Capítulo 3
Cuando Lina regresó esa noche, yo ya había borrado cualquier rastro de mi dolor.
Entró sonriendo, dejando su maletín de diseñador en el suelo. "¿Hueles eso? Te traje tu paella favorita".
Abrió el recipiente. El olor a marisco llenó el aire, un olor que sabía que me provocaba una reacción alérgica grave. Flynn, supe por sus publicaciones en redes sociales, era un amante del marisco.
"Gracias, Lina, pero no tengo hambre", dije con calma, sin apartar la vista del libro que estaba leyendo.
Ella frunció el ceño, no acostumbrada a mi falta de entusiasmo. "¿Qué te pasa? Ni siquiera me has saludado con un beso".
Se acercó para besarme, pero me aparté sutilmente. "Estoy cansado. Ha sido un día largo en la bodega".
Su rostro se endureció. La confusión dio paso a la irritación. "¿Cansado? ¿De qué puedes estar cansado? Pasas tus días haciendo trabajos de baja categoría mientras yo construyo un imperio. Deberías estar agradecido de que te mantengo".
"Tienes razón", dije, cerrando el libro. "Quizás he sido un ingrato".
Mi sumisión pareció apaciguarla momentáneamente. Pero la frialdad en mis ojos, una novedad para ella, la inquietó. Pasó los siguientes días observándome, tratando de descifrar mi cambio de actitud.
Yo era distante, educado pero frío. Ya no le preparaba el café por la mañana. Ya no le masajeaba los pies después de un largo día. Ya no le enrollaba sus cigarros.
La dinámica de poder en nuestra relación, que ella siempre había controlado, se había invertido. Y no le gustaba.
"¡Máximo, no entiendo qué te pasa!", explotó una tarde. "¡Actúas como si fueras otra persona! ¿Has olvidado tu lugar? ¿Has olvidado quién paga las facturas de este lujoso apartamento?".
"No, Lina, no lo he olvidado", respondí, mirándola directamente a los ojos. "Y es por eso que me voy".
Su rostro palideció. "¿Qué? ¿Irte a dónde? No tienes a dónde ir".
"Vuelvo a casa. A La Rioja".
Empecé a empacar mis pocas pertenencias en una maleta vieja. Ropa sencilla, algunos libros, nada que delatara mi verdadera vida.
El pánico se apoderó de ella. Su ira se transformó en una súplica desesperada. "¡No, Máximo, no puedes irte! ¡Te necesito! ¡Lo siento, he estado estresada con el trabajo! ¡No quise decir lo que dije!".
"No importa, Lina", dije, sin detenerme.
Al día siguiente, cuando la maleta estaba junto a la puerta, intentó una táctica diferente. Me llamó, su voz débil y temblorosa.
"Máximo... no me siento bien. Creo que tengo fiebre. ¿Puedes... puedes venir a cuidarme?".
Era la misma táctica que había usado años atrás para que me quedara en Madrid en lugar de ir al funeral de mi abuelo. Pero esta vez, yo sabía la verdad.
Abrí Instagram. Navegué hasta el perfil de Flynn. Tenía una nueva historia, visible solo para un selecto grupo de "amigos cercanos", del que yo, irónicamente, formaba parte.
La foto mostraba un termómetro marcando una temperatura normal, junto a una taza de té y un plato de sopa. El pie de foto decía: "Cuidando a mi jefa. Noche de mimos". Una foto posterior, de esa misma mañana, los mostraba a ambos sonriendo a la cámara, con los restos del desayuno en la mesa.
Mi corazón, ya hecho añicos, no sintió nada. Solo un frío vacío.
Cogí mi maleta. "Lo siento, Lina", dije al teléfono. "Estoy seguro de que Flynn puede cuidarte. Parece que ya lo está haciendo".
Colgué antes de que pudiera responder y bloqueé su número. Salí del apartamento sin mirar atrás, dejando atrás la vida que había construido sobre una mentira, y me dirigí hacia la verdad que me esperaba en casa.