajo.
Decidió levantarse y caminar hacia la cocina. Preparó un café, fuerte, sin azúcar, y se sentó frente a la ventana. Miró los primeros rayos del sol colándose entre los edificios, sintiendo cómo un hormigueo extraño le recorría la cintura, una ligera incomodidad que hizo que apretara los dientes.
-¿Será el estrés? -pensó, aunque sabía que no era solo eso.
Durante el día, Victoria intentó sumergirse en su trabajo, como había hecho siempre. Pero algo fallaba. Su cuerpo parecía traicionarla. Un cansancio profundo la invadía sin razón, como si llevara un peso invisible encima. En las reuniones, su mente se dispersaba con facilidad. Intentaba concentrarse en los detalles de las telas, en los cortes de las prendas, en las propuestas de sus diseñadores, pero una y otra vez su atención se escapaba.
A media mañana, tuvo que salir apresuradamente a los baños. Sintió un mareo leve, y una súbita oleada de náuseas la obligó a detenerse contra la pared. Nadie la vio. Solo un par de asistentes que se cruzaron de lejos y siguieron con sus tareas.
Pero Victoria sabía que algo estaba cambiando. No era solo el cansancio o el estrés. Era algo más profundo, algo que iba más allá de la rutina inquebrantable de su vida.
La tarde fue peor. Las reuniones se acumularon, las llamadas telefónicas no paraban, los mensajes exigían respuestas inmediatas. Pero Victoria apenas podía sostener la mirada fija en la pantalla de su teléfono. A veces, una punzada sutil en el abdomen la hacía fruncir el ceño, y tenía que respirar hondo para no perder la compostura.
En una de esas pausas, se retiró al pequeño jardín interior del edificio. Cerró los ojos y dejó que el aire fresco le acariciara la piel. Intentó encontrar en la naturaleza algo de la paz que su mente le negaba.
De repente, un recuerdo cruzó su cabeza con fuerza: aquella noche en el parque, el calor inesperado de alguien desconocido, la simpleza de estar sola y a la vez acompañada. La imagen del vagabundo volvió con detalles que había querido olvidar: su voz grave, la textura áspera de su piel, el olor a tierra y humo de leña que lo envolvía.
¿Por qué no podía sacarlo de su cabeza? Se preguntó, con una mezcla de irritación y curiosidad. Había sido un momento fugaz, un escape, nada más. Pero algo en esa imagen la hacía dudar de sus propias certezas.
Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos. Tenía una empresa que dirigir, un legado que proteger. No podía permitirse distraerse con fantasmas.
Al caer la noche, Victoria decidió que era momento de descansar. Se acomodó en el sofá con un libro de moda antiguo, uno que solía releer cuando necesitaba inspiración. Pero las páginas parecían borrosas, los colores apagados.
Antes de dormir, se dirigió al baño para quitarse el maquillaje. Se detuvo frente al espejo y estudió su reflejo. Los ojos cansados, la piel un poco más pálida que de costumbre, los labios resecos.
Y luego lo sintió.
Una leve punzada en la parte baja del abdomen, tan sutil que casi dudó si había sido real. Se tocó la zona con cuidado, como si al hacerlo pudiera entender lo que su cuerpo intentaba decirle.
Se prometió no obsesionarse.
-Solo estrés -se dijo en voz baja-. Solo eso.
Pero mientras apagaba la luz y se metía bajo las sábanas, no pudo evitar pensar en esa extraña sensación que se negaba a desaparecer. Algo estaba cambiando. Algo que ni siquiera su mente de CEO había logrado anticipar.
Y quizás, solo quizás, aquella noche en el parque no había sido un simple error. Quizás había sido el comienzo de una historia mucho más grande que ella misma.