Capítulo 2

MIENTRAS

se alejaba de Kenilbrooke a lomos de Triton, Imogene se sintió avergonzada y horrorizada a partes iguales. Quería que la tragara la tierra.

Aparecer en la propiedad del señor Hargreave en el momento en que él estaba recibiendo a sus invitados no era una experiencia que quisiera repetir. Se había hecho amiga del señor Jacks y había esperado tratar solo con él, pero no había ocurrido así.

Pensó en lo que acababa de ocurrir. Sostener una conversación con el señor Hargreave bajo la atenta mirada de su invitado había resultado una agonía.

Aquel hombre debía de haber pensado que estaba mal de la cabeza, que era una loca que vagaba por los campos en busca de animales indefensos. Había rezado para poder escapar de una vez al tiempo que se obligaba a recordar sus modales. Había tratado de mostrar un sincero interés por la velada, pero lo cierto era que no sabía si asistiría a la misma. Ese baile sería su primer evento formal tras dejar el luto. ¿Estaba preparada para ello? ¿Y quién era el hombre alto que había permanecido en la escalera? Su intensa mirada la había hecho sentir como si no llevara puesta más que una camisola. No podía ser correcto, ¿verdad?

Sacudió la cabeza tratando de despejarla un poco. Quienquiera que fuera, debía estar allí para la boda de Mina y el señor Everley. Quizá incluso fuera familiar de él. Por mucho que le gustaría ignorar la idea de que se sentía atraída por él, el desconocido le había resultado guapo y misterioso.

Después de entregar las riendas de Triton a un mozo de cuadras, se dirigió a casa por el camino. En realidad, aquella no era su casa, ¿verdad? Era una invitada. A pesar de que sabía que la querían, su vida no era la misma y no volvería a serlo. El contraste entre Wilton Court y la casa donde había crecido era enorme. Sus cuatro primos eran, sin duda, una distracción definitiva a la dura realidad de su pena, y eso era importante.

Recordó de nuevo la boda de su hermana. Hacía apenas un año que habían celebrado con alegría el enlace de Philippa, sin imaginar ni por un momento lo que estaba por venir. Suponía que el tiempo aliviaría su melancolía, pero por ahora seguía envolviéndola como un manto.

La recibió el habitual caos reinante en casa de sus tíos.

—¡Alexander! Lleva fuera a ese perro lleno de fango. ¡Bettina, mírate!

Estás tan llena de lodo como el animal —regañó su tía.

—Lo siento, mamá —se disculparon los gemelos al unísono antes de precipitarse hacia el exterior para cumplir sus órdenes.

Imogene no pudo reprimir una sonrisa.

—Bettina me recuerda mucho a mí a esa edad.

—Imogene, querida, menos mal. Estábamos empezando a preocuparnos.

Has tardado mucho más de lo habitual —la saludó su tía.

—Sí, lo siento. Terra empezó a cojear y me encontré con un corderito huérfano. Así que fui a Kenilbrooke. Allí me prestaron un caballo para regresar.

—Siempre has sentido debilidad por las criaturas abandonadas. —Su tía le acarició la cara—. Como eres una joven gentil de buen corazón, no puedes evitarlo, ¿verdad?

—No, tía. No puedo evitarlo. —Se encogió de hombros.

—Anda, sube y ayuda a Cariss a prepararse para el baile de esta noche. La señora Charleston me dijo que hoy han llegado a Kenilbrooke unos primos del señor Everley para la boda. Me atrevería a decir que esta noche habrá nuevas presentaciones, querida, así que ponte tu vestido más elegante. E, Imogene, trata de divertirte. —Su tía le cogió la barbilla con suavidad—. Eres joven, hermosa y educada. Mereces ser feliz, cariño.

Tus padres así lo hubieran querido. —Al oír mencionar a sus padres, sintió que su expresión se transformaba.

Su tía lo notó, pero continuó—. Venga, querida mía, no dejes que mencionarlos te entristezca. Están juntos en el cielo, disfrutando de un poco de paz. Sé que su mayor deseo sería que su amada hija encuentre la felicidad y su propio lugar en la vida como hizo tu hermana. Ha llegado el momento de que te diviertas y olvides, de que puedas ser una joven despreocupada y conozcas a otras personas. Pronto llamarás la atención de algún caballero.

Lo sé. ¿Cómo no iba a ser así? Venga… ¿me das una sonrisa feliz? ¿Lo intentarás al menos?

—Sí, tía, lo intentaré. —Abrazó a su tía con suavidad.

La mujer la besó en la frente.

—Esa es mi chica. Deprisa, ve a ponerte guapa.

Horas más tarde, Imogene había meditado los consejos de su tía y estaba decidida a esforzarse para divertirse un poco esa noche. Eligió un vestido rosado, de gasa de seda con la manga corta y el talle alto, que lucía un delicado cinturón de brocado con filigranas de hilo de oro. Se puso también los obligatorios guantes blancos, así como una gargantilla de perlas y diamantes que había pertenecido a su madre. La joya era muy antigua y estaba compuesta por cuatro vueltas de perlas con un óvalo central con incrustaciones de diamantes y perlas, pero la hacía sentirse muy próxima a su madre. Se recogió en un moño el largo cabello rubio oscuro, pero dejó que cayeran algunos mechones alrededor de su rostro.

Su prima, Cariss, llevaba un modelo similar, pero de color azul pálido. Si no contaba a su hermana, Cariss era su mejor amiga, aunque le llevaba dos años. En el carruaje, camino a Kenilbrooke, su prima le sostuvo la mano mientras conversaban sobre las diferentes danzas y, como solían hacer las mujeres, preguntándose quienes podrían ser sus parejas de baile. Una vez en el camino de acceso, el resplandor de las farolas encendidas iluminaba los escalones de acceso al patio. Imogene se vio transportada de inmediato al momento en el que ese mismo día había estado allí, en ese lugar. Sintió que la atravesaba una peculiar sensación, una especie de conciencia extraña, como si tuviera el presentimiento de que algo estaba a punto de cambiar.

Sir Oliver y lady Wilton fueron anunciados en primer lugar, seguidos por Timothy, Cariss y, por fin, Imogene.

—La señorita Byron-Cole. —La voz del lacayo resonó en la ruidosa estancia.

Imogene alzó la cabeza, consciente de que todos los ojos se clavaban en ella. Reunió cada mota de coraje, levantó la barbilla y dio un paso adelante.

La dueña de la casa, Sophie Hargreave, se acercó de inmediato, tendiéndole las manos en señal de bienvenida.

—Estimada Imogene, estás absolutamente preciosa esta noche. Te diré que Henry nos ha relatado los acontecimientos que te ocurrieron esta mañana y que nos quedamos sorprendidos por tu temple a la hora de hacer frente a tal situación. Querida mía, ¿cómo lo haces?

—Gracias, Sophie, antes de nada déjame decirte que la habitación reluce de una forma muy agradable esta noche. Eres muy amable al elogiarme de esa manera, pero solo estaba haciendo lo que debía, dadas las circunstancias.

—Señorita Byron-Cole, creo que se subestima. Su espíritu es extraordinariamente fuerte. —La voz del señor Hargreave procedía del lado izquierdo.

Imogene se volvió hacia él para responderle de forma directa y se topó con los ojos verdes del hombre que había permanecido sobre la escalera de Kenilbrooke esa misma mañana, observándola. «Es él». Imogene no respondió a su vecino de inmediato; no fue capaz con aquellos ojos verdes observándola.

—G-gracias por sus cumplidos, señor Hargreave —respondió finalmente cuando encontró su voz.

—Señorita Byron-Cole —dijo su vecino, haciendo los honores—, le presento a mi amigo, Graham Everley, lord Rothvale, Gavandon y Warwickshire.

Ella hizo una reverencia.

—Lord Rothvale.

«Graham Everley. Debe tener algún tipo de parentesco con el señor Everley.

¿Quizá son primos? Tiene un título. Y sus ojos son tan… verdes…».

Lord Rothvale se inclinó ante ella.

—Señorita Byron-Cole, es un honor. —La miró fijamente. Sin embargo, no podía culparle, ella misma lo estudiaba de la misma forma. Él sonrió un poco, lo que suavizó su solemne expresión—. Su yegua está recuperándose, señorita.

—Esa es una excelente noticia —repuso ella con una sonrisa—. Cuénteme, lord Rothvale, ¿qué sabe de mi caballo?

«Definitivamente Dios existe y me está favoreciendo, ella me está sonriendo».

Se inclinó para susurrarle al oído.

—Vi cómo la llevaba esta mañana mientras cargaba con el corderito.

Ella se sonrojó y bajó la vista.

—Milord, me ha entendido mal. Fui yo la que le vi a usted esta mañana, de pie en la escalera. Lo que quería decir es ¿cómo sabe que está recuperándose? — Acto seguido, la joven alzó la mirada y buscó sus ojos, pidiendo una respuesta.

La señorita Byron Cole no pasaba nada por alto, y no era una persona tímida y modesta, lo que era todavía mejor. Y ese hermoso rubor resultaba delicioso hasta el punto de que sentía que se le hacía la boca agua, pero cuando ella alzó la vista, sintió que su miembro despertaba. Iba a tener que concentrarse mucho esa noche para no tener que avergonzarse.

—Cuando fui a montar un rato después, vi a su yegua en los establos. Terra, creo que la llamó, ¿verdad? Bueno, su Terra ya no cojea, y el corderito que rescató está sano y salvo. ¿Se da cuenta? La persiguen los finales felices, y todo gracias a sus esfuerzos. — Volvió a sonreír.

—Me alegra escucharlo, milord. Gracias por interesarse por mi Terra.

—Señorita Byron-Cole —dijo él antes de poder contener las palabras—, ¿podría reclamar el primer baile?

—Puede. —Él percibió el ligero destello de sus ojos cuando le respondió.

—¿Y el de antes de la cena? —propuso el—. Me atrevería a decir que una conversación en el transcurso de la misma sería bien recibida.

«Tendré que esforzarme para conversar de forma coherente —pensó él—.

Será difícil. Prefiero simplemente mirar… e imaginarte en mi cama».

—Sí —susurró ella, pareciendo ahora un poco menos segura. Sin embargo, no se preocupó; ella había aceptado y eso era todo lo que importaba. Su aceptación natural le complació.

El hechizo se rompió cuando Jules y Mina se unieron a ellos. Mina tendió las manos hacia Imogene en señal de bienvenida.

—Querida, estás guapísima. Espero que puedas disfrutar de la velada después de la movida salida que tuviste esta mañana.

—Gracias, Mina. Estás tan preciosa como siempre. De hecho, la noche está resultando muy agradable. —Esbozó una sonrisa para la pareja, y Graham se contentó con observarla mientras charlaba con sus amigos—. ¿Jocelyn asistirá? No la he visto todavía.

—No. Ha alegado no sentirse bien, pero creo que lo que quería realmente era evitar el baile. Animar a nuestra hermana para alternar en sociedad es una causa perdida — aseguró Mina.

—A Jocelyn no le gustan las multitudes. Sin embargo, no se puede encontrar mejor amiga. Me siento profundamente agradecida por poder contar con su amistad. —Clavó la mirada en Mina y Jules—. Si me permites decírtelo, el señor Everley y tú hacéis una pareja magnífica. Vuestra felicidad es evidente.

—Gracias, señorita Byron-Cole —respondió Jules—. Sus sentimientos la honran.

Creo que ha dado en el clavo; somos felices. —Besó de forma cariñosa la mano de Mina—.

Y me alegra que los demás lo perciban con tanta facilidad. —Jules puso la mano en el hombro de Graham—. Acabo de ver que le han presentado a mi primo, el rebelde.

—¿Rebelde? ¿De verdad? Sin embargo, ¿es quien posee el título de Everley? — indagó Imogene.

—Correcto. Tiene el título, pero yo disfruto de una casa más grande y mis nabos crecen más —bromeó Jules.

—No soy rebelde en absoluto. ¿Qué pretendes, Jules? —Graham puso los ojos en blanco ante la forzada broma de su primo—. ¿Nabos más grandes? Estoy seguro de que es lo más idiota que he escuchado nunca.

—Ah, Graham, mi propósito es seguir las convenciones y asegurar parejas de baile para dos de los bailes, ya que como bien sabes, no puedo bailar más de tres con Mina — respondió con malicia—. Señorita Byron-Cole, ¿tiene alguno disponible?

—preguntó Jules con amabilidad. Al ver cuál era su propósito, Graham pensó que quizá Jules tenía más sentido del que él consideraba.

—Ah… bien, lord Rothvale me ha pedido el primer baile y el de antes de la cena.

—Los ojos castaños de la joven se clavaron en los de Graham—. El segundo, el cuarto y el último están libres, señor Everley. —Imogene respondió a Jules sin apartar la mirada de él mientras decía las palabras.

Él la interrumpió.

—El último también está pedido. —Sus ojos seguían clavados en ella.

Estaba decidido a conseguirla.

—Señorita Byron-Cole, ¿qué le parece esto? —Jules se dirigió a todo el grupo—.

Hágame el honor de concederme el segundo baile y a Hargreave el cuarto.

Graham será el compañero de Mina en el segundo y de la señora Hargreave en el cuarto.

Hargreave y yo podemos hacer pareja con Elle para el otro baile que los dos necesitamos.

Así queda todo el mundo satisfecho.

—Sí —respondió Graham con firmeza. Imogene no dijo que sí, pero tampoco se negó. Por ahora era suficiente. La misteriosa belleza se sometía a él y eso era todo lo que le interesaba.

«Un sí, sin duda».

Al ocupar su lugar para el primer baile de pasos, Imogene se sintió extraña, diferente. Sintió que le ardía la mano cuando tocó su piel. Él la miraba mucho, y ella encontraba gratificante que permaneciera en silencio y no tuviera que hablar mientras se movían siguiendo las pautas de la danza.

El señor Graham Everley, lord Rothvale, era alto y de hombros anchos, que llenaban su ropa de una forma impecable. Sus rasgos eran aristocráticos y muy agradables, y combinaban a la perfección son sus expresivos ojos verdes. Sin duda era un hombre guapo. Al menos eso le parecía a ella. Su cabello castaño era liso, y caía hasta la parte superior de los hombros, aunque lo llevaba recogido en una coleta, siguiendo el viejo estilo, asegurado con una cinta. Era algunos años mayor que ella, poseía un aire intelectual que la llevaba a imaginar que era un individuo cultivado. Su aspecto era en parte sombrío, quizá un poco prepotente, pero no resultaba taciturno ni altivo. Poseía una sonrisa amable y parecía tener un lado tierno. Además, se percibía en él cierta tristeza, como si fuera un peso oneroso. Imogene lo reconoció porque ella misma no era ajena a esos sentimientos.

El segundo baile lo disfrutó con el señor Julian Everley y fue muy esclarecedor. El primo de lord Rothvale era un perfecto caballero, pero percibió en él una motivación subterránea, como si estuviera tramando algo.

—Señorita Byron-Cole, cuando terminemos la danza me gustaría mucho presentarle a mi hermana, Ellenora. Creo que podrían disfrutar de su mutua compañía.

Le gusta montar a caballo como a usted y agradecerá sin duda su amistad aquí, en Shelburne, durante las semanas que esté lejos de casa. ¿Estaría dispuesta a reunirse con ella?

—Por supuesto, señor Everley. Para mí sería un placer conocer a su hermana.

Siempre resulta agradable conocer a otra persona que aprecie el placer de montar a caballo.

—Imogene recibió con agrado la actitud de Ellenora Everley y ambas conectaron de forma inmediata. El señor Everley pareció satisfecho de que su hermana hubiera encontrado compañía de su misma edad. Las dos estaban disfrutando de una fluida conversación sobre caballos cuando lord Rothvale se reunió con ellas, reclamando su compañía para la cena.

Venía acompañado de otro hombre más joven, seguramente su hermano dado el evidente parecido existente entre ambos, así que no supuso una sorpresa confirmar sus especulaciones cuando se lo presentó.

—Colin Everley, mi hermano pequeño. La señorita Byron-Cole.

—Señor Everley. —Imogene realizó una pequeña venia. «Tiene los mismos ojos verdes que su hermano».

—¿Qué tal se encuentra, señorita Byron-Cole? —Él también se inclinó ante ella.

Imogene miró a los cuatro primos.

—¿Hace mucho tiempo desde la última vez que estuvieron todos reunidos?

—De hecho, es la primera vez que nos juntamos desde hace más de un año — repuso Julian. Su rostro se iluminó cuando vio acercarse a su prometida—.

Y como se trata de una feliz reunión familiar, disfrutamos de la alegría que supone añadir a otra Everley a nuestras filas.

Imogene inclinó la cabeza a modo de felicitación.

—El apoyo de la familia es algo maravilloso, ¿verdad? Me atrevo a decir que siento un poco de envidia al verlos juntos esta noche. Es una bendición que puedan disfrutar de su mutua compañía—. Los miró uno a uno con sinceridad.

Lord Rothvale volvió a clavar en ella su penetrante mirada.

—Sin duda, señorita Byron-Cole, es una bendición que nos reunamos para una ocasión tan feliz. Ha pasado demasiado tiempo desde que nos separamos.

¿Tiene usted hermanos?

—Solo tengo una hermana. Es mayor que yo. Philippa. Ahora es la señora Brancroft y vive en Wellick, en Gloucester. La echo terriblemente de menos desde que se casó con el doctor Brancroft. Su marido ejerce la medicina en el nuevo hospital de la localidad. — Imogene percibió la excitación que teñía su voz cuando continuó—. Lo han arreglado todo para que vaya con ellos después de año nuevo. Quiero estar con mi hermana mientras se prepara para el nacimiento de su primer hijo.

—¿Ha dicho Wellick?

—Sí, milord, ¿lo conoce?

—De hecho, señorita, Wellick está a menos de veinte kilómetros de Gavadon, mi hogar. Gavadon se encuentra situado en el borde más occidental del sur de Warwickshire, donde limita con Gloucestershire, y están a poca distancia.

Su voz era casi líquida mientras la miraba y hablaba de su hogar. A Imogene empezaba a ponerla un poco nerviosa lo fácil que le resultaba estar con ese hombre, un individuo al que había visto por primera vez esa mañana y que le habían presentado formalmente por la noche. Cuando la miraba, se sentía diferente, notaba un alborozo que provocaba que le resultara más difícil respirar. Era como si él viera en ella más de lo que hubiera visto nadie nunca. Y le sorprendía descubrir que viviera tan cerca de su hermana.

Seguramente lo vería de nuevo cuando se desplazara al norte.

«Tengo muchas ganas de volver a verlo».

Mientras cenaban, permanecieron sentados uno junto al otro en tranquila armonía, pero para su sorpresa, el silencio no resultó incómodo en absoluto.

—Las perlas que luce son diferentes —comentó él sin embargo, rompiendo por fin el hielo—. ¿Son quizá una herencia familiar?

Imogene se llevó la mano a la garganta.

—Eran de mi madre, y de su madre antes que de ella. Para mí son muy valiosas porque me siento… cerca de ella cuando me las pongo. La perdimos hace ocho meses. — Al instante se preguntó qué le había desatado la lengua. ¿Por qué le estaba contando todo eso? ¿Qué le ocurría?

—Mi más sentido pésame. —Él inclinó un poco la cabeza—. Colin y yo también hemos perdido a nuestra madre, hace poco más de un año. —Permanecieron en silencio un momento—. Me gustaría atreverme a decirle que, a veces, me siento bastante traicionado.

Imogene soltó la cuchara y se volvió hacia él.

—Sé a qué se refiere. Ha expresado perfectamente mis sentimientos. Eso es justo lo que siento, pero jamás había sido capaz de exponerlo como acaba de hacer usted. — Sacudió la cabeza—. Es increíble, señor, no me gusta hablar de mi pérdida, pero me resulta curiosa la sensación liberadora que me produce mantener esta conversación con usted. — Imogene consideró cómo se comportaba él con ella. Era directo, pero no ofensivo. Le gustaba que no se hiciera notar en la conversación, sino que fuera paciente —. ¿Tiene algún interés particular por la joyería, lord Rothvale? —pregunto en un esfuerzo por continuar el diálogo.

Los ojos masculinos parecían brasas ardientes y ella hubiera jurado que estaba pensando en algo muy diferente a lo que respondió.

—Lo más justo sería decir que me interesa el arte en todas sus formas.

Aprecio el aspecto creativo del diseño en sí mismo, pero mi interés está de forma específica en la pintura. Concretamente en los retratos. Siempre me han fascinado, desde que era niño, molestaba de manera constante a mis padres para que me contaran lo que sabían sobre los retratos de algunos antepasados; quería saber quién era el artista, así como el modelo y la situación de la escena. Uno de mis lugares favoritos es la galería de retratos de mi hogar.

Me sumerjo con frecuencia en la historia familiar y los retratos proporcionan una información esencial. ¿Ha posado alguna vez para un retrato, señorita Byron-Cole?

«¡No me equivocaba! Es un erudito».

—Sí, en realidad sí. Mi padre encargó un retrato de mi hermana y yo juntas.

Estuvimos posando para él hace unos cuatro años. El pintor era John Opie, y lo terminó justo antes de su muerte. Está colgado en Drakenhurst Hall, mi hogar en Essex.

Graham se encontraba en una situación que nunca había experimentado antes. Con cada pregunta y cada respuesta, quería más. Mucho más. Los pensamientos que se agolpaban en su cabeza eran salvajes, absolutamente inesperados, pero eso no le impedía acercarse un poco más a ella en su asiento, atraerla a una conversación más íntima.

Aprovecharía cualquier ventaja que surgiera. Percibió que si no actuaba rápido, cometería un error que no podría subsanar.

—Un excelente maestro del arte. Me gustaría mucho ver su retrato. ¿Sabe?

John Opie pintó el retrato de mi madre en los primeros días de su matrimonio. Es uno de mis favoritos. —«Pero yo lo que quiero es un retrato tuyo, Imogene»—. Le haré una pregunta técnica si no le importa. ¿El señor Opie utilizó un dispositivo óptico? Algo parecido a una caja de madera por la que miraba.

—Sí, lo hizo. La usó sobre todo al principio para captar nuestros rasgos faciales, por eso estaba tan cerca de nosotras.

—¿Lo usó en un cuarto oscuro?

—Sí. ¿Y el dispositivo?

—Una cámara oscura. Puede proyectar una imagen a través de un espejo y una lente, lo que es útil en la reproducción de escenas y en la elaboración de una imagen fiel de la realidad. El artista debe poseer talento, pero puede ayudarse de esa manera con la escala y la proporción. —Graham sonrió y trató de mostrarse calmado cuando lo único que podía imaginar era a ella en reposo, apenas cubierta mientras utilizaba la cámara oscura para inmortalizarla. La idea lo excitó y quiso tranquilizarse. ¿Podría llegar a hacerlo? ¿Era posible que se estuviera excitando en la cena con una mujer que acababa de conocer?

«¡Eso parece, idiota!».

Imogene pensó que la cuarta danza era tan interesante como la que había disfrutado anteriormente con Julian Everley. El señor Hargreave era un hombre muy amable, así que la sorprendió sobremanera cuando le hizo una pregunta directa.

—¿Ha disfrutado de la conversación que mantuvo con lord Rothvale en la cena?

—Sí, señor. Me ha parecido muy agradable. Hablamos sobre retratos.

¿Conoce bien a lord Rothvale, señor Hargreave?

—Muy bien. De hecho, nos conocemos desde el colegio. Jules, Graham y yo estudiamos juntos en Eton, y ya entonces éramos como uña y carne — anunció, sonriente—.

Es experto en pintura y muy culto. Se maneja con fluidez en francés e italiano. Me atrevo a decir que se habría dedicado en exclusiva a actividades artísticas si el destino no hubiera intervenido para convertirlo en el heredero de la baronía y de Gavandon.

—¿No es el heredero por nacimiento?

—No, es el segundo hijo. Su hermano mayor murió hace algunos años, en difíciles circunstancias… Graham ha soportado desde entonces un gran número de cargas y problemas, pero es posible que no quiera escucharlos. Perdió a sus padres y tuvo que hacerse cargo de su hermano pequeño, así como de las obligaciones parlamentarias en la Cámara de los Lores… como puede imaginar ha sido un trabajo bastante completo. Su hermano, Colin, es casi cinco años menor. Está también aquí para la boda, pero le queda un año en Cambridge, el Trinity, antes de completar sus estudios. Colin es todo un estudioso, lo suyo son las matemáticas y la astronomía. Investiga para sir William Herschel, ya sabe, el descubridor de un nuevo planeta, Georgium Sidus; Colin cataloga y cartografía estrellas para él. Ambos hermanos se llevan muy bien, y no encontrará amigos más leales. No compartimos la sangre, pero casi. Rothvale y Colin son primos de Jules por el lado paterno.

Yo soy primo de Jules por el lado materno. Somos familia.

Imogene había escuchado cada palabra que el señor Hargreave tuvo a bien compartir durante su baile, y se preguntó por qué quería saber todo lo posible sobre lord Rothvale y su familia. Estaba interesada en él, pero aun así, aquella velada estaba resultando muy diferente a lo que ella había imaginado. Tenía de nuevo aquella sensación, un aleteo en el estómago. La certeza de que algo estaba a punto de cambiar.

Cuando finalizó el baile con el señor Hargreave, lord Rothvale se detuvo para devolver a la señora Hargreave a su marido. Acto seguido, miró a Imogene con solemnidad.

—Señorita Byron-Cole, ¿me concede el honor del baile final de la noche?

—Me preguntaba, milord, si me lo había pedido formalmente antes. No estaba segura.

Él endureció ligeramente la mandíbula.

—Lo asumo y pido humildes disculpas por mi presunción. Pero ¿me lo concede?

Imogene lo observó y su mirada le dijo que se sentiría destrozado si se negaba. Se apiadó de él de inmediato, porque la mera idea de causarle angustia le molestaba.

—Oh, ¿por qué no? Sí, creo que sí —dijo en broma—. A menudo me acusan de ser demasiado solemne, milord, así que si tengo que ser jovial esta noche, me atrevo a decir que otros deberían imitarme.

—Bien dicho, señorita Byron-Cole. —Él le regaló una sonrisa radiante que le hizo parecer más apuesto y gallardo.

Imogene tuvo la sensación de que lord Rothvale no mostraba esa sonrisa a menudo, por lo que el hecho de que se la estuviera ofreciendo a ella la hacía sentirse especial.

Permanecieron juntos durante un momento e Imogene repitió el comportamiento que ya se había permitido unas cuantas veces a lo largo de la noche: mirarlo a los ojos y olvidar que estaban en una fiesta.

Graham era un auténtico soñador. No en el sentido de ser un visionario, pero experimentaba de forma regular la visualización de escenas que le atraían y tenía vibrantes sueños mientras dormía. Esa noche una nueva presencia entró en su subconsciente como él sabía que ocurriría, atormentándolo con todo tipo de formas.

Había esperado también verse atormentado, por lo que sus sueños no supusieron ninguna sorpresa. Algunas de sus visiones eran honorables, otras no se podían mencionar, pero siempre estaban allí, contundentes, excitantes y convincentes. No podía sacársela de la cabeza, y tampoco quería. Una idea destacaba por encima de todas las demás: «Mía…».

Imogene Byron-Cole estaba destinada a él.

Estaba perdido. Perdido por completo.

Y lo único en lo que podía pensar —soñar— lo único que podía ver… era a ella.

Capítulo 3

IMOGENE

fue directa al establo de Terra justo como él esperaba. Graham la observó desde la puerta, apoyado contra el marco.

Terra golpeó la tierra con los cascos y relinchó, excitada al ver a su ama, que le rodeó el cuello con los brazos y apoyó la mejilla contra ella. Imogene cerró los ojos para entregarse a la simple alegría del reencuentro. ¡Dios Santo! Tenía muy buen aspecto; aquel traje de montar azul era el contraste perfecto con sus propios colores y él quiso tocarla.

«¿Y si se aferrara a mí de esa manera?».

Graham se mostró reacio a romper el hechizo del momento. Observó la escena como un voyeur, alegrándose por lo que estaba ocurriendo ante él.

—Es difícil decidir quién ha echado más de menos a la otra —comentó cuando por fin tomó la palabra.

Imogene pegó un brinco, soltó a Terra y se alejó un paso.

—Oh, lord Rothvale… ¿aq-quí es-stá? —tartamudeó.

—Estoy. —Él sonrió ante la forma en que ella formuló la pregunta—. ¿Es posible que me estuviera esperando? —inquirió, adorando el rubor que se deslizó por su hermoso cuello.

—No. —Ella tragó saliva y miró de nuevo a Terra. No era capaz de ocultar bien la mentira—. Sí, bueno, Terra y yo somos inseparables. Llevamos cinco años juntas y, sin duda, es la mejor amiga que una chica puede tener. Sin ella me sentiría perdida.

—De hecho, ella tiene suerte de que su dueña sea tan cariñosa y benévola.

¿Va a montarla hoy? Hace mucho frío. —La idea que lo hiciera sola no le gustaba demasiado.

Más bien nada.

—Sí, debería. Me he abrigado para ello. Me temo que no soy de las que se contenta quedándose sentada en el interior durante todo el día.

—¿Y piensa ir sola? ¿Qué ocurriría si tuviera problemas o, Dios no lo quiera, tuviera un accidente? —Él trató de mantener la voz controlada, pero se temió que no fuera posible. «Jamás te lo permitiría si fueras mía».

—Eso es algo que escucho a menudo, milord. Mi respuesta siempre es la misma:

soy una amazona muy capaz, y Terra es una montura fiable. Mi tío, sir Oliver, ha restringido mis salidas a los terrenos de Kenilbrooke cuando salgo sola, con la aprobación y el consentimiento del señor Hargreave. Siempre se lo notifico al señor Jacks, el administrador, para que pueda controlar las dos horas que me permito. — Ella bajo la mirada—. ¿Ve? Tengo muchos galantes caballeros preocupándose por mí y hemos elaborado un acuerdo que nos satisface a todos.

—A mí no me satisface. —Quiso decirle que entrara en casa y que no se le ocurriera salir a montar sola, pero ¿cómo demonios iba a hacer eso? No tenía ningún derecho sobre ella. Al menos todavía no.

—¿Perdón? —Ella lo miró con los ojos muy abiertos.

—Señorita Byron-Cole, no dudo de su habilidad, es evidente que sabe montar, pero no puede decir que tiene controlados todos los peligros inesperados que pueden surgir. — Graham sabía que sus palabras eran duras, pero no quería que fuera sola y eso era todo.

—No milord, no puedo controlar todos los peligros que existen en el mundo — admitió ella con la cara roja—. Eso es cierto. Por desgracia, es algo que ha quedado patente en mi vida. —Su voz se apagó al final, casi como si lamentara la última frase.

«Como también me ha resultado evidente a mí».

—¿Le gusta exponerse voluntariamente al peligro, señorita Byron-Cole?

¿Cómo es posible? ¿Y qué pasa con los que se preocupan por usted?

—Milord, no deseo provocar dolor a ninguna de las personas que me aprecian.

Usted no me conoce o no sugeriría tal cosa. Simplemente es… es necesario que lo haga — replicó ella. Su voz se hizo cada vez más suave mientras seguía mirando hacia abajo—, porque esto es lo único que me queda de mi vida… de antes.

Él se estremeció, le había tocado una fibra sensible. Esa chica tenía espíritu.

Y él quería ser el receptor de ese espíritu. Imágenes de camas y cuerpos entrelazados pasaron de nuevo por su cabeza. Estaba seguro de que estaba volviéndose loco. Se acercó a ella y le levantó la barbilla con un dedo.

—Míreme —pidió añadiendo un poco de presión.

Ella abrió sus hermosos ojos al tiempo que alzaba su bello rostro, obedeciendo su orden. Graham tragó con fuerza al verlo. Ella era perfecta para él, su aceptación, su belleza, su voz e incluso su olor. La forma de su cara no podía ser más atractiva:

pómulos altos y una boca ancha con labios hermosos que estaba deseando probar. Sus iris eran marrones, pero no había nada aburrido en ellos. Centelleaban con motas doradas, verdes y ámbar. Lo mismo ocurría con su pelo; no era realmente castaño, sino que la luz lo hacía brillar con mil matices. Quiso enredar los dedos en sus cabellos, apretarla contra su cuerpo para que aceptara sus caricias, para que lo admitiera dentro de su cuerpo. ¡Oh, sí!

Había pensado eso un montón de veces ya. Quería a Imogene en su cama, debajo de él, quería hacerle el amor.

Notó que ella tenía la mirada acuosa cuando alzó los ojos hacia los de él, y dejó caer el dedo.

Tuvo que recurrir a todas sus fuerzas para no tocarla. Notaba su angustia al ser obligada a volver a recordar aquellos momentos dolorosos, y sabiendo ya un poco de su familia, sentía la necesidad de consolarla y tranquilizarla.

Graham no pudo evitar mirarla con añoranza antes de hablar, recorriéndola con la vista de pies a cabeza. Estaba vestida con ropa de montar. La chaqueta se ceñía a sus esbeltas curvas que le parecían deliciosas y estaban fuera de su alcance.

—Pero yo quiero conocerla… por completo.

Ella respiró hondo, haciendo que sus pechos se elevaran por debajo de la chaqueta.

—Si pudiera montar hoy con usted, lo haría. —Debía estar con ella, pero sabía que no podía ser en ese momento—. ¡Maldito decoro! —La frustración de no poder actuar lo obligó a despedirse y dejarla con su caballo. Sería mejor que alejara su lamentable cuerpo de ella antes de que acabara haciendo algo estúpido. Como tratar de besarla.

Y quería, Dios, ¡cómo quería!—. Lamento haberle provocado tanta angustia. ¿Podría por favor perdonarme? Espero que su viaje de regreso sea seguro y agradable.

Los ojos de Imogene parecieron arder. Se quedó paralizada durante un minuto y luego asintió, reconociendo su disculpa. Deseó que ella dijera algo más, pero se mantuvo en silencio. Una ráfaga de aire otoñal azotó los establos en ese momento, jugando con el pelo de ella. La frialdad del aire la hizo estremecerse. Él lo vio tan claro como el agua y se preguntó si aquel temblor se debería realmente al frío o a lo que él le había dicho.

—Señorita Byron-Cole, hasta la próxima. —Se inclinó ante ella antes de darse la vuelta y alejarse de los establos. «Que Dios me ayude para seguir mi camino. Que no le pase nada. Porque si así fuera, no sé qué…».

Graham siguió hablando consigo mismo mientras regresaba a la casa, azotando con la fusta sin piedad los tallos que surgían ante él. Llegó a tiempo para verla a través de la ventana, galopando sobre su montura con el pelo ondeando a su espalda.

Fueron las dos horas más largas que recordaba. Releyó el mismo pasaje en el libro una y otra vez, hasta que se sintió asqueado y lo lanzó a un lado.

Recibió con agrado el alivio que lo invadió cuando ella regresó. La observó hacerle una señal al señor Jacks, informándole sin palabras de que había regresado sana y salva.

Una punzada perforó su pecho mientras la veía galopar por el camino, lejos de Kenilbrooke, lejos de él.

Graham era muy consciente de las limitaciones que le imponía la sociedad.

Imogene también lo era. Ambos entendían las reglas. No podían ir contra ellas.

Necesitaban una acompañante. Si no fuera por esas reglas, ella ya estaría en sus brazos, y sus labios conocerían los de ella. Comenzó a esbozar un plan para solucionar ese obstáculo… y fue en busca de su dulce prima Elle.

Una semana después, Graham no recordaba que hubiera pasado un momento más agradable en una iglesia. La hermosa vista del perfil de Imogene sentada con su familia era su único objetivo y lo degustaba agradecido. El sermón del pastor era un zumbido aburrido y condescendiente, al que hacía caso omiso mientras se permitía estudiarla con atención sin que su interés fuera percibido por otros, o al menos, eso pensaba.

En el cementerio, observó a su prima, Elle, que se acercó a Imogene y a su familia para invitarlos a los juegos que habían organizado en Kenilbrooke para entretener a los más jóvenes. La joven pareció aceptar la invitación con gracia, y siguió conversando con facilidad con su nueva amiga. Jules y Hargreave lo captaban todo, al parecer, con gran diversión. Graham, por su parte, no sabía muy bien cómo actuar; no sabía si debía acercarse a Imogene y a Elle, pero era obvio que no iba a poder mantenerse alejado mucho tiempo.

Su autocontrol tendía a evaporarse cuando se trataba de ella. «Sigue hablándole, Elle», rogó para sus adentros. Por fin, se dirigió hacia ellas, con el sombrero en la mano.

Detrás de él, Hargreave y Jules se mostraban muy divertidos.

—Se está acercando —susurró Hargreave lo suficientemente fuerte para que él lo escuchara.

—Sí, sí, va hacia ella, muchacho —se burló Jules.

—Su corazón se acelera, amigo —canturreó Hargreave. Los dos se rieron a su costa.

Graham se volvió y los miró por encima del hombro.

—¡Callaos!

—Buenos días, señorita Byron-Cole, es un placer verla de nuevo tan pronto.

— Seguramente Jules pensaba que imitarle era divertido, pero él quería darle una patada en el trasero.

—¡Ay, señorita Byron-Cole! ¿Me haría el honor de ser mi pareja al croquet?

—Esa imitación procedía de Hargreave, que acto seguido soltó una carcajada tan ruidosa que la gente que los rodeaba comenzó a reírse también, sin saber siquiera de qué iba la broma.

Imogene los oyó también y se volvió para mirar con curiosidad.

Elle, en cambio, observó todo con incredulidad.

Graham miró de nuevo a aquellos idiotas y pensó con entusiasmo en destriparlos.

—Señorita Everley, ¿por qué su hermano y el señor Hargreave se ríen como si fueran escolares en un cementerio? —oyó que preguntaba Imogene.

Ella respondió, moviendo la cabeza.

—No lo sé, señorita Byron-Cole, su comportamiento es muy extraño.

—Yo sé por qué —intervino Graham en la conversación—. Son unos idiotas insensibles. —Se inclinó ante ella—. Señorita Byron-Cole, espero verla esta tarde en Kenilbrooke.

—Lord Rothvale. —Fue todo lo que dijo. Su nombre. Sin embargo, para él fue suficiente. Su reconocimiento y su mirada clavada en él eran suficientes. El sonido de su voz ronca era una completa contradicción con su excelente forma física, y resultaba muy sensual, tanto que su mente se volvía perversa por momentos y muy blasfema, dado que se veía con ella en un cementerio.

—Hasta luego entonces, señoras… —Se quitó el sombrero, se alejó de las jóvenes y regresó al lugar donde estaban los que se divertían a su costa.

—¿Qué demonios pretendéis vosotros? —dijo con demasiada fuerza, poniendo las palmas hacia arriba. El reverendo, que hablaba con la señora Charleston, abrió la boca y se volvió hacia él boquiabierto y con una mirada de sorpresa. Jules y Hargreave estallaron en un nuevo ataque de risa ante esa última humillación. Él hizo una mueca, se llevó la mano a la cabeza y apretó los dientes—. Lo lamento, reverendo, señora, sé que es lamentable. Por favor, acepten mis disculpas. —Les hizo un gesto con la mano y siguió hacia los chistosos.

—Haya paz, primo. —Jules le dio una cariñosa palmada en la espalda.

—¿Siempre os comportáis de esta manera vergonzosa cuando estáis juntos o es solo en la iglesia? Es un milagro que hayáis convencido a la sociedad de que sois personas responsables, así como a vuestras mujeres. No volváis a hacerlo. —Graham les apuntó con un dedo—. U os arrepentiréis, os lo aseguro. ¡Haré que me las paguéis de una forma que no olvidaréis!

—Tienes todo a punto, primo. —Jules hizo una pausa, pero volvió a darle la risa—.

Maldecir en el cementerio, justo delante del reverendo. ¿Cómo se te ocurre, Graham? — Jules y Hargreave seguían riéndose cuando se alejaron los tres.

—No puedo esperar a verte casado; será la única manera de que yo encuentre la paz.

—Bien, no tendrás que esperar demasiado —respondió Hargreave—. ¿Vas a quedarte después de la boda de Jules? Por favor, considera la posibilidad de utilizar Kenilbrooke según sean tus necesidades, Graham.

—No, no seas idiota. Ella se va a Wellick con su hermana después de año nuevo. Y acabo de recordar que conozco a un tal doctor John Brancroft del hospital de Gloucester.

No necesito la ayuda de ninguno de los dos. Habéis hecho vuestra parte y os lo agradezco.

Ahora dejadme en paz. Si no, acabaré dándoos tal paliza que vuestras esposas no os van a encontrar nada atractivos.

Cuando llegó el carruaje de Imogene, Graham estaba allí esperando.

Ninguna otra persona iba a tocarla salvo él, eso seguro. Se miró las manos cuando agarró la manilla de la puerta e imaginó que era su piel desnuda lo que tocaba. Siempre le habían dicho que tenía las manos grandes. Las de ella, por el contrario, eran elegantes y perfectas.

Se la agarró con firmeza cuando puso una en la suya y sintió que lo recorría un escalofrío de excitación. Un simple roce y se sentía agitado. Realmente necesitaba tener cierto control sobre sus reacciones. Su imaginación —y su sexo— tenían ideas propias, al parecer, cuando se trataba de Imogene. Daba igual que estuvieran en público, ¡por el amor de Dios!

Imogene comenzó a presentarle a su familia.

—Lord Rothvale, creo que no conoce a mis primos: Timothy Wilton y su hermana, la señorita Cariss Wilton.

—Es un placer, señorita Wilton. Señor Wilton, he oído que está cursando estudios en Cambridge. Os presentaré a mi hermano, Colin Everley. Está ahora en el Trinity, pero nunca está de más tener conocidos cuando se anda fuera de casa.

Timothy Wilton le dio las gracias antes de acompañar a su hermana a la fiesta.

Cuando la tuvo para él solo, sonrió a la bella Imogene y le ofreció su brazo.

Ella lo tomó al tiempo que le devolvía la sonrisa, provocando una ráfaga de felicidad en su interior.

—Parece estar de mejor humor que esta mañana en la iglesia, milord.

Él asintió con la cabeza, manteniendo a propósito una expresión neutra.

—¿Qué piensa del croquet, señorita Byron-Cole? ¿Se le da bien?

—Juego de forma pasable, pero me han acusado de ser diabólicamente competitiva.

—Excelente. Entonces, hágame un favor: si se encuentra con mi primo o con Hargreave en el transcurso del juego, sea cual sea el momento, no tenga misericordia de ellos.

Ella pareció encontrar hilarantes sus comentarios por la forma en que se rio en voz alta.

—Acabamos de firmar un pacto, milord. Le prometo por mi honor que lo haré.

—La he hecho reír. Me encanta el sonido de su risa. Valió la pena el desastre de esta mañana solo por escucharla.

—Una buena carcajada siempre merece la pena —aseguró ella, mientras la conducía hacia el campo de juegos.

Graham disfrutó mucho del juego, lo de menos era la venganza sobre su primo y su amigo. El mayor placer fue poder observarla libremente, con un mazo en la mano, golpear la bola con habilidad, riéndose y flotando sobre la hierba, con el cabello dorado oscuro agitado por el viento, sus sonrisas de diversión. Para él, era una belleza etérea y siempre le había gustado mirar la belleza. Fiel a su palabra, ella sacrificó cualquier tiro que hubiera podido favorecer a Hargreave o Jules.

—Bien hecho, primo —le dijo Jules al oído—. Me impresiona que hayas ganado su lealtad con tanta rapidez. Después de todo, te hemos ayudado, ¿no es así?

—Graham le tendió la mano a modo de saludo, y Jules la aceptó. Entonces, Graham apretó con fuerza y su primo hizo una mueca de dolor—. Es preciosa —continuó a pesar del apretón—, perfecta para ti. Así que es la única capaz de hacerte feliz, ¿no? Ha sido muy rápido… pero observo el cambio que ha operado en ti.

—Gracias por la confianza. Jamás había conocido tales sentimientos inquebrantables. Es como si estuviera destinado a ser o, ¿por qué no?, me atrevo a esperar que llegue a ser mía. ¿Cómo llegaste a conseguir a Mina?

Jules sacudió la cabeza.

—Fue horrible. Me gustaría poder decirte que no lo fue, pero mentiría. Sin embargo, lo harás bien. Tienes la ventaja de haber congeniado amigablemente a la primera.

Le gustas. ¿Cómo lo has conseguido con tanta facilidad?

—Sonriendo y pidiéndole un baile —repuso Graham con sequedad.

—Ay… Supongo que has oído alguna historia de cómo fue el primer encuentro entre Mina y yo. Confieso que era un estúpido y que ella me odiaba. Tú eres más listo que yo. ¿Quieres un consejo? Sé completamente sincero con ella y declárate pronto. Sospecho que la señorita Byron-Cole agradecerá un poco de sinceridad en su vida. No esperes demasiado. Si no te declaras tú, otro lo hará. Acaba de terminar el luto y tiene una buena dote. Todo el mundo está teniendo una respetable deferencia contigo debido a tu rango, pero no será así siempre.

Graham asintió, pero fue como si su corazón se detuviera al pensar en otro hombre cortándole. «Es mía».

Los dos hombres observaron como Elle invitaba a Imogene a acompañarlos al día siguiente.

—Mis primos, Colin y Graham, me acompañarán —decía—. Pasaremos por Wilton Court a las diez. —Imogene aceptó la información y se mostró de acuerdo.

Graham se volvió hacia Jules.

—Tu hermana es de las personas más amables y dulces que conozco, y le debo una.

No olvidaré lo que está haciendo por mí, Jules.

Su primo sonrió con tristeza antes de asentir.

—Lo sé. Ella es así, y sé que no lo olvidarás.

A partir de ese momento, aquello tomó un cariz demasiado emocional para que ambos primos siguieran conversando. Demasiados recuerdos dolorosos… de niños sin padres que crecieron tranquilos.

Los dos lo entendían bien.

—Lord Rothvale está enamorado de ti —le susurró su amiga al oído.

—¡Jocelyn! Casi me matas del susto —gritó Imogene—. Y, ¿cómo puedes afirmar tal cosa? Apenas me conoce. —Imogene se sorprendió por la sinceridad de su amiga, pero no podía negar los sentimientos que provocaban las palabras de Jocelyn.

Hacía tanto tiempo que no abrazaba una emoción, que casi no la reconoció.

—Soy consciente de ello, Imogene, pero da igual el tiempo, ese hombre está enamorado de ti. Me ha preguntado sobre ti.

—¿Te ha preguntado sobre mí? ¿Cuándo? No has estado en el baile, Jocelyn. Por cierto, ¿por qué demonios no has asistido?

Jocelyn pasó por alto la última pregunta.

—Mis padres los invitaron a cenar en casa. A Jules, a su hermana Elle y a sus primos.

—Claro. Julian Everley pronto se convertirá en tu cuñado, cuando se case con Mina.

—Imogene trató de desviar la conversación—. ¿Qué opinas sobre Ellenora?

—Me cae bien, pero estaba hablando de lord Rothvale. ¿No quieres saber más?

Imogene sintió que se ruborizaba. No podía hablar, así que se limitó a asentir y esperó a que Jocelyn comenzara.

—Cuando nos sentamos para cenar, se puso a mi lado. De alguna forma, ya se había enterado de que somos buenas amigas. Me habló del baile, de cómo habías llevado al cordero. Imogene, cuando habla de ti parece que entra en trance. Quería saber hasta lo que te gusta leer.

—¿Qué le has dicho? —susurró.

—Poesía. Lord Byron. La muerte de Arturo. Le gustó oírlo, creo. —Jocelyn la miraba con suficiencia—. Quiso saber cuál es tu color favorito.

—¿Y?

—Le dije que era el verde. A él también le gustó.

«Sus ojos son color verde».

—No deberías habérselo dicho, Jocelyn. No está bien. No quiero que la gente empiece a especular.

—Creo que es demasiado tarde para eso. —Jocelyn le cogió las manos—.

Sus ojos no se alejan de ti. Si te dieras ahora la vuelta y miraras, te lo encontrarías mirándote la espalda mientras hablamos. Creo que lo mejor es que te preguntes qué opinas de él.

«¿Está mirándome en este momento?». Imogene levantó la cabeza con terquedad.

—Me gusta. Se comporta como un caballero. No ha hecho nada que me hiciera pensar que podría querer ser algo más. —Bajó los ojos—. Mañana me acompañará a caballo. ¿Te gustaría unirte a nosotros, Jocelyn?

—No, gracias, querida. Deberías aprovechar la oportunidad que tienes mañana para conocerlo mejor. No dejes escapar la ocasión. Dale alas.

Imogene sopesó las palabras de Jocelyn. ¿Estaría realmente enamorado de ella?

¿Cómo sería posible después de tan breves encuentros? ¿Podía llegar a amarlo? Tenía que admitir que, solo con pensar en él, sentía un fuego interno. Le gustaba sentirse así.

—Hoy está magnífica. —Graham la miró con seriedad, tratando de absorber su presencia todo lo posible. Se encontró con que las ganas de estar con ella eran más fuertes cada minuto. En ese momento casi sentía pánico ante la idea de verla partir.

—Lo he pasado muy bien. Me ha venido bien reírme y he disfrutado de verdad de los juegos. Me atrevería a decir que la conspiración contra el señor Everley y el señor Hargreave ha resultado bastante bien. Su puntuación fue de las más bajas.

—La triunfante sonrisa de Imogene hizo patente su espíritu competitivo.

—Todo gracias a usted. Sin duda está poseída por un diablillo malvado. Es verdad.

«Marca y aprende de la señorita Byron-Cole» debía ser el grito del día.

Ella se rio de nuevo.

—Señorita Imogene, por favor. Señorita Byron-Cole es demasiado largo y tengo ganas de montar mañana, señor Rothvale —replicó ella con suavidad y los ojos brillantes.

Él se inclinó, emocionado por que ella le hubiera pedido que la llamara por su nombre de pila.

—Señorita Imogene, yo también tengo… muchas ganas.

« No sabes cuánto, querida y hermosa Imogene».

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Ella Es Mí Mussa

Capítulo 2
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