Capítulo 3
Los recuerdos de mi vida pasada me golpearon con la fuerza de un huracán. Recordé cada detalle de la amabilidad fingida de Valentina, cada palabra dulce que escondía veneno. Recordé cómo la había ayudado con sus tareas de la escuela, cómo le prestaba mi ropa, cómo la invitaba a comer con mi familia porque decía que se sentía sola. Y recordé cómo ella observaba a mi hermano Mateo, con una mezcla de admiración y una envidia tan oscura que yo, en mi estupidez, no había sabido ver.
Ella elogiaba su talento frente a todos, pero a solas conmigo, hacía comentarios sutiles, pequeñas críticas disfrazadas de preocupación. "Mateo es increíble, pero ¿no crees que se esfuerza demasiado? Podría lastimarse", decía. O "Es tan guapo y talentoso, todas las chicas deben estar detrás de él. Eso puede ser peligroso". Eran pequeñas semillas de duda que yo nunca dejé que germinaran, pero ahora entendía que eran parte de su plan.
Ahora, de pie frente a mí, repetía su actuación. Sus ojos se llenaron de lágrimas falsas, su labio inferior temblaba.
"De verdad, Sofía, no tengo a nadie más. Mis padres no me contestan el teléfono. Solo serán un par de noches, hasta que encuentre otro lugar. Te lo juro."
Su voz era un lamento calculado, diseñado para activar mi instinto de protección. En mi vida anterior, había caído en la trampa sin dudarlo. La abracé y le dije que no se preocupara, que mi casa era su casa. Qué idiota fui.
Esta vez, el único sentimiento que suplicaba salir de mi interior era una rabia fría y cortante. Quería gritarle, exponerla ahí mismo, decirle que sabía exactamente quién era y lo que planeaba hacer. Pero no podía. Si lo hacía, me tomaría por loca. Necesitaba ser más lista que ella.
Respiré hondo, conteniendo el torrente de emociones. La miré directamente a los ojos, con una frialdad que la sorprendió.
"No, Valentina."
La palabra salió de mi boca, simple y definitiva.
Valentina parpadeó, confundida. La sonrisa temblorosa de su cara se desvaneció.
"¿Qué? Pero... Sofía, por favor. No tengo a dónde ir. ¿Quieres que duerma en la calle?"
Su voz ahora tenía un matiz de incredulidad y reproche. Estaba acostumbrada a que yo cediera a todos sus caprichos.
"Lo siento, pero no puedo," repetí, mi voz firme. "Mi casa no está disponible."
Por un momento, el odio puro brilló en sus ojos, una chispa fugaz que confirmó todas mis sospechas. Pero lo ocultó rápidamente, volviendo a su papel de víctima.
"No puedo creerlo," dijo, negando con la cabeza. "Pensé que eras mi amiga. Después de todo lo que hemos pasado juntas..."
"Exactamente," la interrumpí. "Después de todo, creo que es mejor así."
Me di la vuelta y empecé a caminar, dejándola sola en el pasillo de la escuela. Cada paso que daba se sentía como una victoria. Había cambiado el primer movimiento del juego. Había roto el ciclo.
Mientras me alejaba, recordé todas las veces que había sacrificado mi propio tiempo y energía por ella. Las noches que pasé consolándola por sus falsos problemas, el dinero que le presté y que nunca me devolvió, la forma en que la defendí frente a otros que veían su verdadera naturaleza. Mi bondad no había sido una virtud, había sido una debilidad. Una debilidad que le costó la vida a toda mi familia.
Por un instante, sentí una oleada de alivio. Me sentí ligera, como si me hubiera quitado un peso enorme de encima. Quizás era así de simple. Quizás con solo decir "no", había salvado a todos.
Pero una voz en mi interior me advirtió que no subestimara a Valentina. Una serpiente acorralada no se rinde, solo busca otra forma de morder. La batalla apenas comenzaba.