Capítulo 2

La idea más loca que he tenido en mi vida fue haberle pedido a esa ancianita, bueno suplicado, que me dejará vivir en su pequeña casa a cambio de que yo le ayudará con los quehaceres que a ella se le dificultaban como lavar la ropa a mano, cargar cosas pesadas. La abuelita apenas podía caminar, estaba muy sola. En el tiempo que ella y yo vivimos jamás apareció algún familiar, siempre me dijo que no tenía familia, incluso el día de su muerte hace algunos meses nadie apareció más que uno que otro vecino que sentía aprecio por ella.

Seguí viviendo en esta casa a pesar del miedo que tenía de que algún día viniera alguien a quitármela, porque no era mía, era de la ancianita con la que vivía y ella había muerto. Los vecinos aún piensan que soy nieta de aquella ancianita que todos los días salía a la calle a regar la banqueta.

Suspiré al mismo tiempo que me acomodé en el pequeño catre que compartía con mi hijito de casi seis meses. Puse mi mano en su pechito para poder sentir el latir de su corazoncito, era una de las experiencias por las que nunca me arrepentiría de haberlo tenido. Mi bebé era todo mi mundo y fuera como fuera saldríamos adelante juntos, porque la familia no abandona, aunque conmigo lo hayan hecho yo jamás haría algo como eso a mí hijito. Al final cerré los ojos esperando a que fuera otro día.

Por la mañana, los ruidos del llorar de mi hijo me despertaron.

—¿Qué tienes mi amor? —le dije, por el sonido que hacía supe que tenía hambre.

Me puse de pie enseguida y caminé unos pasos al pequeño frigorífico que teníamos, recordaba bien que no había leche, pero aun así abrí el refrigerador desolado. No tenía nada de comida. Regresé a la cama y saqué de debajo la cajita de aluminio en la que guardaba el dinero que tenía de lo que ganaba, lavando y planchando ropa ajena. Vi que en la cajita tenía cincuenta pesos, eso me completaba para un par de bolillos, dos litros de leche y unos huevos. Recé en mi interior porque esta semana me fuera bien y pudiera ganar algo de dinero. Tomé a mi bebé en brazos y salí a la tienda a comprar las cosas.

Los días siguientes trabajé muchas horas extra para poder comprarle algo de ropita a mi bebé por que la que tenía ya estaba algo gastada, no podía comprarle ropa nueva pero tal vez si algo del tianguis. Llegué a juntar casi trescientos pesos, estaba muy feliz, cargaba a mi bebé mientras giraba y él me veía con la sonrisa más linda del mundo, que me llenaba el alma.

Tomamos un bus que nos llevó al centro de la ciudad, estuvimos paseando por algunos puestos del tianguis, pero mi tristeza fue tal que no pude evitar que unas cuantas lagrimas se derramaran, abracé a mi bebé, lo amaba, pero la realidad era que apenas nos alcanzaba para vivir. Había intentado innumerables veces solicitar trabajo, pero en la mayoría no me aceptaban porque tenía un bebé o porque no había terminado mi educación básica, por eso me había resignado a planchar y lavar ropa ajena, casi toda era de los vecinos que muchas veces lo hacían solo por ayudarme, aunque no fuera mucha. Decidí regresarnos, pasamos por un centro comercial de los que visitaba a veces con mis amigas de la escuela, solíamos ir solo a ver ya que no teníamos dinero, pero recuerdo que era divertido imaginar que algún día tendríamos dinero para comprar las cosas que quisiéramos.

Mi bebé se movía en mis brazos como si hubiera hecho sus necesidades. En los centros comerciales siempre había baños y cambiadores, ahí podría cambiarle el pañal. Una vez que estuvimos listos, caminé con él en brazos hasta la puerta del baño donde por estar distraída en los movimientos de mi hijito casi chocó con una señora.

—Lo siento, disculpe yo… —detengo mi hablar en cuánto me topo con la mirada de aquella mujer que no olvidaré, era la madre de Adrián. Me quedé petrificada al verla, pero mantuve mi mirada fija en ella. Ella llevo sus ojos directo al bebé que mantenía en mis brazos, por inercia lo atraje más hacía mi pecho.

Sonrío con malicia.

—Vaya, miren a quien me vine a encontrar —soltó en tono burlesco.

Fruncí el ceño con molestia. Aprete los dientes y di dos pasos con la intención de retirarme. Me había prometido no volver a buscar a esa gente. Ellos no necesitaban de mi hijo y mi hijo por más necesidades que tuviéramos tenía mucha madre que haría hasta lo imposible por su bienestar.

Para mi sorpresa esa señora me detuvo del brazo apretándolo muy fuerte lo que ocasiono que de mi boca saliera un jadeo de dolor.

—¿Ese niño es el hijo de Adrián? —pregunta de manera seca, todos mis sentidos comienzan a alertarme, no digo nada.

Me mira exigiendo una respuesta.

—¡No… no es hijo de él, es mío! No dijo aquella vez que yo sólo era una muchachita caliente que buscaba enredarlo, ¡aléjese de mí! —quise caminar, pero de nuevo me detuvo. La mirada de esa señora me causaba mucho temor y escalofríos. Su maquillaje perfecto, sus labios carmín y su cabello teñido de color rubio la hacían ver como una mujer frívola.

En un segundo y sin poder evitarlo arrebato a mi hijo de mis brazos. Me quedé sorprendida sin poder hacer nada, miré como llevo de nuevo a mi bebé a uno de los cambiadores, lo medio apoyo y le subió la blusita hasta la nuca.

—¿Qué hace? —pregunto aturdida. Camino hasta ella y le quito a mi bebé. Lo beso en la mejilla y lo enredo entre mis brazos.

Vuelve a sonreír, pero ahora con un brillo especial que no podría describir.

—Si es hijo de Adrián, tienen la misma marca de nacimiento en la espalda, ¿dónde estás viviendo? —me pregunta, pero sin suavizar su voz y mirándome con desdén.

—¿Para qué quiere saber? —le respondo de manera osca.

—Es mi nieto, ¿acaso nos negarás el derecho a verlo? Mírate niña, con que lo mantienes…

—¡Ese no es asunto suyo! Le pedí ayuda una vez, pero no lo volveré a hacer… yo puedo con mi hijo sola.

Ella vuelve a sonreír alzando su barbilla de manera altanera.

—Tal vez tu no nos necesites, pero puedo ver que el bebé si necesita demasiado, ropa, leche, juguetes, ¿tú se los puedes comprar? Porque por lo que veo trae pañales de los más corrientes y ropa desgastada —aprieto los dientes tragando todo el coraje que siento y maldiciéndome por no tener la posibilidad de darle algo mejor a mi hijo. Eso es de lo que siempre me he culpado. Saca una tarjeta de su bolso —ten, es mi número, piénsalo, es mi nieto y si tú quieres puedo ayudarte con sus gastos, por Adrián no te preocupes que él por ser tan buen estudiante ha conseguido una beca para estudiar en el extranjero.

Mis ojos van a dar directo a la tarjeta donde puedo ver el nombre que dice “Graciela Rivera” junto a un número de teléfono. Meto la tarjeta en mi bolso y salgo del baño tan rápido como puedo hasta lograr estar lo suficientemente lejos como para que pueda alcanzar o verme. Me siento en una banca a las afueras del centro comercial, esperando el bus que me llevará de regreso a la zona de la ciudad donde vivo. Saco la tarjeta que me dio. La miro. Veo a mi bebé, veo su ropita, sus pañales, aprieto la tarjeta con impotencia.

—Si yo pudiera darte una mejor vida, hijito, te prometo que lo haría, tú eres lo más bello que tengo en la vida —mi bebé sonríe haciendo movimiento de querer alcanzar con sus manitas mis mejillas.

Capítulo 3

Judith López

Cuando llegamos a casa lo primero que hice fue poner en una olla el agua para bañar a mi hijo. Encendí la pequeña estufa eléctrica de dos puestos. Mientras mi bebé jugaba en el suelo con sus juguetes no pude evitar mirar a nuestro alrededor y suspirar. Una lagrima escapo de mis ojos. Era uno de esos días en los que me sentía fatal. Lo intenté muchas veces, en verdad lo intenté, días enteros salía a buscar un trabajo, pero no me daban por que o tenía un hijo pequeño o no tenía ni siquiera mi certificado de educación básica. A veces me maldecía por haberme entregado a Adrián sin tener en cuenta las consecuencias que podrían haberme causado, gracias a que fui muy tonta ahora mi bebé pagaba las consecuencias de tener una madre tan inservible como yo. Qué apenas y podía comprar lo básico para él. Mi estomago hizo ruidos de hambre, cerré los ojos tratando de ignorarlo. Lleve el agua a una tina improvisada donde bañaba a mi pequeño. Lo cargué en mis brazos y mi instinto de madre se activó en cuánto mi mejilla se pegó a su frente, mi bebé estaba ardiendo en fiebre. Todo mi cuerpo se tensó de preocupación era la primera vez que mi bebé enfermaba. Trate de respirar para pensar en algo. ¿Debía bañarlo o no? Lo abracé muy fuerte. Lo dejé de nuevo en la cama. Él estaba quietecito, saqué mi cajita con lo poco que tenía ahorrado, ni si quiera sabía si eso me alcanzaba para ver a un doctor. Yo no sabía qué hacer y la sola idea de que mi bebé estuviera enfermo me aterraba. Antes de que pasará más tiempo lo tomé en brazos. Aún alcanzaba el autobús colectivo al hospital más cercano. Gracias al cielo llegamos rápido. Pedí una consulta de urgencias y me dieron el precio, traía lo justo para pagarla, pero me quedaría sin dinero para pagar los medicamentos. Tomé la consulta. El médico me dijo que mi bebé tenía una infección de estómago que era normal a su edad por que todo se metía a la boca. Me dejo unos jarabes para darle, ahora el problema es que no tenía dinero para comprárselos, aunque ya me sentía más aliviada de saber que no era algo grave.

Llegué a casa. Busqué la tarjeta que la madre de Adrián me dio en el centro comercial. No tenía otra alternativa. Debía comprar el medicamento para mi bebé y aunque no quisiera hacerlo, ellos eran su familia, tenían el dinero para ayudarme. Fui a la tienda de la esquina y le pedí por favor a la señora que atiende que me dejara realizar una llamada, como ella ya me conocía muy amable acepto.

—Hola —dije cuando escuche una voz que me contesto.

—Casa de la familia Ramírez Rivera…

—Disculpé esta la señora Graciela —pedí con algo de nervios.

—¿De parte de quién?

—Judith López, la madre de su nieto.

—Permítame tantito —se escuchó una pausa.

Espere varios minutos hasta que tomo mi llamada.

—Señora Graciela, le llamo porque mi bebé tiene fiebre, he ido al doctor dice que es una infección común a su edad, pero me he quedado sin dinero para comprarle el medicamento a mi hijo al pagar la consulta, ¿por favor? —mi voz se quebró —podría ayudarme a comprarlo.

Escuche un silencio. Luego respondió —dame la dirección y el nombre de los medicamentos los llevo en media hora.

Le mencione la lista de medicamentos que mi bebé necesitaba y quedo de pasar a casa.

Casi una hora después escucho que alguien toca a la puerta, yo me encontraba con mi bebé sentada en la cama cuidando que la fiebre no subiera con compresas de gasa con agua como recordaba lo hacía mi madre cuando me enfermaba de pequeña. Dejé a mi bebé en la cama, estaba dormidito y caminé hasta la puerta. Cuando abrí vi a los padres de Adrián frente a mí.

—¿Dónde está mi nieto? —exigió con voz seca.

—Aquí… pasen —les dije haciéndome a un lado.

Ambos entraron a la habitación ancha que yo llamaba hogar, aquella casita humilde que era de la ancianita que se apiado de mi un día, antes de morir. Al poner un pie dentro, miraron alrededor inspeccionando cada rincón con la vista.

—¿Dónde están tus padres? —pregunto aquel hombre vestido de traje, tenía facciones similares a las de su hijo.

—Vivo sola —respondí.

—¡Qué! ¿Tú cuidas sola a mi nieto? —pregunto alarmada la señora Graciela.

Asentí.

—Mis padres me corrieron de casa cuando se enteraron de que estaba embarazada, he trabajado para poder darle sustento a mi bebé ya que no cuento con ningún apoyo de nadie.

Ella apretó los dientes dirigiendo una mirada a su esposo que no comprendí.

La señora Graciela se acercó cargando a mi bebé en sus brazos, se lo mostró a su abuelo.

—Mira él es nuestro nieto —le digo ella con una sonrisa, al menos parecía importarles.

El padre de Adrián le hizo algunos cariñitos.

—No me parece tan buena idea que una niña como tú se haga cargo de un bebé, mira a tu alrededor en las precariedades en las que vives, no es el ambiente para que crezca un niño.

Ahí iba de nuevo, el reclamo en mi mente.

—Yo no… cometí un error sí, haber estado con su hijo, pero he hecho todo lo posible por darle lo mejor a mi bebé, en ningún lugar me dan trabajo porque no tengo alguien que me lo cuide mientras no estoy, aunque quisiera no puedo —las lágrimas comienzan a correr por mis ojos.

—Quiero llevar a mi nieto a un médico para que revise su salud general, deja que pase el día de hoy en nuestra casa, ahí estaremos al pendiente de él, le compraré ropa y lo que necesite, ¿estás de acuerdo?

Mis ojos se abrieron con sorpresa.

—¿Dejar que se lo lleven? —pienso en voz alta.

—También tenemos derechos sobre nuestro nieto, y queremos lo mejor para él, si te niegas estarás negándole a él la oportunidad de poder tener una vida mejor, porque nosotros nos encargaremos que no le falte nada de ahora en adelante.

Nunca me había separado de mi hijo, siempre fuimos él y yo. Pero no podía negarle la oportunidad de negarle conocer a su familia, cuando yo no tuve la oportunidad de conocer a la de mi padre. Tampoco lo conocí a él.

—Está bien, pero prométame que lo cuidará.

Ella ríe con ironía.

—Es mi nieto y claro que lo cuidare bien, incluso hasta mejor que tú, lo primero que haremos después de llevarlo al doctor será comprarle una buena leche por que el pobrecito está muy desnutrido.

Ese comentario me dolió hasta el pecho.

—Mañana a primera hora iré por él —digo.

—No hace falta nosotros lo traeremos —me responde el padre de Adrián.

Asiento. Me acercó a mi bebé que está en brazos de su abuela, le digo que lo amo y le doy un besito en la mejilla.

Veo como suben al auto y se marchan. Me quedo sola en esta pequeña casa sintiéndome impotente por haber tenido que hablarles a ellos. Por no haber sido capaz de arreglar los problemas por mi propia cuenta. Aproveche la noche hasta ya pasadas las doce para terminar de lavar y planchar la ropa que tenía pendiente, por la mañana la entregaría. Estaba decidida a encontrar un trabajo que me pudiera dar, aunque fuera los servicios médicos gratuitos, no podía seguir así, conseguiría un trabajo así fuera que tuviera que recorrer la ciudad de negocio en negocio, de tienda en tienda o de oficina en oficina…

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Enamorada de un vagabundo

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