Capítulo 2
Haley Whitaker tenía doce años de casado, sin hijos; su esposa sufrió seis abortos espontáneos a lo largo de ese tiempo y cuando al fin llevó a término un embarazo, el bebé sobrevivió seis meses. Después de eso, su mujer ya no deseaba intentarlo más, no sólo la carcomía el fracaso de no procrear, sino la pérdida de quien fue su ser más amado y no podía exculpar a Haley por la muerte de su hijito, aunque lo quisiera tanto.
A raíz del fallecimiento de su bebé, la ansiedad de Haley desembocó en crisis de nervios y pánico que no lograba controlar a menos que estuviera casi borracho, dejó de auxiliar durante las ejecuciones de los reos por mandato de su capitán porque sus crisis lo sobrepasaban. Después comenzó a sufrir alucinaciones, casi todas sobre una espantosa mancha negra de material volátil que se aferraba a los pies de los condenados esperando su ejecución, al principio creía que sólo era una sombra que se formaba a contraluz, pero luego vio que la pequeña mancha, de quizá veinte centímetros, se les trepaba con diminutas y delgadas patas, como una cautelosa tarántula.
Conforme se agudizaban sus estados nerviosos, observaba que esa mancha patona se escurría por el uniforme de algún reo mientras dormía, en medio de la celda oscura, se le pegaba a la cara y se desvanecía. No en pocas ocasiones esa mácula deforme se le trepó a su propio cuerpo, otras veces escuchaba aterradores gritos de mujer, ahí en una cárcel donde sólo habitaban reos varones.
Aún tras abandonar la prisión de San Quintín, Haley seguía escuchando esos gritos femeninos desesperados.
En el segundo día, durante el último pase de lista antes de apagar las luces, Max guió a Haley entre los pasillos y le indicaba los presos a quienes debía tener en consideración o los catalogados como regularmente violentos. Los acompañaba otro celador, a quien Haley conoció tiempo atrás y fue, de hecho, el que le recomendó pedir su cambio a la prisión de Lacarosta.
—Oye, Freddy, ¿es cierto que aquí trasladaron a Diana Pep? —inquirió Haley, palmeándole el hombro amistosamente. Freddy asintió con una sonrisa taimada, pero Max respondió antes.
—Era la sorpresa de la noche y acabas de arruinarla, Whitaker —Haley adivinó de inmediato que quizá sería una broma de novatos—. Supongo que lo conociste en San Quintín.
—Precisamente. Diana Pep salió del corredor de la muerte hace dos años y escuché que lo enviaron aquí, capitán.
—¿Acaso pediste tu traslado a Lacarosta por Diana Pep? —Haley se negó, un poco apenado— De una vez te advierto que la perra ya tiene dueño. —aclaró Max, en tanto apuraba el paso por las escaleras para alcanzar el segundo piso.
—Es una buena persona, me alegra que le conmutaran la pena de muerte. —explicó Haley, en tanto veía de reojo que había dos hombres dentro de cada una de las cámaras.
—El caso de Diana Pep se oyó mucho en todo California desde el cincuenta y dos*, y no es una buena persona —aseguró el capitán y se detuvo frente a una de las celdas. Haley se quedó a su derecha y lo primero que atisbó fue al enorme nativo poniéndose en pie, sus gruesos músculos no le permitían pegar los brazos a los costados y sus manos gigantescas podían abarcar toda la cabeza de Haley—. ¿Qué tal, Moki?
—Buenas noches, capitán. —saludó y nuevamente le clavó la mirada a Haley, como si fuera su rival declarado—. ¿Quién es tu nuevo amigo?
—El duque de San Quintín, Haley Whitaker. —Lo presentó Max.
—¿Del pabellón de la muerte? —Haley miró a su capitán pensando que le había confiado la información, pero Max estaba igual de confundido.
—¿Ya te lo contó Diana Pep? —inquirió el del bigote.
—No, es que huele a carne quemada. —asestó el hombre, cuya cabeza debía mantenerla inclinada para no golpearse en el techo de la celda, aun sí éste se elevaba poco más de dos metros. Esas palabras y la fiera mirada del nativo le oprimieron el pecho a Haley, comenzó a agitarse, le temblaron las manos y sintió ganas de huir, pero intentó no mostrarse nervioso.
—Qué idiotez dices —farfulló Max—. ¡Diana!
Moki se sentó a la orilla de la cama, encorvado, sin perder de vista a Haley. Al fondo de la celda había un retrete roto y un lavamanos, en este último estaba inclinado el reo que Haley miró antes, el del cabello negro y largo en una coleta, sólo que esta vez lo llevaba suelto sobre los hombros y se lavaba la cara. Parecía una mujer, podía vérsele el rostro finísimo de rasgos latinos enarbolando un gesto misterioso, mientras caminaba a la puerta. Haley sonrió como respondiendo a la presentación.
—Whitaker, no creí volver a verte.
—Hola, Diana, me alegra que estés bien.
—Luego lo cortejas, Whitaker. —Se burló Max. Diana se acercó despacio a la reja, ya a distancia corta y con la luz de las lámparas se le veían las manos grandes y la manzana en la garganta.
—Bienvenido a Lacarosta. —susurró. Haley se alejó de la puerta, con esos extraños sentimientos encontrados: la mirada del joven era cálida e interesante, la de Moki lo cortaba como si le lanzara dardos afilados.
—Vamos, duque —Lo llamó Max aun riéndose—, la mayoría de los funcionarios de la prisión que recién llegan, duran todo el turno pensando que Diana es mujer, te perdiste de un gran chiste.
Se apartaron cuando llegaron los otros celadores para el pase de lista, Haley oyó que los nombraron y saludaron al capitán antes de continuar la ronda. Max jaló hacia sí a Haley para seguir la explicación sobre los Bloques, contando algunos otros chascarrillos. Aun si se retiraron, el joven latino se quedó un poco más tomando los barrotes entre los delgados dedos, como si esperara algo.
—Es Haley Whitaker, el guardia del corredor de la muerte del que te hablé. —Soltó las rejas por fin y se quitó la camisa del uniforme, ya en camiseta interior se notaban los pectorales en lugar de senos, aun si su cuerpo seguía siendo demasiado enjuto.
—De verdad, él desprende olor a carne quemada.
—Huele más a licor —Como notó que Moki se quedó serio, el joven hizo una mueca—. Oye, no bromees así, papaíto**, sabes que soy supersticioso. —Se sentó junto a él y cruzó los brazos, algo amedrentado.
—No bromeo, Diego, cada vez que me lo topo puedo percibirlo, no es casualidad, ese tipo trajo algo de la prisión de San Quintín. —El joven agitó las manos y se levantó de un brinco.
—Se me congela la piel, no digas más —Moki le restó importancia y se acostó en el camastro de hierro, dándole la espalda—. Te juro que si tengo pesadillas, no te dejaré dormir en toda la noche a ti tampoco —Y se apagaron las luces—. ¡Oye, papaíto! ¡Muévete!
Y se escurrió por encima de Moki hasta el pequeño espacio entre el enorme cuerpo del nativo y la pared, quedó ahí hecho un ovillo.
Mientras Max dormitaba en la oficina con la música del tocadiscos, Haley aprovechó para beberse casi todo el licor del pomo y revisar los expedientes de los presos considerados problemáticos que le facilitó el capitán, pero no halló el de Moki ni Diana, así que buscó sus registros entre los archiveros.
Moki Hasheket estaba condenado a tres años de prisión por homicidio culposo, aparentemente discutía con el ingeniero en jefe del edificio donde trabajaba como constructor, terminaron liándose y en un intercambio de golpes, el ingeniero cayó del décimo piso. Moki se declaró culpable y en dos años, en efecto, concluiría su condena.
Su compañero de celda era Diego Rey, un latino sentenciado a la pena de muerte por asesinar de dieciséis balazos a un médico cirujano; luego de dos años se le conmutó la pena de muerte por un fallo en su proceso penal y se le dictó cadena perpetua. Fue un caso muy resonado debido a que en la escena del crimen arrestaron a Diego vestido de mujer y se identificó como Diana Pep, por lo que se concluyó que fue un crimen pasional, aun si el procesado lo negó.
Cuando llegó a la prisión de San Quintín, Diego entró directo al corredor de la muerte, donde conoció a Haley; luego, su abogado apeló y finalmente cambiaron la sentencia. Se solicitó el traslado del reo al penal de Lacarosta alegando que en las inmediaciones estaban sus familiares.
Diego duró dos años en el corredor de la muerte y hacía dos que cumplía su sentencia en esa olvidada prisión de California.
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Notas
* Año 1952.
**Diminutivo de papá, usado frecuentemente en España y países latinoamericanos.
Capítulo 3
Haley y su mujer se mudaron de San Francisco a un barrio a cuarenta minutos de la prisión de Lacarosta; ella discordaba totalmente con la decisión porque toda su familia se quedó allá y el hecho de que su marido trabajara en el turno nocturno sólo complicaba más la situación.
La noche era especialmente difícil para Haley, sufría insomnio, así que prefería sacar provecho laborando en un horario sin importancia para nadie y podía beber lo que le fuera necesario, luego dormir por momentos en el día, aunque eso redujera su vida a sólo faenar. La situación en casa era deprimente.
Esa noche, Max descansaba, así que otro custodio se quedaba a cargo fungiendo como capitán, pero la oficina permanecía sola. En el comedor de los reos, Haley se paseaba lejos de las mesas, pero veía aun a distancia la enorme figura de Moki, a cuyo brazo Diego se aferraba como una damisela. Haley supuso que eran pareja, pues eso era sumamente común entre los presos, pese a no ser homosexuales. Las largas condenas de encierro los obligaban a buscar cualquier persona con quién desfogar sus energías sexuales, no era la primera vez que Haley veía esas escenas, y Diego, siendo joven y andrógino, resultaba como un imán para los reclusos. Especuló que Moki era «el dueño de la perra» que Max mencionó antes.
Diego estaba asignado a la enfermería como parte de las labores fijadas a los presos, lo cual era bastante bueno porque las otras tareas eran pesadas.
Cuando Haley acudió, halló a Freddy cerca de una pared, una hilera de cuatro camas de un lado y un sinfín de anaqueles y archiveros al otro, dos puertas al fondo y la luz tenue; el médico de la prisión terminaba su horario y Diego le ayudaba a guardar el material y limpiar, según se le mandaba.
—Haley —habló Freddy, quien estaba sentado en un banquillo de madera—, ¿todo bien, amigo?
—Me enviaron aquí y aprovecho para tomar una aspirina.*
—Yo necesito una soda. Oye, hazme el favor de llevar a Diana a su celda mientras acompaño al doctor. —solicitó levantándose de su asiento.
—Sí, claro.
—Me beberé tres botellas yo solo. —bromeó. Diego vio de reojo a Haley y continuó removiendo entre los cajones.
—¿Qué tal, muchacho? —saludó el médico, un anciano de espesa barba blanca
— ¿Eres el custodio de San Quintín?
—Ese mismo, doctor.
—Estuve allá un tiempo, pero había demasiado trabajo y ya estoy muy viejo —explicó mientras firmaba unas hojas. Diego se acercó a Haley y le entregó la pastilla en la mano—. Aquí en Lacarosta rara vez se ocupa alguna cama.
—¿Le va mejor aquí, doctor? —indagó Haley, alcanzó un vaso con agua que el preso le ofreció.
—Definitivamente, y tengo al mejor enfermero de California —Señaló a Diego con la pluma, luego se levantó con un maletín en la mano y un juego de llaves en la otra—. Diana, termina de guardar, por favor —El latino obedeció. El otro guardia se levantó de inmediato—. Buenas noches, descansen. —Se despidió, seguido de Freddy. Haley se cruzó de brazos mirando de pies a cabeza a Diego, mientras él arreglaba el material médico.
—¿Cómo has estado, Haley? —habló sin verlo, con los ojos grises hundidos en las gavetas— ¿Ha sido difícil adaptarte a Lacarosta? —Haley asintió.
—Bastante.
—¿Y tu esposa Ginger? —Oyó que Haley resopló entre dientes, entonces cerró una de las gavetas y se sentó en un banco, junto al escritorio del médico— Han pasado dos años, Haley.
—El problema no es Ginger, sino yo. —aclaró, echándose hacia atrás, con los dedos, el cabello rubio.
—Eso me quedó bastante claro y me sorprende que ella te siguiera hasta aquí pese a todo. Tus problemas con el alcohol te exceden, ¿no? —Haley bajó la mirada, parecía esforzarse por decir algo que no traspasaba sus labios—. Vale la pena continuar, Ginger es una gran mujer.
—Estoy en deuda con ella, ¿verdad, Diana? —El joven asintió. De pronto, Haley sonrió difuminando su gesto confuso de la víspera— Oye, ¿cómo es que eres la perra de Pie Grande*?
—¿Moki? —Asintió Haley. Diego se incorporó casi riendo a carcajadas.
—Me juraste mil veces que no eras homosexual.
—No lo soy ni nadie aquí lo es, ¿recuerdas?
—¿Moki te está forzando? —Diego cerró todas las gavetas y se enderezó— Si es así, puedo hablar de eso con el capitán.
—No me obliga a nada, de hecho, es una gran historia —Lo encaró finalmente, su coronilla apenas rozaba el mentón de Haley—. ¿Recuerdas a Yato, el auxiliar de mi abogado?
—Recuerdo que era tu vecino y amigo de la infancia.
—Sí, y Moki es su padre, así que me conoce desde que nací, me cambió los pañales, prácticamente me crié en su casa hasta los trece años, por eso mi abogado insistió en mi traslado a Lacarosta. Moki finge ser mi amante para protegerme, gracias a él mi culo no es de uso común en esta prisión —Haley enarcó las cejas, le asombró eso—. Para Moki soy uno más de sus hijos, jamás podría verme con malicia.
—El capitán dijo que le restan dos años a su condena.
—Y cuando mi papaíto salga, me cargará el diablo —añadió con una sonrisa, pasó junto a Haley para apagar algunas lámparas—. No quiero pensar en eso ahora.
—Me quedaré en Lacarosta, Diana, te cuidaré cuando Moki sea liberado. —El latino meneó la mano y se dirigió a la puerta.
—Por favor, Haley, no comentes a nadie lo que te dije, ni siquiera a los guardias, si se enteran de que Moki no me folla, automáticamente estaré disponible.
Todos los reos regresaron a sus prisiones para el último pase de lista del día.
Por la madrugada, Haley se sentía nervioso, recorría los pasillos porque le era imposible quedarse quieto, daba grandes tragos al pomo, se quitaba la gorra y rascaba su cuero cabelludo con insistencia hasta rasgarse, a veces sus uñas quedaba tintadas en rojo, mantenía en secreto su estado psicológico porque no quería perder su trabajo y esperaba pasar desapercibido en la prisión de Lacarosta, donde a nadie le interesaba lo que sucedía dentro de sus paredes.
Jaló una gran bocanada de aire echando hacia atrás la cabeza y oyó de nuevo ese desgarrador grito femenino, un intenso alarido de terror que le erizó la piel, se dio cuenta de que sudaba, una infalible señal de que comenzaba su crisis, y sus ojos tiritando se encajaron en aquella mancha grotesca que le perseguía desde la prisión de San Quintín. Haley apretó la mandíbula y los puños, hinchó el pecho dándose valor a sí mismo y murmuraba en sus adentros «Vete, sólo vete», mientras tragaba saliva.
Las luces perdieron fuerza, se atenuaron de repente, y esa mancha acuosa y volátil no se iba, era como una viscosa tarántula de más de un pie de diámetro. Haley pegó la espalda a la pared, hiperventilaba, no parpadeaba porque esperaba que la visión desapareciera como en otras ocasiones, pero al contrario, se desenvolvía como si fuera una rosa floreciendo y creció al tamaño de un perro. Los ojos pardos de Haley se desorbitaron cuando vio su propio rostro angustiado reflejado en la mancha negra, que lucía más consistente, como en un espejo diabólico. El guardia entreabrió la boca y se encorvó en su lugar, el temblor de sus manos se le recorrió por todo el cuerpo y no fue capaz de enderezarse hasta que sintió una mano pesada en su hombro, era de Freddy.
—¿Haley? —El aludido sacudió la cabeza, pero aún respiraba agitado y sudaba
— ¿Te sientes enfermo?
—No, estoy bien, sólo… —Volteó de soslayo adonde creyó ver aquella mancha agrandándose, pero ya no estaba, tal como supuso— Necesito una aspirina, amigo.
—Ve a la enfermería, yo te cubro.
Haley se irguió trabajosamente y acudió allá, donde el médico de la noche estaba en una tranquila duermevela en una de las camillas; Haley no quiso despertarlo.
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Notas
*Nombre de la marca del ácido acetilsalicílico, fármaco utilizado para tratar el dolor, la fiebre y la inflamación.
**Bigfoot o Sasquatch es una criatura legendaria con el aspecto de un enorme primate y un olor extremadamente fuerte y desagradable, suele verse en bosques a elevadas altitudes en América del Norte.