Capítulo 3
El teléfono volvió a sonar. Era Sofía otra vez. Esta vez contesté de inmediato, mi voz fría como el hielo.
"¿Qué quieres, Sofía?"
"Mi amor, ¿qué te pasa? ¿Por qué me colgaste?", su actuación era impecable, su tono lleno de una ternura que ahora me revolvía el estómago. "Rogelio y mamá están preocupados por ti. No has vuelto a casa."
"Tenía cosas que hacer", respondí, seco.
"Bueno, vuelve pronto. Te extraño. Necesito sentirte cerca", susurró con una sensualidad calculada.
Casi me río. La imagen de ella con Rogelio en mi cama estaba grabada a fuego en mi mente. Sentí una oleada de asco, pero la contuve. Mi mente, la mente de "El Halcón", ya estaba trabajando, trazando un plan.
Cuando llegué a la mansión, ellos estaban en la sala de estar, como una perfecta familia preocupada. Dolores se levantó y me abrazó, sus manos frías sobre mis brazos.
"Ricardo, hijo, nos tenías con el alma en un hilo. ¿Estás bien? Nos enteramos de lo del negocio. No te preocupes, saldremos de esto juntos. Somos una familia."
Rogelio asintió, su rostro una máscara de falsa compasión.
"Sí, hermano. Lo que necesites. Estamos contigo."
Sofía se acercó y me tomó la mano. Sus ojos buscaron los míos, intentando encontrar al hombre enamorado que había destruido.
"Lo superaremos, mi vida. Juntos."
Los miré a los tres, a los tres traidores, y por primera vez los vi con total claridad. Eran víboras, sanguijuelas. Asentí lentamente, jugando mi papel.
"Gracias. Significa mucho para mí."
Al día siguiente, con la excusa de necesitar liquidez inmediata para "intentar salvar algo del desastre", preparé unos documentos. Eran acuerdos de cesión de poderes. Le pedí a Sofía que los firmara.
"Mi amor, con todo este estrés, no tengo cabeza para el papeleo. Eres mi esposa, confío en ti más que en nadie. Firma aquí, por favor. Es para liberar unas cuentas menores."
Ella ni siquiera leyó el contenido. Tomó la pluma con una sonrisa condescendiente, como si estuviera ayudando al tonto de su marido. Firmó en la línea de puntos. Con esa firma, sin saberlo, acababa de renunciar a cualquier derecho sobre mis empresas y propiedades personales. Había cortado el lazo que la unía a mi fortuna. Era un movimiento pequeño, pero era el primero. La primera piedra de mi venganza.
Apenas Sofía salió de la habitación, tomé mi teléfono. Marqué el número de un viejo contacto de mi padre, un abogado de la vieja escuela, famoso por su discreción.
"Necesito localizar a alguien", dije, mi voz firme. "Sus iniciales son C.O."
Mientras esperaba, mi mente volvió al pasado. Recordé cómo Sofía me había "cuidado" cuando tuve una fuerte gripe hacía un año. Me traía sopa a la cama, me leía, no se apartaba de mi lado. "Haría cualquier cosa por ti, Ricardo", me decía. Ahora entendía. No era amor. Estaba vigilando al ganso de los huevos de oro, asegurándose de que su inversión no muriera antes de tiempo. Cada caricia, cada beso, cada palabra de amor había sido una mentira calculada. El dolor de ese recuerdo fue agudo, pero lo transformé en combustible.
Unas horas después, recibí un correo electrónico del investigador que había contratado. El asunto era: "C.O. y otros asuntos". Lo abrí. Dentro había una carpeta. La primera foto era de una mujer de aspecto fiero y elegante, con una tarjeta de presentación que decía: "Camila Ortiz, Abogada". La Leona. Debajo, otra carpeta titulada "Vargas-Mendoza". El corazón me latía con fuerza. La abrí. Había docenas de fotos. Sofía y Rogelio besándose en restaurantes. Sofía y Rogelio saliendo de hoteles. Fotos que se remontaban a antes de que yo la conociera. Y la peor de todas: una foto de Dolores, sonriendo, mientras Sofía y Rogelio se abrazaban en el jardín de nuestra casa, cuando yo estaba de viaje de negocios. La madrastra lo sabía. Lo había planeado todo. Eran un equipo. La red de traición era más profunda y oscura de lo que jamás imaginé.