Capítulo 3

El hospital olía a antiséptico y a la hipocresía de Camila.

Estaba sentada en una cama, con el brazo vendado, mientras Alejandro la atendía con una devoción que me revolvía el estómago.

"Isa, sé que no lo hiciste a propósito," dijo Camila con una voz débil y lastimera. "Pero me duele mucho. Discúlpate y lo olvidaremos todo."

Alejandro se giró hacia mí, su rostro era una máscara de impaciencia.

"¿Has oído? Discúlpate."

Me negué a moverme.

"Yo no hice nada."

La decepción en el rostro de Alejandro fue instantánea. Camila suspiró, como si mi terquedad la agotara.

"Está bien, Alejandro. No la presiones. Quizás todavía está resentida conmigo por el pasado."

Su manipulación era tan obvia, pero él no la veía.

"Isabela, te he dicho que te disculpes," insistió Alejandro, su voz bajando a un tono peligroso. "¿O es que la educación que te di no sirvió de nada?"

La injusticia era un nudo en mi garganta. Pero vi la determinación en sus ojos. No iba a escucharme. Nunca lo hacía.

"Lo siento," dije, las palabras sabiendo a ceniza en mi boca.

Vi un destello de algo en los ojos de Alejandro. ¿Era alivio? ¿O una punzada de culpa? Desapareció tan rápido que no pude estar segura.

"Necesito tomar aire," dije, buscando una excusa para huir de esa habitación sofocante.

Me di cuenta de que la gente solo ve lo que quiere ver. Y Alejandro quería ver a Camila como una víctima y a mí como la agresora.

Cuando salí al pasillo, él me siguió.

"Camila necesita descansar. Te quedarás aquí esta noche y la cuidarás," me ordenó, como si yo fuera una de sus empleadas.

Asentí en silencio.

"Y una cosa más," añadió, su voz dura. "Pronto seré su esposo. Espero que dejes de lado cualquier… idea tonta que puedas tener. Olvida el pasado."

"Ya lo he olvidado," intenté decir. "De hecho, yo también me voy a casar…"

"No me interesan tus excusas," me interrumpió, dándose la vuelta y volviendo a la habitación.

No pude evitarlo. La pregunta salió de mis labios antes de que pudiera detenerla.

"¿Por qué ella, Alejandro? ¿Por qué la prefieres a ella?"

Se detuvo en la puerta, pero no se giró.

"Porque ella no es una niña caprichosa que dibuja fantasías prohibidas," dijo, y cada palabra fue un golpe. "Ella es una mujer. Y no es mi responsabilidad."

Entró y cerró la puerta, dejándome sola en el pasillo.

Esa noche fue un infierno. Camila me hizo levantarme cada diez minutos por un vaso de agua, para acomodarle la almohada, para buscarle una revista. Tareas triviales, diseñadas para humillarme.

A la mañana siguiente, con ojeras y el alma por los suelos, Camila me sonrió dulcemente.

"Esta noche hay una pequeña fiesta en la hacienda para celebrar nuestro compromiso. Tienes que venir, Isabela."

"Estoy cansada. Prefiero…"

"Vendrás," dijo la voz de Alejandro desde la puerta. No era una pregunta. Era una orden.

Me sentí atrapada. Forzada a presenciar la celebración de mi propio reemplazo.

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El Hombre Cruel que me enamoro

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