Capítulo 2

—Mucho gusto, soy Mila Walker, señor Harper —Mila extendió su mano hacia el hombre alto que vestía muy formal. Cuando sus manos se tocaron, John pudo sentir como un tipo de electricidad le recorría la espina dorsal. Como si fuese algún tipo de advertencia.

—John, puede decirme solo John —respondió en un tono frío hacia Mila. Esta no estaba en lo absoluto sorprendida por el atractivo de él. Aunque no pasaba desapercibido, a ella no le llamaba ningún tipo de atención.

—Bueno, ya listas las presentaciones, pasemos a sentarnos. Mila, ocupa tu lugar, por favor.

Catherine, como siempre, presidía en la silla principal, a su mano derecha Mila y enfrente de esta, John. John intentaba bloquear la curiosidad por la mujer que estaba frente a él.

Sarah entraba con el resto de la cena.

—Mila, John es un empresario muy poderoso en Nueva York, está interesado en comprar algunas tierras de la hacienda y otros asuntos, pero eso lo veremos luego tú y yo, por lo tanto, es un invitado muy especial.

Catherine Walker le sonrió a John. Y este le regresó el gesto. Mila había perdido el apetito. ¿Desde cuándo le interesaba a alguien comprar las tierras de su familia? Para Mila ya era una intriga.

Después de la cena, Mila se disculpó usando el pretexto del sueño, pero realmente iría a caminar al jardín donde se sentía un poco más libre. John no había dejado de mirarla, se había sorprendido por los gestos que había aprendido de ella, la forma en que torcía sus labios y a la vez se le formaban unos discretos hoyuelos, el modo de suspirar, cómo sus ojos viajaban del plato al centro de la mesa y luego regresaban a su plato después de segundos. La forma de sentarse, adivinando si tenía las piernas cruzadas o dobladas bajo el mantel de la mesa. Ese era John. Un hombre observador, obsesivo. John Harper, además de ser un empresario poderoso en Nueva York, era un dominante.

Ginger era la dueña de un club BDSM muy famoso y privado en la ciudad neoyorquina, y le había conseguido sumisas durante diez años, pero ninguna estaba a su altura. Cansado de no encontrar una que cumpliera con sus expectativas, decidió buscar una él mismo, asegurándose de que antes de hacerla sumisa, satisficiera sus criterios. Esto evitaría hacer contratos de confidencialidad cada dos días. A pesar de que había decidido tomar su tiempo para conocer a Mila en silencio, John dedujo en minutos que ella podría ser una potencial candidata para su proyecto sumisa. Sin embargo, se regañó mentalmente; ella no era solo una sumisa potencial. Era la hija de su futura socia, por lo que solo obtendría tierras de ella. No un proyecto. Se irritó…

Catherine y John estaban en la sala que se encontraba en el interior del despacho de ella. Había terminado de cerrar el trato con John; ahora era un socio del diez por ciento de una de las empresas extranjeras que tenía Catherine en Estados Unidos. Aunque fuera pequeña, era una de las mejores exportadoras.

— ¿Está todo bien, John?

Catherine le preguntaba intrigada al ver que su mirada se había concentrado en las ventanas abiertas que daban al gran jardín.

Movió su vaso de cristal mientras jugaba con el líquido, finalmente se tomó el último trago.

—Sí, estoy bien, gracias por tu hospitalidad. ¿Mila siempre es así de callada?

Catherine torció los labios. John acababa de notar de dónde Mila había heredado esos hoyuelos que habían empezado a llamar su atención.

—No, sinceramente no es muy callada. Es demasiado, respondona, dice lo que piensa y no importa si a mí me interesa lo que va a decir, puedo decir que salió igual a su padre. ¿Sigues pensando en lo que te he propuesto?

Catherine sentía que había hecho lo correcto. Recordó su futuro y tenía que dejar a su hija en manos donde la hacienda no se hiciera polvo, que todo el esfuerzo por ser lo que era ante el mundo, se hiciera NADA en un dos por tres por alguien que solo busca la fortuna Walker.

John había sacado su carta bajo la manga. Había investigado a Catherine y sabía que en un futuro pasaría a mejor vida, así que tenía una joya de ojos verdes muy bien resguardada y que estaba empezando a hacerse obsesión en silencio.

—Sigo pensando que un contrato de matrimonio, de por medio, es algo que no está en mis planes.

—Entregaré a mi hija solo de esa manera. No voy a arriesgarme a que alguien llegue y termine por llevarla a la ruina.

— ¿Y qué es lo que el matrimonio va a hacer? Puede que ocurra aún casada.

—Pero no contigo, John. Sé que tienes olfato para los negocios, Empresas Harper no se hizo de un día para otro. Te ha costado años… —John fijó su mirada sorprendida hacia Catherine— ¿Crees que eres el único que investiga? El hecho de que estemos retirados de la civilización no quiere decir que vivamos en la ignorancia.

—No he dicho tal cosa, pero discúlpame si lo llegué a comentar en otras palabras. Solo me sorprende que una mujer que casi no sale de su mundo sepa algo más de los negocios. Casi siempre cierro contratos con personas masculinas. Te repito mis disculpas.

Catherine sonrió.

—Te disculpo. —Catherine dio un sorbo a su copa y puso el resto de las cartas sobre la mesa—Mila heredará toda mi fortuna y mi marido dejó una cláusula dejando su parte de la herencia cuando ella cumpliera sus veintiún años, y déjame decirte que eso sucederá en un mes y las tierras que te interesan para lo que tienes planes, son de esa herencia. Puedes hacer un contrato prenupcial, Mila no dudaría en dejar que las toques si en tus planes es trabajarlas.

John se llevó la mano a su barbilla. Pensó que un hombre como él no podría casarse. Sus planes de matrimonio en algún punto de su vida no eran visibles. Y podría asegurarse que en su diccionario no estaba esa palabra.

—El matrimonio es demasiado. Simplemente, regreso en un mes y le ofreceré dinero por ellas.

—Esas tierras tienen un legado sentimental para ella. Dudo y juro por mi vida… que nunca las vendería, mucho menos a alguien que viene de fuera. Pero si quieres hacerlo, adelante.

John tenía mucho que pensar. Pero seguía pensando que ni loco entraría al infierno de un matrimonio.

Capítulo 3

—Maldita sea, eso dolió, nana —protestó Mila—. Sinceramente, y sin ofenderte, no quiero usar esto tan conservador —se sobó el lugar del pinchazo de la aguja. Sarah levantó la mirada divertida.

—Si te sigues moviendo, te voy a volver a pinchar otra vez con la aguja —exclamó divertida. Aunque eso no tenía nada de divertido para Mila. Esta se volvió hacia el espejo de cuerpo completo y comenzó a verse de pies a cabeza. Y estaba más que decepcionada.

—Esto no muestra nada de piel, nana. ¿Acaso no puedes ser más actualizada? —soltó irritada al espejo. Era un color verde oliva, la tela pesada y brillosa caía a sus pies, manga tres cuartos y cuello alto. Un terrible estilo de vestido.

—Mila, así lo ha pedido tu madre. Van a ir muchas personas importantes de los alrededores y empresarios del extranjero, incluyendo al señor Harper. —Mila soltó el aire, irritada.

— ¿Ese tipo? Dios nos libre, es un pesado. Lo poco que lo traté hace como tres semanas, lo pillé mirándome varias veces. Y los temas que hablaba con mi madre frente a mí eran de lo más aburrido, a pesar de que se ve muy joven.

—Ponte derecha —ordenó Sarah.

Mila odiaba seguir las reglas que le exigía su madre, no le gustaba para nada salir de la hacienda a menos que fuese acompañada y por la seguridad de los guardaespaldas.

—Odio, este estilo, es tan anticuado, viejo… —soltó para ella misma para que escuchara a propósito. Sarah dejó de hacer lo que estaba haciendo y levantó la mirada hacia Mila.

— ¿Acaso me acabas de llamar vieja? Viejos los cerros, yo solo cumplo las órdenes de tu madre, y por décima vez, ¡Ponte derecha! —soltó irritada.

—Ya. Estoy tan harta de que me diga qué ponerme, cómo sentarme, cómo comer, qué debo o no debo comer, cómo hablar… ¡Ay, Dios mío, estoy tan harta! —exclamó de nuevo molesta.

—Y ella está tan harta de que nunca obedezcas. No sé para qué te quejas si nunca haces caso de lo que se te pide por tu bien y tu futuro… —murmuró Sarah.

Mila soltó una risa irónica.

—Ay, nana, ¿para qué acatar unas reglas que no tienen nada que ver con el siglo en el que vivimos? —Sarah se detuvo sin quitar la mirada. En eso tenía razón Mila… Catherine la protegía demasiado.

De repente, tuvo una punzada de culpa.

—Así educaron a tu madre, yo la cuidé desde… —Sarah se quedó pensando en el pasado—claro, bajo las reglas de tu abuela y mira qué bien le fue… —sonrió Sarah.

— ¿Bien? ¡Mi padre la abandonó porque no la soportaba! Y yo estoy pensando en tomar el mismo camino. —Mila recordaba cada escena en la que discutían ambos padres sin razón, y lo que más le dolía en el alma es que su padre jamás volvió en esos años. Incluso pensaba en escapar para ir en su búsqueda. Quizás su madre lo tenía amenazado.

—No te muevas. —Sarah se retiró una aguja de su cojín de la muñeca y trazó un pedazo de bastilla. —Tú no tendrías el corazón para abandonarla, sea lo que sea, es tu madre, es buena y si te quiere poner en cintura aun a tus casi 21 años, es porque desea que seas mejor. Ahora, gira, quiero ver si está derecha la bastilla y ponte derecha por enésima vez —soltó Sarah mientras observaba su trabajo.

—Extraña forma de hacerlo, no me deja tener amistades, no deja que nadie me hable a menos que lo autorice. ¡Me voy a volver loca antes de los 21 años! Y eso que queda una semana y ya tengo los síntomas principales —Sarah se levantó y se puso enfrente de Mila.

— ¿Loca? ¡Te falta mucho para llegar a estarlo! —soltó una risa sarcástica—Pero velo por este lado, va a hacer la fiesta de antifaces como tú lo pediste y podrás hablar con quien quieras, y eso te las vas a arreglar tú. Ahora dime, ¿qué tan largo quieres el vestido? —Sarah le levantó a cierta altura el vestido.

—Ahí. —señaló Mila— Bueno, ¿qué más falta? Quiero ir con mi madre y convencerla de dejarme ir por unos pastelitos al pueblo.

—Está encerrada en su despacho desde temprano y trae un genio de los mil demonios. Mejor yo le digo que me acompañarás, ya que ocupo ir por la canasta de verduras que hacen falta para la cena… —se levantó y dejó los alfileres sobre la superficie de una mesa antigua.

— ¡Gracias, nana bella! ¿Me avisas? —Mila empezó a quitarse el vestido para salir de la habitación.

—Ahora sí soy tu nana bella, ¿no? —soltó divertida. Mila salió de la habitación, pero regresó para dejarle un beso en la frente.

—Siempre serás mi nana-abuela bella, la única y favorita —dejó un segundo beso en la mejilla y salió como un tornado de la habitación.

Mila estaba en su habitación intentando encontrar el atuendo perfecto para salir. Quería estar muy presentable, ya que eran pocas las veces que salía de la hacienda. Había pasado más de veinte minutos desde que Sarah le había dicho que iría a decirle a su madre que saldrían juntas al pueblo. Después del cuarto atuendo, se quedó con el definitivo: un pantalón negro y una blusa blanca, y se recogió el pelo en una coleta alta. Se puso un poco de color en el rostro y brillo labial.

Se quedó contemplando por la gran ventana el jardín principal. En su mente, imaginaba ver a la gente cargando sus antifaces y detrás de cada uno, una historia misteriosa. Pero lo que la desinflaba era el vestido con el que saldría delante de todos.

— ¡Mila! —escuchó a su nana Sarah gritar afuera, sacándola de sus pensamientos, y rápidamente salió en su búsqueda.

— ¿Qué pasa? —Preguntó al verla entrando al pasillo— ¿Por qué gritas así?

—Tu madre dio luz verde para irnos, ve por tu abrigo y vámonos, ya ha llegado Pedro con la camioneta.

—Déjame buscar rápidamente un abrigo —entró corriendo a su habitación en busca de uno.

— ¡Si no te mueves más rápido, me iré sin ti! —gritó a lo lejos. Mila se apuró en salir.

Se dirigieron al pueblo, que estaba a veinte minutos de camino en auto. La hacienda Walker era la única productora de leche y carne de la región, de hecho, la mejor. Era reconocida por las mejores vacas de calidad; tenían miles de metros cuadrados de terrenos donde pastaban. Aparte de ser reconocida por ello, era la más grande y hermosa. La debilidad de Catherine Walker eran los alcatraces blancos; su nana Sarah le había contado a Mila que el blanco lo consideraba «un color de pureza y luz», y alrededor de la propiedad proyectaba una hermosa vista.

Mila fue educada dentro de casa desde que tiene uso de razón. Tenía aprendidos cinco idiomas: español, inglés, italiano, alemán y francés. Se había inclinado por los estudios de administración, ya que como decía su madre, le servirían a futuro para el manejo de la hacienda.

La educó personalmente. A sus quince años resaltó aún más su belleza natural, se hizo más notable cuando salía a cabalgar con su madre a los alrededores, atrayendo la atención de varios hijos de dueños de haciendas cercanas. Comenzó a circular en el pueblo tal belleza hasta el elogio perfecto de sus ojos verdes, que eran únicos en los alrededores. Tales comentarios llegaron a oídos de Catherine Walker, y eso la hizo ser más controladora y obsesiva con su seguridad, a tal grado de prohibirle salir sin su autorización. Catherine Walker había cambiado con su propia hija, prohibiendo futuras amistades, y la obsesión porque aprendiera cada detalle del manejo de la hacienda. Estaba a una semana de cumplir sus 21 años, y eso reforzaba más su dureza contra ella.

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Enigma del amor

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