Capítulo 2

Hacienda “El patrón”

Emiliano dio indicaciones a su personal de seguridad, le hizo una seña a Ryan para que lo siguiera, caminaron por el sendero de piedra lisa que lo llevaría hasta la puerta principal de la hacienda, su corazón se agitó cuando los recuerdos lo golpearon, dos hombres custodiaban la entrada.

—Buenos días, —dijo de manera educada pero estos dos hombres con armas, no abrieron la puerta.

— ¿Quién es usted? —preguntó uno de ellos a Emiliano.

—Soy Emiliano Rodríguez, ¿Algún problema? ¿Por qué no estás abriendo esa puerta?

—Lo siento, pero tenemos órdenes de no dejar pasar a nadie.

—Soy el hijo de Don Emiliano. —Al ver que no los convenció, gruñó entre dientes mientras metió su mano en el bolsillo, sacó su celular y marcó a su madre. —He llegado y no me dejan entrar. —Escuchó a su madre decirle algo—Espero. —luego colgó, momentos después, el celular sonó a uno de ellos, contestó y se tensó mientras escuchó a la persona del otro lado de la línea.

—Sí, señora. —luego colgó, le lanzó una mirada a su compañero y afirmó, regresó la llamada a Emiliano. —Lo siento, señor Rodríguez, nuestras condolencias, puede pasar lo están esperando en la sala principal del ala este. —Emiliano no dijo nada, solo siguió caminando por un largo pasillo de tantos que lo llevaría a un jardín de rosas blancas que su padre mantenía para su madre en gesto de detalle romántico.   

—Muy bonitas rosas—Ryan susurró sin dejar de verlas, miró de reojo a su jefe y siguieron avanzando. Al llegar al marco de la entrada a la sala principal, su madre se dio cuenta de su llegada, estaba sentada en una silla viendo hacia el jardín. Se levantó y abrió sus brazos a su hijo en señal bienvenida.

—Madre, —caminó y aceptó el abrazo, doña María era baja y robusta, tenía el cabello castaño entremezclado con las canas de los años, olía a vainilla, el olor que siempre recordaba Emiliano a su madre. Fue un abrazo que duró minutos, ella lloró contra su pecho humedeciéndola por las lágrimas quedando solo en sollozos, me contó a como pudo que el médico declaró que había fallecido en la madrugada, de un ataque al corazón mientras dormía.

—Qué bueno que alcanzaste a llegar antes de velarlo, ya que mi deseo es que hagas guardia en féretro junto con tus hermanos. —entonces Emiliano se preguntó para sí mismo, ¿Dónde estaban esos dos hijos de…? —Después será el entierro en nuestro panteón privado dentro de la hacienda. —se separó doña María para verlo, sonrió débilmente, tomó con su dos manos el rostro de su hijo menor. —Eres tan idéntico a él de joven, —sus ojos se volvieron a cristalizar por las lágrimas, él llevó sus manos a las muñecas de su madre y depositó un pequeño beso, luego dejó una en su frente.

—Ya llegó el hijo consentido y mimado, el Emilio “baby fiu-fiu”…—se escuchó una voz masculina y burlona a espalda de Emiliano, miró a su madre y rodó los ojos, su madre le lanzó una mirada a su hijo mayor.

—No empieces, Sebas. No es momento para tus odiosos comentarios. Tu padre los amaba a los tres por igual y yo también.  

—Si como no, mandó a este a la “Yuneites” a estudiar una carrera cara, —Sebastian le dio un recorrido a Emiliano de pies a cabeza—Míralo nada más, parece ya a uno de allá. Se agringó.

—No es culpa de Emiliano que tuvieras caca en el cerebro como para seguir estudiando, ¿Recuerdas todo el dinero que tiró tu padre en ti y en Leo para que estudiaran cómo debía? No, no lo recuerdas, solo recuerdas lo que te conviene. —replicó furiosa doña María hacia su otro hijo, quién mordió distraído el palillo de dientes.

—Como siempre, “jefita” siempre defendiendo a este huerco.

—No hables como si no estuviese presente. —La voz cargada de frialdad de Emiliano, provocó tensión en su hermano, era la primera vez en muchos años que lo escuchó así. —Y deja de molestar con algo que solo ustedes dos imaginaban, —presionó Emiliano su dedo índice contra la sien, luego lo retiró sin dejar de mirar a su hermano bajo el marco de la entrada a la sala.  

— ¿Qué ya llegó el nene de la casa? —otra voz se unió a la reunión familiar, Leonardo se quedó a lado de Sebastian, puso sus manos en la cintura y miró a Emiliano. —Vaya, vaya, lo que hace no tener “caca” en la cabeza. —Leonardo había alcanzado a escuchar a su madre cuando se dirigió hacia a ellos.

—Bueno, bueno, ¿Esta es la bienvenida que le darán a su hermano menor? Tiene muchos años sin pisar esta hacienda, sin verlos, ¿Qué diría su padre al verlos tratarlo así? —Emiliano se puso a lado de su madre y dejó un beso en la coronilla para luego mirar a sus dos hermanos.

—No es necesario una bienvenida, madre. Nunca he esperado nada de ellos menos en este día.

— ¡Nombre! ¡Qué refinado el tipo! ¡Qué educación! —Fue sarcástico Leonardo— ¿No quieres recordar viejos tiempos? —doña María se interpuso entre ellos.

— ¡NADA QUE RECORDAR VIEJOS TIEMPOS, CABRONES! Me cambian de actitud, ¡Su padre ha muerto! ¡Tengan más respeto!—la voz de doña María se quebró. —Si a ustedes les vale madre, pues a mí no. Es mi casa aún y saben que los puedo correr. ¡Es una vergüenza como tratan a Emiliano! —el rostro de la mujer estaba enrojecido de la ira. —Y se me desaparecen de mi vista, ya tengo bastante con lo que está pasando para que se porten tan infantiles a esta edad cuando ya están peludos. —Sebastian tenía cuarenta y tres años (veintiocho cuando Emilio se marchó y Leonardo veinticinco), ambos mujeriegos, sin hijos, el mayor con problemas de juego, y Leonardo a sus cuarenta tenía un pequeño bar en la entrada al pueblo, de perdida estaba haciendo algo con su vida a comparación de su hermano mayor.

—Vale, vale, jefita. —ambos se retiraron lanzándole miradas de odio a Emiliano.

—Al parecer siguen siendo los mismos de hace quince años atrás…—murmuró entre dientes Emiliano.

—Lo sé, nunca los pudimos encarrilar, tu padre que en paz descanse, -se persignó- y que Dios lo tenga en su santa gloria, hizo muchos corajes, si no sacaba a Sebas de los casinos en la ciudad hasta atrás de alcohol, estaba viendo que Leo no lo volvieran a encerrar, despilfarraron mucho dinero los últimos años…—doña María se estaba sentando en uno de los sillones y le señaló un lugar a su hijo para que tomara asiento, entonces vio una sombra que se movió, Emiliano miró a su madre y siguió la mirada, él se dio cuenta que Ryan estaba de pie a un lado, custodiando la entrada. — ¿Quién es este? —preguntó.

—Es mi asistente personal. Se llama Ryan y no lo notarás su presencia…—contestó Emiliano.

Capítulo 3

Hacienda "El patrón"

Doña María llevó a su hijo al despacho para estar más cómodos y aparte de que no estuvieran escuchando su conversación, se dio cuenta que el empleado de su hijo era demasiado discreto, miró hacia Ryan que desde su lugar solo vio la punta de un zapato negro. — ¡Oye tú! —Miró a su hijo— ¿Cómo dijiste que se llamaba? ¿Rayan? —Emiliano casi se le escapó una sonrisa, pero se mantuvo serio.

—Ryan. —dijo Emiliano, y Ryan apareció.

— ¿Si, señor? —dijo este bastante tenso.

—Te presento a mi madre, ella es María Guadalupe Ansa de Rodríguez. —Ryan saludó educadamente a doña María.

—Mis condolencias, señora de Rodríguez. —doña María le agradeció.

—Deja llamo a esta muchacha. —Hizo una pausa para gritar— ¡Lichaaaa! —una joven mujer entró un momento después, tenía el cabello castaño recogido en una trenza que estaba a punto de desbaratarse, llevaba un uniforme tipo jumper azul marino de manga corta y le llegaba un centímetro arriba de sus rodillas, en la cintura tenía un mandil blanco con bolsas, pareció agitada al llegar. — ¿Por qué andas toda así como si hubieses corrido un maratón? Por eso te dije que anduvieras cerca en esta parte de la hacienda porque te iba a necesitar.

—Lo siento, señora. —Hizo una pausa— ¿Necesita algo? —preguntó educadamente, doña María asintió.

—Lleva a “Rayan” el asistente de mi hijo, —entonces Alice miró a la persona a lado de su jefa, era un hombre muy distinto a sus otros dos jefes, “¿De dónde ha salido este?” se preguntó, entonces recordó lo que don Emilio le dijo una vez “Tengo tres hijos, dos están aquí y otro en el otro lado, algún día vendrá y lo conocerás” —Llévalo a la cocina, dale algo de comer, a nosotros tráenos café, —doña María miró a Emiliano—¿Sigues tomando café? —él asintió. —Y crema descremada, por favor.

—Sí, señora. —Alicia despareció con el empleado de su también “jefe”. Emiliano miró a su madre.

— ¿Desde cuándo contratas servicio tan joven? —preguntó curioso.

—Oh, es una historia complicada. Resulta que tu padre conoció a su madre hace años en el mercado, ellas tenían un puesto humilde de frutas y licuados. —Emilio arqueó una ceja. —No, pienses mal, tu padre le tomó cariño, era muy amable, sabes que tu padre se quedó con ganas de tener una niña… —dijo doña María nostálgica. —La madre murió en un accidente por culpa de tu hermano Leonardo, no la vio cruzar, cuando ella corría de alguien, —Emiliano se tensó, —Y cuando llegaron al hospital, ya había fallecido. Tu padre sabía de Licha, así le dicen, después la invitó a trabajar y vivir aquí en la hacienda y se cercioró de que no le faltara nada por el resto de su vida. 

— ¿Y qué pasó con Leo? —preguntó Emiliano.

—Ese hijo de su…—suspiró con pesar—Tu padre tuvo que arreglar mucho papeleo, obtener el perdón y estuvo cinco años en arresto domiciliado.

— ¿Y eso es todo? Atropelló y mató a una mujer.

—Por lo que se investigó, realmente fue un accidente, hijo. —Emiliano estaba furioso, se merecía Leonardo un castigo real, no solo quedarse en las comodidades de la hacienda como si nada. Le había arrebatado su madre a la joven. Eso con nada se regresa, pero esperando de su familia, los negocios turbios y el querer mantener el apellido por lo alto harían cualquier cosa por seguir siendo gente importante, “No debería de extrañarte, Emiliano” pensó, iba a decir algo más cuando entraron los dos hermanos.

—Ha venido el amigo de apa. El abogaducho. Ha dejado dicho que la lectura del testamento es en una semana, el próximo lunes a las nueve de la mañana. —Emiliano se tensó, no podría estar una semana aquí, bajo el mismo techo que sus dos hermanos.

—No me interesa nada de la herencia—le informó Emiliano a su madre, ella arrugó su ceño.

—Tendrás tu parte, así como tus dos hermanos. —contestó doña María, pero Emiliano negó.

—Estoy bien así. —replicó Emiliano.

—Igual si te deja algo nuestro padre, tendrás que hacerte una prueba de ADN antes de siquiera tomarlo.  —Emiliano miró a su madre, quién palideció con solo escuchar la petición de ambos hermanos.

—Esto tiene que ser una maldita broma. —él gruñó entre dientes mirando hacia sus dos hermanos.

—Tienes que hacerte la prueba Emiliano, solo para confirmar que por tus venas corre la sangre de los Rodríguez. —replicó Sebastian.

—Entonces si yo me la hago, se la hacen ustedes dos, como dicen: “Todos coludos, o todos rabones”

—Ah no, tu llegaste a lo último y no sabemos si…—Emiliano se levantó de un movimiento amenazador, que hasta su madre pudo alcanzar su muñeca para detenerlo.

—No te atrevas a faltarle el respeto a nuestra madre. —Leonardo alzó las manos en el aire en señal de rendirse. Emiliano apenas podía controlar la ira y el enojo que se arremolinó con intensidad en su interior.

—Tranquilo, hijo. —dijo su madre, ella miró a sus dos hijos. —Si tanto les preocupa si llevan la sangre, deberían también preocuparse ustedes dos. Si salen con que no llevan la sangre de los Rodríguez, serán desterrados sin un maldito centavo de esta familia. —Sebastian y Leonardo se tensaron por la amenaza de su madre.

—Era broma, madre. —dijo de inmediato Leonardo. —Ya sabes cómo le gusta hacer fastidiar a Emiliano.

—Pues no me gustan este tipo de “bromitas” —replicó doña María bastante furiosa.

—Ya, ya, una broma de mal gusto. —murmuró Sebastian.

—Iré a ver a Ryan. —anunció Emiliano viendo a su madre, —¿Qué habitación tomaré?

—La tuya, al otro lado de la hacienda, también hay un par de habitaciones libres para que instales a tu personal que ha llegado contigo. 

—Gracias, madre. —agradeció, luego miró hacia sus dos hermanos, pero no dijo nada, solo esquivó a los dos, lo que menos quería era tener que seguir intercambiando palabras con ellos. 

Emiliano salió del despacho de su padre azotando la puerta con fuerza, cuando giró para avanzar por el pasillo, chocó con una mujer, la bandeja de plata cayó en el suelo haciéndose añicos las tazas, la tetera y derramando el café.

— ¿Qué no se fija por...?—ella detuvo sus palabras cuando vio quien era, todos vestidos de negro -por el luto-, los seguía confundiendo a los patrones con el equipo de seguridad. —Lo siento, lo siento, —se dejó caer de inmediato de rodillas para empezar a rejuntar torpemente.

—Deja ahí, te vas a cortar con la cerámica. —Emiliano sonó irritado sentándose sobre sus talones para ayudarle.

—Yo puedo con esto, señor Rodríguez. —pero Alicia se distrajo al sentir la cercanía de él, el aroma que desprendió era abrumante, el calor de su cuerpo lo pudo sentir de manera breve cuando un pinchazo sintió y gimió de dolor llevándose el dedo índice a su boca para chupar la sangre.

— ¡Te estoy diciendo que te vas a cortar! ¿Qué nadie escucha en esta casa?—ella se quedó congelada en su lugar, sus ojos se abrieron de par en par sorprendida por cómo se había exaltado con preocupación por algo insignificante si solo era una chica más del servicio...

...O el juego de cerámica era caro, pensó ella.

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El deseo del millonario

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