Capítulo 3
El funeral fue una tortura de murmullos y miradas de compasión.
Toda la comunidad estaba ahí, los amigos de mi papá, sus compañeros de trabajo, los vecinos.
Todos se acercaban a mi mamá y a mí, nos daban el pésame, decían lo mucho que lo sentían.
Pero yo podía escuchar los susurros cuando pensaban que no los oíamos.
"Pobre Ricardo, un accidente tan tonto".
"Dicen que su hijo, el que no habla, dijo que iba a pasar".
"No seas chismosa, son cosas de niños".
"Pero es lo que se cuenta, que el niño tuvo una premonición".
La presión de esas palabras se sentía en el aire, densa y pegajosa, como el calor antes de una tormenta.
Leo estuvo todo el tiempo sentado en una silla, apartado de todos, sin mirar a nadie, de nuevo encerrado en su caparazón de silencio.
Unas semanas después, llegó el informe oficial de la policía.
Causa de la muerte: traumatismo craneoencefálico severo.
Clasificación del suceso: muerte accidental por caída.
Caso cerrado.
Para el mundo, la historia tenía un final lógico y trágico, un hombre sonámbulo que sufre un accidente fatal.
Pero para mí, esa explicación no llenaba el vacío, no calmaba la inquietud que sentía cada vez que miraba a mi hermano.
Una noche, no pude más.
La rabia y el dolor que había estado guardando explotaron.
Entré a su cuarto sin tocar.
Él estaba sentado en su escritorio, dibujando en una libreta.
"Leo, mírame", le ordené.
Él levantó la vista, sus ojos grandes y oscuros no mostraban ninguna emoción.
"Quiero que me digas la verdad", mi voz temblaba de ira. "¿Qué pasó ese día? ¿Por qué le dijiste a papá que no fuera a trabajar? ¡Tú sabías que algo iba a pasar!".
Él solo me miraba, en silencio.
"¡Habla, maldita sea!", grité, golpeando su escritorio con la mano. "¡Dejaste de hablar por diez años solo para decir esa frase y luego mi papá se muere! ¿No te das cuenta? ¡Tú lo mataste!".
Las lágrimas corrían por mis mejillas, calientes y amargas.
Me sentía desesperada, rota.
Necesitaba una respuesta, una explicación, cualquier cosa.
Leo bajó la mirada hacia su libreta, tomó un lápiz y escribió lentamente con su caligrafía infantil.
Luego, giró la libreta hacia mí.
Solo había tres palabras escritas en la página:
Él no quería ir.
Mi corazón se detuvo.
¿Qué significaba eso? ¿Que mi papá no quería ir al trabajo o que no quería... vivir?
Era una respuesta que solo abría más preguntas, una evasión cruel y deliberada.
"¿Eso es todo?", dije con la voz rota. "¿Después de todo lo que pasó, eso es todo lo que me vas a decir?".
Me sentí vacía, derrotada.
La rabia se convirtió en un dolor sordo y profundo.
"Te odio", susurré, aunque no estaba segura de si era verdad. "Ojalá nunca hubieras hablado".
Él no reaccionó, no escribió nada más.
Simplemente se quedó ahí, mirándome.
Me di la vuelta para irme, sintiendo el peso de su silencio como una carga física.
Cuando llegué a la puerta, me giré para mirarlo por última vez.
Y entonces lo vi.
Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
No era una sonrisa de alegría ni de burla, era algo más, algo que no pude descifrar.
Era una sonrisa extraña, casi espeluznante.
Esa imagen se grabó en mi mente, la sonrisa de mi hermano silencioso en medio de la tragedia de nuestra familia.
Y sentí un miedo puro y profundo, un miedo que me decía que lo peor aún no había llegado.
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