Capítulo 3
Al día siguiente, Ricardo insistió en llevarla al hospital para una "revisión completa".
"Es por tu bien, mi amor. Quiero que los mejores médicos de México se aseguren de que estás perfectamente," dijo, mientras le acariciaba el pelo.
Sofía sabía que era otra mentira. Era un espectáculo.
Y no se equivocó.
Apenas bajaron del coche en la entrada del hospital privado más exclusivo de la ciudad, una horda de reporteros y fotógrafos los rodeó como una manada de lobos. Los flashes de las cámaras explotaban en su cara, cegándola, mientras los micrófonos se le clavaban casi en la boca.
"¡Señorita Velasco! ¿Es verdad que se entregó voluntariamente a sus secuestradores?"
"¡Sofía! ¡Hay rumores de que tuvo una relación con el líder de la banda! ¿Puede confirmarlo?"
"¿Por qué su familia no ha dado ninguna declaración? ¿La están repudiando?"
Cada pregunta era una puñalada. Eran las mismas mentiras que Ricardo había ordenado difundir. Estaba siendo juzgada y condenada en público, frente a todo el país.
Buscó la mirada de Ricardo, esperando una defensa, una protección.
Él la rodeó con un brazo, gritando a los reporteros. "¡Déjenla en paz! ¿No ven que es una víctima? ¡Un poco de respeto!"
Pero su agarre era flojo, su defensa, un teatro. Los guardaespaldas que los rodeaban, incluido Jorge, parecían torpes e ineficaces. Uno de ellos tropezó y cayó, creando un hueco en la barrera humana por el que se colaron más periodistas.
La empujaron, la pisotearon. El pánico se apoderó de ella. Se sentía pequeña, vulnerable, expuesta. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, lágrimas de humillación y de un dolor tan profundo que la ahogaba.
La confianza que alguna vez tuvo en Ricardo, el último vestigio de amor, se hizo añicos en ese instante. Él la había traído aquí para esto. Para quebrarla frente al mundo, para que todos la vieran como una mujer sucia y deshonrada.
Finalmente, lograron entrar al hospital. En la seguridad del vestíbulo, Ricardo se giró hacia Jorge, que se estaba levantando del suelo, y su rostro se transformó por la furia.
"¡Eres un inútil!" le gritó, y le dio una patada en el estómago que hizo que Jorge se doblara de dolor. "¡Te pago una fortuna para que la protejas, no para que te caigas como un idiota! ¡Lárgate de mi vista!"
Sofía observó la escena con un frío desapego. Era otra actuación. Ricardo castigando al subordinado para mantener su imagen de hombre protector y dominante. Sintió un asco profundo, una repulsión que le recorrió todo el cuerpo.
La revisión médica fue una tortura silenciosa.
El doctor, un hombre mayor de gestos amables, la examinó con cuidado. Sus palabras, pronunciadas con una profesionalidad distante, fueron las más crueles que Sofía había escuchado en su vida.
"Señorita Velasco," comenzó, mirando unos papeles en su escritorio. "Sufrió contusiones múltiples, pero no hay fracturas. Sin embargo..."
Hizo una pausa. Sofía contuvo la respiración.
"Su útero ha sufrido un traumatismo severo debido a los golpes. Hay un desgarro importante. Requerirá cirugía para repararlo... y es muy probable que tenga dificultades para concebir en el futuro."
La habitación comenzó a dar vueltas. Dificultades para concebir.
Y luego, la estocada final.
"Y... lamento mucho informarle," continuó el médico, con un tono más suave, "que usted estaba embarazada. De unas ocho semanas. El... el producto no sobrevivió al ataque."
Aunque ya lo sabía, escucharlo de boca de un médico, con esa terminología fría y clínica, le arrancó un sollozo ahogado.
"El producto".
Así llamaban a su bebé. Al hijo que Ricardo había asesinado sin piedad.
Ricardo, que había estado esperando fuera, entró en ese momento. "¿Qué pasa? ¿Cuáles son los resultados?"
El médico le explicó la situación. Sofía observó el rostro de Ricardo. Vio una fugaz expresión de sorpresa, seguida de una máscara de compasión perfectamente ensayada.
Se acercó a ella y la abrazó. "Oh, mi amor. Lo siento tanto. No tenía idea. Pero no te preocupes, lo superaremos juntos. Te cuidaré."
Sofía se quedó rígida en sus brazos. Su abrazo se sentía como el de una serpiente.
Más tarde, mientras esperaba a que le prepararan una habitación, caminó por el pasillo para ir al baño. La puerta del consultorio del médico estaba entreabierta. Escuchó la voz de Ricardo, hablando por teléfono en voz baja.
"Sí, Elena... estoy en el hospital... No, no es nada grave... Sí, lo del bebé es cierto, pero no importa. Escúchame, necesito que le digas a tu contacto en esa revista que siga publicando las historias. Hay que mantener la presión. Que todo el mundo crea que ella es una cualquiera. No podemos parar ahora."
El frío que sintió Sofía fue más intenso que cualquier invierno. No solo no le importaba su hijo muerto, sino que seguía activamente destruyéndola.
En ese pasillo de hospital, estéril y silencioso, algo dentro de ella murió para siempre. El amor, la esperanza, la chica ingenua que creía en los cuentos de hadas.
Pero algo más nació de esas cenizas.
Una determinación de hielo.
Regresó a la sala de espera, se sentó y sacó su teléfono. Con los dedos temblando de rabia, entró a la aplicación de la aerolínea.
Compró un boleto. Solo de ida. A un lugar muy, muy lejano.
Este no es un final, Ricardo, pensó, mientras miraba su reflejo demacrado en la pantalla oscura del teléfono. Es el principio. Me quitaste todo, mi reputación, mi cuerpo, mi hijo. Ahora, yo voy a quitarte lo tuyo.
Ya no era una víctima encerrada en una jaula de amor falso.
Era una mujer a punto de romper sus propias cadenas.
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