Capítulo 2
No he podido apartar la mirada de él,
No he dejado de desear que seas doce para las diez,
Mi corazón golpea con fuerza mi pecho, y mis manos pican.
Quiero que se baje del carro, quiero que se acerque y su atención sea dirigida únicamente a mí.
—Es que tú eres idiota —Caro soltó una carcajada colgándose la mochila rosada en su hombro, Alondra gimió y tiró de la chaqueta negra que la cubría del frío de aquella mañana, al parecer pronto llegaría el invierno, su estación favorita.
Habían pasado cuatro días desde aquel beso arrollador, desde el manoseo y también desde que le llamó vulgar, no se había animado a salir a la calle y verlo pasar, Caro lo había hecho y dice que la había saludado con aquella sonrisa tan hermosa que tenía. Si, hace cuatro días su mejor amiga sabía todo lo que había sucedido y aun no lo olvidaba, estaba segura que no lo haría. Ella era su cruz.
Sacó la tarjeta del tren y la pasó, siguiéndola, escuchando aun sus estruendosas carcajadas llamando la atención de la gente que salía de la estación, maldijo entre dientes y molesta la empujó pero eso causó más gracia en su amiga. Si, lo había echado a perder, era una tonta, una idiota en pocas palabras.
— ¡Eres bien bruta! —se quejó sobándose el brazo y sentándose, Alondra se acomodó a su lado y volvió a resoplar—. Vamos tonta, ya llegará la oportunidad de que llegue tu príncipe azul con lenguaje correcto y que tenga las manos lejos de tus tetas.
—Cierra el hocico.
—Es que yo no entiendo, es decir, a ti el musculoso te gusta —apuntó su amiga y la muchacha asintió a regañadientes—. ¿Entonces?
—Sabes el tipo de chico que me gusta...
— ¡Es que tú te complicas la vida, Alondra! —se quejó Caro—. Los chicos inteligentes con los que has estado han sido unos idiotas, mira el último, conocedor de mucho, guapo y amable ¡Te ponía los cuernos!
Alondra apretó los labios con fuerza y desvió la mirada, si, el bendito ex suyo había sido un completo idiota, le había arruinado una larga temporada, fue un canalla y aun a veces los recuerdos de aquella relación toxica la envolvía y la hacían sentir pésimo ¿Cómo pudo fijarse en un tipo como él? Tal vez se dejó cautivar por el bonito lenguaje que tenía.
— ¿Y qué se supone que deba hacer ahora?
— ¿Te gusta León? —la joven miró por la ventana y luego se puso de pie cuando llegaron a su parada, rápidamente Caro cambió de conversación y aquella tensa conversación se olvidó. Tenía libre ese día, y en la universidad habían salido temprano, bueno, Alondra más temprano pero decidió esperar a su amiga para regresar temprano.
Hoy era viernes, y su amigo Richard —del que en su momento gustó—, las había invitado a una fiesta que había cerca de donde vivían, los vecinos harían una pequeña reunión y habían jóvenes, como ambas no tenían nada que hacer aceptaron. A minutos de las diez los tres estaban afuera riéndose cuando él pasó, los ojos oscuros de León cayeron en Alondra y sonrió saludando, como si nada haya pasado, él no dejaba de verla, incluso detuvo el camión frente a ellos y con descaro saludó a Richard.
Después de aquello se despidió deseándoles suerte en la fiesta, pero Alondra pudo ver su sonrisa, la misma que tenía cuando le devoraba la boca y toqueteaba, la misma perversa que los prevenía de una catástrofe.
La fiesta era aburrida, había trago, comida y música, pero el ambiente estaba aburrido incluso con Richard hablando de medicina, porque para él: era muy interesante que sus amigas supieran eso, solo Caro le seguía la conversación mientras Alondra daba cortos sorbos a su trago y miraba alrededor hasta que a media noche sus ojos cayeron en el hombre que ingresó a la casa. No llegaba gorro y mucho menos una playera sin mangas, tenía el cabello peinado, una camisa roja de cuadros y encima una chaqueta de cuero que lo hacía ver más atractivo ante sus ojos y a las de las mujeres que estaban alrededor. El corazón de la muchacha golpeaba con fuerza y tembló cuando aquellos ojos salvajes la encontraron, la recorrieron con la mirada y terminaron comiéndosela.
Richard la invitó a bailar pero declinó, aunque meses atrás lo hubiera deseado, incluso una caricia suya, ahora por él no sentía absolutamente nada. Sus ojos seguían puestos en León que saludaba a las personas ahí, todos lo conocían aunque él no viviera por ahí, todos lo invitaban incluso las mujeres, ellas de su edad que lucían vestidos apegados resaltando sus curvas y sus años de seducción. Alondra era joven, de veintidós años que no sabía ni coquetear, pero al parecer eso había sido suficiente para un hombre como León.
—Te está mirando —Caro atrajo su atención y Alondra parpadeó viendo a su amiga—. Vas a ponerte de pie, lo vas a mirar y luego te iras al baño.
—Pero no quiero hacer pis —frunció el ceño y su amiga blanqueó los ojos.
—No harás pis, él te seguirá y harán cositas.
— ¿En el baño? —arrugó la nariz asqueada.
— ¡Carajo! ¡Le dices que te lleve a un puto hotel cinco estrellas! —estalló cansada su amiga y Alondra río poniéndose de pie, arregló su cabello y se puso de pie lanzándole una mirada a él, cuando se giró para ir al baño Richard la detuvo, viéndola fijamente—. Voy al baño, muévete.
— ¿En serio vas a estar con ese tipo? ¡Es mayor que tú!
—Lo que haga con mi vida no debe importarte, ¿Por qué no le dices a Caro también? —su amigo la observó molesto y Alondra lo entendió—. ¿Qué tienes?
—Alondra...
—Ve y baila, hay muchas chicas que quieren escuchar al futuro doctor —lo empujó y le regaló una sonrisa caminando hacia el baño, mirando de reojo sus pies y repitiendo: punta, tacón, punta, tacón. No quería caerse y mucho menos hacer el ridículo, no frente a él.
Sus manos sudaban y su corazón parecía que terminaría saliendo por la boca. Abrió el grifo y mojó su rostro tratando de relejarse, pero fue imposible aún más cuando la puerta se abrió e ingresó León. La joven lo miró por el espejo y se ordenó cerrar la boca para no babear, se giró con lentitud y apretó el lavamanos mientras se acercaba, con cautela y lentitud, como si estuviera observando su presa y planeara el momento exacto para lanzarse y devorarla.
—Te ves muy...hermosa —susurró con la voz ronca recorriéndola con la mirada, deteniéndose en la blusa que hacía relucir un escote tremendo, el arqueó una ceja y la observó, la joven avergonzada mordió su labio—. No te muerdas el labio, deja que sea yo quien los marque.
—Lamento lo que te dije ese día.
— ¿Qué parte? ¿La que soy un vulgar? —Inquirió deteniéndose frente a ella, Alondra echó la cabeza hacia atrás para poder observarlo bien—. No es nada que no sea verdad, soy un vulgar por querer follarte, por querer comerme ese coño cremoso. Soy un salvaje, Alondra ¿Aun quieres estar aquí?
La joven dudó y León se inclinó pasando sus labios por su oreja, succionó el lóbulo de su oreja y gimió subiendo las manos para dejarla en sus brazos y apretarlos ante la corriente que recorrió todo su cuerpo, deteniéndose más tiempo en su centro que se encontraba humedecido por su acción y sus palabras.
—Soy un vulgar por decirte que me tiene duro como una piedra, que no dejado de soñar con el sabor de tu coño y de cómo me sentiré dentro tuyo —gruñó dando un lengüetazo por su cuello, la muchacha se arqueó dejando caer la cabeza hacia atrás y él aprovechó para repartir besos hasta que su rostro quedó frente a sus pechos grandes, pasó la lengua por la piel expuesta y después mordió los pezones aun cubiertos por la tela de la blusa y del sujetador—. Salgamos de aquí, no soy tan vulgar para follarte en este sucio baño.
—Mis amigos...
—Pueden volver a casa solos —finalizó subiendo su rostro para rozar sus labios, la muchacha se inclinó por más pero él se alejó—. Te espero afuera princesita.
La muchacha soltó el aire contenido y cerró los ojos, sus labios, su cuello y las comisuras de sus pechos aun picaban por sus lamidas y mordidas. Gimió bajito al sentirse caliente, húmeda y deseosa, ¿Pero qué le sucedía? a los veinte uno había perdido su tarjeta V, y luego solo había estado tres veces con ese chico, después de eso, nada. Se había dedicado a estudiar, trabajar y pasar de largo con los chicos, no se sentía segura de su cuerpo y menos de tener la madurez para tener una relación, pero León, con él todo era lo contrario.
Se arregló el cabello y luego salió del baño con una estúpida sonrisa plasmada en los labios, vio a su amiga sonriendo como el gato de Alicia y cuando Alondra asintió: Caro dio saltitos feliz, incluso la abrazó.
—Mi niña, como has crecido.
—Idiota.
—Ve y no hagas esperar al hombre de las cavernas —señaló entre risas para después inclinarse y soltar una exclamación de gato—. ¡Rww!
—Llevo mis llaves, cualquier cosa te escribo ¿Bien?
—Disfruta el momento, si quieres no vengas en una semana ¡Las dos camas para mí! —agregó sonriéndole con malicia, Alondra tomó su celular y empezó a caminar a la salida pero nuevamente Richard la detuvo pero esta vez Caro lo jaló y lo último en escuchar fue un: Supérala, ya no le gustas.
Quiso girar, pero fue verdad, ya era muy tarde: no le gustaba. Salió de la fiesta y el aire otoñal la golpeó con fuerza, gimió y lo buscó con la mirada, pero nada.
— ¿Estás segura por dejarte comer por un León? —inquirió con diversión a sus espadas, dio un respingo girándose, encontrándose con aquellos ojos. Asintió y se acercó tomando su rostro entre sus manos, la observó para después tomar su boca con rudeza, mordiendo su labio y luego chupándola. Se separó y entrelazó sus manos guiándola hacia la moto que estaba estacionada en una esquina.
Estaba saliendo de su zona de confort, ¿Estaba segura que podía hacerlo?
Capítulo 3
Se lo que te gusta,
Tus manos están en mis muslos mientras haces suaves caricias.
Tu boca busca mi cuello con desesperación y al final terminamos atados en la cama.
¿Estamos en el infierno?
León aceleró y un cosquilleo lo recorrió cuando sintió las manos de Alondra sujetarlo con fuerza, había deseado eso hace mucho, desde el momento que pasó por su casa y las vio sentadas, las saludó y ambas le regalaron una sonrisa, pero fue la niña que bonitos labios que descaradamente levantó la mano y lo saludó. Lo traía loco, desde hace mucho tiempo había deseado besar esa boca, follarla y que de aquella boquita solo salieran gemidos de placer y suplicas para que continuara. Ahora la tenía en su asiento, preparada para él y León estaba rebosando de felicidad, aunque eso significara perdición.
Apagó el motor de la moto y se quitó el casco arreglando su cabello, echó una mirada al edificio y luego al lugar donde vivía, no era uno caro y mucho menos con vigilancia a lo que aquella princesita estaba acostumbrada, pero quería demostrarle que en sus brazos nunca estaría en peligro.
Bajó de la moto y luego la ayudó a bajar, era una cosita pequeña que apenas y llegaba a su pecho, su cabello corto bailó con el viento y cuando levantó la mirada él pudo ver el brillo en aquellos ojos oscuros, bajó la mirada a sus labios y sin poder evitarlo tiró de ella atrapando su boca, mordiendo aquellos carnosos labios para después pasar la lengua por estos. Suaves, deliciosos como una fruta prohibida. Miró sus pupilas dilatadas y como la joven apretaba sus brazos con fuerza, porque sus piernas temblaban, quería decirle que estaba igual de nervioso, ansioso y lleno de pensamientos que lo volverían loco.
—Vamos princesa.
—Solo Alondra—la vio fruncir aquella nariz y la sonrisa que llevaba en los labios se desvaneció, sonrió tomando el casco de la moto y guiándola dentro del edificio, ingresaron al ascensor y León la tomó de la mano, llamando su atención.
—No es un insulto, es que tú niña..., tú eres una princesa —se colocó frente a ella y tomó su rostro entre sus manos, vio cómo se estremeció ante un simple e inocente toque—, y yo solo soy el vagabundo en tu cuento.
— ¿Quién dijo que yo esperaba un príncipe azul? —inquirió la joven cerrando los ojos y entre abriendo la boquita, León gruñó y subió una mano, acariciando su mejilla y viendo como su cuerpo temblaba, como su respiración se aceleraba—. Ellos están sobrevalorados, creo que me alegra no haber perdido mi zapato a las doce de la noche y que al final terminara perdida en el bosque para ser devorada por un león.
El aludido soltó una carcajada ronca ante su ocurrencia, echó ligeramente la cabeza hacia atrás y la escuchó reír, jodida mierda, fue el sonido más sexy y caliente que en su puta vida había escuchado. Dejó de reír y sus ojos se oscurecieron de deseo por ella, la barrió con la mirada y le encantó como aquellos pantalones negros se aferraban a sus caderas o como aquella blusa fina le daba un vistazo de unos pechos generosos.
Cuando el ascensor sonó, tiró de ella y sacó las llaves abriendo con rapidez la puerta de su departamento y encendiendo la luz. La joven entró viendo el lugar y sonrió, si, era un lugar bueno, limpio y con algunas comodidades. La vio recorrer las estanterías que estaban con pequeñas motos y autos clásicos, la vio detenerse frente a una pintura donde había una pareja desnuda, donde él le estaba comiendo el coño y la mujer apretaba sus muslos tirando de su cabello. No sabía nada sobre arte, era mierda pintada, pero desde que vio aquel retrato le encanto y lo compró.
—Te gusta el arte —casi soltó una carcajada, pero se contuvo. Alondra debía estar estudiando una buena carrera en la universidad, tener amigos bien vestidos con modales refinados, manos suaves y no callosas como las suyas, seguramente algunos admiraban el arte y ella los había presentado con sus padres. Lo supo desde que la vio, todo en ella gritaba que era una niña de casa y él no, apenas y había hecho una carrera técnica de tres años, había salido arañando porque desde muy joven tuvo que trabajar, en todo y estudiar una carrera universitaria no estaba en sus planes.
—Me gusta sentarme afuera a beber cerveza con mis amigos, preferiría eso a ir a ver arte, princesa —se giró y León no la dejó procesar las palabras, mucho menos que empezara a pensar que estar ahí en su departamento era una mala idea, no, quería que lo pensara después de haber sido saciada y haberlo sentido en lo más profundo.
Se lanzó hacia ella chocando su boca con la suya, lamió sus labios y los mordisqueó, para después empujar su lengua y pedirle permiso, con timidez fue abriendo la boca y la lengua de León la penetro, recorriendo cada parte de su boca para después terminar danzando con su lengua, ella era inexperta, como si nunca en su vida haya sido besada con desesperación y deseo. El hombre bajó sus manos a su trasero apretándolo con fuerza, la levantó haciendo que la joven enredara sus piernas en su cintura, ahí, presionándola para que sintiera la dureza de su erección.
Interrumpió el beso y bajó la boca hasta su cuello, pasando su nariz por su cabello y luego regresando a su garganta, ahí donde olía a fresas combinado con su aroma natural. Gruñó como animal y empezó a lamer, chupar y con sus dedos recorrer la curva de su trasero y luego aquellas piernas, siguió bajando la boca y los rozó por las comisuras de sus pechos escuchándola gemir y arquearse para él. No esperó más, y la apretó aún más a su cuerpo empezando a caminar a su habitación, ni se preocupó en encender la luz ya que las cortina estaban corridas y la luz de luna iluminaba la habitación. La tendió en la cama y vio sus mejillas sonrojadas, sus ojos brillosos y sus labios rojos e hinchados.
Piccolo fiore.
Se alejó quitándose la chaqueta y luego la camisa roja de cuadros, bajó las manos al cinturón desabrochándolo y lanzándolo en alguna parte de la habitación, la vio recorrerlo con la mirada y morder su labio, se removió en su cama, apretando sus piernas con delicia y ahogando un gemido mientras se sentaba quitándose la chaqueta.
Era un pequeño trapo llamado blusa, una que lo había tentado desde que pasó por su casa. Princesa traviesa.
Gateó hasta ella rozando su boca por sus piernas aun cubiertas por el pantalón, quedando unos segundos en su sexo, sin rozarla, solo a unos centímetros inhalando su aroma almizclado, estaba excitada, caliente por él. Subió y rozó su boca por su vientre, lamiendo las pequeñas líneas que tenía ahí que la hacían mucho más hermosa, recorrió con su lengua su cadera escuchándola gemir e incluso soltar algunas risitas nerviosas, era hermosa. Subió hasta que se detuvo frente a ella, observando su rostro y sin más Alondra enredó sus manos en su cuello atrayéndolo a su boca, iniciando el beso ella misma.
Las manos de León viajaron hasta el pantalón de la muchacha desabrochándolo y bajando las manos a su trasero, retiró con lentitud el pantalón arrojándolo al mueble de la esquina, el hombre despegó los labios de la muchacha y observó la ropa interior negra que llevaba, jadeó y vio la travesura en sus ojos.
—Fiore traviesa —susurró con la voz ronca y Alondra cerró los ojos.
—Eres italiano.
—Y tú eres jodidamente caliente, princesa —siseó ronco tirando de la blusa que cubría sus pechos, vio el sujetador y luego a la muchacha inclinarse con cuidado, recorriendo su rostro con la mirada, observando cada parte que de alguna manera lo puso nervioso, era un hombre seguro, sabía lo que tenía entre sus piernas y también lo que causaba en las mujeres, pero Alondra, ella poseía unos ojos oscuros capaz de ver el alma.
La muchacha con dedos temblorosos desabrochó el sujetador y lo sostuvo, para después con lentitud ir bajado las tiras y dejarlo caer aun lado de la cama, León bajó los ojos y se relamió los labios viendo lo grandes que eran, como los pezones marrones estaban endurecidos invitándolo a pecar y así lo hizo. La recostó nuevamente y sin pedirle permiso bajó la boca tomando un pezón en su boca, lamiéndolo con desesperación, para después mordisquearlo y sentirlo endurecerse aún más en su boca, Alondra gemía enterrando sus dedos en su cabello, pegándolo más mientras balanceaba sus caderas refregándose entre sus pantalones.
La muchacha se echó hacia atrás y él aprovechó a tomar el otro pezón, mamando de este y soltándolo con un ruidos pop, la vio blanquear los ojos y sonriendo lo mordió, arrancándole un gemido ruidoso, sensual que mandó corrientes eléctricas a su entrepierna que pedía atención aún más siendo ahorcado por los bóxer negros que llevaba. Juntó sus pechos, rozando los pezones con sus dedos y notando el lunar en ellos, los vio rosados por sus toques y por sus besos alrededor de ellos, sin poder evitarlo enterró su cara en estos inhalando ruidosamente su aroma.
¡Jodida mierda! ¡Ella olía a gloria!
Gruñó como un animal y bajó la boca recorriendo el camino desde sus pechos hasta su cadera, lamiendo su piel y besando cada marca que poseía, la vio cubrirse sus ojos, vio el color en su piel y supo cuan avergonzada estaba, así que antes de continuar subió hasta ella y tomó su rostro entre sus manos.
—No sientas vergüenza —murmuró tomando una de sus manos, la entrelazó para después llevarla a su entrepierna dura, Alondra abrió los ojos de golpes y casi rió al ver como sus bonitos labios temblaban. Estaba avergonzada—. Eres sexy nena, caliente y eres causante de que mi miembro este como una roca pidiendo tu atención, pidiendo ser enterrado en tu coño..., en aquel delicioso coño que he querido comer desde que te vi.
—Eres un vulgar —susurró con la voz ronca y temblorosa, León rió porque supo que esta vez no era insulto—. Yo..., yo solo estuve con un chico, dos veces y yo...
—No importa, olvídate de ese hijo de puta, aquí estamos los dos. León y Alondra, nadie más fiore —dejó un beso en su boca, uno tierno que lo sorprendió a él, porque un tipo duro como él; no consolaba a las mujeres y mucho menos daba besos así, ¿Qué le sucedía?
Sin esperar respuesta bajó con rapidez colocando sus dedos en la fina tira de su ropa interior, la fue bajando y Alondra movió sus piernas con timidez, pero él se lo impidió. Quitó la ropa interior e inhaló exageradamente, recogiendo su aroma para después abrirle las piernas y enterrar el rostro en su sexo, oliéndola, deseándola y con solo ver aquellos pliegues mojados y rosados, se le hizo la boca agua.