Capítulo 3

A la mañana siguiente, el caos se desató en "Corazón de Fuego".

El teléfono de Isabela no paraba de sonar. Entró en la cocina como un huracán, con el móvil pegado a la oreja.

"¿¡Cómo que no hay suministro!? ¡Tenemos un contrato exclusivo con el Grupo Sol!".

Escuchaba la conversación desde mi puesto, fileteando un lenguado con precisión quirúrgica. Mi pulso no se alteró.

"¡No me importa! ¡Habla con quien tengas que hablar! ¡Soy Isabela!".

Colgó con furia, su cara pálida. Sus ojos me buscaron, llenos de incredulidad y rabia.

"¿Sabes algo de esto?".

Dejé el cuchillo sobre la tabla. Me limpié las manos en el delantal.

"Sé que rompiste una promesa", dije con calma. "Una promesa sagrada para nosotros".

Su boca se abrió y se cerró. La conexión era evidente en su mente.

"No... No puedes haber sido tú. Tú no tienes ese poder".

"¿No?".

Una llamada entró en su móvil. Era Ricardo Vega, el dueño de "La Bellota Dorada". Lo puso en altavoz, temblando.

"Isabela, querida. Solo llamaba para darte las gracias. No sé qué habrás hecho para enfadar al Grupo Sol, pero su jamón es exquisito. Mis clientes están encantados. Por cierto, ¿nos vemos en Madrid Fusión? He oído que este año hay ponencias fascinantes".

La llamada terminó. El silencio en la cocina era denso. El personal nos miraba de reojo, fingiendo trabajar.

Isabela se acercó a mí, su voz un susurro tembloroso.

"¿Cómo?".

"Te subestimas a ti misma, Isabela. Y me subestimas a mí. Pensabas que el vino no era nada. Esto tampoco es nada. Solo una pequeña pérdida económica, un golpe al prestigio. Un aviso".

El miedo reemplazó a la rabia en sus ojos. Vio un abismo abrirse bajo sus pies, un abismo que no sabía que existía.

"Javier, lo siento. No volverá a pasar. Te lo prometo".

Sus palabras sonaban huecas. La confianza, una vez rota, es casi imposible de reparar.

"Eso espero, Isabela. Por el bien de ambos".

Volví a mi pescado. El cuchillo se deslizó por la carne blanca, limpio y preciso.

Ella se quedó allí un momento, observándome como si fuera un extraño.

Quizás, por primera vez en mucho tiempo, lo era.

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El Precio de la Lealtad

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