Capítulo 3

Estaba atrapado en una neblina de analgésicos. Entraba y salía de la consciencia, un estado confuso donde los sueños se mezclaban con los susurros de la habitación del hospital.

Fue en uno de esos momentos de lucidez borrosa cuando la escuché.

La voz de Isabela, tensa y baja, distinta a la que usaba conmigo.

"Doctor, ¿está seguro de que el tratamiento conservador es la única opción?".

La voz del doctor sonaba profesional, pero con un matiz de complicidad.

"Señorita Castillo, dadas las múltiples fracturas, es el procedimiento estándar para minimizar riesgos. Una cirugía ahora sería muy agresiva".

Hubo una pausa. Podía imaginar a Isabela mirando por la ventana, asegurándose de que nadie escuchaba.

"No me ha entendido, doctor. No quiero minimizar riesgos. Quiero maximizar el daño".

Mi corazón se detuvo. El efecto de la morfina pareció desvanecerse en un instante.

"Quiero que su pierna no se recupere. Nunca. Quiero que quede cojo para siempre".

El aire se volvió denso, pesado. No podía moverme, no podía hablar. Solo escuchar.

"Un bailarín sin su pierna no es nada", continuó ella, su voz ahora un silbido helado. "Perderá su arrogancia, su orgullo. Dependerá de mí. Completamente".

El doctor carraspeó. "Señorita Castillo, eso es... una negligencia médica muy grave".

"Y usted recibirá una compensación muy generosa. Su clínica, sus investigaciones... Piense en ello. Nadie tiene por qué saberlo. Es una lesión complicada, los resultados pueden ser impredecibles".

Silencio. Un silencio que gritaba un acuerdo.

Pero el horror no había terminado.

"Hay algo más", dijo Isabela. "Durante la próxima intervención, la que sí haremos, necesito que le provoque una azoospermia. Un daño irreversible. Le diremos que fue consecuencia del traumatismo. Un golpe desafortunado".

No entendía. ¿Por qué? ¿Por qué tanta crueldad?

"Así", explicó ella, como si resolviera un simple problema de negocios, "podremos adoptar. Ya tengo a la niña perfecta. Nadie hará preguntas. Seremos la familia perfecta que mi padre siempre ha querido".

Una lágrima caliente rodó por mi sien y se perdió en la almohada.

No era un sueño.

Era una pesadilla. Y yo estaba despierto.

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El Último Baile del Engaño

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