Capítulo 3
"Ya no la amo," se dijo Mateo a su reflejo.
Su voz era un susurro ronco, pero firme.
El corazón seguía hecho pedazos, pero la rabia empezaba a secar las lágrimas.
Abrió el armario.
Sacó su bandoneón, su compañero de vida.
Sus partituras, arrugadas y llenas de anotaciones.
Todo lo demás, cada regalo, cada nota, cada recuerdo de Isabella, lo tiró al suelo.
Hizo una pila en el centro del pequeño salón.
Le prendió fuego.
Las llamas consumieron las mentiras, los falsos te amo, las esperanzas rotas.
El humo negro llenó la habitación.
Recordó el primer beso.
La primera vez que ella le dijo "te amo".
Sus manos temblaron al recordar la ilusión que sintió.
Cada palabra, cada caricia, había sido una actuación.
Una cruel burla.
La puerta se abrió.
Isabella entró, con una expresión de fingida preocupación.
"Mateo, cariño, ¿qué es este olor? ¿Estás bien?"
Vio la pila de cenizas humeantes.
Su rostro cambió sutilmente. Una chispa de sorpresa, rápidamente controlada.
"¿Qué significa esto, Mateo?"
Él la miró, sus ojos vacíos de cualquier emoción que ella pudiera reconocer.
"Estoy limpiando," dijo con frialdad.
Ella se acercó, intentó tomar su mano.
"Estaba tan preocupada por ti. El médico dijo que mi recuperación fue milagrosa."
Su actuación era impecable.
Pero él ya había visto detrás del telón.
"Me alegro por ti," respondió él, apartando la mano.
Isabella frunció el ceño ligeramente.
Notó su frialdad, la ausencia de la adoración habitual en sus ojos.
Algo no estaba bien.
"Mateo, ¿qué te pasa? Estás... diferente."
Él se encogió de hombros.
"Quizás el humo me afectó."
Ella forzó una sonrisa.
"Bueno, para celebrar mi milagrosa recuperación, y tu generosidad... he reservado una mesa en el mejor restaurante. Una cena de celebración, solo tú y yo."
Una cena.
Otra trampa, seguramente.
Pero él ya no era el mismo Mateo.
"Claro," aceptó él, con una calma que la desconcertó. "Me encantaría."