Capítulo 3
Mi teléfono no paraba de sonar en la mesita de noche. Eran mensajes. Uno tras otro, una corriente incesante de notificaciones que iluminaban la penumbra de la habitación del hospital.
No necesitaba mirar para saber de quiénes eran.
Ricardo y Sofía.
Me mandaban fotos de ellos en restaurantes caros, en yates, en fiestas exclusivas. Fotos de Sofía luciendo mis joyas, conduciendo mi coche, durmiendo en mi lado de la cama. Cada imagen era una puñalada deliberada, un recordatorio constante de mi pérdida y de su victoria.
"Espero que te estés recuperando, querida. Ricardo te manda saludos, está un poco ocupado ahora mismo" , decía uno de los textos de Sofía.
"Ximena, deja de hacer drama. Mi abuelo dice que te dará una compensación generosa por el… 'incidente' . Tómala y deja de molestar" , decía uno de Ricardo.
Yo simplemente apagaba la pantalla. El dolor físico de mis heridas era abrumador, pero no se comparaba con el vacío que sentía por dentro. Estaba hueca, vacía de lágrimas y de rabia. Solo había una calma fría y una determinación inquebrantable.
Unos días después, el abuelo de Ricardo, Don Alejandro, vino a verme. Era un hombre imponente, el patriarca de la dinastía tequilera, acostumbrado a que el mundo se doblegara a su voluntad. Fue él quien orquestó nuestro matrimonio.
Se sentó en la silla junto a mi cama, su rostro severo suavizado por una expresión que pretendía ser de compasión.
"Hija, sé que estos han sido días difíciles" .
No respondí.
"Ricardo es un idiota" , continuó, suspirando. "Siempre lo ha sido. Pero es mi nieto, mi único heredero. La reputación de la familia es lo más importante" .
Me ofreció un sobre grueso.
"Aquí hay un cheque. Suficiente para que compres una casa nueva, para que no te falte nada por el resto de tu vida. Pero no puede haber un divorcio. No ahora. Sería un escándalo que no podemos permitirnos" .
Miré el sobre y luego lo miré a él. Por primera vez, no sentí el miedo ni el respeto que solía inspirarme.
"No quiero su dinero, Don Alejandro" .
"No seas terca, Ximena. Piensa en tu futuro. ¿Qué harás sola y sin nada?"
"Eso no es asunto suyo" , respondí, mi voz monótona. "Quiero el divorcio" .
Don Alejandro frunció el ceño. La máscara de amabilidad se desvaneció, revelando al hombre de negocios despiadado que era.
"No me estás entendiendo. No te estoy preguntando. Te estoy diciendo cómo van a ser las cosas. Seguirás siendo la esposa de Ricardo de nombre. Puedes vivir donde quieras, hacer lo que quieras, pero el matrimonio no se disuelve" .
En ese momento supe que las palabras no servirían de nada. Había una sola cosa que podía romper el control que esa familia tenía sobre mí.
Saqué mi teléfono del cajón. Ignoré los cientos de mensajes nuevos y busqué un archivo de audio que había grabado hacía meses, en una de las tantas noches que Ricardo llegó a casa borracho y presumiendo de sus conquistas.
Pulsé el play.
La habitación se llenó con la voz de Ricardo, arrastrando las palabras, y la risa aguda y burlona de Sofía.
"…y entonces Ximena me preguntó dónde estaba, ¡imagínatela! Pobre ilusa, creyendo que de verdad me importa" , decía la voz de Ricardo, seguida de una carcajada.
"Es tan patética" , respondía la voz de Sofía. "¿De verdad cree que alguien como tú podría querer a una artesana muerta de hambre? Eres mío, Ricardo. Siempre lo has sido" .
Luego, el audio se llenó de sonidos íntimos, inconfundibles. Gemidos, el sonido de besos húmedos, palabras sucias que detallaban actos que me revolvían el estómago.
Don Alejandro se puso pálido. Su rostro pasó del rojo de la ira al blanco de la conmoción. Intentó arrebatarme el teléfono, pero lo aparté.
"Tengo más" , dije con frialdad. "Videos. Fotos. Testimonios de otras… amigas. Si no me da el divorcio, mañana mismo todo esto estará en los blogs de chismes, en los periódicos. ¿Se imagina el titular? 'El heredero de Tequila Herradura, un pervertido infiel. Su amante, la causa de la muerte de su hijo no nato' . La reputación de la familia, Don Alejandro. Piense en eso" .
El viejo patriarca me miró. En sus ojos ya no había arrogancia, solo una derrota amarga. Las venas de su frente se marcaron, su pecho subía y bajaba con agitación.
Sabía que había ganado.
Soltó un largo y tembloroso suspiro.
"Está bien. Tendrás tu divorcio" .
Se levantó, pareciendo haber envejecido diez años en diez minutos.
"Pero olvídate de cualquier compensación. No verás ni un centavo más de esta familia" .
"Perfecto" , respondí.
Cuando se fue, me quedé mirando el techo blanco del hospital. No sentía alegría, ni alivio. Solo un cansancio profundo.
Llamé a la funeraria.
"Quiero organizar la cremación de mi abuela, la señora Elena Rojas" , dije, mi voz sin emoción. "Y también… también los restos de mi hijo nonato. Quiero que sus cenizas estén juntas" .
Colgué el teléfono. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía respirar. El aire aún dolía al entrar en mis pulmones, pero era mío. Era el primer aliento de mi nueva vida.