Capítulo 2

Elena pasó el resto de la noche en vela, con la mente atrapada entre el miedo y el deseo. Alejandro le había dado una opción que jamás se atrevió a considerar seriamente. Escapar con él. Romper con todo. Dejar atrás su apellido, su linaje, el deber que había sido impuesto sobre sus hombros desde que nació.

Pero el peligro era real. Su padre jamás lo permitiría. Si intentaban huir y los encontraban, no habría piedad.

El amanecer la encontró aún sentada junto a la ventana de su habitación, observando los campos de la hacienda extenderse más allá de lo que la vista podía alcanzar. La brisa fresca de la mañana entraba por la ventana abierta, pero no aliviaba el calor de la angustia en su pecho.

La puerta se abrió sin previo aviso y su madre entró en la habitación.

-No dormiste -observó Doña Isabel, con ese tono sereno que siempre usaba, aunque en sus ojos se reflejaba una sombra de preocupación.

Elena la miró sin responder. Durante años, su madre había sido la imagen de la obediencia. Nunca la había escuchado alzar la voz contra su padre, ni cuestionar sus decisiones. Siempre fue el reflejo de lo que se esperaba de una mujer en su posición: sumisa, elegante, intachable.

-Padre tomó su decisión -susurró Elena, incapaz de ocultar el temblor en su voz-. Y tú... ¿tú estás de acuerdo con esto?

Doña Isabel suspiró y caminó hasta la ventana, observando el horizonte con la misma expresión ausente que siempre llevaba en el rostro.

-No se trata de estar de acuerdo o no -dijo finalmente-. Es lo que debe hacerse.

Elena sintió que algo dentro de ella se rompía.

-¿Y qué hay de lo que yo quiero?

Su madre la miró con tristeza.

-Lo que quieres no importa, Elena. Importa lo que es correcto para la familia.

Elena sintió una mezcla de rabia y desesperación. ¿Era eso lo que le esperaba? ¿Convertirse en una sombra de sí misma, como su madre?

No. No podía permitirlo.

Esa tarde, Alejandro la encontró en los establos. Había un brillo diferente en sus ojos, uno que dejaba en claro que ya había tomado una decisión.

-Me iré contigo -susurró Elena, sintiendo su corazón martillar con fuerza en su pecho.

Alejandro parpadeó, como si por un momento no pudiera creer que esas palabras realmente salieron de sus labios. Luego, sus manos buscaron las de ella, apretándolas con fuerza.

-Nos iremos esta noche.

Elena asintió, sintiendo el vértigo de la realidad caer sobre ella.

El día transcurrió en un tenso silencio. Su padre parecía ajeno a la tormenta que se avecinaba, concentrado en sus asuntos de negocios. Su madre la observó varias veces con una expresión extraña, como si sospechara algo, pero nunca dijo una palabra.

Cuando la noche cayó y el reloj marcó la medianoche, Elena se deslizó fuera de su habitación con una bolsa pequeña en la mano. No podía llevar mucho. Lo esencial. Ropa, unas pocas joyas que podrían servirles para conseguir dinero.

El pasillo estaba en completo silencio, salvo por el lejano sonido del viento soplando entre los árboles. Su corazón latía con fuerza cuando bajó las escaleras, cuidando de no hacer ruido. Sabía que los sirvientes dormían, pero si la descubrían, darían la alarma de inmediato.

Cuando llegó a la puerta trasera de la hacienda, sintió la brisa fresca golpear su rostro. Alejandro la esperaba en la sombra de los establos, con un caballo ensillado y listo.

Ella corrió hacia él sin dudar.

-¿Estás lista? -preguntó en un susurro.

Elena asintió, sin confiar en su voz.

Pero antes de que pudiera montar, un ruido detrás de ellos la hizo congelarse.

-¡¿A dónde crees que vas, Elena?!

El sonido de la voz de su padre hizo que la sangre se le helara en las venas.

Elena pasó el resto de la noche en vela, con la mente atrapada entre el miedo y el deseo. Alejandro le había dado una opción que jamás se atrevió a considerar seriamente. Escapar con él. Romper con todo. Dejar atrás su apellido, su linaje, el deber que había sido impuesto sobre sus hombros desde que nació.

Pero el peligro era real. Su padre jamás lo permitiría. Si intentaban huir y los encontraban, no habría piedad.

El amanecer la encontró aún sentada junto a la ventana de su habitación, observando los campos de la hacienda extenderse más allá de lo que la vista podía alcanzar. La brisa fresca de la mañana entraba por la ventana abierta, pero no aliviaba el calor de la angustia en su pecho.

La puerta se abrió sin previo aviso y su madre entró en la habitación.

-No dormiste -observó Doña Isabel, con ese tono sereno que siempre usaba, aunque en sus ojos se reflejaba una sombra de preocupación.

Elena la miró sin responder. Durante años, su madre había sido la imagen de la obediencia. Nunca la había escuchado alzar la voz contra su padre, ni cuestionar sus decisiones. Siempre fue el reflejo de lo que se esperaba de una mujer en su posición: sumisa, elegante, intachable.

-Padre tomó su decisión -susurró Elena, incapaz de ocultar el temblor en su voz-. Y tú... ¿tú estás de acuerdo con esto?

Doña Isabel suspiró y caminó hasta la ventana, observando el horizonte con la misma expresión ausente que siempre llevaba en el rostro.

-No se trata de estar de acuerdo o no -dijo finalmente-. Es lo que debe hacerse.

Elena sintió que algo dentro de ella se rompía.

-¿Y qué hay de lo que yo quiero?

Su madre la miró con tristeza.

-Lo que quieres no importa, Elena. Importa lo que es correcto para la familia.

Elena sintió una mezcla de rabia y desesperación. ¿Era eso lo que le esperaba? ¿Convertirse en una sombra de sí misma, como su madre?

No. No podía permitirlo.

Esa tarde, Alejandro la encontró en los establos. Había un brillo diferente en sus ojos, uno que dejaba en claro que ya había tomado una decisión.

-Me iré contigo -susurró Elena, sintiendo su corazón martillar con fuerza en su pecho.

Alejandro parpadeó, como si por un momento no pudiera creer que esas palabras realmente salieron de sus labios. Luego, sus manos buscaron las de ella, apretándolas con fuerza.

-Nos iremos esta noche.

Elena asintió, sintiendo el vértigo de la realidad caer sobre ella.

El día transcurrió en un tenso silencio. Su padre parecía ajeno a la tormenta que se avecinaba, concentrado en sus asuntos de negocios. Su madre la observó varias veces con una expresión extraña, como si sospechara algo, pero nunca dijo una palabra.

Cuando la noche cayó y el reloj marcó la medianoche, Elena se deslizó fuera de su habitación con una bolsa pequeña en la mano. No podía llevar mucho. Lo esencial. Ropa, unas pocas joyas que podrían servirles para conseguir dinero.

El pasillo estaba en completo silencio, salvo por el lejano sonido del viento soplando entre los árboles. Su corazón latía con fuerza cuando bajó las escaleras, cuidando de no hacer ruido. Sabía que los sirvientes dormían, pero si la descubrían, darían la alarma de inmediato.

Cuando llegó a la puerta trasera de la hacienda, sintió la brisa fresca golpear su rostro. Alejandro la esperaba en la sombra de los establos, con dos caballos ensillados y listos.

-Vamos -dijo él en un susurro.

Elena asintió sin dudar. Subió al caballo con la ayuda de Alejandro, y en cuanto ambos estuvieron listos, partieron al galope.

El sonido de los cascos contra la tierra resonó en la noche. La adrenalina recorría su cuerpo con cada metro que avanzaban, alejándose de la hacienda, de su vida anterior, de todo lo que se suponía que debía ser.

No miró atrás.

No podía.

Porque por primera vez en su vida, estaba eligiendo su propio destino.

Capítulo 3

El viento fresco acariciaba el rostro de Elena mientras el caballo trotaba a través del campo oscuro, cruzando paisajes que se desdibujaban en la oscuridad de la noche. A su lado, Alejandro parecía ser el único faro en su mundo. Pero dentro de ella, una tormenta interna comenzaba a formarse.

La huida estaba siendo un éxito. Habían dejado la hacienda atrás, y el peligro de ser atrapados parecía disminuir con cada kilómetro recorrido. Sin embargo, un pensamiento persistente comenzó a rondar en su mente: su padre. Su imposición, su control absoluto sobre su vida. Elena sabía que el viejo patriarca de los Alarcón no la dejaría escapar tan fácilmente.

¿Qué haría él cuando descubriera que se había fugado?

Aunque su padre siempre había sido una figura temida, Elena lo conocía mejor que nadie. Sabía cómo pensaba. Y aunque se le ocurrían mil formas en que podría reaccionar, había una opción que, aunque dolorosa, podría hacer que él cediera.

Si él pensaba que ya estaba perdida para su familia, tal vez...

La idea la alcanzó con la rapidez de un rayo. Elena había crecido bajo la sombra de la autoridad de su padre, siendo siempre su propiedad, su posesión más valiosa, lo que necesitaba más que nada en este mundo. El viejo Alarcón era un hombre de poder, pero también de orgullo. Un hombre que controlaba todo a su alrededor, pero que temía la humillación. ¿Qué pasaría si su hija ya no era una joya que se pudiera ofrecer en una negociación? ¿Qué pasaría si él pensaba que había sido despojada de su virtud, que ya no servía como una esposa perfecta para la unión de dos casas poderosas?

Elena miró a Alejandro, quien la observaba de reojo mientras cabalgaban. Su rostro estaba en la penumbra, pero aún podía distinguir la determinación en sus ojos. No había titubeo, no había duda en él. Pero Elena no estaba tan segura. En su mente, la única forma de escapar completamente del dominio de su padre era demostrarle que ya no podía usarla como una pieza de intercambio.

Sin palabras, Elena apretó las riendas de su caballo y, con un gesto que pudo haber pasado por casualidad, lo hizo detenerse. Alejandro se volvió hacia ella, frunciendo el ceño.

-¿Qué pasa? -preguntó, su voz cargada de preocupación.

Elena miró hacia el horizonte, tomando aire profundamente. Sentía cómo las palabras pesaban en su pecho, como una roca dispuesta a caer. Pero no había vuelta atrás. Había llegado el momento.

-Alejandro... -dijo finalmente, su voz firme, aunque con una sombra de dolor-. Si quiero que mi padre me deje en paz, necesito que sepa que ya no soy su propiedad. Necesito que crea que ya me he entregado a alguien... a ti.

Alejandro la miró, con una mezcla de confusión y sorpresa.

-¿Qué estás diciendo? -preguntó, pero Elena pudo ver en sus ojos que ya comenzaba a comprender.

Ella asintió lentamente.

-No puedo seguir siendo su prenda de intercambio. No puedo ser solo la hija que él quiere casarme con un hombre poderoso. Si me ve como algo que ya no puede controlar, tal vez me dejará ir. Si cree que ya no soy útil, tal vez me permitirá ser libre.

El rostro de Alejandro se suavizó, pero también parecía preocupado.

-Elena, no quiero que lo hagas. No es necesario...

Ella lo interrumpió, apretando las manos contra las riendas con fuerza, su mente enloquecida por la urgencia de la decisión que debía tomar.

-Es la única forma, Alejandro. Si quiero ser verdaderamente libre, tengo que perderlo todo. Y eso incluye la idea que mi padre tiene de mí. No puedo seguir siendo su hija perfecta.

El silencio entre ellos fue pesado. Elena sabía que Alejandro la amaba, pero también sabía que él nunca había esperado que llegara a este punto. No quería que ella tuviera que hacer este sacrificio, pero las palabras de Elena eran claras y certeras. Ella tenía que hacer algo que lo despojara de su control.

Con una mirada decidida, Alejandro finalmente asintió, comprendiendo lo que ella necesitaba.

-Entonces, si es lo que deseas, lo haré. Haré que tu padre crea que lo que dice es cierto. Pero esto no cambiará lo que siento por ti, Elena. Yo no soy como él. Nunca te veré como algo que se pueda vender o negociar. Eres mía de una manera que ni siquiera él podrá entender.

Elena no respondió, pero en su interior, una paz extraña comenzó a crecer. Quizás no podía escapar sin perder parte de sí misma, pero al menos ganaría lo que realmente quería: su libertad.

Esa noche, bajo las estrellas, Alejandro y Elena compartieron lo que ella ya había decidido que sería su sacrificio final. Cuando terminó, los dos quedaron juntos en silencio, con el conocimiento de que su futuro ya no sería el mismo, pero de alguna manera, tal vez ahora tenían una oportunidad de ser libres.

Elena cerró los ojos, esperando que su plan tuviera el efecto que deseaba. La vida no siempre era justa, pero al menos, ahora tendría algo que siempre le había sido negado: la oportunidad de ser dueña de su destino.

El día que siguió a su sacrificio fue un contraste silencioso. La huida había sido precipitada, pero por primera vez en mucho tiempo, Elena sintió que su vida tomaba forma, que sus decisiones importaban. Sin embargo, no podía escapar de una realidad: su padre inevitablemente sabría lo que había hecho. Cuando la noticia llegara a su oído, sería solo cuestión de tiempo antes de que él la reclamara, antes de que se enfrentara a la magnitud de su desobediencia. Y sabía que no podía esconderse para siempre.

Elena había aprendido, desde muy pequeña, que su padre no solo gobernaba su familia, sino que tenía una forma muy particular de manejar los asuntos que no le convenían. Aquella figura que había intimidado a todos los hombres y mujeres de su círculo, era la misma que había sido capaz de hacer que su madre se sometiera a su voluntad sin cuestionar. Para él, el poder era lo único que importaba. El control sobre su familia era absoluto. Y Elena sabía que, aunque ahora se encontraba a salvo junto a Alejandro, aún quedaba una confrontación inevitable.

A medida que avanzaban por caminos desconocidos, su mente no podía dejar de pensar en lo que sucedería cuando su padre descubriera que ella había escapado. No solo eso, sino que lo había hecho con Alejandro, su primo, un hombre que nunca habría considerado apropiado para ella, mucho menos para su futuro. El viejo Alarcón siempre había visto a Elena como una extensión de sí mismo, como una herramienta para preservar y expandir su poder. Si ella había caído en sus brazos, su orgullo sería quebrado de una forma irreversible.

El sol se despidió en el horizonte, bañando el mundo en una tonalidad dorada y rojiza. Elena y Alejandro se habían detenido en un pequeño refugio en las afueras de un pueblo, sin hacer mucho ruido para evitar levantar sospechas. Había pasado más de un día desde su huida, y la tensión en el aire era palpable. La incertidumbre sobre qué pasaría con su futuro crecía con cada minuto que pasaba.

-¿Crees que hemos hecho lo correcto? -preguntó Elena, su voz temblando ligeramente mientras observaba las estrellas en el cielo.

Alejandro, sentado cerca de ella, la observaba con un aire grave, su rostro iluminado por la luz suave del fuego.

-No lo sé -respondió sinceramente-. Pero lo que importa es que estamos juntos. Y eso es lo único que puedo prometerte. Nada más me importa ahora, Elena.

Ella asintió, sintiendo cómo una mezcla de gratitud y desesperación se apoderaba de su corazón. En su mente, sin embargo, lo único que prevalecía era la sombra de su padre. Sabía que, al final, él no permitiría que ella se escapara sin consecuencias. Había veces en las que sentía que las reglas del amor y el deseo no eran suficientes para liberarse de las cadenas invisibles que ataban su vida. Y esta vez, su sacrificio podía no ser suficiente.

En la mansión de los Alarcón, las noticias sobre la desaparición de Elena llegaron rápidamente a oídos de su padre. Él estaba sentado en su despacho, rodeado de papeles y documentos relacionados con negocios, cuando la figura de su mayordomo apareció en la puerta. La expresión de aquel hombre, normalmente seria y tranquila, estaba teñida de nerviosismo.

-Señor Alarcón, la joven Elena... ha desaparecido -informó con una voz grave, con el rostro contraído por la preocupación.

El rostro de Don Luis Alarcón se endureció al instante. Su hija, la única joya que quedaba en su hogar, se había ido. Huir con Alejandro, un hombre de sangre igual que la suya, pero aún así el último que había imaginado que ella elegiría. Su hija había desobedecido y, por si fuera poco, lo había hecho con un hombre que nunca estuvo a la altura de las expectativas de su familia.

Don Luis se levantó de su silla con un rápido movimiento, sus ojos fríos como el acero.

-¡¿Cómo se atreve?! -rugió, golpeando su escritorio con el puño. La rabia y la humillación comenzaron a apoderarse de él-. ¡Busca a mi hija, ahora mismo! No descansaré hasta que la encuentres. Y que le digan a ese bastardo que lo haré pagar.

El mayordomo no se atrevió a hablar, pero asintió rápidamente antes de salir disparado hacia la puerta. Don Luis se quedó mirando la habitación con los puños apretados, cada músculo de su cuerpo tenso por la furia. La hija que había educado para ser la pieza más valiosa en su red de poder, se había escapado. Pero no solo eso, Elena había dado el paso que él nunca habría permitido: se había entregado a alguien que no solo no era digno, sino que le había despojado de su influencia.

A medida que pasaron los días, Elena y Alejandro viajaron en silencio, evitando caminos principales y procurando que su huida fuera lo más discreta posible. La idea de ser descubiertos nunca la abandonó, pero tenía la esperanza de que su padre tardaría en dar con ellos.

En la madrugada de un día particularmente frío, Elena despertó al sonido de pasos que se acercaban. El temor la invadió, y sus ojos se abrieron al instante, buscando a Alejandro en la oscuridad.

-¿Qué pasa? -susurró, sentándose rápidamente.

Él se levantó y salió de la tienda donde habían improvisado su descanso, con el rostro tenso y el cuerpo rígido por la alerta.

-Alguien se acerca -dijo con voz baja-. Mantente alerta.

Elena trató de calmar su respiración, pero el miedo hizo que su pulso se acelerara. Unos minutos después, el sonido de los cascos de caballos comenzó a resonar en la quietud de la madrugada. No había duda: alguien los estaba buscando.

Alejandro miró a Elena, y ella vio la determinación en su rostro. Sin palabras, ambos sabían que el momento de enfrentarse a las consecuencias de su huida había llegado. Estaban listos para lo que fuera. No podían seguir huyendo para siempre.

Lee la historia completa ahora
Apoya al autor e inspíralo a crear más historias increíbles en Moboreader
Desbloquear todos los capítulos

Entre el pecado y el destino

Capítulo 2
Capítulos
Personalizar
Siguiente capítulo