Capítulo 3
El recuerdo de esa primera fotografía es tan vívido que duele.
En mi vida anterior, después de que Elena y Ricardo me convencieron, me acerqué a mis padres con la cámara en la mano.
"¡Mamá, papá, sonrían!" grité, lleno de la alegría tonta de mis veinticinco años.
Ellos se abrazaron y sonrieron para mí. Mi madre, con su cabello castaño brillando bajo el sol de la tarde, y mi padre, con sus ojos llenos de orgullo. Hice clic. La cámara zumbó y escupió una pequeña tarjeta blanca. La agité en el aire, esperando a que la imagen apareciera, como en las películas.
La foto era perfecta. Un momento de pura felicidad congelado en el tiempo.
La puse en un marco en mi mesita de noche esa misma noche.
Dos días después, el mundo se vino abajo.
Recibí la llamada en el trabajo. Era un número desconocido. Un policía. Su voz era monótona, sin emoción.
"¿Hablo con la señorita Sofía Martínez?"
"Sí, soy yo."
"Lamento informarle que su madre, la señora Laura Martínez, ha sufrido un accidente de tráfico. Necesitamos que venga al Hospital General."
El viaje al hospital fue una mancha borrosa. Cuando llegué, un médico con cara de cansancio me llevó a una pequeña habitación. Me dijo que mi madre había muerto en el impacto. No sintió dolor, dijo. Un consuelo vacío que no consolaba nada.
El funeral fue una pesadilla. Ver el ataúd de mi madre bajar a la tierra. Sentir el brazo de mi padre temblando sobre mis hombros.
Una semana después, estaba en la cocina preparándole un té a mi padre cuando escuché un ruido sordo desde la sala. Corrí y lo encontré en el suelo, con la mitad de la cara caída y los ojos llenos de pánico.
El diagnóstico fue un derrame cerebral isquémico. Le salvó la vida, pero el daño era severo y permanente. El lado derecho de su cuerpo quedó paralizado. Perdió la capacidad de hablar. Pasó de ser el hombre fuerte y vibrante que me había enseñado a andar en bicicleta a ser un hombre atrapado en su propio cuerpo, dependiente de mí para todo.
El castillo de naipes de nuestra vida se derrumbó.
La empresa familiar, Construcciones Martínez, dependía por completo de mi padre. Sin él para dirigir los proyectos y negociar con los clientes, todo se estancó. Los acreedores empezaron a llamar. Los empleados, a los que considerábamos familia, tuvieron que ser despedidos. En seis meses, nos declaramos en bancarrota. Tuvimos que vender la casa, la casa en la que crecí, para pagar las deudas y los crecientes gastos médicos de mi padre.
Nos mudamos a un pequeño departamento alquilado.
El estrés me estaba consumiendo. Apenas dormía, apenas comía. Las ojeras se convirtieron en parte permanente de mi rostro. Perdí peso tan rápido que mi ropa me quedaba grande. Mi cabello, que antes era brillante, se volvió opaco y quebradizo. Me veía en el espejo y no reconocía a la mujer demacrada que me devolvía la mirada. Parecía diez años mayor.
Fue entonces cuando Ricardo me llamó.
Estaba en el hospital, esperando los resultados de unas pruebas de mi padre. Mi teléfono sonó. Era él. Por un momento, sentí un destello de esperanza. Quizás llamaba para ver cómo estábamos, para ofrecer ayuda.
Qué ingenua fui.
"¿Hola?" respondí, mi voz era un susurro ronco.
"Sofía," dijo, su tono era frío, sin una pizca de la calidez que solía tener. "Necesito que entiendas que esto se acabó."
Me quedé en silencio, confundida. "¿De qué hablas, Ricardo?"
"De nosotros. No puedo más. Desde que tu mamá murió, todo ha sido un desastre tras otro. Es como si trajeras una nube negra contigo. Tienes mala suerte, Sofía. Eres salada."
La palabra "salada" me golpeó. Era una acusación cruel, supersticiosa.
"Ricardo, mi madre murió. Mi padre está paralizado. ¿Y tú me llamas para decirme que tengo mala suerte?"
"Exacto. No es normal lo que te está pasando. Y no quiero que esa mala suerte se me pegue. Ya he tenido suficientes problemas últimamente. Lo nuestro se termina aquí. Por favor, no me vuelvas a buscar."
Y colgó.
Miré el teléfono en mi mano, escuchando el silencio. Sentí como si la última viga que sostenía mi mundo se hubiera roto. Estaba completamente sola.
El recuerdo de su voz, de su crueldad, todavía quema. Pero ahora, en esta nueva vida, ese dolor no me paraliza.
Me alimenta.