Capítulo 3
Mientras Máximo estaba en cirugía, yo esperaba en la fría sala de espera. No sé por qué me quedé. Quizás una parte de mí todavía necesitaba ver el final de esta farsa.
Valeria se sentó a mi lado. Sus ojos estaban rojos, pero su voz era suave, casi melosa.
"Eres muy buena, Sofía. Por quedarte".
No respondí.
"Él siempre ha sido así", continuó, como si compartiera un secreto entre amigas. "Tan entregado. ¿Sabes? Hace dos años, para mi cumpleaños, voló en secreto a París solo para comprarme un collar que me gustaba. Un diseño exclusivo".
Mi corazón se detuvo. Recordé ese mismo collar. Máximo me lo dio un mes después.
"Es un sobrante de un regalo de negocios", me dijo. "No sabía qué hacer con él".
Lo había guardado como un tesoro, el primer regalo "personal" que me había hecho. Ahora sabía la verdad. Era la basura de otra mujer.
"Y esa Navidad en Nueva York...", suspiró Valeria, perdida en sus recuerdos. "Publiqué algo triste en mis redes sociales. Él tomó el primer vuelo y pasó toda la noche bajo la nieve, frente a mi apartamento, solo para asegurarse de que yo estuviera bien".
Esa misma noche de Navidad. La recuerdo perfectamente. Máximo había sido inusualmente apasionado conmigo. Pensé que era un punto de inflexión. Pensé que finalmente me estaba viendo a mí. Qué tonta. Su cuerpo estaba conmigo, pero su corazón estaba al otro lado del continente, congelándose por ella.
"Me escribía correos electrónicos todos los días", confesó Valeria con una sonrisa triste. "Llenos de anhelo. Nunca los contesté. Pobre Máximo, tan enamorado".
Las noches que él pasaba "trabajando hasta tarde" en su estudio. Las luces encendidas hasta el amanecer. Yo le preparaba café, le llevaba mantas, pensando que estaba construyendo su imperio. Pero no. Estaba construyendo un santuario de palabras para ella. Mi mundo, la pequeña y frágil casa de naipes que había construido con esperanza, se derrumbó por completo.
"Él te usó", dijo Valeria, su voz ahora con un filo de triunfo. "Te usó para calmar a su familia, para conseguir lo que quería. Pero su corazón... su corazón siempre fue mío".
Me levanté. No podía respirar.
"Tengo que irme", dije, mi voz forzada.
Salí corriendo del hospital. Huí. No de ella, sino de la verdad devastadora de mis últimos tres años.
Los días siguientes fueron un borrón. Me encerré en la bodega, trabajando hasta el agotamiento. Empaqué mis cosas en cajas, lentamente, metódicamente. Cada objeto que guardaba era un recuerdo que desechaba.
Vi en las redes sociales de Valeria fotos de Máximo cuidándola. Le llevaba sopa, le leía libros. Las mismas cosas que yo había hecho por él tantas veces.
Recordé todas las mañanas que me levanté antes del amanecer para prepararle el mate perfecto. Todas las noches que esperé con la cena caliente. Todo el amor que derramé en un pozo sin fondo. Sentí una amargura profunda, pero también una extraña calma. La decisión estaba tomada. Ya no había vuelta atrás.