Capítulo 3

Mi padre adoptivo me rebautizó con el nombre de Takanashi Hirotaro, ahora formaba parte de los samurais, tenía un apellido(1), podía pasearme por las calles de la ciudad portando mi katana y mi wakizashi(2), orgulloso de ambas. Con el correr del tiempo, dejé de lado la posibilidad de usar el chonmage(3) y preferí usar mi cabello corto para mayor comodidad.

Souta también fue adoptado por uno de los samurais que había quedado sin herederos; Yamaguchi-sama lo acogió y lo rebautizó bajo el nombre de Yamaguchi Masamune. Masamune, por su parte le suplicó a su padre que adoptase también al pequeño Yuki, y cuando este cumplió los quince años recibió el nombre de Yamaguchi Yoshiie.

Los tres nos dedicábamos a las tareas de los cuarteles, sólo que ahora ya no dormíamos en el ático: Cada uno tenía su habitación propia, cómodamente amueblada, en las mansiones de nuestros padres. Apenas despuntaba el alba nos entregábamos a nuestras labores y enseñanzas; intentábamos ser amables con aquellos niños que habían corrido nuestra misma suerte y tratábamos de no darles mucho trabajo, aunque no muchos merecían ese trato.

Llegó, pues, el día en el que mi padre me obligó a convertirme en hombre, tenía dieciocho años. Masamune, que ya había pasado por eso, me acompañó hasta el distrito del placer; durante el trayecto no mencionamos una palabra, pero mi corazón galopaba desenfrenado conforme cada paso que daba.

En la puerta del burdel, Masamune me palmeó el hombro y me deseo lo mejor, dejó que entre sólo. En el interior ya me estaban esperando, una señora mayor se inclinó y me guio hacia una habitación en uno de los pisos superiores sin articular sonido. En aquella habitación me esperaba una jovencita quizás un par de años más joven que yo, la cual sumisa y muda, me despejó de mis armas, mi ropa y se llevó, sin pena ni gloria, mi inocencia.

Al salir, Masamune me esperaba de brazos cruzados, apoyado contra la pared de un muro; al verme repitió el mismo gesto que me hizo antes de que entrara y ambos regresamos hacia nuestros hogares en absoluto silencio.

Nuevamente tuvimos que enfrentarnos a poderosos enemigos; esta vez mi puesto ya no era en el estandarte de la división, sino en el frente de batalla, sobre mi caballo, con Yoshiie y Masamune a mi lado. Fue así como recibí mi decimonoveno cumpleaños.

¬—Mira cómo se preparan para morir —dijo Yoshiie. Poco quedaba del antiguo Yuki, aquel joven de quince inviernos, alto, fornido, de mirada penetrante y atemorizadora había desplazado al pequeño niño tímido y miedoso que alguna vez había llegado al cuartel. Miraba airoso al enemigo desde la montura de su caballo pelirrojo, su lanza brillaba con destellos rojos a la luz del Sol del atardecer, clamando sangre; Yoshiie la acarició como quien acaricia la cabeza de un niño impaciente y excitado.

—Te apuesto una botella del mejor sake a que mato más enemigos que tú, hermanito —se burló Masamune, preparando su carcaj.

—Que sean dos —accedió su hermano, aumentando la apuesta.

Mi padre se acercó al galope hasta donde nos encontrábamos nosotros tres, se lo veía nervioso; a pesar de haber librado innumerables batallas se comportaba como si fuese la primera vez que batallaba. Nos dio las indicaciones de último minuto y regresó al lado de Yamaguchi-sama.

—¿Por qué tu padre se encontraba tan nervioso, Hirotaro? —preguntó Yoshiie.

—Desconozco el motivo —respondí, mirando hacia su dirección; mi padre hablaba con Yamaguchi-sama, el movimiento de sus manos demostraban que estaba nervioso por algo en especial, y se movía inquieto en la silla de montar mientras se retorcía las manos—. Aguarden aquí, que nadie se mueva hasta que dé la orden.

Taloneé a mi caballo y galopando me acerqué hasta donde estaba mi padre. Al verme llegar, Yamaguchi-sama interrumpió su charla; me miró preocupado.

—Padre, ¿qué sucede? —pregunté—. Lo noto inquieto y preocupado.

—Hemos recibido una información que aún no ha sido confirmada —dijo mi padre, acariciando el mango de su katana—: Recibimos la noticia de que el enemigo ha conseguido armas de fuego del exterior.

—¿Armas de fuego, padre? —pregunté mirándolo incrédulo—. No puede ser posible, los únicos que poseemos tales armas somos nosotros y no nos deshonraríamos utilizándolas para el combate.

—Hijo, veo shinigamis por todos lados —susurró mi padre. Empalidecí, pues que mi padre vea shinigamis era un muy mal augurio, los ángeles de la muerte se arremolinaban sobre él, como aves de rapiña, esperando su caída—. Temo que esta sea mi última batalla.

—Padre, por favor, no diga eso —supliqué con la cara seria y en voz baja.

—Prométeme de que llevarás a las hordas del Emperador hacia la victoria —suplicó tomando mi mano, sus manos estaban frías como el hielo y temblorosas—, no permitas que el enemigo se haga con el poder de estas tierras, guía a tus hermanos y honra mi nombre.

—Padre, yo...

—Sé humilde, ante todo y ante todos. —continuó hablando mientras lloraba tranquilamente—, no caigas en vicios, ama a tu mujer, respétala, enséñales el bien a tus hijos y se honesto, contigo mismo y con los demás.

Luego hizo algo que nunca se había hecho: Descendió de su caballo, me reverenció y besó mí frente estando yo montado en mi caballo.

Ante la mirada incrédula de todos los soldados, lentamente volvió a montar. En señal de respeto y humildad me incliné ante él y volví al galope con mis compañeros.

—¿Qué sucedía? —preguntó Yoshiie.

—Información de última hora —gruñí, les expliqué rápidamente la nueva adquisición del enemigo.

—Deberíamos dar voz de aviso —sugirió Masamune, mirándome—. Yo me encargaré del flanco izquierdo, tú del derecho.

Ambos salimos cabalgando, revisando a nuestra tropa con la mirada, cuando estuve seguro de que alcanzaría a hacerme oír por todos, hablé. Mi voz sonaba como un tambor de guerra.

—¡Soldados! —rugí—. ¿Están listos para dar la vida por su Emperador?

Mis tropas gritaron al unísono, afirmando su entrega por el supremo jefe.

—¡He sido informado que nuestro enemigo ha decidido caer aún más bajo utilizando armas de fuego! —continué—. ¡No deben permitirles recargar!, ¡avancen sobre ellos y llévenlos directo al infierno!, ¿entendieron?

Los soldados gritaron nuevamente de la misma forma.

—¡No les den el privilegio del seppuku!, ¡ellos ya han escogido morir deshonrosamente!, ¡acaben con ellos! —vociferé levantando mi katana y rugiendo junto con ellos.

Volví al galope hacia mi puesto, Masamune volvía también.

—Se acercan —susurró Yoshiie—: Puedo oler su hedor.

-—¡PREPÁRENSE! —gritamos Masamune y yo.

A nuestras espaldas gritaron miles de hombres, sedientos de sangre listos para dar la vida, parecían una jauría de perros rabiosos, deseando aquel grupo de corderos que venían a por nosotros. Mi corazón latía desenfrenado, la adrenalina empezó a correr por mis venas, mis manos se aferraron con fuerza al mango de mi katana, que latía también.

Tuvimos el primer contacto del enemigo, su número era casi parecido al nuestro, considerando que poseían armas de fuego era un enemigo importante, rogaba a los dioses que no hayan tenido mucho tiempo para practicar con aquel nuevo juguete. Cuando el enemigo terminó con su formación pudimos apreciar los colores de sus estandartes y el brillo de sus armaduras con aquel Sol, rojo como la sangre.

¬—Hoy la tierra se teñirá de escarlata —dijo Masamune.

—Pero no con nuestra sangre —dije yo—, sino con la de ellos.

El enemigo gritó y se desplegó rápidamente, yo aguardé hasta tenerlos al flanco de tiro de los arqueros. Dicha división estaba a cargo de Masamune, el cual dio la orden de atacar. Una lluvia de flechas se desplegó sobre ellos, como demonios que caen sobre su víctima indefensa. Cayeron unos cuantos de ellos; pero el enfrentamiento aún no acababa.

—¡Soldados! —grité, desenfundando mi espada. Mis hombres gritaron al unísono. Cuando vi que se encontraban donde yo quería que estén, di la orden de atacar—. ¡Ataquen!

Mi caballo se irguió sobre sus cuartos traseros, y con una jauría de perros salvajes me lancé al ataque.

El plan era el siguiente: Cuando yo me encontrara cerca de la línea que habíamos preparado con mis compañeros, Masamune daría la orden de disparar a los arqueros con flechas incendiarias y así el círculo de aceite entraría en combustión para que no puedan escapar de nuestro encuentro y no puedan utilizar los fusiles.

Cuando Masamune me encontró en las proximidades de aquel corral de muerte que habíamos preparado, dio la orden. Los arqueros dispararon y el corral de muerte entró en combustión; cuando se armó el círculo, nuestras tropas parecían enviadas desde el mismo infierno, el enemigo gritó asustado, intentando huir, pero yo ya los tenía al filo de mi espada. Empecé a cortar cabezas, miembros y a perforar pechos casi desenfrenadamente; cuando me encontraba en el campo de batalla perdía la noción de quien era, me volvía un demonio, un ser sediento de sangre.

Escuché el primer disparo, comencé a reír a las carcajadas, aquellos fusiles no les serviría, no con mis hombres que habían sido preparados bajo un riguroso entrenamiento. No con mis hermanos, Yoshiie y Masamune, dos locos en el arte de la guerra... No conmigo que había sido enviado desde el mismo infierno para acabar con ellos.

Yoshiie apareció a mi lado, blandiendo elegantemente su lanza, su cara parecía una máscara noh(4), inexpresiva excepto por una macabra sonrisa, manchada de sangre, barro y sudor que dibujaban enigmáticos dibujos. Sus ojos estaban fijos en sus víctimas, tenía la pupilas dilatadas, los manos aferradas a su lanza; su lengua recorrió sus labios, saboreando la sangre de sus enemigos que había saltado a su rostro. Realmente era un demonio enviado para acabar con los que se interponían en su camino.

La batalla fue una carnicería, las armas de fuego que nuestro enemigo poseía no sirvieron de nada. Con un último giro de mi katana separé la cabeza del cuerpo de un soldado enemigo y la batalla acabo. Mis hombres y yo festejamos aquella victoria, esa noche seguramente sería un desenfreno total: sake, sushi de la mejor calidad, buena compañía para mis hombres y el permiso de dormir hasta tarde. Sin embargo, todo eso acabo cuando Masamune me llamó a gritos, desesperado.

¬—¿Qué sucede? —pregunté, mirando hacia su dirección.

—Hirieron a tu padre —respondió.

Deje caer mi katana ante la sorpresa, fui corriendo a su encuentro, esperaba que su herida no sea de gravedad. Mi padre estaba tirado en el suelo, cerca había unos cuantos enemigos y compañeros caídos, se aferraba el pecho con una mano, al parecer había recibido el único disparo que se había efectuado durante la batalla.

Mi padre levantó la vista, mi sombra se desplegaba sobre él, mi casco con cuernos formaba una tétrica imagen junto con el Sol que se encontraba a mi espalda.

—Un shinigam… —susurró.

Me quité el casco y lo miré.

—No, padre, soy yo… —dije arrodillándome a su lado y tomando su mano.

—Hijo... parece que mi hora a llegado —susurró—. Lo único que me molesta... es morir de esta forma... tan deshonrosa.

—Padre... no.

Mi padre tomó su katana y la puso en mi mano. Me miró con su único ojo, su vista estaba llena de lágrimas, me suplicaba con ella.

—Haz lo que tienes que hacer — ordenó.

Lo ayude a sentarse correctamente, le quite la armadura, abrí su kimono y coloqué sus mangas debajo de sus rodillas; le pedí a mis hombres que traigan agua, sake y un pedazo de tela que no haya sido manchado con sangre(5). Mi padre limpió sus manos mientras la sangre brotaba de su pecho lampiño y su vientre salía por encima de la cintura de su armadura. Tomé su katana por el mango, la desenfuné y uno de mis hombres empapó el filo con el sake. Mi padre tomó su wakizashi y apoyó su punta en la boca de su estómago, del lado izquierdo. Me paré detrás de él, y alrededor nuestro, los soldados se arrodillaron; me preparé, levanté su katana, listo para dar el golpe final.

—Tras esta vida, la muerte; ¿habrá otra después de ésta? —recitó mi padre antes de hundir la daga en su estómago; se trataba de un haiku que había escrito hacia un par de semanas, y luego clavó la daga en su cuerpo, abriendo su vientre de izquierda a derecha en forma horizontal. Continuó abriendo su estómago hasta el esternón, como debía ser realizado el seppuku, me hizo la señal para que procediera: asintió con la cabeza. Exclamé un único grito y corté la cabeza de mi padre, el cuerpo sin vida cayo delante, haciendo una última reverencia a la vida y recibiendo la muerte con humildad. En silencio, mis hombres y yo le dedicamos una reverencia, me arrodillé a su lado, dejé su katana, lo reverencié nuevamente para levantarme con cuidado.

—Preparen su cuerpo para el funeral —ordené, yendo hacia el campamento.

Me encerré en mi tienda de campaña, de un tirón empecé a quitarme la armadura, las espadas y me senté en el suelo a llorar. Si bien Nobunaga-sama no era mi padre biológico había llegado a sustituir a mi verdadero progenitor gracias a la dedicación y al amor con el cual me había tratado durante los años que había permanecido a su lado. Sentía la necesidad de llorar su muerte, le iba a estar eternamente agradecido; gracias a él me había convertido en samurai, tenía un apellido, una herencia... Era alguien en este mundo.

—¿Hirotaro? —dijo una voz detrás de mí, se trataba de Yoshiie. Sin dejar de darle la espalda me puse de pie mientras me secaba las lágrimas.

—Dime —respondí, mi voz salió gruesa y oscura.

—Es acerca del funeral de tu padre —respondió, su voz sonaba distante para mis oídos.

—¿Qué sucede? —quise saber.

— ¿Deseas que sea incinerado o enterrado? —preguntó.

Me quedé en silencio, meditando. El cuerpo de mi padre no podía ser enterrado entre sus enemigos, sería una ofensa a su memoria.

—Crémenlo —decidí, mirando a Yoshiie por sobre mi hombro—. Preparen la pira, avisa a los hombres que tendrán tres días para descansar, el viaje de regreso será un poco más largo que el de ida, nos desviaremos un poco.

—¿Hacia dónde? —preguntó Yoshiie.

—Quiero depositar los restos de mi padre en el pie del Monte Fuji —respondí.

El cuerpo de mi padre descansaba sobre la pira, la Luna se cernía sobre nosotros, alumbrando aquel ritual, su último ritual. Mis hombres y hermanos estaban detrás, en absoluto silencio, vistiendo yukatas negras.

Su cuerpo vestía la mortaja blanca de los difuntos, humedecí sus labios con un poco del mejor sake del batallón, lo necesitaría en el largo viaje hacia el otro mundo, y puse en la palma de su mano seis monedas de oro para que cruce el río que lo llevaría al otro mundo.

Había un profundo silencio en el ambiente, sólo se escuchaba el soplar del viento, las banderas de las diferentes divisiones flameando suavemente, el crepitar de las hogueras... el resto era completo silencio.

Masamune se acercó con una antorcha, puso una mano en mi hombro y lo apretó con fuerza. Yo miré la pira funeraria, suspiré y lentamente acerqué la antorcha a la pila de madera. Esta encendió lentamente y luego, al tocar el aceite, avivó su intensidad. En pocos segundos, su cuerpo se vio envuelto en llamas, incliné la cabeza y oré por el descanso de su alma; unas lágrimas solitarias brotaron de mis ojos, y cayeron a mis pies. En silencio hice una reverencia y dejé al cuerpo de mi padre solo, mientras este iniciaba su viaje hacia la eternidad.

Mi tropa se emborracho como nunca en esos tres días que permanecimos en la aldea, nunca supe si fue porque yo se los permití o porque estaban desolados por la pérdida de mi padre. En cuanto a mí... no importaba cuanto lo intentaba, ni la compañía más lujuriosa, ni el mejor sake de todo Japón podía llenar ese vació en mi pecho; me refugié en mi flauta y en mi espada, me refugié en el arte de la guerra, cada movimiento de mi espada, cada grito era una forma de llenar momentáneamente ese hueco en mi corazón. Sin embargo, sabía que a los pies del monte que había elegido, el alma de mi padre encontraría la paz que tanto necesitaba.

Por las noches me atormentaban pesadillas de todo tipo, me levantaba de mi futon y caminaba por toda la casa a oscuras. Había heredado una fortuna considerable para ser un joven de samurai de veinte años, mi hogar quedaba a pocos minutos a caballo del Palacio imperial, era una pequeña mansión aunque demasiado grande para mí solo. Sin embargo, la compañía de mi perra, Gin, era más que suficiente para mí; al volver de mis labores en el palacio me dedicaba una sonrisa y me acompañaba en mi solitaria ceremonia del té.

Yoshiie me sorprendió un día en que estaba orando frente al santuario de mi padre; en el butsudan(6) se encontraba la tablilla mortuoria de color negro con los nombres de mi difunto padre grabados en letras doradas. Frente al butsudan estaba la katana que había pertenecido a él, descansando en su suporte.

—Mi señor Hirotaro —dijo una de mis sirvientes—, el señor Yoshiie está aquí.

Primero terminé de orar, hice una reverencia y me puse de pie.

—Gracias, prepara sake y comida para nuestro invitado —pedí, mi sirvienta nos reverenció a ambos y se retiró de la habitación en silencio.

—¿Qué sucede hermano? —pregunté, Yoshiie había crecido considerablemente durante los últimos años a mi lado.

—Tengo buenas noticias —anunció, su sonrisa se ensanchó—: Voy a casarme.

Aquella buena nueva me dejó sin habla, no imaginaba al pequeño Yoshiie casado, apenas tenía diecisiete años, pero estaba infinitamente feliz por él.

—Tú eres mayor que yo —me recordó—. ¿Por qué aún no estas casado?

—Ríete si quieres, no me interesa el matrimonio —respondí, Yoshiie lanzó una carcajada—. Mi destino es la guerra, no entiendo como estas manos que quitaron tantas vidas podrían tratar amablemente a una mujer.

Mi sirvienta llegó con el sake y con algo de arroz y pescado para mi invitado y para mí, hizo una reverencia y se retiró.

—Bueno, pues, la noticia que tengo para ti te vendrá muy bien —dijo sorbiendo un poco de sake.

—¿Cuál es? —pregunté.

—El Emperador está impresionado con tus últimas victorias y ha decidido ascenderte a un puesto muy importante —respondió mirándome por encima de su taza—: Serás el jefe de la guardia de la princesa Sakura.

Esa noticia me sorprendido.

—¿Ha olvidado ya mi incidente con su pequeña flor de cerezo cuando éramos niños? —pregunté, tomando un poco de pescado.

—Al parecer, ni lo recuerda —rio Yoshiie de manera burlona—. Deberás presentarte mañana ante el emperador, a mediodía, en la sala del trono.

—Allí estaré —respondí.

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NOTAS DE AYUDA AL LECTOR

1Solo las clases de élite podían tener un apellido, el resto de las castas carecían del mismo, cosa que se modificó en el período Meiji.

2Sable más pequeño, parecido a una daga.

3Moño alto característico de los samuráis.

4Máscara de teatro japonés, algunas son realmente atemorizantes.

5En el ritual del sepuku, morir con las manos manchadas de sangre es un deshonor, es por eso que Nobunaga-sama lava sus manos y las envuelve con un pedazo de tela limpia.

6Santuario armario de madera con puertas que encierran y protegen a un icono religioso, típicamente una estatua o un rollo de pergamino mándala. Algunas sectas budistas ponen placas conmemorativas "ihai" para sus parientes difuntos dentro o junto al Butsudan, significa "Casa de Buda".

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El Cerezo y la Katana

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