Capítulo 3
"¿Divorcio? ¿Estás bromeando, Sofía? ¡Ni siquiera estamos casados!".
La voz de Mateo era una mezcla de incredulidad y furia. La siguió por el pasillo mientras ella arrastraba la maleta hacia la puerta.
"Me refiero a la disolución de nuestra sociedad, a la separación de nuestros bienes, a borrarte de mi vida. Llámalo como quieras, el resultado es el mismo. Se acabó".
"¡No puedes hablar en serio!", insistió él, bloqueándole el paso. "¡Cometí un error, sí! ¡Pero la gente comete errores! ¡No puedes tirar todo por la borda por un error!".
Sofía lo miró con una frialdad que lo desconcertó.
"No fue solo un error, Mateo. Fue una elección. Y esta es la mía".
Trató de esquivarlo, pero él la agarró de los hombros.
"¡No te voy a dejar ir! ¡No así! ¡Tenemos que hablar! ¡Pensar en nuestro futuro, en nuestro bebé!".
"Ya no hay 'nuestro bebé'", dijo ella, su voz cortante. "Tú te quedas con el tuyo. Yo me desharé del mío. Es un intercambio justo, ¿no crees?".
La crueldad en sus palabras lo hizo retroceder como si lo hubiera abofeteado. Vio en sus ojos que no estaba bromeando, que cada palabra era una promesa.
Desesperado, Mateo hizo lo que siempre hacía cuando no podía controlarla: recurrió a una fuerza externa. Sacó su teléfono.
"No me dejas otra opción, Sofía. Ellos te harán entrar en razón".
Sofía supo exactamente a quién estaba llamando. Sus padres.
Media hora después, la puerta se abrió de par en par. Sus padres entraron con rostros sombríos. Su madre, una mujer que valoraba la apariencia y el estatus por encima de todo, ni siquiera la miró. Se dirigió directamente a Mateo.
"Mateo, hijo, ¿qué es esta locura que nos cuentas?".
"Mamá...", comenzó Sofía.
"¡Cállate!", espetó su padre. "Dejaste a Mateo en ridículo en su propia fiesta y ahora vienes con estas tonterías del divorcio. ¿Has perdido la cabeza?".
El corazón de Sofía se hundió. Ni una pregunta sobre cómo se sentía. Ni una palabra de consuelo.
"Él me engañó", dijo Sofía, su voz temblando por primera vez. "Su secretaria va a tener un hijo suyo".
Su madre suspiró con fastidio, como si Sofía estuviera siendo una niña difícil.
"Por el amor de Dios, Sofía. Los hombres son hombres. A veces cometen estupideces. Lo importante es que te ama a ti, quiere casarse contigo. ¿Vas a arruinar un futuro estable y próspero por un desliz? Mateo es un buen partido. ¿Cuántas mujeres desearían estar en tu lugar?".
"¡No me importa cuántas mujeres! ¡Me humilló! ¡Defendió a esa mujer delante de todos!".
"Tal vez si fueras una esposa más atenta, él no tendría que buscar consuelo en otra parte", dijo su padre, las palabras golpeándola con dureza.
Fue demasiado. La traición de Mateo era una herida abierta, pero la de sus padres era sal en esa herida.
"No puedo creer lo que estoy escuchando".
"Pues créelo", dijo su madre, acercándose a ella con una mirada dura. "Vas a disculparte con Mateo, vas a cancelar esa cita en la clínica y van a arreglar las cosas como la gente adulta. No voy a permitir que destruyas el futuro de esta familia por un capricho".
"No es un capricho. Es mi dignidad".
La palabra "dignidad" pareció enfurecer a su madre. Su mano se alzó y se estrelló contra la mejilla de Sofía. El sonido de la bofetada resonó en la habitación.
El dolor fue agudo, pero la conmoción fue mayor. Su propia madre la había golpeado. Por él.
En ese momento, Mateo intervino.
"¡Señora, por favor!", dijo, poniéndose entre ellas y tomando a Sofía suavemente por los hombros. "No haga eso. No es necesario llegar a esto".
La apartó de su madre, adoptando el papel de protector. Pero Sofía vio a través de la farsa. Vio la satisfacción en sus ojos. Él había orquestado esto. Él la había acorralado, usando a sus propios padres como armas.
"Míranos, Sofía", le susurró Mateo al oído, su aliento cálido contra su piel helada. "Incluso tus padres saben que estamos destinados a estar juntos. Por favor, mi amor. No hagas esto más difícil".
Sofía sintió una oleada de náuseas. El contacto de Mateo, que antes la reconfortaba, ahora le quemaba la piel. Lo empujó con todas sus fuerzas.
"No me toques".
Su voz fue un susurro venenoso.
"Nunca. Vuelvas. A tocarme".
Se giró para mirar a sus padres, sus ojos brillando con una determinación fría.
"Ustedes han hecho su elección. Han elegido a este hombre y su dinero por encima de su propia hija. Bien. Quédense con él".
Luego miró a Mateo, una mirada que prometía una guerra.
"Y tú", dijo, "prepárate. Porque esto no ha hecho más que empezar".
Agarró su maleta y, esta vez, nadie se atrevió a detenerla. Salió por la puerta, dejando atrás a las tres personas que se suponía que más la amaban en el mundo, ahora convertidos en sus enemigos.