Capítulo 3
"¿Terminaste con él? ¿Así de repente?"
La voz de Mateo al otro lado de la línea sonaba sorprendida, pero también aliviada.
Sofía sabía que él nunca había confiado en Alejandro, aunque no conocía la verdadera naturaleza de su relación.
"Sí, Mateo. Fue lo mejor."
Su voz era firme, tratando de ocultar el temblor que sentía por dentro.
"No te preocupes por mí, primo. Yo me encargo de todo aquí."
No quería que él viniera a Santiago, no quería que se enfrentara a Alejandro por ella.
Ya había suficiente odio entre ellos.
Colgó y miró su pequeño cuarto en la pensión.
De repente, todo le parecía ajeno, contaminado por la mentira de Alejandro.
Tomó un cuaderno y un lápiz.
Necesitaba un plan.
Primero: conseguir esas fotos y videos del móvil de Alejandro.
Segundo: borrar cualquier rastro de ellos.
Tercero: recoger sus cosas.
Cuarto: irse de Santiago antes de la Gala del Vino.
La gala era en dos semanas. Tenía poco tiempo.
El mantón de Manila. Ya no importaba. Su honor importaba más.
La puerta de su habitación se abrió sin previo aviso.
Era Alejandro.
Su corazón dio un vuelco. Mantuvo la compostura.
Él entró con la familiaridad de siempre, esa arrogancia que antes le parecía seguridad.
"Mi amor, ¿qué haces?"
Se acercó, intentó besarla. Ella giró la cabeza.
"Estaba pensando."
Él frunció el ceño, un gesto mínimo.
"¿Pensando en qué? ¿En nosotros?"
Su mano le acarició el brazo. Ella sintió repulsión.
"Alejandro, creo que deberíamos tomarnos un tiempo."
Las palabras salieron con más calma de la que sentía.
Él la miró, evaluándola.
"¿Un tiempo? ¿Por qué? ¿Pasó algo?"
Su tono era suave, pero había una nota de acero debajo.
"Solo necesito espacio."
Él sonrió, una sonrisa que ya no la engañaba.
"Entiendo. Pero no te preocupes, mi vida. Tengo una gran sorpresa para ti en la Gala del Vino. Algo que nos unirá aún más."
Palabras vacías, venenosas.
"De hecho, estaba pensando... ¿Mateo va a ir a la gala, verdad? Recibe un premio, ¿no?"
Fingió consideración.
"Quizás sea una buena oportunidad para hacer las paces con él. Por ti, Sofía. Haría cualquier cosa por ti."
La hipocresía la ahogaba.
Ella asintió, incapaz de hablar.
"Sí, creo que irá."
"Perfecto." Sus ojos brillaron con una luz oscura.
Él se acercó de nuevo, esta vez la besó en la frente.
"Descansa, mi amor. Nos vemos pronto."
Cuando se fue, Sofía corrió al baño y vomitó.
Los días siguientes fueron una tortura.
Tenía que fingir normalidad con Alejandro, soportar sus caricias, sus palabras de amor falsas.
Intentó varias veces acceder a su móvil. Él lo protegía con una clave.
Comenzó a deshacerse de sus regalos.
Joyas, ropa cara, perfumes. Todo a la basura.
Cada objeto era un recordatorio de su humillación.
Alejandro notó los espacios vacíos en su tocador.
"¿Y ese collar que te regalé? ¿El de esmeraldas?"
"Lo guardé, es demasiado valioso para usarlo a diario." Mintió.
Él sonrió, satisfecho. "Me gusta que cuides mis regalos."
Un día, mientras empacaba disimuladamente algunas cosas en cajas viejas, él la observó.
"¿Qué haces con esos trajes de flamenco viejos?"
"Los voy a enviar a Valparaíso. Ya no los necesito aquí."
Una verdad a medias.
"¿Ya no vas a bailar? Pero si eres tan talentosa."
Su voz tenía un tono posesivo.
"Necesito un descanso de la academia."
Era su forma de decirle que renunciaba a su sueño en Santiago, un sueño que él había corrompido.
"Como quieras, mi amor. Mientras estés conmigo, es lo único que importa."
La abrazó por detrás, sus manos en su cintura.
Ella se quedó rígida.
Sintió un vacío enorme al pensar en dejar el flamenco, su pasión.
Pero Santiago ya no era un lugar para ella.
Mientras guardaba la última caja, recibió un mensaje en su móvil.
Un número desconocido.
"Sofía Vargas, soy Isabella Rossi. Necesito hablar contigo. Es urgente."
Isabella Rossi.
El nombre le sonaba. La hija de una influyente familia ítalo-chilena, también del sector vitivinícola.
¿Qué querría de ella?
Una nueva complicación. Justo lo que no necesitaba.