Capítulo 3
Sofía se quedó inmóvil, pegada a la pared exterior del restaurante, el bullicio de la calle se desvaneció en un zumbido sordo. Las palabras de Javier y Ricardo resonaban en su cabeza, cada sílaba un martillo golpeando los cimientos de su vida. La conversación continuó, ajena a la mujer cuyo mundo acababan de destruir.
"Elena estaba tan radiante después de la última vez," dijo Ricardo, con una sonrisa satisfecha. "Su energía se renovó por completo. Dijo que pudo ver con más claridad que nunca el futuro de las inversiones de la familia. Gracias a ella, cerramos el trato con los asiáticos."
Javier jugueteaba con su copa de vino, sin mirarlo. "Aun así, es un riesgo. Sofía no es tonta. Es experta en historia, en linajes, en secretos. Si empieza a investigar en serio..."
"Ella te ama, Javier," lo interrumpió Ricardo, su tono ahora impaciente y afilado como el cristal. "Esa es tu única función en este acuerdo. Mantenerla enamorada, mantenerla dócil y embarazada. Eres el artista bohemio, el alma torturada que la entiende. Es el papel que naciste para interpretar, hermanito. No lo arruines ahora."
La forma en que Ricardo pronunció "hermanito" estaba cargada de veneno y superioridad. Sofía podía imaginar la expresión de Javier, esa máscara de melancolía que tan bien sabía llevar.
"¿Y tú nunca sientes nada por ella?", preguntó Javier, y por un instante, una chispa de esperanza absurda se encendió en el pecho de Sofía. Quizás... quizás Javier sentía algo real.
La risa de Ricardo fue corta y brutal. "¿Sentir algo? ¿Por el recipiente? Javier, por favor. Es una herramienta, una muy valiosa, debo admitir. Sus padres fueron unos tontos al pensar que podíamos proteger su 'legado' sin usarlo. Su linaje existe para servir al nuestro. Siempre ha sido así. Elena es el futuro de esta familia, Sofía es solo el combustible. No confundas las cosas."
El combustible. El recipiente. Cada palabra era un clavo en su ataúd. La esperanza se extinguió, dejando solo cenizas frías y amargas. Un mareo repentino la invadió, y tuvo que apoyarse con más fuerza en la pared para no caer. El aire se volvió espeso, difícil de respirar. Tenía que irse de allí antes de que la vieran, antes de derrumbarse por completo.
Se dio la vuelta y caminó, sus pasos mecánicos, inseguros. No sabía a dónde iba, solo que tenía que alejarse de esas voces. Cuando llegó a la mansión, se encerró en su estudio de restauración, el único lugar que se sentía verdaderamente suyo. El olor a óleos viejos y madera la tranquilizó un poco. Miró sus manos, las manos que habían restaurado la belleza de cientos de obras de arte, las mismas manos que habían canalizado la vida hacia su verdugo y sacrificado a sus propios hijos.
Horas más tarde, Javier entró en el estudio. Llevaba su máscara de esposo preocupado, sus ojos llenos de una ternura perfectamente ensayada.
"Sofía, mi amor, ¿estás bien? No contestabas el teléfono. Estaba preocupado."
Se acercó para abrazarla, pero ella retrocedió instintivamente.
Él frunció el ceño, la preocupación en su rostro pareciendo tan genuina que por un segundo casi la engaña de nuevo. "¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?"
Sofía lo miró, estudiando su rostro, buscando una grieta en la fachada. No encontró ninguna. Era un actor consumado.
"Solo estaba pensando," dijo ella, su voz extrañamente calmada. "En los niños."
El rostro de Javier se ensombreció con una tristeza practicada. "Oh, Sofía. No te tortures con eso. Sé que es difícil..."
"Es que es extraño, ¿no crees?", continuó ella, observando su reacción como un halcón. "Seis veces, Javier. Seis. Y siempre de la misma manera. Justo cuando todo parece ir bien... se van. Es como si alguien... o algo... los estuviera robando."
Vio un destello de pánico en sus ojos, tan rápido que casi lo pierde. Él lo ocultó de inmediato con una expresión de dolor.
"No digas eso, mi vida. Es el destino. Es nuestra cruz. Pero lo superaremos juntos."
"Tal vez debería hacerme otro chequeo médico," sugirió Sofía, lanzando el anzuelo. "Uno más completo. Tal vez en otro hospital, con especialistas que no conozcan a la familia. Para tener una segunda opinión."
La alarma en el rostro de Javier fue innegable esta vez. "¡No! No, no es necesario. Los médicos de la familia son los mejores. Escucha, estás agotada y triste. Es normal que tengas estos pensamientos. Lo que necesitas es descansar."
Su insistencia era la confirmación que le faltaba. Necesitaban mantenerla dentro de su red de control, con sus médicos, sus reglas, su mentira.
De repente, un calambre agudo la atravesó, un dolor familiar y temido en la parte baja de su abdomen. Se dobló, un gemido escapando de sus labios. Había estado sintiendo una extraña esperanza en las últimas semanas, una posibilidad que no se había atrevido a nombrar. Estaba embarazada de nuevo. Su séptimo hijo.
Javier corrió a su lado, pero la preocupación en sus ojos ahora tenía un brillo diferente. No era solo por ella. Era la preocupación de un granjero por su cosecha.
"¡Tranquila, tranquila! ¡Voy a llamar al doctor Aguirre ahora mismo!", exclamó él, ya sacando su teléfono. "Te pondremos en reposo absoluto. Esta vez, nos aseguraremos de que todo salga bien."
Mientras él hablaba, Sofía lo miró desde el suelo, el dolor físico eclipsado por el dolor de la traición. Entendió perfectamente. El plan seguía en marcha. Necesitaban la esencia de este nuevo bebé para Elena. Y ella, una vez más, era el recipiente listo para el sacrificio. Pero esta vez sería diferente. No iba a entregar a su séptimo hijo.
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