Capítulo 3
Mateo me llevó a su despacho en el ala de administración de la universidad.
Un espacio lujoso, impersonal.
"Siéntate," dijo, señalando un sillón de cuero. "No debiste salir así. La gente es cruel."
Palabras vacías.
Consuelo superficial.
Yo solo le miraba, incapaz de articular palabra.
Las lágrimas empezaron a brotar sin control.
Un llanto silencioso, desgarrador.
Él suspiró, como si mi dolor fuera una molestia.
"No llores, Sofía. Todo se arreglará."
Se acercó a su escritorio, cogió su teléfono.
Lo dejó sobre la mesa, cerca de mí, antes de salir.
"Voy a por un vaso de agua. Y a encargarme de que borren ese maldito vídeo."
Una acción calculada.
Lo supe en cuanto cerró la puerta.
Mi instinto me gritó.
Alargué la mano, temblorosa, y cogí su teléfono.
No tenía código de bloqueo.
Abrí sus mensajes.
Ahí estaba.
El chat con Isabella.
"¿Ya lo ha visto? ¿Sufre?" preguntaba ella.
"Llorando como una magdalena. Patética," respondía Mateo.
"Bien. Que aprenda quién manda. Que sepa que tú eres mío."
"Siempre tuyo, mi amor."
Y luego, mensajes más antiguos.
La planificación.
Detalles de cómo seducirme, cómo ganarse mi confianza.
Cómo grabarme.
"Asegúrate de que parezca que la adoras. Las ingenuas como ella caen fácil."
"No te preocupes, nena. Será mi mejor actuación."
Cada palabra era una puñalada.
El hombre del que me había enamorado no existía.
Era una farsa. Un monstruo.
La puerta se abrió.
Mateo entró con un vaso de agua y una caja de pañuelos.
"Toma, te sentará bien."
Su sonrisa amable.
El mismo gesto que me había cautivado.
Ahora me producía náuseas.
Sentí un cambio dentro de mí.
El dolor seguía ahí, pero ahora estaba mezclado con una rabia fría.
Una claridad helada.
Me ofreció un pañuelo.
Lo rechacé con un gesto de la cabeza.
Él frunció el ceño, desconcertado por mi frialdad.
"Sofía, ¿qué pasa?"
Intentó acariciar mi mejilla.
Aparté la cara.
"No me toques."
Su sorpresa fue evidente. Luego, una sombra de irritación cruzó sus ojos.
"Vamos, Sofía. No te pongas así. Sabes que esto no es culpa mía. Alguien nos ha traicionado."
Mentiras. Más mentiras.
Me levanté.
Necesitaba salir de allí. Lejos de él.
"Tengo que irme."
"¿Adónde vas? Espera, hablemos."
No le escuché.
Salí del despacho, casi corriendo.
Llegué a casa, a la casa de mi padre.
Él estaba en el salón, leyendo el periódico.
Levantó la vista cuando entré.
Su expresión era dura.
"Sofía, ¿qué es este escándalo? ¿Un vídeo íntimo? ¿No tienes vergüenza?"
Su voz, un látigo.
"Padre, yo..."
"No quiero excusas. Has manchado el apellido de la familia. Siempre supe que eras igual que tu madre."
Cada palabra, un golpe.
Mi padre, siempre distante, siempre crítico.
Influenciado por las apariencias, y seguramente por Isabella.
"Isabella vuelve mañana de su 'retiro' en Suiza. Espero que te comportes en su fiesta de bienvenida. Y después, te irás de esta casa. No quiero volver a verte."
Un ultimátum.
Exiliada. Abandonada.
Asentí, con una calma que me sorprendió a mí misma.
Quizá ya no me quedaban fuerzas para luchar.
O quizá, una parte de mí sabía que era lo mejor.
Alejarme de todo.
"Bien," dijo él, sorprendido por mi sumisión. "La fiesta es mañana por la noche. No faltes."
Asentí de nuevo.
Subí a mi habitación.
Empecé a hacer la maleta.
Saqué el retrato de Mateo, el que estaba pintando.
Lo miré por un momento.
Luego, con rabia, lo rompí en mil pedazos.
Los tiré a la basura.
Junto con todos los regalos que me había hecho.
Cualquier rastro de él.
Fuera de mi vida.
La noche siguiente, la fiesta de bienvenida de Isabella.
Un evento ostentoso en la mansión familiar.
Me obligué a ir.
Mi padre me lo había ordenado.
Apenas entré, lo vi.
Mateo.
Nuestros ojos se encontraron.
Se acercó, su rostro una máscara de preocupación.
"Sofía, ¿cómo estás? No me has llamado."
Su tono, posesivo.
Como si tuviera algún derecho sobre mí.